miércoles, 24 de junio de 2026

Un largo trecho

DE CARABOBO A FUERTE TIUNA

Jesús Rondón Nucete

 El 24 de junio se conmemoraba la victoria obtenida en Carabobo (1821) por las tropas de Colombia-La-Grande, conducidas por El Libertador-Presidente, sobre las del Imperio Español del Capitán General Miguel de la Torre. Selló la independencia del gran Estado suramericano y permitió su reconocimiento internacional. En 1949 se fijó como día del Ejército de Venezuela, aunque este realmente no fuera –¡y no es!– sucesor de quienes en aquel campo consolidaron la emancipación política. Lo demostró su conducta insólita el 3 de enero pasado en Fuerte Tiuna. En verdad, sus soldados –“chavistas y antimperialistas”– no tienen motivo para celebrar este día.

Más de 90% de los venezolanos aplaudieron la acción de fuerzas norteamericanas que, en una operación ejecutada con precisión de reloj (que supuso la muerte de agentes cubanos y venezolanos de seguridad), se apoderaron del “usurpador” del mando (y de su esposa, con funciones importantes) y los trasladaron a territorio de Estados Unidos para que fueran juzgados por graves delitos (algunos definidos por el Derecho Internacional) en un Tribunal de Nueva York. Una acción de ese tipo no es siempre contraria al derecho, como comúnmente se cree. Está prevista –bien que excepcionalmente– ante determinadas circunstancias. Más recientemente, encuentra sustento en la tesis del deber de proteger que corresponde a todos los estados ante los crímenes cometidos contra una población civil, así como en aquella otra de la jurisdicción internacional, ya admitida no solo en la doctrina sino en la legislación de al menos once estados (Argentina, entre ellos).

La mayoría de los venezolanos también ha manifestado su oposición al ejercicio del poder por oficiales de Estados Unidos. Nada lo justifica. A la intervención militar ha seguido el establecimiento de un protectorado de facto, sin fundamento jurídico. Se desconoce la soberanía del país: no solo se imponen desde Washington decisiones que corresponden a las autoridades locales, sino que dentro del territorio nacional se cumplen actos que les son propios (incluso de tipo militar). Pareciera que (aunque no formalmente) se ha agregado a la Constitución (1999) una enmienda (similar a la de Platt en la constitución cubana de 1901), según la cual “Estados Unidos puede ejercitar el derecho de intervenir” para “estabilizar la situación, recuperar la producción económica y restablecer la democracia”. Los venezolanos, por su parte, se sienten capacitados para asumir la administración de su país y recuperar su régimen de democracia y libertades. Lo hicieron en ocasiones anteriores.

En esta columna se ha recordado que los venezolanos han sabido superar graves crisis, sin recurrir a “protectores” que cumplieran esas tareas. También pudieron, en el siglo anterior, llevar adelante dos procesos de transición de regímenes dictatoriales hacia sistemas democráticos (en 1936 y 1958) que sirvieron de referencia para experiencias similares en otros lugares. Precisamente, con el último se inició uno de los períodos de mayores éxitos en su historia: era por entonces la democracia más estable y dinámica de América Latina. Eso dio enorme prestigio al país, no solo en la región sino en otras, incluso lejanas. Conviene decir también que en todos sus años de independencia solo ha sido invadida por tropas extranjeras en dos oportunidades: breve y escandalosamente durante el bloqueo de los puertos (1902-1903) por Inglaterra, Alemania e Italia y, sigilosamente, por efectivos cubanos en apoyo de guerrillas comunistas (1966-1967) y al gobierno chavista-madurista (desde 2003).

Sin embargo, el sistema democrático venezolano no supo enfrentar algunas viejas tendencias internas que a la larga causarían su ruina. Dotó al país de una infraestructura muy completa, extendió los servicios de salud y educación abiertos a todos (lo que permitió mejorar las condiciones de vida), afianzó la igualdad social y recibió millones de inmigrantes que se integraron plenamente. Promovió el desarrollo económico: el PIB llegó a ser el 4.º de la región. La pobreza disminuyó (aunque en los años finales volvió a aumentar). Pero, la voluntad republicana de los inicios se debilitó con la riqueza fácil (derivada del petróleo). El espíritu de partido sustituyó a la idea del servicio, el populismo se impuso como instrumento de control social, el intervencionismo estatal invadió las áreas propias de la iniciativa privada y dio mayor poder a los órganos públicos. En tales condiciones, floreció la corrupción que animó el militarismo nunca calmado.

Después de la dictadura militar de M. Pérez Jiménez las Fuerzas Armadas se transformaron. Antes había comenzado su modernización, visible en la formación de sus oficiales, la adquisición de nuevos equipos, la construcción de instalaciones adecuadas. Pero, a partir de 1958 dejaron de ser soporte de un caudillo. Se institucionalizaron. Fueron el brazo armado de la República (no de partido o persona). Y se comprometieron con la voluntad democrática del pueblo. Su doctrina de acción se modificó y su preparación mejoró. Fueron equipadas para atender la seguridad interna y externa, sin pretender entrar en el juego de las potencias. Derrotaron la insurrección promovida desde Cuba. Tuvieron el reconocimiento de la comunidad internacional: participaron en varias misiones de paz, bajo la bandera de las Naciones Unidas. En India y Paquistán (1966), Namibia (1989), Centro-América (1990), Iraq y Kuwait, Sahara Occidental y El Salvador (1991) y Croacia y Bosnia Herzegovina (1992).

Desde comienzos de los años 80 algunos advirtieron señales de una crisis política mayor (sistémica), pero el asunto no se discutió en los ambientes en los que correspondía. Los dirigentes (especialmente de partidos) estaban más interesados en las pequeñeces inmediatas y pensaban que las reformas (que pedían los adelantados) podían limitarse (a elecciones regionales) o esperar. Sin embargo, el tema si interesó mucho en los cuarteles y en los grupos económicos. También en la Iglesia. Por su parte, al finalizar la lucha armada, algunos de sus promotores concluyeron que para lograr sus objetivos debían contar con apoyo entre los oficiales: decidieron incorporar militantes “revolucionarios” en unidades militares para difundir ideas y captar partidarios. Las Fuerzas Armadas fueron, así, penetradas lentamente. Al comienzo fueron pocos los comprometidos (solo 4 en 1982), luego su número aumentó. En verdad, la mayoría mantuvo su formación y talante democráticos. En 1992 derrotaron a los infiltrados.

Durante décadas los cuerpos militares –a los que se agregaron la aviación (1920) y la guardia nacional (1937)– se presentaron como herederos de aquellos que lograron en los campos de batalla la independencia decretada por los congresos de varios pueblos americanos. Se decían “forjador(es) de libertades”. No era exacto desde el punto de vista histórico. El Ejército Libertador –como se le llamó en la epopeya– integrado desde 1813 por venezolanos y neogranadinos, a los que posteriormente se sumaron quiteños, peruanos y argentinos (y oficiales de origen europeo), se disolvió al final del proceso emancipador. Después, especialmente desde el asalto de J.T. Monagas (1848), cada caudillo hacía de las tropas o “montoneras” (normalmente de su mismo origen regional) con las que había conquistado o se sostenía en la capital, el instrumento armado del poder nacional. Los presidentes de Estado hacían lo propio en el interior. No había, pues, ejército único y permanente.

Fue así hasta que Juan Vicente Gómez creo un verdadero ejército nacional a partir de 1910 (apertura de la Escuela Militar en La Planicie), con asesoría del chileno Samuel McGill (nombrado Instructor General), experimentado y aventurero, de formación prusiana. Comprendió el Benemérito, veterano de guerras, la necesidad de preparar a los oficiales y equipar a las tropas para asegurar la tranquilidad de la Patria. Comenzó entonces un proceso de mejoramiento, crecimiento y modernización, en el que un paso importante ocurrió (1958) cuando las fuerzas armadas se convirtieron en institución al servicio del Estado (y no de persona o parcialidad), sujeta a la Ley. Ese proceso se interrumpió cuando Hugo Chávez, “caudillo” de una revolución atrasada, utilizó aquella institución para sustentar su poder, le confió tareas impropias y toleró su corrupción. El resultado fue el desprestigio y su incapacidad para responder a las exigencias de los tiempos. ¡Como en Guyana o Fuerte Tiuna!

El futuro de las fuerzas militares en Venezuela es un tema tabú. Su conexión con el régimen chavista les hizo perder la confianza de los ciudadanos: 74,77% siente ahora (febrero.2026) “vergüenza y disgusto” hacia ellos. De otro lado, las condiciones impuestas por las nuevas circunstancias exigen cambios, como en muchos países. Las guerras recientes (en Ucrania o Irán), muestran la necesidad de adaptarse. Sobreviven los más inteligentes, no los más fuertes. En nuestro caso, debe prohibirse su participación en las luchas partidistas, así podrán dedicarse a las tareas que les encomienda la Constitución, que no son pocas.

Fotografía: Venezuela se prepara con antelación para una invasión estadounidense:

https://www.elespanol.com/espana/20190222/ejercito-venezolano-prepara-hace-ano-invasion-eeuu/377963452_0.html

Cfr. Texto de Paola Badaracco sobre el autor:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/humanista-y-catedratico/

24/06/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/de-carabobo-a-fuerte-tiuna/

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