LA FUERZA ARMADA AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA
Ramón Escovar León
“Calma y cordura” es la
expresión acuñada por el general Eleazar López Contreras que evoca la serenidad
y la prudencia en momentos cruciales de nuestra historia política. El general
de Tres Soles enseñó que la principal contribución de la Fuerza Armada a la
vida nacional consiste en favorecer una transición ordenada hacia la
institucionalidad.
Conviene recordarlo hoy, a
propósito de las palabras pronunciadas por el Ministro de la Defensa durante la
condecoración de más de 240 oficiales con tres décadas de servicio, al sostener
que los militares son “los custodios de la doctrina y del legado del comandante
fallecido Hugo Chávez”. Esta afirmación trasciende el protocolo militar y
obliga a abrir una reflexión serena sobre la naturaleza republicana de la institución
armada.
Conviene promover un debate
amplio y respetuoso sobre la misión de la Fuerza Armada en una república. ¿Debe
custodiar la doctrina y el legado de un líder político o los valores
constitucionales que pertenecen a toda la nación? ¿Debe identificarse con una
corriente ideológica determinada o situarse por encima de las diferencias
partidistas para preservar su carácter institucional?
Toda nación necesita que su
Fuerza Armada sea fuerte, profesional y respetada. Pero el respeto no se impone
mediante la adhesión a una doctrina política determinada, se conquista cuando
la institución militar es percibida por todos los ciudadanos como garante de la
soberanía, la integridad territorial y el orden constitucional.
La historia de Venezuela
ofrece una lección clara. Desde los primeros años de la República, el
desequilibrio entre lo civil y lo militar ha sido una de las causas recurrentes
de nuestras crisis políticas. Por ello, los constituyentes de 1811
establecieron un principio que conserva plena vigencia: el poder militar debe
permanecer subordinado a la autoridad civil.
Ese principio histórico
encuentra hoy una formulación inequívoca en el artículo 328 de la Constitución.
La norma define a la Fuerza Armada Nacional como una institución “esencialmente
profesional, sin militancia política”, organizada para garantizar la
independencia y la soberanía de la Nación, y establece que está “al servicio
exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política
alguna”.
No se trata de una cláusula
meramente declarativa. La prohibición de realizar actividades políticas no
disminuye la importancia de la Fuerza Armada; por el contrario, preserva su
unidad interna, fortalece su legitimidad y garantiza que pueda ser reconocida
por todos los ciudadanos como una institución común, por encima de las
diferencias ideológicas.
El sector castrense no
existe para custodiar la doctrina de un gobierno, de un partido o de un líder.
Su misión es más alta y más exigente: custodiar el legado republicano que dio origen
a Venezuela.
Ese legado no pertenece a
una parcialidad política. Está integrado por los valores de la independencia,
la soberanía popular, la separación de poderes, la alternancia democrática y el
respeto a la Constitución. Es el legado de Juan Germán Roscio, Francisco Javier
Yanes, Miguel José Sanz y de tantos civiles y militares que comprendieron que
la República solo puede existir cuando la fuerza se somete al derecho.
La experiencia comparada
demuestra que las democracias sólidas son aquellas en las que los militares
renuncian expresamente a toda función arbitral en la vida política. Su
prestigio nace, precisamente, de esa renuncia.
La experiencia reciente de
Colombia ofrece una lección valiosa. En vísperas de la segunda vuelta
presidencial de 2026, el comandante de las Fuerzas Militares, general Hugo
López Barreto, recordó que la misión de la institución está definida
exclusivamente por la Constitución y la ley. Frente a las controversias
surgidas en torno al proceso electoral, afirmó que cualquier actuación de las
Fuerzas Militares debía orientarse a garantizar la soberanía nacional, la
integridad territorial, la independencia del Estado y la preservación del orden
constitucional. La validación de los resultados —subrayó— corresponde a las autoridades
electorales y no a la institución militar.
Sus declaraciones
constituyen un recordatorio oportuno: la mayor contribución de las Fuerzas
Armadas a la democracia no consiste en intervenir en el debate político, sino
en garantizar que ese debate pueda desarrollarse en libertad y dentro del marco
constitucional.
La propia historia
contemporánea de Venezuela ofrece un ejemplo elocuente. Durante las décadas de
los sesenta y setenta, la Fuerza Armada Nacional desempeñó un papel decisivo en
la defensa de la democracia frente a las amenazas insurreccionales y a las
incursiones promovidas desde el exterior, como la invasión de Machurucuto. Lo
hizo bajo la conducción del poder civil y en cumplimiento de su deber
constitucional. Esa actuación le granjeó el respeto de amplios sectores de la
sociedad venezolana y demostró que el prestigio militar alcanza su mayor
expresión cuando las armas de la República se ponen al servicio de la libertad
y del orden constitucional, y no de una parcialidad política.
Los acontecimientos
recientes vividos por Venezuela obligan, además, a una reflexión autocrítica.
Cuando una nación atraviesa episodios traumáticos que comprometen su soberanía
y su estabilidad, la primera obligación de sus instituciones no es reafirmar
certezas ideológicas, sino examinar con honestidad qué errores permitieron
llegar a esa situación.
La politización de las
instituciones debilita la capacidad del Estado para proteger eficazmente la
soberanía nacional. La grandeza de una institución no reside en su capacidad
para negar sus fallas, sino en su disposición para aprender de ellas.
Venezuela necesita una
Fuerza Armada unida, profesional y respetada por todos los ciudadanos. Una
institución que sea motivo de encuentro y no de división, que recupere el
prestigio ganado durante las décadas en que defendió la democracia frente a las
amenazas externas y la violencia insurreccional, una Fuerza Armada cuyos
integrantes sean reconocidos por todos los venezolanos, sin distinción
política, como servidores de la República.
Las democracias necesitan
militares comprometidos con la República; los regímenes personalistas necesitan
militares comprometidos con un líder. La diferencia entre una y otra lealtad
define, en gran medida, el destino de las naciones.
La historia demuestra que la
Fuerza Armada venezolana ha sabido estar a la altura de los grandes desafíos
nacionales cuando han actuado como instituciones de todos y no de una
parcialidad.
Cabe esperar que, una vez
más, el sector castrense sepa honrar esa tradición republicana.
Fotografía:
https://spanish.xinhuanet.com/20260320/da067c59f8234a20a7ff05451d54255c/c.html
23/06/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/la-fuerza-armada-al-servicio-de-la-republica/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario