lunes, 22 de junio de 2026

El proceso histórico

EL PUENTE NECESARIO: UNA TRANSICIÓN A LA LIBERTAD RESPONSABLE

Luis Manuel Marcano 

En la reflexión actual sobre el eventual desmoronamiento de este sistema criminal, colofón del llamado socialismo del siglo XXI, que no solo profundizó, sino que maximizó muchos de los errores políticos, económicos e institucionales que Venezuela venía acumulando desde hacía décadas, resulta inevitable formular dos interrogantes fundamentales. Más allá de la caída de un régimen o del agotamiento de un modelo, la verdadera discusión gira en torno a qué hacer después y cómo evitar que la tragedia vuelva a repetirse bajo nuevas formas.

Por ello, deseo centrar esta reflexión en responder dos preguntas que considero esenciales como aporte a ese futuro necesario.

¿Es posible conducir a Venezuela desde un modelo socialista hacia un orden liberal en medio de una pobreza extendida, corrupción estructural y una profunda dependencia ciudadana del Estado, sin vulnerar los derechos humanos ni sacrificar los principios democráticos?

Si ello fuera posible, ¿cuál podría ser el modelo de transición que sirva de puente entre un sistema socialista y un orden liberal mientras se construyen gradualmente las condiciones institucionales, económicas y sociales necesarias para su consolidación?

Estas preguntas no son meros ejercicios académicos. Constituyen probablemente el problema político más importante que enfrentará Venezuela en las próximas décadas. Porque el desafío no será únicamente desplazar a una élite gobernante o recuperar la legalidad constitucional. El verdadero reto consistirá en reconstruir una nación cuyos mecanismos de producción de riqueza, sus instituciones, sus incentivos sociales e incluso buena parte de su cultura política han sido moldeados durante años por la dependencia estatal, la destrucción de la autonomía ciudadana y la erosión progresiva de la confianza en las reglas del juego democrático.

La historia enseña que las sociedades no pasan de un extremo a otro mediante decretos ni mediante consignas ideológicas. Ningún país abandona exitosamente un sistema profundamente intervencionista para convertirse de la noche a la mañana en una democracia liberal plenamente funcional. Las transformaciones sostenibles son procesos históricos complejos que requieren tiempo, liderazgo político, reconstrucción institucional y, sobre todo, una comprensión realista de las condiciones materiales y culturales de la población. Precisamente por ello, la respuesta a estas preguntas exige abandonar tanto las ilusiones revolucionarias como las fantasías de una liberalización instantánea.

La primera respuesta es afirmativa. Sí, es posible transitar desde un modelo socialista hacia un modelo liberal sin violar los derechos humanos ni sacrificar los principios democráticos. De hecho, cualquier transición que aspire a ser legítima debe realizarse precisamente sobre la base del respeto irrestricto a los derechos fundamentales. El error de muchos procesos históricos ha consistido en asumir que la libertad económica puede construirse mediante mecanismos autoritarios o que la eficiencia puede sustituir a la democracia. La experiencia demuestra exactamente lo contrario. Allí donde la libertad política fue sacrificada en nombre de reformas económicas, surgieron nuevas formas de exclusión y concentración del poder. Y allí donde la democracia fue preservada, aun en medio de dificultades, las transformaciones tendieron a consolidarse con mayor estabilidad y legitimidad.

Sin embargo, reconocer que la transición es posible no significa ignorar la magnitud de los obstáculos. Un país donde ocho de cada diez ciudadanos viven en condiciones de pobreza no puede ser sometido a experimentos ideológicos ni a terapias de choque concebidas desde laboratorios académicos alejados de la realidad social. La pobreza genera dependencia, incertidumbre y miedo. Quien no sabe si podrá alimentar a sus hijos mañana difícilmente puede asumir los riesgos que exige una economía competitiva. Por ello, el primer deber de cualquier transición responsable consiste en comprender que la libertad económica no puede edificarse sobre el sufrimiento de los más vulnerables. Una sociedad devastada necesita primero recuperar condiciones mínimas de estabilidad para poder emprender el camino hacia mayores niveles de autonomía. Construir la base racional de emprendimiento que facilite capacitar nuevos emprendedores como futuros comerciantes.

Por ello, el problema se vuelve todavía más complejo cuando la pobreza se combina con corrupción estructural. La corrupción no constituye simplemente un fenómeno moralmente reprochable; representa una forma de organización del poder. Cuando la corrupción se convierte en sistema, las instituciones dejan de servir al interés público y pasan a funcionar como instrumentos de extracción de riqueza. En tales circunstancias, las leyes pierden credibilidad, la justicia se transforma en una ficción y la confianza social desaparece. Ningún proyecto liberal puede prosperar sobre semejante terreno porque los mercados requieren reglas estables, tribunales independientes y protección efectiva de los derechos de propiedad. Antes de hablar de crecimiento económico es necesario reconstruir el Estado de derecho y para que ello genere credibilidad social deben castigarse ejemplarmente quienes por acción u omisión contribuyeron a dañar el sistema de credibilidad judicial.

Un tercer elemento particularmente delicado es la dependencia cultural del Estado. Décadas de paternalismo político ha generado en amplios sectores de la sociedad la percepción de que el bienestar depende exclusivamente de decisiones gubernamentales. Esta realidad no puede ignorarse ni despreciarse. Quienes reducen este fenómeno a una supuesta falta de voluntad individual desconocen la profundidad de los procesos históricos. Las personas actúan dentro de los incentivos y estructuras que encuentran. Cuando durante años se castiga la iniciativa privada, se persigue la autonomía económica y se recompensa la subordinación política, terminan desarrollándose hábitos de dependencia que sobreviven incluso cuando el sistema comienza a derrumbarse.

Por esta razón aparece la segunda pregunta, quizás aún más importante que la primera. ¿Cuál es el puente intermedio entre el socialismo y el liberalismo? La respuesta es que dicho puente no puede ser ni la continuidad del modelo socialista ni la implantación inmediata de un liberalismo absoluto. El puente debe ser una etapa de transición institucional basada en una economía social de mercado, una democracia constitucional robusta y un proceso progresivo de empoderamiento ciudadano.

Las grandes transiciones exitosas de la historia moderna rara vez fueron producto de saltos al vacío. España después de Franco, los países de Europa Central tras la caída del comunismo y diversas experiencias latinoamericanas demostraron que los cambios duraderos suelen construirse mediante fórmulas intermedias que combinan estabilidad política, apertura económica gradual y protección social. El objetivo no consiste en destruir de inmediato todo lo existente, sino en transformar progresivamente las estructuras heredadas mientras se construyen nuevas capacidades sociales.

En la Venezuela que pronto habrá de surgir, ese puente de transición deberá comenzar por una profunda reconstrucción institucional y por la recuperación de las carreras públicas como fundamento de un Estado moderno y profesional. Por ello, la convocatoria a concursos públicos de oposición, así como la restitución de aquellos concursos que fueron desconocidos o arbitrariamente desestimados por razones políticas o criterios ajenos al mérito, resultarán indispensables para restablecer la confianza ciudadana y para convertir la capacidad, la experiencia y la excelencia profesional en los verdaderos indicadores del cambio que se avecina.

Como reza el viejo proverbio, “zapatero a su zapato”. La nueva Corte Suprema deberá estar integrada por juristas de reconocida trayectoria, con sólida experiencia judicial, preferiblemente provenientes de la carrera de juez o de las más altas instancias jurisdiccionales, dotados de la formación técnica y la solvencia ética necesarias para asumir la complejidad de la función judicial. Del mismo modo, cada institución del Estado deberá ser ocupada por quienes acrediten las competencias, conocimientos y experiencia requeridos para el ejercicio de sus responsabilidades. La reconstrucción de la República exigirá que el mérito sustituya definitivamente a la lealtad política como criterio de selección, evitando que los cargos públicos se conviertan nuevamente en mecanismos de recompensa partidista o de distribución de cuotas de poder. No existe transición económica posible sin independencia judicial, sin recuperación de la separación de poderes y sin restablecimiento de la seguridad jurídica. Durante años el país ha vivido bajo una lógica donde la ley fue subordinada a la voluntad política. El resultado ha sido devastador: destrucción de la inversión, fuga de talento humano, pérdida de confianza nacional e internacional y erosión de la legitimidad estatal. La reconstrucción de la República debe comenzar precisamente allí donde fue más gravemente herida: en sus instituciones.

Paralelamente, el Estado tendría que abandonar gradualmente su papel de controlador absoluto de la economía para asumir una función distinta: la de garante de oportunidades. Esto implica desmontar monopolios, eliminar privilegios, facilitar la iniciativa privada y abrir espacios para la inversión nacional e internacional. Pero también implica garantizar educación, salud y protección básica para quienes enfrentan mayores dificultades durante el proceso de adaptación. La diferencia es fundamental. Un Estado paternalista administra la dependencia; un Estado liberal crea condiciones para la autonomía.

La educación desempeña aquí un papel decisivo. Ninguna transición será sostenible si las nuevas generaciones continúan reproduciendo esquemas de dependencia política y económica. La verdadera riqueza de una nación no se encuentra en sus recursos naturales ni en sus reservas financieras, sino en la capacidad de sus ciudadanos para crear, innovar y emprender. Por ello, la educación debe convertirse en la gran política de Estado de la transición. No una educación orientada al adoctrinamiento ideológico, sino al pensamiento crítico, la responsabilidad individual, la ciudadanía democrática y la formación para el trabajo productivo.

Del mismo modo, la sociedad civil deberá recuperar espacios que durante años fueron absorbidos por el aparato estatal. Universidades, gremios, asociaciones vecinales, organizaciones profesionales, sindicatos independientes y organizaciones comunitarias tendrán que desempeñar un papel central en la reconstrucción nacional. La democracia no se limita al acto electoral; requiere una ciudadanía organizada capaz de participar activamente en la vida pública y de ejercer control sobre quienes gobiernan.

La transición también exigirá un cambio profundo en la cultura política. Durante demasiado tiempo la política venezolana ha oscilado entre el mesianismo y el personalismo. La expectativa recurrente de encontrar un salvador providencial ha debilitado la construcción institucional. Sin embargo, los países no se reconstruyen mediante hombres providenciales sino mediante instituciones sólidas. El futuro de Venezuela dependerá menos de la figura concreta que ocupe temporalmente el poder y más de la capacidad colectiva para establecer reglas estables que sobrevivan a los gobiernos.

Todo ello conduce a una conclusión esencial. La verdadera discusión no es entre socialismo y liberalismo entendidos como dogmas irreconciliables. La discusión real gira en torno a cómo construir una sociedad donde la libertad y la justicia social dejen de presentarse como objetivos contrapuestos. Una sociedad donde el Estado proteja sin asfixiar, donde el mercado genere prosperidad sin excluir, donde la democracia garantice gobernabilidad sin sacrificar el pluralismo y donde los ciudadanos recuperen progresivamente la confianza en sus propias capacidades.

El puente entre el socialismo agotado y el liberalismo consolidado no será el resultado de un decreto, una elección o una reforma aislada. Será, ante todo, una obra colectiva de reconstrucción nacional, un proceso histórico que exigirá la participación de todos los venezolanos desde el ámbito de sus capacidades, conocimientos y responsabilidades. Solo a través del concurso de nuestra honestidad, nuestro trabajo eficiente, nuestro compromiso con las instituciones y nuestra disposición a servir al bien común será posible edificar una República más libre, más justa y más próspera. Un proceso que exige paciencia, liderazgo, visión estratégica y, sobre todo, una comprensión profunda de que las sociedades no cambian únicamente cuando modifican sus leyes, sino cuando transforman la relación entre el ciudadano, el poder y la libertad. Venezuela necesitará reconstruir simultáneamente sus instituciones, su economía y su cultura política. Solo entonces podrá emerger una República donde la libertad deje de ser una aspiración retórica para convertirse en una experiencia cotidiana.

La gran tarea del futuro no consistirá únicamente en desmontar las estructuras de la llamada revolución del siglo XXI, sino en construir un modelo de país tangible, sostenible y capaz de generar confianza. Un orden político donde el ciudadano vuelva a ser protagonista de su destino, una economía que produzca prosperidad sin privilegios, instituciones donde la ley esté por encima de los gobernantes y una democracia que comprenda que la dignidad humana nace de la libertad responsable y no de la dependencia del poder. Ese camino exigirá paciencia, trabajo y perseverancia, porque los frutos de la reconstrucción no serán inmediatos, pero solo así podrá edificarse el puente entre el país que se extingue y la Venezuela que está por nacer. Ánimo que la tarea aún no comienza y es hasta el final.

Ilustración: Agim Sulaj.

11/06/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/el-puente-necesario-una-transicion-a-la-libertad-responsable/

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