LA ADMINISTRACIÓN DEL ALMA
José Rafael Herrera
“La
muerte de cualquier hombre
me
disminuye, porque estoy involucrado
en
la humanidad; y por lo tanto,
no
preguntes por quién doblan las campanas,
doblan
por ti”
John
Donne
(Meditación
XVII, 1624)
Toda época produce las
formas de consuelo que le son necesarias para no tener que pensar en las
contradicciones que ella misma engendra. No deja de ser paradójico que
justamente en una época que se proclama como la más científica de la historia,
proliferen con inusitada fuerza los nuevos mercaderes de la esperanza. Cambian
los nombres, cambian los lenguajes y cambian los instrumentos, pero permanece
inalterada la promesa de aliviar la incertidumbre, de disipar el miedo, de
ofrecer un método seguro para alcanzar la serenidad. Donde antiguamente
hablaban los oráculos, hoy hablan los protocolos; donde antes se consultaban
los augurios, hoy se consultan manuales, algoritmos conductuales, técnicas de
motivación, programas de bienestar emocional y recetas para alcanzar la
felicidad. El antiguo sacerdote le cedió su lugar al coach especialista, al
entrenador emocional, al terapeuta de turno. Solo que la estructura permanece
sorprendentemente intacta.
No se trata, desde luego, de
negar el valor que pueda tener la psicología clínica o la psiquiatría, cuando
se enfrentan a patologías que requieren atención profesional. Una crítica
indiscriminada sería tan injusta como filosóficamente improcedente. El problema
real comienza cuando una parte considerable de la psicología contemporánea deja
de interrogar por el origen histórico del sufrimiento para concentrarse en la
administración técnica de sus síntomas. En este deslizamiento ocurre una
transformación decisiva: el malestar deja de ser comprendido como expresión de
una realidad histórica contradictoria para convertirse en una anomalía
personal, susceptible de “sanación”. Un cambio que no es simplemente
metodológico, dado que representa la renuncia de la psicología a sus propios
orígenes filosóficos.
De hecho, mientras la
antigua reflexión sobre el alma formaba parte de la filosofía, el problema
consistía en comprender la unidad viva del individuo, la sociedad, la historia
y el mundo. El alma no aparecía como un objeto aislado que pudiera manipularse
mediante técnicas especializadas, sino como una instancia inherente a la
totalidad del ethos. Pero al constituirse en ciencia independiente bajo los
presupuestos de la modernidad, la psicología aceptó también la visión que la
modernidad le ofrecía: la separación de sujeto y objeto, de individuo y
sociedad, de conciencia y realidad histórica. A partir de entonces dejó de
pensar el espíritu para dedicarse a la administración de conductas. Y fue ahí
donde comenzó a transformarse, muchas veces sin advertirlo, en uno de los
instrumentos favoritos del entendimiento abstracto. Porque el entendimiento
necesita clasificar, separar, cuantificar, protocolizar. Solo puede operar
fijando, poniendo, a pesar de que la realidad permanezca en movimiento. Su
ideal es la sustitución de la complejidad por el esquema y la contradicción por
el procedimiento. Donde el pensamiento descubre procesos históricos, el
entendimiento encuentra variables; donde la filosofía encuentra mediaciones, el
protocolo encuentra indicadores; donde la razón reconoce la negatividad, el
manual prescribe técnicas de adaptación. Semejante operación suele ser
presentada bajo el prestigioso sticker de “científica”.
Tal vez convenga recordar
una vieja advertencia de Vico: los divinari, aquellos antiguos administradores
de los oráculos, no obtenían su autoridad porque conocieran el porvenir, sino
porque ofrecían certezas ahí donde reinaba la incertidumbre. Su función
consistía en domesticar el miedo. No resulta difícil advertir que muchas de las
modernas industrias de la autoayuda reproducen exactamente la misma estrategia.
No les interesa la verdad, sino la venta de confort. No se trata de comprender
el mundo, sino de soportarlo. Es un gran negocio: una inmensa industria
dedicada a comercializar la esperanza.
Spinoza comprendió la lógica
de este artificio. Los dogmas -afirmaba- prosperan donde el miedo sustituye al
conocimiento. La dominación no solo necesita la fuerza. Necesita administrar
las pasiones. Una vez que el temor ocupa el lugar del pensamiento, la obediencia
aparece espontáneamente como virtud. La psicología positiva, el inmenso mercado
del bienestar emocional y buena parte de la cultura contemporánea de la
autoayuda participan, con frecuencia, de esta misma inversión. Ahí donde
existen problemas públicos se ofrecen soluciones privadas; donde existen
conflictos sociales se prescriben ejercicios individuales; donde la realidad
exige transformaciones profundas se recomienda resiliencia. El sujeto termina
siendo responsabilizado de sus padecimientos, a pesar de que no pocas veces es
la víctima de los intereses del poder.
Y así, la represión, la
pobreza, el exilio, la incertidumbre permanente, la violencia cotidiana, la
destrucción institucional, etc., dejan de aparecer como contradicciones objetivas
para convertirse en estados emocionales que requieren entrenamiento, medicación
o intervención terapéutica. La sociedad permanece intacta; el individuo es
quien debe corregirse y “sanarse” para adaptarse a ella. Por eso no sorprende
que semejante perspectiva encuentre un aliado formidable en la expansión de la
industria farmacológica. Es mucho más sencillo medicar el sufrimiento que
interrogar por las condiciones históricas que lo producen. La ansiedad, la
angustia, la desesperanza, dejan de ser interpretadas como experiencias humanas
inseparables de determinadas circunstancias históricas para transformarse en
desórdenes susceptibles de regulación química. No se cuestiona el mundo, se
regula al individuo. Es, dependiendo del ángulo desde el que se le perciba,
1984 o Un mundo feliz.
En momentos de catástrofe
colectiva, como los que atraviesa Venezuela, esta lógica adquiere una fuerza
todavía mayor. Allí donde una sociedad entera experimenta pérdidas,
precariedad, incertidumbre y desarraigo, proliferan inevitablemente quienes
ofrecen fórmulas para conservar el optimismo, administrar las emociones o
recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede sustituir la comprensión de
la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el trabajo del pensamiento. Porque
pensar nunca ha consistido en evadir las dificultades. Pensar significa
precisamente atravesarlas para poder superarlas. La libertad no nace de la
supresión del conflicto, sino de su comprensión. Allí donde todo malestar debe
ser inmediatamente neutralizado, desaparece la posibilidad de que el espíritu
descubra en la crisis el comienzo mismo de su recomposición. Comprender es
superar.
Quizá el mayor fraude de
nuestro tiempo no consista en la difusión de errores manifiestos, sino en algo
mucho más sutil: en la sustitución de la verdad por la certeza. Ahí donde la
filosofía interrogaba por el sentido de la existencia, se ofertan
procedimientos para administrar la adaptación. Donde el espíritu era concebido
como historia viva, aparece el individuo aislado que debe aprender a funcionar
correctamente. La administración del alma ha terminado por ocupar el lugar del
pensamiento. En una época saturada de métodos e instructivos para vivir mejor,
resulta cada vez más difícil poder comprender el mundo de la razón y la razón
del mundo.
En momentos de catástrofe
colectiva, esta lógica adquiere una fuerza todavía mayor. Cuando una sociedad
entera experimenta pérdidas, precariedad, incertidumbre y desarraigo,
proliferan quienes ofrecen fórmulas magistrales para conservar el optimismo,
administrar las emociones o recuperar la motivación. Pero ninguna técnica puede
sustituir la comprensión de la realidad. Ningún protocolo puede reemplazar el
trabajo del pensamiento.
Sin duda, es difícil. Pero
las cosas bellas son difíciles. La cuestión decisiva consiste en comprender que
el pensar no es una técnica de adaptación. El pensamiento no existe para
reconciliar al individuo con un mundo que permanece inmutable, sino para
descubrir que tanto el individuo como el mundo constituyen un mismo proceso
histórico. Esa es la diferencia entre el entendimiento (Verstand) y la razón
(Vernunft). El primero fija las determinaciones, separa, clasifica y las
convierte en objetos susceptibles de manipulación. La segunda descubre el
movimiento interno de las determinaciones, reconoce sus contradicciones y
comprende que toda realidad es, en sí misma, devenir. Mientras el entendimiento
administra lo existente, la razón revela su historicidad.
Sin duda, la psicología
positiva ha encontrado en el entendimiento abstracto su fundamento más sólido.
Al separar al sujeto de su realidad social, convierte el sufrimiento en
propiedad privada. Lo que caracteriza a una época aparece como un desorden
individual; lo que constituye una contradicción social termina siendo
interpretado como un déficit emocional. La historia desaparece detrás del
diagnóstico y el conflicto objetivo se disuelve en protocolo terapéutico.
La diferencia entre una
técnica de adaptación y la filosofía consiste en que la primera procura
acomodar al individuo al mundo existente, mientras que la segunda comprende que
el individuo no es una sustancia aislada, sino un momento del devenir
histórico, un modo inmanente de la realidad. Pensar no significa administrar el
sufrimiento: significa reconocer en él la expresión de un mundo que reclama ser
comprendido para poder ser transformado. No se piensa para sobrevivir a la
historia. Se piensa porque el pensamiento, siendo resultado, es el punto de
partida en el que la historia comienza a transformarse a sí misma.
Ilustraciones: Huertas para un texto de Ron Charles, " Ron Charles For this Little family, no stable place in a shiftinh world" (The Washingron Post", 25/05/25); y Guy Billout (tomada de las redes).
04/07/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/la-administracion-del-alma/


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