“Se oyó cómo unas lágrimas caían sobre el tatami. Era un sonido extrañamente exagerado. Por un momento, Junpei creyó que era él quien estaba llorando sin darse cuenta. Pero era Sayoko quien lloraba. Tenía el rostro sepultado entre las rodillas, sus hombros se estremecían en silencio”
Haruki Murakami
(“Después del terremoto”, Tusquets, Barcelona, 1999: 113)
- Martha Fuentes, Florencia Tovar y Txomin las Heras. Foro con Chi-Yin Chin (decano de Economía UCAB): “En el país no hay lugar para un nuevo ajuste”. Economía Hoy, Caracas, 31/05/1993.
- Juan Herrera. “Es incierto que seamos psivos en el gobierno y beligerantes en la oposición”. AD, Caracas, 21/10/82.
- Luis Herrera Campíns. “Al momento: Carter y el nuevo estilo de política d EUA”. El Universal, Caracas 20/03/77.
- Joaquín Marta Sosa entrevista a Atahualpa Yupanqui. El Nacional, Caracas, 10/09/72.
- Luis Herrera Campíns analiza el caso de Chile. Resumen, Caracas, 24/03/74.
Reproducción: “Opina Eduardo Machado: Los marcusianos son una legión de contrabandistas ideológicos”. Deslinde, Caracas, 15 al 21/08/1969.
Podemos aseverar la existencia de un patrón recurrente
de irregularidades en torno al manejo de la ayuda humanitaria en nuestro país,
sobre todo a la luz del tristemente célebre deslave del estado Vargas a finales
de 1999. Ahora, está generalizada la sospecha a propósito de las consecuencias
del poderoso impacto del doble sismo que enlutó a la ciudad capital y al
litoral central semanas atrás.
El nefasto precedente de casi tres décadas en la
costa, naturalmente contribuye a la desconfianza hacia el Estado y, específicamente,
a su dirección política. Por entonces, fue masivo el auxilio internacional,
llegaron millones de dólares en donaciones, ayuda material y equipos
rescatistas, pero jamás hubo una rendición convincente de cuentas y Hugo Chávez
decididamente partidizó la tragedia convirtiéndose en el benefactor de todos
los benefactores para adjudicarse – junto a su sucesor – la aparente
reconstrucción de una entidad federal que desgraciadamente se vino abajo otra
vez.
De nuevo hay descontento con la actuación del sector
oficial, incluyendo la tardía de la Fuerza Armada Bolivariana. La encargada
presidencial aseguró la existencia de una campaña de desprestigio, palabras
más, palabras menos, que olvida el dato del otro y no menos célebre sismo del 3
de enero del presente año que sorprendió al país entero: ni una pedrada le
lanzaron a los drones como respuesta. Sin embargo, ojalá no desaparezcan las
imágenes, las redes digitales están colmadas por el video testimonial de
quienes afrontaron inmediatamente la realidad varguense, lamentaron la ausencia
del funcionariado y reprocharon con coraje la conducta asumida por las
autoridades públicas.
Hacia el estado
Monagas llegó injustificadamente el cargamento de ayuda para Vargas enviado por
Mayer Mizrachi, alcalde panameño, quien ordenó la colocación de un pequeño
dispositivo de rastreo para asegurarse del éxito de la operación de
solidaridad. Y, entre otros señalamientos más, como el saqueo selectivo de los
llamados colectivos, se ha dicho de las bolsas de agua potable de distribución
gratuita en Vargas, ahora vendidas en Caracas.
El gobierno debe
saber que la reconciliación, la concordia, la armonía entre los venezolanos
pasa por el respeto a la verdad, la radical honestidad, la solidaridad construida sobre la dignidad
de la persona humana. Los varguenses fueron muy claros en cada instante de la
tragedia sísmica, denunciando con coraje los hechos que desmientieron a la
encargada presidencial (https://x.com/la_patilla/status/2073748770819285379), el descarado robo de los bienes de las familias afectadas (https://x.com/_Provea/status/2072834656307995049), el reclamo encendido de una
ciudadanía activa, esforzada y muy firme, ante los impasibles efectivos armados
que ni balbucearon (https://x.com/AlertaMundoNews/status/2071373596757315634).
De los cinco grandes
discursos en los que Mateo condensa el mensaje de Jesús, el tercero ocupa el
capítulo 13 de su evangelio y es conocido como el "discurso
parabólico", porque en él se han reunido las parábolas del Maestro.
Se trata de siete
narraciones, tomadas de la tradición y agrupadas en un solo bloque: el
sembrador, la cizaña en el trigo, la mostaza, la levadura, el tesoro en el
campo, el mercader de perlas y la red.
El objetivo que pretende el
evangelista, en este tercer discurso, es mostrar a Jesús como maestro: de
hecho, empieza el mismo insistiendo –por dos veces- en que "Jesús se
sentó": sentarse equivale a enseñar (o, en otros contextos, a juzgar:
quien se "sienta" es el maestro o el juez).
Tal como ha llegado a nosotros,
en el relato completo pueden distinguirse claramente tres partes: una parábola
breve, una explicación más extensa y un "intermedio" en el que se
intenta explicar por qué el mensaje se Jesús, el maestro, no fue acogido por el
pueblo judío.
Una lectura atenta, que
observa fácilmente la diferencia de estilo y de acentos, busca dar razón de
cada una de esas tres partes.
De toda la narración, habría
que atribuir al propio Jesús probablemente la parábola original (13,3-9), sin
más explicaciones. La parábola es un relato provocativo y abierto, que espera
una respuesta del propio oyente o lector.
Lo característico de la
parábola parece ser un doble mensaje: el derroche del sembrador y la certeza de
una cosecha sobreabundante. Por una parte, el relato muestra un interés
manifiesto por subrayar el comportamiento del sembrador que, sin importarle el
resultado, siembra por doquier, incluso en lugares donde se sabe que la semilla
no podrá germinar, como los caminos o las zarzas...
La parábola original habla,
antes que nada, de Dios como Gratuidad, Exceso y Derroche... Podemos adivinar,
entre líneas, el gesto de Jesús diciendo: "Dios es así". ¡Tantas
veces lo hemos empequeñecido, al hacerlo "de los nuestros",
reduciéndolo a un gran Legislador o pervirtiéndolo con rasgos amenazadores o
incluso crueles...!
Dios es Donación permanente
y gratuita: sólo sabe y sólo puede dar. Eso es lo que "constituye" su
ser: no es un "Individuo" separado, creado a nuestra imagen; es un
"Darse" permanentemente –más verbo que sustantivo-, que en todo se
manifiesta.
Me gusta contar una anécdota
entrañable y sabia. En una ocasión, en el grupo de catequesis, una niña
preguntó a la catequista: "Señorita, ¿por qué Dios es siempre Dios, y no
podemos serlo una cada semana?". (Cuando uno ha crecido con una imagen
antropomórfica de Dios, y lo imagina como un "Ser separado", es
inevitable que aparezcan interrogantes como los que plantean los adolescentes
en clase de religión: "¿Y a Dios quién lo creó?; ¿cómo nació?; ¿quién le
puso ese nombre?; ¿por qué lo llamamos así?...").
Pues bien, aquella
catequista, tras el "susto" inicial, contestó a la niña: "El día
en que tú seas amor, y nada más que amor, serás Dios". No podía haber dado
una respuesta mejor. Dios es "ser-donación" –todos nuestros conceptos
y palabras se quedan irremediablemente muy pobres-, Dinamismo sabio, luminoso y
amoroso, Fuente de todo lo que es y en quien somos, sin ninguna distancia,
separación ni costura.
Este es, a mi parecer, el
Dios del que habla Jesús. Un Dios que es "siembra" permanente: ésta
es la Buena Noticia, el "evangelio" del Maestro de Nazaret.
El segundo rasgo que acentúa
la parábola es sólo una consecuencia: el fruto terminará siendo también un
exceso. Para una tierra como Palestina, en la que, por entonces, una cosecha
del siete por uno era considerada excelente, hablar de un rendimiento del
treinta, sesenta o cien, equivalía a desbordar la previsión más optimista, una
"exageración" conscientemente provocativa.
Para que eso se dé –parece
concluir la parábola-, sólo hace falta "oír": "el que tenga
oídos, que oiga". Hace falta abrir los ojos, caer en la cuenta... Tomar un
poco de distancia de nuestra mente, venir al presente... y reconocer la Quietud
y el Misterio de todo lo que es.
Es indudable que, dentro de cada
uno de nosotros, sigue habiendo "caminos" endurecidos, "terrenos
pedregosos" con apenas fondo, "zarzas" asfixiantes y
reductoras... Empecemos por reconocerlo y aceptarlo, reconciliémonos con toda
nuestra realidad interior, abrazándola con humildad. De ese modo, al crecer en
unificación –integrando también los aspectos más oscuros y vulnerables de
nuestra propia sombra-, se estará disponiendo un buen "humus", la
"tierra buena" –que no está hecha de perfeccionismos, sino de
humildad-, en la que la semilla brotará por sí misma.
En la tercera parte de su
relato (13,18-23), lo que hace Mateo es "aplicar" la parábola a la
situación de su propia comunidad. De este modo, se modifica en cierto sentido
el acento: de ser prioritariamente "buena noticia", anuncio gozoso de
la Realidad de Dios y afirmación de confianza incondicional, se transforma en
"exhortación moral" dirigida a cada discípulo.
Este modo de hacer, no sólo
es legítimo, sino que resulta imprescindible cuando una persona o comunidad
trata de "aplicarse" a sí misma una determinada enseñanza. Pero me
parece importante no olvidar que eso tiene un "coste": la parábola se
transforma en alegoría, desplazando el sentido original, que nunca deberíamos
olvidar.
Finalmente, la segunda parte
(13,10-17) constituye una especie de "intermedio", en el que se
aborda una cuestión candente para una comunidad judeocristiana, como la de
Mateo: ¿Cómo es posible que nuestro propio pueblo, el "pueblo
elegido", pueblo de las promesas de Dios, no haya aceptado a Jesús? Sin
duda, fue uno de los mayores enigmas para aquellas primeras comunidades.
En búsqueda de una
respuesta, encontraron, entre otros, el texto de Isaías 6,9-10, que cita
expresamente Mateo. Usando un recurso familiar en toda la tradición bíblica
–"miran y no ven; oyen y no entienden; tienen el corazón
endurecido"-, se achaca al "endurecimiento" del propio pueblo su
incapacidad para acoger el evangelio.
Y ahí se introduce un dicho
usual en la época: "Al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no
tiene se le quitará hasta lo que tiene". Más allá del significado original
de esas palabras, en una cultura diferente a la nuestra, para nosotros
encierran una sabiduría, que se convierte en invitación a estar atentos.
El "Exceso" o
"Derroche" de todo lo que es nos alcanzará en la medida en que nos
abramos a él. En tanto en cuando nos abrimos a la verdad de quienes somos, más
allá de las "etiquetas" y "sueños" de nuestra mente,
percibiremos la sobreabundancia del Misterio ("tendremos de sobra").
Si, por el contrario, permanecemos recluidos en la identificación con nuestro
ego, será irremediable que notemos cómo, día a día, se empobrece nuestra
existencia.
De ese modo, para concluir,
me parece ver en todo el relato la proclamación de una Buena Noticia que se
convierte en Invitación vital: todo está ya; sólo necesitamos
"verlo". Ven al presente, acalla la mente y reconoce quién eres,
cuando no te "piensas".
Venimos de un pasado que
había reducido nuestra identidad a la mente ("pienso, luego existo",
según la fórmula acuñada por el padre de la filosofía moderna). Necesitamos
experimentar que no todo acaba ahí: ¡hay vida después de la mente!
Más allá del pensamiento
–aunque, evidentemente, asumida e integrada la razón crítica como uno de los
grandes regalos de la modernidad, que nos previene contra la irracionalidad-,
se halla un "No-lugar" –más allá de los "mapas", el
"Territorio"-, que constituye nuestra verdadera identidad.
Hay un evidente agotamiento del ciclo autoritario en
Venezuela que no debemos confiar ingenuamente a una automática respuesta
democratizadora y, menos, al voluntarismo extremo que la promueve en nombre de
sus particulares vivencias opositoras. Pocos logran apreciar y asumir las
magnitudes de un cambio que tiende a sobrepasarnos política, intelectual y anímicamente,
trastocado en un complejo proceso, una empresa de alto riesgo y un enorme
desafío luego de casi treinta años de desaprendizaje cívico, polarización,
confrontación y deterioro institucional.
La transición nos remite a un proceso de procesos y a una
experiencia cargada de amenazas y peligros de índole incluso personal,
configurándose definitivamente como una oportunidad imperdible. Además, impone retos que someten a una dura
prueba la capacidad de conducción y exponiendo las vulnerabilidades de los
actores que actúan en un escenario naturalmente controversial, estos deben
lidiar con el vértigo políticamente entendido a través de sus elementos en la
medida que no se tiene certeza alguna de lo que ocurrirá (cognitivo),
desconociendo cuán correctas son o no las decisiones adoptadas (moral), y la
consistencia o no de las instancias empleadas o por emplearse (institucional), aunque
el decisor sepa o diga saber la real incidencia en la correlación de fuerzas
que pugnan por continuar o emerger (estratégico).
Ha sido fácil enunciarla, pero una transición no es
algo ya dado, un producto preelaborado, un manual y tampoco un recetario, sino
un esfuerzo históricamente creador, cargado de responsabilidades y
determinaciones que pueden intimidar, desorientar, descolocar o desestabilizar
a la dirigencia que está obligada a acertar, probando aptitudes que no se
improvisan. Más allá o más acá de su dimensión emocional o psicológica, el
vértigo político entraña una profunda incertidumbre y una inevitable y mutua
desconfianza entre propios y extraños, equipos negociadores, añadida la población
misma, tras la formalización de un tránsito que procura garantías para evitar
retroceder.
Nada casual, Adam Przeworski
sostiene que la incertidumbre no es un episodio accidental del proceso
democratizador, sino uno de sus requisitos constitutivos. Precisamente, no
existiendo protagonista ni espectador que predigan el desenlace y la propia
permanencia de los acuerdos alcanzados, la transición exige prudencia,
aprendizaje y una excepcional capacidad política.
La apertura del proceso sincera la resistencia
militante de las llamadas áreas marrones (brown
areas), útil categoría de análisis aportada por Guillermo O´Donnell
respecto a los territorios donde no llegan la autoridad estatal ni la legalidad
democrática, que nos sirve para metaforizar un imaginario de cínica
victimización e idealización del oficialismo y de sus intereses vitales,
generalmente patrimoniales. La obstinada propaganda gubernamental siembra
percepciones, emociones, actitudes y comportamientos generadores de confusión
entre adversarios, aliados y medios de opinión, distorsionando los hechos.
Inaceptable, aunque comprensible, la angustia de los
elencos del poder apunta a la posibilidad de ser juzgados, despojados de
privilegios, extraditados o desplazados inmediatamente de sus posiciones y
jerarquías, aspirando a algún salvoconducto; y, en el caso de los opositores,
existen temores de un nuevo engaño, y la probabilidad de padecer una persecución
o retaliación no convencional, dividirse por la más modesta diferencia, o
sufrir directa o indirectamente las consecuencias de la traición. Angustias o
temores que, en alguna medida, modifica la presencia estadounidense. Sin
embargo, el mejor aval de una transición duradera sigue siendo el liderazgo
dispuesto al sacrificio, representativo de una población pacífica y desarmada,
consciente de la política como compromiso y servicio, mas no como una profesión
narcisista de asegurado éxito, riqueza y estrellato.
Diferente al de la década de los ochenta, el “último” O´Donnell, el de los noventa,
versó sobre dos transiciones consecutivas que hoy podemos concebirlas como
etapas de una sola que nos permite augurar el largo período que está pendiente
para nuestro país: el que va de la apertura hasta la celebración de las
elecciones convincentemente pulcras y democráticas, y de éstas a su
consolidación. Entonces, por una parte, resulta indispensable el intenso y
constante debate de las direcciones políticas con el propósito de incurrir en
el menor número posible de errores (cual 1958, por entonces, una transición
insegura);y, por otra, en reclamo de
humildad, una necesarísima madurez y rectitud ante la megalomanía y las
tentaciones mesiánicas (frenéticamente digitalizadas).
Tratamos de despedir un ciclo político de específico activismo
(denuncia, protesta, presión internacional, etc.), para ahondar en otro de una
superior energía que será el de la gobernabilidad y gobernanza democrática (institucionalidad,
negociación, agregación de genuinos intereses, etc.). Una poderosa ilusión óptica nos hace creer en
un simple relevo del ejecutivo nacional con el correspondiente ceremonial de
Estado, faltando poco, auspiciada por una mera declaración de prensa.
Antes de discutir sobre programas, instituciones o
liderazgos, conviene reconocer el vértigo y comprender la naturaleza
excepcional de la empresa que se abre —o que luchamos por abrir— en Venezuela.
De lo contrario, perderemos el tren.
Demasiado evidente, desde un primer instante de la
tragedia sísmica se hizo notable la ausencia del Estado. Huelga comentar al
respecto, aunque importa señalar el elevado consenso sobre el diagnóstico
inmediato de los acontecimientos.
De un modo u otro, el doble terremoto nos impone de
las tensiones geológicas interesadamente ocultas entre los partidarios y
realmente beneficiarios de larga data del mismo gobierno que hemos ostentado en
el siglo. Demasiada cautela quizá al interior del oficialismo que permite toda
suerte de conjeturas, las que facilitan precisamente la (auto)censura. Sin
embargo, si de conjeturas se trata, no es tampoco difícil imaginar la situación
inmediatamente posterior de haber ocurrido el evento natural antes de comenzar
el presente año.
La única posibilidad para discutir y arribar a la
conclusión de una omisión o devastación estatal, manifestándola, hubiese sido
el de encontrarse en el exilio y contar con la familia como compañía inmediata.
La sola suposición y expresión de una abstención así fuese culposa del
gobierno, seguramente hubiese levantado la ira de los más altos funcionarios
con las consecuencias del caso.
Igualmente, es de presumir una descomunal campaña propagandística
a favor del oficialismo y de su enorme como exclusiva sensibilidad social,
frente al guerrerismo imperialista y sus infaltables lacayos venezolanos.
Aprovecharían de enlazar las imágenes presidenciales de 1999 con la de 2026,
por supuesto, militarizadas con el rechazo obsesivo de toda ayuda estadounidense.
Y tampoco hubiesen llamado internacionalismo
proletario la agradecidísima y desinteresadísima colaboración de cubanos,
iraníes, rusos, chinos y hasta vietnamitas de los que absolutamente nadie se
atrevería a indagar sobre la cantidad de sus contingentes esparcidos en el
territorio nacional. Y, el resto de los venezolanos, tendrían que hacer
acrobacias e ingeniárselas para saber de sus familiares en el siquitrillado
litoral central.
“El cristianismo era una forma de poder ideológico. No se difundió por la fuerza de las armas; tardó varios siglos en institucionalizarse y verse respaldado por el poder del Estado; ofrecía pocos atractivos o sanciones de tipo económico”
Michael Mann
(“Las fuentes del poder social”, Alianza Editorial, Madrid, 1991: I, 428)
- Mateo Manaure. “Aquí no puede pasar nada”. El Diario
de Caracas, 01/10/1982.
- Joaquín Marta Sosa y los presidenciables. Summa,
Caracas, N° 52 del 15/06/72.
- Alfredo José Schael. “¿Agoniza el Litoral Central?
Autonomía municipal piden los habitantes del Departamento Vargas”. El Universal,
Caracas, 15/08/68.
- Euro Fuenmayor entrevista al sociólogo Heinz
Sonntag. El Globo, Caracas, 22/05/93.
- P. J. Blanco Negrón. “El litoral y sus paseos”. El
Nacional, Caracas, 16/10/79.
Reproducción Procesada a través de la IA, Arquímides Rivero. Bohemia, Caracas, N° 163 del 15/06/1966.
Consabido,
fueron muy duros nuestros inicios republicanos al añadir una doble
circunstancia: la inmediata y literaldesaparición de la promoción generacional que ideó y declaró la
independencia, como el terrible sismo propagandizado como castigo de los cielos.
Se dirá que son cosas de la guerra, pero lo cierto es que perdimos a la vuelta
de la esquina la deliberación más cercana a nuestras precursoras prácticas
democráticas y ganamos en confusión más por la confiscación militar de la
conducción del naciente Estado que por los asuntos de la fe.
Puede
aseverarse que la patria nació también en las aulas universitarias donde esa
generación hizo de la inquietud una ilusión y ésta devino proyecto histórico a
desarrollar, quedando medianamente sepultado en las perdurables ruinas del
terremoto, pues Caracas las exhibió por largas décadas en fiel testimonio de
las estrecheces económicas del país que fuimos. Formalmente independizados,
pero jamás encapsulados, trillamos los más duros caminos y 200 años más, cuando
creímos profundamente que vivíamos lo peor de lo peor históricamente, nos
hicimos resueltamente bolivarianos según el canon.
Ahora, otro 5
de julio, doblemente terremoteados, experimentamos la natural desdicha, el
desconcierto, la desesperanza que definen nuestros dolores. En un
prolongadísimo instante, recogimos todos los sismos que partieron de aquella
movilización de los tanques cuando Simón Alberto Consalvi era el encargado
presidencial por el viaje al exterior de Jaime Lusinchi, pasando por El Caracazo,
los golpes fracasados y toda la era que parió el corazón de Silvio Rodríguez una
lejanísima tarde de concierto en la Concha Acústica de Bello Monte a veinte
bolos la entrada: el socialismo del siglo XXI.
Entre los
escombros, buscamos la libertad e independencia perdida desde hace un buen rato
porque las actuales generaciones ya no tienen - en casi treinta años continuos
- las aulas de antes para formarse: ¿acaso no fue devastación el impune saqueo
vandálico que padeció la Universidad de Oriente (UDO) por largo tiempo?, y,
además, que sepamos, no hay soldados estadounidenses ni siquiera pidiéndoles la
cédula de identidad a los muchachos en la calle, como acontecía con las guerrillas colombianas y vaya usted a
saber cuáles más, aparentemente hoy neutralizadas,con un asombroso dominio y provechoterritorial de Venezuela, no de la Nueva
Granada ni de Teherán, por dar un modesto ejemplo.Entonces, ¿a quiénes les piden la cédula de
identidad?
Por supuesto,
debemos bregar por una transición independiente e independentista, aunque los
términos causen temor, asumiendo la más adecuada perspectiva de la
irrenunciableresponsabilidad que
tenemos de protegernos. Es necesario aceptarlo, la cuestión no se puede
despachar con la comodidad de las consignas.
Es un pasaje recogido por
Mateo y Lucas, con algunas connotaciones diferentes. Tiene tres ideas,
yuxtapuestas por el redactor de forma más bien artificial:
- La exclamación de gozo de
Jesús por la revelación a los sencillos.
- La declaración sobre el
Padre y el Hijo
- La invitación a tomar el
suave yugo de Jesús.
En nuestra reflexión vamos a
centrarnos en la primera, por lo que insinuamos aquí alguna vía de comentario
de las otras dos. La declaración sobre el Padre y el Hijo muestra bien que las
primeras comunidades tenían una clara conciencia de que Dios hablaba por Jesús.
La conciencia misma de Jesús
parece reflejada aquí. Estos versos, que hacen recordar tanto algunas
expresiones del cuarto evangelio, lo muestran claramente. Es muy de señalar,
sin embargo, que hemos insistido quizá demasiado en el carácter trinitario de
estas expresiones. Cuando Jesús se refiere a "el Hijo", se refiere sin
más a sí mismo, a su conciencia filial y a su relación con Abbá, aspecto mucho
más importante que una mera especulación metafísica sobre las Personas Divinas.
La tercera parte es una
prolongación natural del mensaje del domingo pasado. Todos los humanos estamos
fatigados y sobrecargados, en toda vida humana hay cruz; se nos invita a llevar
la cruz con él, con su misma disposición, con su mismo corazón, para que la
vida sea mucho más llevadera, para que la cruz de la vida tenga más sentido.
Mateo constata simplemente
que Jesús "tomó la palabra y dijo...". Lucas lo expresa así:
"Lleno del júbilo del Espíritu Santo, dijo...".
Jesús siente este
sobrenatural júbilo al constatar que la Palabra es bien recibida y entendida
por la gente sencilla, mientras que los grandes, los ricos, los poderosos, los
sabios, no la entienden, no la aceptan. Jesús siente júbilo por ello.
Una vez más, los criterios y
valores de Jesús chocan con los normales del mundo. Si los ricos, sabios y
poderosos no aceptan la palabra de Jesús, parece evidente que toda su labor
está destinada al fracaso; no será más que una doctrina popular sin influencia,
sin futuro. Jesús no lo cree así: se alegra de que la gente normal se entere y
se alegra también de que los poderosos se cierren. Una vez más, nos encontramos
ante el desafío de aceptar los criterios y los valores de Jesús.
Ante todo, para Jesús los
poderosos, ricos, sabios... no son más que los sencillos. Si miramos
detenidamente las relaciones de Jesús con las personas, advertimos que para él
no tiene ninguna importancia el status social. Jesús atiende a todos, sin
importarle nunca su dinero, su sabiduría, su rango. Con una distinción: sus
relaciones con los poderosos y con los sabios de Israel suelen ser tensas,
incluso cuando está invitado a comer en sus casas, mientras que sus relaciones
con la gente normal son cariñosas, cercanas, sobre todo cuando se trata de
gente especialmente necesitada, enfermos, rechazados, marginados ...
Que sean precisamente éstos
los que mejor reciben la Palabra es una enorme alegría para Jesús. Y que los
sabios y poderosos no la acepten, también, porque muestra a las claras que Dios
es justo y bueno, no se deja comprar, y que el dinero y el poder no pueden
cambiar a Dios. Jesús se alegra de que Dios es de todos, sobre todo del que más
lo necesita, y especialmente de que no es patrimonio del saber, del poder, del
poseer.
Los ricos, los sabios, los
poderosos... los sencillos, los pobres, los necesitados. Jesús sabe que serán
éstos los que reciban la palabra. Jesús sabe que aquellos difícilmente la
recibirán. Estamos ante el mismo mensaje de otros mensajes de los evangelios,
en que Jesús desconfiaba del dinero y constataba que nadie sirve bien a dos
señores.
Una vez más, constatamos la
singularidad de Jesús. Las religiones se instauran siempre desde el poder, el
poder sagrado que se origina en la posesión de la palabra sagrada y la
condición sagrada de sus dirigentes, y atraen inmediatamente la riqueza, que da
a sus miembros respetabilidad social. Las religiones se instalan
confortablemente entre sabios, santos, poderosos: construyen maravillosos monumentos,
asesoran a reyes, gobiernan, cobran...
Y Jesús no es así: ni él ni
su movimiento es así. Teme al dinero como a un peligro, desconfía de la
sabiduría humana, no idolatra la ley, no aprecia gran cosa a los santos
oficiales, no tiene buenas relaciones con el poder, no da mucho valor al templo
y sus actos de culto... Pero valora enormemente a la gente sencilla, su
compasión, a su solidaridad, a la limosna de la viuda, al que visita enfermos,
al que pelea por la justicia...
Es éste un despiadado espejo
en que hemos de mirarnos nosotros, la Iglesia. La Iglesia como institución
tiene el peligro constante de convertirse en una religión como todas: poseedora
de la palabra, prestigiosa, rica, constructora de maravillas costosísimas para
el honor de Dios, instalada en las capas superiores de la sociedad...
Es una tentación, y no
podemos afirmar que no hayamos caído en ella. Y cada uno de nosotros estamos
tentados a apreciar más al rico, al sabio, al influyente, al triunfador, y a
sus criterios y valores: el éxito, la respetabilidad inaccesible, la influencia
social...
Estamos tentados a valorar
poco al más sencillo y a sus valores: la sinceridad, la colaboración, la
capacidad de sacrificio, la predisposición a compartir.
¿Dónde está tu Dios? es una
pregunta inquietante. ¿en el Templo, en el palacio, en los bancos, en la fama,
en la erudición, en el prestigio, en la influencia? Jesús se muestra feliz,
lleno de júbilo, porque encuentra a Dios en el corazón de la gente.
Dejemos que la palabra de
Jesús desnude nuestra religión, que la limpie de todos los añadidos, de todos
los vestigios de "carne", de tierra.
Si hemos manchado a Jesús
con extrañas religiosidades llenas de poder y dinero, de prestigio y vanas
sabidurías, reconozcámoslo.
Si en nuestra vida personal
nos sentimos más religiosos en el templo que cuidando a un enfermo, si damos
más gracias a Dios por ser ricos que por ser compasivos, si nos sentimos mejor
en compañía de ricos poderosos que con gente sencilla... pidamos a Dios
fervientemente que nos cambie el corazón: que haga que nuestros sentimientos
sean los de Jesús. Porque es posible que toda nuestra religiosidad sea un gran
error.
El domingo pasado celebramos
la fiesta que llamamos "el Corpus". Lo más significativo de su
celebración es la fastuosa procesión, el desfile de autoridades civiles y
militares (aunque no sean creyentes) la formidable custodia de plata y oro, los
valiosísimos ornamentos del clero. ¿Es el estilo de Jesús?
Pronto celebraremos el
aparatoso evento del JMJ, espectacular, carísimo, financiado por el Estado y
por la gente más rica del país. ¿Es el estilo de Jesús?
Cada uno ha de pensarlo, ya
somos adultos como para esperar siempre que otros nos lo digan.
¡Qué te puedo decir,
Adriana! Ya debes saber que el video de tu rescate ha recorrido el mundo, que
ese diálogo en medio de los escombros que dejaron los dos terremotos en
Venezuela, le ha sacado lágrimas de impotencia, pero también una sonrisa
inesperada a todo aquel que lo ha visto. Porque me atrevo a decir que para la
mayoría, ese intercambio con tu gordo, tu negro o tu flaco, no sé cómo lo
llames y no importa, —porque gracias a Dios allá eso no es pecado—; ese
diálogo, es como un espejo de lo que somos, hombres y mujeres que amamos con
fiereza, pero con una lealtad profunda hasta en las situaciones más extremas.
—No me quites... no me
quites, no me quites la respiración… —tartamudeaba él, sabiendo que estaba
contra reloj.
—¡Yo sé lo que hago, nojoda!
Estoy más cerca de ti de lo que tú te imaginas, ¿oíste? decía con el corazón a
mil.
—Cuidado se viene la pared
—alertabas tú como si nada, pero yo sé que has debido estar aterrada.
—¡No se va a venir,
Adrianaaaa… coñoooo! —jadeaba él alumbrado apenas con un teléfono.
—Cuidado con esto de aquí...
pero es que... —insistías con una naturalidad brutal en medio de tu
claustrofobia.
—¡Cooño, Adrianaaa! Yo estoy
aquí arriba, mami, ¡tengo todo bajo control!
—Es que aquí hay una cosa...
—¡Tápate la cara, tápate la
cara, tápate la cara, ahí! ¡Tápate la caaraaaa! —decía con frenesí y a toda
velocidad sin dejar de martillar.
— ¿Me viste? —preguntó luego
sin aflojar ni un segundo.
—¡Síí!
—¡¿Entonces qué haces
tapándote la cara, pues?!
—¿Y yo voy a pasar por
debajo? —preguntaste no muy convencida con el panorama.
—¡Ya va! Yo te voy a sacar
por aquí —te prometía con toda la seguridad del planeta.
—Noo, pero...
—¡Te voy a sacar por
aquíiii, nojodaaa!
Y lo hizo. Supongo que se
abrazaron, que lo regañaste por cualquier otra cosa, porque así somos las
mujeres cuando alguien nos importa de verdad. Aunque ya sabes lo que dicen
ellos, que mujer que no jode es hombre, pero nos adoran y nos cuidan, porque saben
que la mujer venezolana es así, molestosa y amorosa a la vez, ruidosa,
imperfecta y terca, coqueta, muy mujer y siempre heroica. Sobre todo eso,
heroica.
Ya debes saber que mientras
estabas atrapada y tratabas de controlar la situación, otras mujeres, envalentonadas
—como siempre que hace falta—, pusieron a temblar a unos policías, simplemente
porque tienen muy claro que la dignidad no tiene precio, aun en las peores
circunstancias. Los amenazaron con romper una paca de dólares que encontraron
entre las ruinas y ellos terminaron entregándolos. Luego los pusieron presos.
Porque cuando una venezolana se impone, ya sabemos lo que pasa. Tú lo sabes.
Te habrás enterado también
de las muchas mujeres que han encontrado sin vida, abrazadas a sus hijos
convertidas en escudo para salvarles la vida. Es desgarrador y luminoso al
mismo tiempo, como la escena de tu rescate. ¡Cómo es posible tanta paradoja!
El cielo amaneció de un rojo
degradado pocos días después de los terremotos, mientras la tierra se ha
seguido moviendo y uno no sabe si admirar aquello o asustarse. Así estamos
todos. Aquí y allá, donde sea, todos estamos atrapados hace décadas, entre
luces y sombras, entre lamento y esfuerzo también.
Te cuento que yo tengo 12
años en Miami y todavía siento que llegué ayer. No me acostumbro al silencio de
las calles, de la gente. A la prudencia absurda de no expresar ese cariño
natural que nos define, que me refrescó tu video, pues es mejor tragárselo para
no meterse en problemas.
Hace 12 años también que
terminó mi carrera periodística en los medios. Le puse un candado a esa parte
de mi vida, con mucha nostalgia y con mucho dolor. Ahora soy editora de libros
y mentora de escritura. Y si decidí aceptar esta posibilidad de escribir en El
Nacional, que agradezco profundamente, fue porque la única instrucción que me
dieron fue que debía mandar una foto. Nada más. Entonces me sentí libérrima y
lo primero que me provocó fue escribirte, Adriana, para darte las gracias.
Porque ese video de tu rescate me sacó del estupor que he sentido desde la
tarde de los terremotos. Me sacó una sonrisa.
En este Armagedón que
vivimos hace décadas, ese video, esa vivencia tuya se hizo viral debido a que,
gracias a Dios, las redes se han convertido en nuestro sistema nervioso. Lo he
visto mil veces y siempre descubro algo nuevo, escucho mejor una frase, y me
vuelvo a sonreír con los ojos aguados, porque también me muestra lo rotos y
enteros que estamos al mismo tiempo. Entonces desgarra que no hayamos podido
rescatar de una buena vez la libertad y el derecho que tenemos a vivir en paz,
sin abusos, hasta en medio de una tragedia.
Gracias de verdad, Adriana,
por recordarme que a pesar del odio y el resentimiento que quisieron sembrar
entre nosotros en este tiempo infinito, seguimos siendo una gente aguerrida y
con temple que no se rinde, aunque el mundo se le caiga encima; una gente
amorosa, noble y dispuesta a salvarse mutuamente, aunque duela.
Gracias por ese minuto de
felicidad y esperanza que nos diste a todos los que, entre quejas y esfuerzo,
seguimos luchando por salir de nuestros propios escombros.
Toda época produce las
formas de consuelo que le son necesarias para no tener que pensar en las
contradicciones que ella misma engendra. No deja de ser paradójico que
justamente en una época que se proclama como la más científica de la historia,
proliferen con inusitada fuerza los nuevos mercaderes de la esperanza. Cambian
los nombres, cambian los lenguajes y cambian los instrumentos, pero permanece
inalterada la promesa de aliviar la incertidumbre, de disipar el miedo, de
ofrecer un método seguro para alcanzar la serenidad. Donde antiguamente
hablaban los oráculos, hoy hablan los protocolos; donde antes se consultaban
los augurios, hoy se consultan manuales, algoritmos conductuales, técnicas de
motivación, programas de bienestar emocional y recetas para alcanzar la
felicidad. El antiguo sacerdote le cedió su lugar al coach especialista, al
entrenador emocional, al terapeuta de turno. Solo que la estructura permanece
sorprendentemente intacta.
No se trata, desde luego, de
negar el valor que pueda tener la psicología clínica o la psiquiatría, cuando
se enfrentan a patologías que requieren atención profesional. Una crítica
indiscriminada sería tan injusta como filosóficamente improcedente. El problema
real comienza cuando una parte considerable de la psicología contemporánea deja
de interrogar por el origen histórico del sufrimiento para concentrarse en la
administración técnica de sus síntomas. En este deslizamiento ocurre una
transformación decisiva: el malestar deja de ser comprendido como expresión de
una realidad histórica contradictoria para convertirse en una anomalía
personal, susceptible de “sanación”. Un cambio que no es simplemente
metodológico, dado que representa la renuncia de la psicología a sus propios
orígenes filosóficos.
De hecho, mientras la
antigua reflexión sobre el alma formaba parte de la filosofía, el problema
consistía en comprender la unidad viva del individuo, la sociedad, la historia
y el mundo. El alma no aparecía como un objeto aislado que pudiera manipularse
mediante técnicas especializadas, sino como una instancia inherente a la
totalidad del ethos. Pero al constituirse en ciencia independiente bajo los
presupuestos de la modernidad, la psicología aceptó también la visión que la
modernidad le ofrecía: la separación de sujeto y objeto, de individuo y
sociedad, de conciencia y realidad histórica. A partir de entonces dejó de
pensar el espíritu para dedicarse a la administración de conductas. Y fue ahí
donde comenzó a transformarse, muchas veces sin advertirlo, en uno de los
instrumentos favoritos del entendimiento abstracto. Porque el entendimiento
necesita clasificar, separar, cuantificar, protocolizar. Solo puede operar
fijando, poniendo, a pesar de que la realidad permanezca en movimiento. Su
ideal es la sustitución de la complejidad por el esquema y la contradicción por
el procedimiento. Donde el pensamiento descubre procesos históricos, el
entendimiento encuentra variables; donde la filosofía encuentra mediaciones, el
protocolo encuentra indicadores; donde la razón reconoce la negatividad, el
manual prescribe técnicas de adaptación. Semejante operación suele ser
presentada bajo el prestigioso sticker de “científica”.
Tal vez convenga recordar
una vieja advertencia de Vico: los divinari, aquellos antiguos administradores
de los oráculos, no obtenían su autoridad porque conocieran el porvenir, sino
porque ofrecían certezas ahí donde reinaba la incertidumbre. Su función
consistía en domesticar el miedo. No resulta difícil advertir que muchas de las
modernas industrias de la autoayuda reproducen exactamente la misma estrategia.
No les interesa la verdad, sino la venta de confort. No se trata de comprender
el mundo, sino de soportarlo. Es un gran negocio: una inmensa industria
dedicada a comercializar la esperanza.
Spinoza comprendió la lógica
de este artificio. Los dogmas -afirmaba- prosperan donde el miedo sustituye al
conocimiento. La dominación no solo necesita la fuerza. Necesita administrar
las pasiones. Una vez que el temor ocupa el lugar del pensamiento, la obediencia
aparece espontáneamente como virtud. La psicología positiva, el inmenso mercado
del bienestar emocional y buena parte de la cultura contemporánea de la
autoayuda participan, con frecuencia, de esta misma inversión. Ahí donde
existen problemas públicos se ofrecen soluciones privadas; donde existen
conflictos sociales se prescriben ejercicios individuales; donde la realidad
exige transformaciones profundas se recomienda resiliencia. El sujeto termina
siendo responsabilizado de sus padecimientos, a pesar de que no pocas veces es
la víctima de los intereses del poder.
Y así, la represión, la
pobreza, el exilio, la incertidumbre permanente, la violencia cotidiana, la
destrucción institucional, etc., dejan de aparecer como contradicciones objetivas
para convertirse en estados emocionales que requieren entrenamiento, medicación
o intervención terapéutica. La sociedad permanece intacta; el individuo es
quien debe corregirse y “sanarse” para adaptarse a ella. Por eso no sorprende
que semejante perspectiva encuentre un aliado formidable en la expansión de la
industria farmacológica. Es mucho más sencillo medicar el sufrimiento que
interrogar por las condiciones históricas que lo producen. La ansiedad, la
angustia, la desesperanza, dejan de ser interpretadas como experiencias humanas
inseparables de determinadas circunstancias históricas para transformarse en
desórdenes susceptibles de regulación química. No se cuestiona el mundo, se
regula al individuo. Es, dependiendo del ángulo desde el que se le perciba,
1984 o Un mundo feliz.
En momentos de catástrofe
colectiva, como los que atraviesa Venezuela, esta lógica adquiere una fuerza
todavía mayor. Allí donde una sociedad entera experimenta pérdidas,
precariedad, incertidumbre y desarraigo, proliferan inevitablemente quienes
ofrecen fórmulas para conservar el optimismo, administrar las emociones o
recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede sustituir la comprensión de
la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el trabajo del pensamiento. Porque
pensar nunca ha consistido en evadir las dificultades. Pensar significa
precisamente atravesarlas para poder superarlas. La libertad no nace de la
supresión del conflicto, sino de su comprensión. Allí donde todo malestar debe
ser inmediatamente neutralizado, desaparece la posibilidad de que el espíritu
descubra en la crisis el comienzo mismo de su recomposición. Comprender es
superar.
Quizá el mayor fraude de
nuestro tiempo no consista en la difusión de errores manifiestos, sino en algo
mucho más sutil: en la sustitución de la verdad por la certeza. Ahí donde la
filosofía interrogaba por el sentido de la existencia, se ofertan
procedimientos para administrar la adaptación. Donde el espíritu era concebido
como historia viva, aparece el individuo aislado que debe aprender a funcionar
correctamente. La administración del alma ha terminado por ocupar el lugar del
pensamiento. En una época saturada de métodos e instructivos para vivir mejor,
resulta cada vez más difícil poder comprender el mundo de la razón y la razón
del mundo.
En momentos de catástrofe
colectiva, esta lógica adquiere una fuerza todavía mayor. Cuando una sociedad
entera experimenta pérdidas, precariedad, incertidumbre y desarraigo,
proliferan quienes ofrecen fórmulas magistrales para conservar el optimismo,
administrar las emociones o recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede
sustituir la comprensión de la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el
trabajo del pensamiento.
Sin duda, es difícil. Pero
las cosas bellas son difíciles. La cuestión decisiva consiste en comprender que
el pensar no es una técnica de adaptación. El pensamiento no existe para
reconciliar al individuo con un mundo que permanece inmutable, sino para
descubrir que tanto el individuo como el mundo constituyen un mismo proceso
histórico. Esa es la diferencia entre el entendimiento (Verstand) y la razón
(Vernunft). El primero fija las determinaciones, separa, clasifica y las
convierte en objetos susceptibles de manipulación. La segunda descubre el
movimiento interno de las determinaciones, reconoce sus contradicciones y
comprende que toda realidad es, en sí misma, devenir. Mientras el entendimiento
administra lo existente, la razón revela su historicidad.
Sin duda, la psicología
positiva ha encontrado en el entendimiento abstracto su fundamento más sólido.
Al separar al sujeto de su realidad social, convierte el sufrimiento en
propiedad privada. Lo que caracteriza a una época aparece como un desorden
individual; lo que constituye una contradicción social termina siendo
interpretado como un déficit emocional. La historia desaparece detrás del
diagnóstico y el conflicto objetivo se disuelve en protocolo terapéutico.
Las consecuencias son,
cuando menos, significativas. El individuo ya no comparece ante la crisis sociedad
como sujeto de transformación, sino como objeto de intervención. Debe ser
corregido, entrenado, medicado o motivado para restablecer su capacidad de
adaptación. La contradicción deja de ser el motor del desarrollo del espíritu
para convertirse en un síntoma que conviene neutralizar lo más pronto. Y donde
el pensamiento encontraba el comienzo de la libertad, la técnica detecta
anomalías que deben ser administradas. Toda techné presupone una determinada
comprensión del ser. No existe técnica alguna que sea filosóficamente inocente.
La pretendida neutralidad científica oculta, en realidad, una decisión
ontológica: considerar al individuo como una entidad separada del ser social
que lo constituye. Y así, bajo la égida positivista, la psicología dejó de ser
una investigación acerca del espíritu para convertirse en un dispositivo
destinado a gestionar conductas. Es el triunfo cultural de la modernidad.
La diferencia entre una
técnica de adaptación y la filosofía consiste en que la primera procura
acomodar al individuo al mundo existente, mientras que la segunda comprende que
el individuo no es una sustancia aislada, sino un momento del devenir
histórico, un modo inmanente de la realidad. Pensar no significa administrar el
sufrimiento: significa reconocer en él la expresión de un mundo que reclama ser
comprendido para poder ser transformado. No se piensa para sobrevivir a la
historia. Se piensa porque el pensamiento, siendo resultado, es el punto de
partida en el que la historia comienza a transformarse a sí misma.
Ilustraciones: Huertas para un texto de Ron Charles, " Ron Charles For this Little family, no stable place in a shiftinh world" (The Washingron Post", 25/05/25); y Guy Billout (tomada de las redes).