INVOCACIÓN DEL LIDERAZGO TRANSICIONAL
Luis Barragán
Aceptemos que no toda tertulia equivale a mesa de
trabajo y, menos, a un proceso de transición de naturaleza y alcances
complejos, por lo que el liderazgo que lo propulse ha de ser distinto para
consumarlo eficazmente. El objeto esencial del cambio consiste en recuperar las
capacidades del Estado —por no decir el Estado mismo— para hacer posible un
esfuerzo de democratización sostenida y, en consecuencia, amerita de una
conducción política alternativa muy acorde a las metas, realista con una
extraordinaria habilidad para superar incidentes y accidentes del proceso incluyendo
facetas inéditas respecto al oficio político de hoy.
Quizá redundante, el sujeto político de la transición
ha de generar la confianza necesaria y promover el consenso indispensable para
la tarea nada menuda de republicanizarnos, pues no bastará con gobernar,
administrar ni competir electoralmente cobrando una creciente importancia la
tarea de reconstruir, mediar, consensuar e integrar para restablecer las
capacidades mínimas del Estado y rehacer su relación con la sociedad.
Concordando con Joel S. Migdal al asumir con sentido realista que el Estado
compite, negocia y coexiste con múltiples expresiones sociales generadoras de
normas de hecho, lealtades y formas de control, significa también afrontar la
resistencia de los grupos e intereses asociados al régimen desplazado o en vías
de desplazamiento, es decir, los poderes salvajes que van más allá del
estricto ámbito jurídico.
Por supuesto que debemos partir de la dimensión ética
y de los específicos atributos personales, pero una teoría funcional del
liderazgo de transición apunta a la cabal operatividad política e institucional
para pasar del país de la crisis que todavía amenaza su propia existencia al
país que haga de su vocación por la libertad y el ejercicio democrático el
fundamento para la reedificación republicana y la reconstrucción estatal de una
nueva legitimidad. La cercanía y relación entre sociedad y Estado, por una
parte, puede llevar a una limpia reorganización y cooperación para confrontar a
los sectores, intereses, fuerzas o agentes nacionales y foráneos que solo lo
harán en beneficio propio, algo de sobra ocurrido por estas décadas; y, por
otra, además de la sobriedad y el sentido de la responsabilidad que debe
caracterizarlo, el liderazgo debe ser relacionante y eficientemente
retroalimentario para conseguir nuevos equilibrios que permitan encarar a la
delincuencia común políticamente estructurada.
Ciertamente paradójico, la exacerbación autoritaria es
directamente proporcional a la debilidad del Estado que provoca la quiebra de los servicios públicos,
eleva la carga (para)fiscal, no regula el mercado ni administra justicia. El
desempeño de los consejos comunales y los denominados jefes de calle, por
ejemplo, revela cuán ilusorio e interesado es el tal poder popular y cuáles las
magnitudes que debe alcanzar el liderazgo natural, local y democrático.
La recuperación de las capacidades del Estado requiere
de conductores que generen confianza, legitimidad, identidad, hábitos cívicos,
cultura política, integración social: relacionamiento frente a la mitomanía,
colegiación frente al narcisismo, civismo frente al foquismo. Sólo así, el
liderazgo dejará de concebirse como una empresa personal para convertirse en
una capacidad sistémica al servicio de la reconstrucción democrática.
Ilustración: Şakir Gökçebağ.
11/08/2026:

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