CULTIVAR NUESTRA
(San Juan, 1: 29-34)
Al igual que los sinópticos,
también el autor del cuarto evangelio hace del bautismo de Jesús el
acontecimiento con el que se inicia su actividad pública. Un indicio más, no
solo de la historicidad de ese hecho, sino del papel decisivo que jugó en la
propia evolución humana/espiritual de Jesús.
Por otro lado, también en el
cuarto evangelio se advierte la polémica con los discípulos del Bautista, que
lleva al autor a subrayar la primacía del maestro de Nazaret y a convertir a
Juan en nada menos que un "cristiano", que "ha visto" y
"da testimonio" de que Jesús es "el Hijo de Dios".
Sabemos que "ver"
y "dar testimonio" constituyen dos expresiones típicamente joánicas,
que definen el ser y la misión del discípulo: este es alguien que "ha
visto" y, por ello mismo, puede "dar testimonio".
Así aparece en diferentes
lugares del evangelio e incluso en las Cartas de Juan: "Nosotros hemos
visto y damos testimonio" (Jn 19,35; 21,24; 1Jn 1,1-3).
¿Qué es lo que "ha
visto" Juan? A un hombre lleno de Espíritu. Es decir, al Espíritu
viviéndose en forma humana. Así me parece que hay que leer este relato, más
allá de la literalidad que se muestra en la imagen mítica de la
"paloma".
Es probable que Juan pudiera
verlo, gracias a la transparencia del propio Jesús. Pues, como dijera Jean
Sulivan, en una de las afirmaciones más bellas que, en mi opinión, se han dicho
de él, "Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un
hombre".
Siempre que tenemos la
fortuna de encontrarnos con una persona "transparente" –no
"perfecta", sino humilde-, resulta más fácil reconocer, apreciar,
"ver" el Misterio que la (nos) habita.
Pero parece que no es
suficiente encontrarnos con alguien así, sino que, habitualmente, se requiere
también haber desarrollado la propia "capacidad de ver", es decir un
"saber mirar", que trasciende lo puramente material y lo meramente
mental.
Si miramos solo desde la
mente, aunque sea al propio Jesús, no lograremos ver sino a un ser separado,
por más que lo proclamemos "divino". Porque la mente nos ofrece una
visión inexorablemente fragmentadora y, por tanto, distorsionada, de lo real.
Dado que para ella todo existe separado, nos hace caer en el engaño grosero de creer
que la realidad es tal como la propia mente la ve.
Sin embargo, lo que la mente
nos ofrece no es una "fotocopia" de lo real, sino únicamente su
"interpretación", completamente condicionada por sus filtros
limitantes. Es decir, lo que pensamos no tiene nada que ver con lo que es.
Los sabios siempre han sido
conscientes de que existían distintos niveles de realidad, a los que podíamos
acceder a través de diferentes órganos de conocimiento. Así, en una expresión
que sería definitivamente acuñada por san Buenaventura –aunque, antes que él,
en el siglo XII, fue utilizada por los monjes Hugo y Ricardo de San Víctor -,
hablaban del "ojo de la carne", el "ojo de la razón" y el
"ojo del espíritu" ("ojo de la contemplación" o "tercer
ojo"). (En nuestros días, Ken Wilber ha retomado esta cuestión en Los tres
ojos del conocimiento. La búsqueda de un nuevo paradigma, Kairós, Barcelona
1991; ID., El ojo del espíritu. Una visión integral para un mundo que está
enloqueciendo poco a poco, Kairós, Barcelona 1998).
Nos empobrecemos cuando nos
reducimos al "ojo de la carne" –en una especie de positivismo
cientificista- y también al "ojo de la razón". Como ha escrito el
psicólogo italiano Giorgio Nardone, "es una perversión de la inteligencia
creer que la razón lo solventa todo".
Necesitamos recuperar el
"tercer ojo". O dicho de otro modo: además de la "inteligencia
operativa", es urgente cultivar el desarrollo de la "inteligencia
espiritual". Nos jugamos en ello nada menos que la posibilidad de responder
adecuadamente a la pregunta "¿quién soy yo?".
Solo la "inteligencia
espiritual" –el "tercer ojo" de los clásicos- nos capacita para
"ver" la realidad en su dimensión más profunda, para advertir el
Misterio en todo lo que nos rodea, nosotros incluidos. Y, como Juan, solo si lo
vemos podremos "dar testimonio".
La calidad humana, el futuro
de la humanidad y del planeta depende de que sepamos "ver" de este
modo.
Cuando miramos a Jesús desde
ahí, lo que vemos –como el Bautista- es el Espíritu. Y eso sin ningún tipo de
separación, por lo que, al mismo tiempo, nos estamos viendo a nosotros mismos:
cada rostro es nuestro rostro. Porque, más allá de todos los vericuetos
anecdóticos de la existencia, lo que permanece es la certeza misma de que, tras
las confusiones de los egos, está el Espíritu que sonríe dulcemente al
encontrarse consigo mismo y sentirse Uno tras las aparentes marañas y
encrucijadas.
Fuente:
https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/4538-cultivar-nuestra-capacidad-de-ver.html
Ilustración: David Zelenka.
Padre S. Martín: León, más de Benedicto que de Francisco. María M. Machado Venezuela:
https://www.youtube.com/watch?v=e6hwRrNBdzc

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