Luis Barragán
Convengamos, la proliferación de clubes de pádel comporta
también un fenómeno cultural. Allí se ha paseado un nuevo imaginario del éxito
que ya no pasa necesariamente por las aulas, apartando la mención de la
indumentaria de una prestigiosa marca comercial.
Una de las grandes e insuperadas conquistas históricas
de la era democrática, importa y mucho reconocerlo, fue la de ofrecer y
materializar una alternativa para el ascenso personal y social que no fuese
delictivo. La educación desde temprana edad hasta sus últimas consecuencias bien
lo ilustra, siendo un hecho tan irrefutable como irrepetible de compararlo con
la presente centuria.
Por muchos problemas que hubiese, ejemplificado con la
falta de presupuesto universitario por el que se podía lidiar, protestar y
recibir respuesta oficial, u otro de distinta naturaleza, inmediatamente el
asunto remitía a los propios de un vertiginoso crecimiento cuantitativo del
aula en Venezuela sin correspondencia con el decidido mejoramiento cualitativo
tan obligado antes de finalizar el siglo anterior, añadida una revisión
profunda del régimen financiero del Estado. Respuesta que nunca se dio,
silenciado y arrodillado el otrora combativo y respetado magisterio nacional,
la cuestión no encontró cupo en el socialismo del siglo XXI.
Ahora, se han cerrado todavía más los medios para una
legítima promoción individual y familiar, quedando como opción el intento de
flotar en un cuadro generalizado de supervivencia, la migración interna y
externa hasta el lugar donde sea posible sobrevivir, o la criminalidad de la
más variada estirpe, escala y estilo. Contrario a lo que ocurría antes, la
tendencia creciente en buena parte de la población es la de asumir que los estudios
formales e informales no sirven absolutamente para nada, resultando un gasto
inútil y – agregaríamos – pendenciero.
Cierto, sobre todo a partir de los años setenta del
XX, importaba y mucho tener un hijo “dotol” y concebir las aulas como una
masiva manufacturadora de “dotoles”, equivalente al ascenso rápido del
diplomado y de toda su familia. En nuestro imaginario social, sobre todo
respecto al médico antes que al abogado o ingeniero, se le creyó automático
portador de un encumbramiento que podía ser de clase y con clase gracias a las
clases.
A ese imaginario contribuyó inmensamente la novela
radiada y televisada, porque los Alberticos Limontas o las Rafaelas de ocasión,
estelares de Radio Caracas y Venevisión, poco o nada hubiesen logrado de no
gozar de la debida colegiación profesional o, al menos, contar con una
certificación de Douglas León Natera, el eterno presidente de la Federación
Médica. Parece que la cosa viene de muy atrás, pues, tenemos que hacia 1926 se
presentó en el teatro Ayacucho de Caracas una obra de Florencio Sánchez llamada
“M´hijo el dotor”, por la compañía Villalona: aunque desconocemos el libreto,
es de suponer el motivo de la obra.
Lo cierto es que la realización de toda suerte de
estudios en el país de antes fue bien recibida y hasta saludada en los medios
escritos de la prensa, tratándose de un secretariado comercial, médico,
mecánico automotriz, ingeniero electrónico, maestro de la construcción,
psicólogo, contabilista u otras ramas del saber y del hacer, siendo festejada
la graduación en los hogares. Este otro
imaginario que arrolló principalmente la televisión, en el que bastaba cualquier
oficio o profesión útil para una vida decente y hasta holgada, lo canceló el
socialismo añadiendo el fracaso de las llamadas misiones que, al fin y al cabo,
no eran políticas públicas tal como universalmente se les entiende.
El idearium educativo
de esta hora es otro y quizá prevalezca aún el convencimiento de que no hace
falta estudiar para ser alguien y, muchísimo menos, para tener bastantísimo
dinero ostentando una envidiable posición gracias a las grandes y pedagógicas hazañas
de los boliburgueses y pranes. “Habrá maneras de comprar un título, si es que
me lo piden para entrar en el club de pádel”, argüirá alguno.
La transición no es solamente un cambio de gobierno o
de régimen, como pueden sugerir los transitólogos de todo momento. Apunta a la
reconstrucción de las más nobles expectativas de mérito y movilidad, educación
y esfuerzo, sacrificio y recompensa frente al padelirium.
Ilustración: Jacek Yerka.
Composición gráfica basada en:
Ilustración: David Nemietz:
https://padel-magazine.es/la-contenci%C3%B3n-del-p%C3%A1del-por-david-niemietz/
Reproducción: Aviso de El Universal, Caracas, 12/01/1926.
21/05/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/idearium-educativo-y-padel/


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