DE LAS CATÁSTROFES
José Rafael Herrera
“El entendimiento
abstracto
separa lo que en la
realidad
concreta constituye una
totalidad”
G. W. F. Hegel
Las imágenes de pueblos
sepultados por deslizamientos de tierra, ciudades devastadas por terremotos o
comunidades enteras arrastradas por deslaves o inundaciones recorren el mundo
con vertiginosa y sorprendente inmediatez. La reacción, por cierto, no menos
inmediata suele ser, siempre, más o menos la misma: “la naturaleza ha vuelto a
ensañarse con los seres humanos” o, cosa similar, “es un castigo divino”. Y,
sin embargo, esa aparente evidencia oculta una problemática mucho más profunda.
Concluido el desastre material, quizá haya llegado el momento de abandonar las
presuposiciones y abrir la posibilidad de interrogarse por una expresión que se
repite una y otra vez, con harta frecuencia y casi mecánicamente, y que,
precisamente por ello, termina ocultando aquello que debería revelar. Y es que,
cuando las cosas son examinadas más detenidamente, sine ira et studio, tanto
desde la perspectiva ontológica como desde el punto de vista de los estudios
histórico-sociales, se logra obtener la sorprendente conclusión de que,
efectivamente, la naturaleza no produce las catástrofes y nada sabe de ellas.
En efecto, cada vez que una
montaña se desploma, un río se desborda de su cauce o la tierra se sacude con
violencia, la reacción suele ser la misma: “ha ocurrido una catástrofe
natural”. La expresión parece tan evidente que casi nadie se detiene a pensar
en ella. Pero solo basta examinarla con cierto detenimiento para advertir que
encierra una de las mayores mistificaciones del presente. Los terremotos forman
parte de la dinámica del planeta. Los volcanes existen desde mucho tiempo antes
de que apareciera el ser humano. Las lluvias torrenciales, los huracanes, las
sequías y los deslizamientos de tierra obedecen a procesos propios de la
geología, de la climatología o de la hidrología. Ninguno de ellos constituye,
por sí mismo, un evento catastrófico. La montaña no lamenta el desprendimiento
de sus laderas; el río no experimenta como desgracia el desbordamiento de sus
aguas; la corteza terrestre no sufre cuando las placas tectónicas liberan la
energía acumulada durante siglos. La verdadera tragedia comienza allí donde
esos procesos naturales irrumpen sobre el mundo construido por los seres
humanos.
No son las montañas las que
mueren bajo un alud. Son las personas. No son los edificios los que
experimentan “temor y temblor” ante un terremoto. Son quienes los habitan. No
es la naturaleza la que pierde sus bienes, sus recuerdos, sus proyectos de vida
o sus seres queridos. Todo ello pertenece exclusivamente al ámbito de la historia.
Quizá convenga, entonces,
invertir el modo habitual de formular el problema. Lo que suele llamarse
“desastre natural” es, en realidad, la manifestación de una vulnerabilidad
histórica. La diferencia puede parecer meramente terminológica, pero, ciertamente,
no lo es. Constituye un cambio radical de perspectivas. Un terremoto de
magnitudes semejantes puede ocasionar unos pocos muertos en Japón y decenas de
miles en otro país. La explicación no reside en el movimiento de las placas
tectónicas. Reside en la calidad de las construcciones, en la existencia de
normas rigurosas de ingeniería, en los sistemas de alerta temprana, en la
educación ciudadana, en la planificación urbana y en la capacidad de las
instituciones públicas para anticipar y responder a la emergencia.
La naturaleza produce el
fenómeno físico. La historia produce la catástrofe y la consecuente tragedia.
Lo mismo ocurre con las inundaciones. El agua sigue el curso que la gravedad le
impone. O como decían los antiguos caraqueños, habitantes de las faldas
majestuosas de El Ávila: “el agua siempre vuelve a su cauce”. Pero cuando los
cauces naturales han sido ocupados por asentamientos improvisados, cuando los
drenajes jamás fueron construidos o permanecen abandonados, cuando la
corrupción convierte las obras públicas en simples negocios privados, cuando la
planificación cede su lugar a la improvisación, la lluvia deja de ser un
episodio meteorológico para convertirse en una auténtica tragedia humana. En
rigor, no es el río el que mata. Matan décadas de irresponsabilidad acumulada.
Este “giro copernicano” de
perspectiva obliga a revisar la manera como se distribuyen las
responsabilidades. Mientras el desastre sea atribuido exclusivamente a la
naturaleza, los responsables históricos desaparecen del horizonte. La fatalidad
reemplaza a la política. La geología sustituye a la administración pública. El
azar ocupa el lugar de la planificación. El lenguaje mismo termina absolviendo
aquello que debería someterse al juicio de la sociedad. No deja de resultar significativo
que las comunidades más pobres sean, casi siempre, las más expuestas a estos
llamados “desastres naturales”. No porque la naturaleza ejerza algún tipo de
discriminación social, sino porque la pobreza obliga a ocupar quebradas,
laderas inestables, márgenes de los ríos o zonas donde jamás debieron
levantarse viviendas. La desigualdad no crea el fenómeno geológico, pero sí
determina quiénes cargarán con sus consecuencias. En una expresión, las
catástrofes son, esencialmente, sociales y, por esa misma razón, son políticas.
Cada sociedad decide
—consciente o inconscientemente— cuánto invierte en políticas de prevención,
cuánto protege sus ecosistemas, cuánto fortalece sus instituciones técnicas o
cuánto privilegia o no la inversión en conocimiento. Cada una de esas
decisiones permanece invisible durante años, hasta que la naturaleza actúa
conforme a sus propias leyes y deja al descubierto el modelo de facitura
histórica que los humanos han decidido ejecutar. Vico sostiene que el mundo de
la naturaleza ha sido hecho por Dios, mientras que el mundo civil ha sido hecho
por los hombres. De ahí se deriva una consecuencia extraordinaria: lo que los
hombres hacen, es lo que pueden comprender y transformar. Dos siglos después,
Hegel afirmará que el espíritu solo llega a conocerse en las obras que él mismo
produce. No existe historia sin responsabilidad.
Quizá haya llegado el
momento de aplicar esa enseñanza a nuestro modo de comprender las tragedias
contemporáneas. Ninguna sociedad puede impedir que tiemble la tierra o que
llueva con intensidad. Lo que sí puede impedir es que esos fenómenos se
conviertan en escenarios de muerte, destrucción y abandono. La naturaleza no
redacta códigos de construcción. Ni decide dónde se levantan las ciudades. No
elimina los organismos científicos. Ni desvía los recursos destinados a obras
públicas. No destruye la educación ni convierte la planificación en propaganda.
La naturaleza existe
conforme a sus propias leyes; la historia es el ámbito de la praxis, de la
libertad y de la responsabilidad. Confundir ambos órdenes equivale a
naturalizar lo que pertenece al mundo de las decisiones humanas. Allí donde el
entendimiento abstracto sólo ve un fenómeno geológico, la razón histórica
descubre una compleja trama de mediaciones sociales, políticas, económicas y
culturales que explican por qué un mismo acontecimiento físico produce
consecuencias radicalmente distintas según la sociedad en la que ocurre.
Es verdad que la naturaleza
se manifiesta. Pero lo que aparece bajo esa manifestación es la historia. Por
eso Hegel comprendió que la verdad nunca reside en la inmediatez, sino en las
mediaciones que la constituyen. Lo verdaderamente concreto no es el fenómeno
aislado, sino la totalidad de las relaciones que lo hacen inteligible. Por eso
las llamadas “catástrofes naturales” exigen ser pensadas desde la totalidad
concreta. Solo entonces dejan de ser simples episodios de geología para
convertirse en acontecimientos de la historia.
La catástrofe no acontece en
la primera naturaleza, que sigue obedeciendo a sus propias leyes, sino en esa
segunda naturaleza —el mundo histórico de instituciones, ciudades, técnicas y relaciones
sociales— que los seres humanos han construido y de cuya conservación son
responsables.
Fotografía: Para un reportaje de Víctor Amaya sobre el terremoto de Venezuela de título elocuente: "He visto más fusiles que palas". La Razón, Esp., 30/06/26.
18/07/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/de-las-catastrofes/

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