martes, 11 de agosto de 2026

Puntualidades de un proceso

INVOCACIÓN DEL LIDERAZGO TRANSICIONAL

Luis Barragán

Aceptemos que no toda tertulia equivale a mesa de trabajo y, menos, a un proceso de transición de naturaleza y alcances complejos, por lo que el liderazgo que lo propulse ha de ser distinto para consumarlo eficazmente. El objeto esencial del cambio consiste en recuperar las capacidades del Estado —por no decir el Estado mismo— para hacer posible un esfuerzo de democratización sostenida y, en consecuencia, amerita de una conducción política alternativa muy acorde a las metas, realista con una extraordinaria habilidad para superar incidentes y accidentes del proceso incluyendo facetas inéditas respecto al oficio político de hoy.

Quizá redundante, el sujeto político de la transición ha de generar la confianza necesaria y promover el consenso indispensable para la tarea nada menuda de republicanizarnos, pues no bastará con gobernar, administrar ni competir electoralmente cobrando una creciente importancia la tarea de reconstruir, mediar, consensuar e integrar para restablecer las capacidades mínimas del Estado y rehacer su relación con la sociedad. Concordando con Joel S. Migdal al asumir con sentido realista que el Estado compite, negocia y coexiste con múltiples expresiones sociales generadoras de normas de hecho, lealtades y formas de control, significa también afrontar la resistencia de los grupos e intereses asociados al régimen desplazado o en vías de desplazamiento, es decir, los  poderes salvajes que van más allá del estricto ámbito jurídico.

Por supuesto que debemos partir de la dimensión ética y de los específicos atributos personales, pero una teoría funcional del liderazgo de transición apunta a la cabal operatividad política e institucional para pasar del país de la crisis que todavía amenaza su propia existencia al país que haga de su vocación por la libertad y el ejercicio democrático el fundamento para la reedificación republicana y la reconstrucción estatal de una nueva legitimidad. La cercanía y relación entre sociedad y Estado, por una parte, puede llevar a una limpia reorganización y cooperación para confrontar a los sectores, intereses, fuerzas o agentes nacionales y foráneos que solo lo harán en beneficio propio, algo de sobra ocurrido por estas décadas; y, por otra, además de la sobriedad y el sentido de la responsabilidad que debe caracterizarlo, el liderazgo debe ser relacionante y eficientemente retroalimentario para conseguir nuevos equilibrios que permitan encarar a la delincuencia común políticamente estructurada.

Ciertamente paradójico, la exacerbación autoritaria es directamente proporcional a la debilidad del Estado que  provoca la quiebra de los servicios públicos, eleva la carga (para)fiscal, no regula el mercado ni administra justicia. El desempeño de los consejos comunales y los denominados jefes de calle, por ejemplo, revela cuán ilusorio e interesado es el tal poder popular y cuáles las magnitudes que debe alcanzar el liderazgo natural, local y democrático.

La recuperación de las capacidades del Estado requiere de conductores que generen confianza, legitimidad, identidad, hábitos cívicos, cultura política, integración social: relacionamiento frente a la mitomanía, colegiación frente al narcisismo, civismo frente al foquismo. Sólo así, el liderazgo dejará de concebirse como una empresa personal para convertirse en una capacidad sistémica al servicio de la reconstrucción democrática.

Ilustración:  Şakir Gökçebağ. 

11/08/2026:

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