POR QUÉ DENUNCIA JESÚS LA RELIGIÓN
(San Mateo, 21: 28-32)
Jesús, a quien acusaban de
“comer con pecadores y publicanos” –es decir, de comportamientos inadecuados
para una persona religiosa-, pasa de la provocación a la denuncia de la
religiosidad de sus acusadores.
El texto indica que sus
interlocutores son “los sumos sacerdotes y los ancianos (o senadores)”, la
elite religiosa y máxima autoridad del judaísmo. Presumen de ser “justos” y se
reconocen como jueces de la ortodoxia, aprobando o condenando los
comportamientos de la gente. Asumiendo una función de “intermediarios” de Dios,
han terminado absolutizándola hasta convertirla en la instancia más poderosa de
aquella sociedad.
Sabemos que Jesús no se
llevaba bien con el poder ni con la religión. Al primero, le contraponía
siempre el servicio (“Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que
los grandes los oprimen. No será así entre vosotros. Al contrario, el que
quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser
el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del
Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por
muchos”: Mt 20,25-28); a la segunda, la gratuidad (“Todo lo mío es tuyo.
Tenemos que alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y
ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”: Lc 15,31-32).
No es casual que servicio
(compasión) y gratuidad constituyan los ejes básicos de su mensaje. Y tampoco
parece casual que ambos rasgos no sean precisamente apreciados por parte de la
autoridad. Aunque sea de un modo inconsciente, la autoridad busca mantener el
poder. Para ello, se reviste de un aire de solemnidad, a la vez que reclama
sumisión y cumplimiento de las normas. De ese modo, y aun proclamando lo
contrario, en la práctica, da la vuelta al mensaje: los “súbditos” captan
automáticamente que todo se ventila en la observancia y en el mérito. Se
seguirá haciendo un discurso “religioso” y se continuará nombrando a Dios y a
Jesús, pero realmente se ha desactivado el mensaje original.
Frente a ese modo de
funcionar por parte de la autoridad religiosa, la palabra de Jesús no puede ser
más fuerte: “Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el
camino del Reino de los cielos”.
Para sus interlocutores,
habría de resultar una paradoja hiriente: aquellas personas que ellos
consideraban nada menos que “pecadores públicos”, alejados y malditos de Dios,
resultaban preferidos a ellos.
No es la única vez que Jesús
subvierte el “orden religioso”. Ya en las parábolas del “buen samaritano” (Lc
10,25-37) o del “juicio universal (Mt 25,31-46) se transmite el mismo
contenido. Y de un modo taxativamente claro, en el propio evangelio de Mateo se
lee: “No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos,
sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7,21).
Tras todas estas palabras de Jesús, no parece
difícil apreciar aquello que para él era lo más importante:
• la afirmación de la
Gratuidad; en lenguaje teísta se expresaría de este modo: «Dios es Gracia»;
• los «últimos» –por el
simple hecho de serlo- son los preferidos;
• la preeminencia del amor sobre las creencias: no importa tanto lo que se cree mentalmente cuanto lo que se vive y, más aún, lo que se ama.
De Jesús también se dijo que
“pasó por la vida haciendo el bien” (Hech 10,38). Esta es la clave definitiva:
el test de la vida espiritual no tiene que ver con las creencias, sino con la
vida cotidiana y, específicamente, con la actitud de bondad hacia los otros.
Ilustración: Toni Mulder para el libro de Martien Brinkman (Amsterdam - New York, 2013).
25/09/2014:
https://www.feadulta.com/por-que-denuncia-jesus-la-religion/
Padre S. Martín: La trampa al Papa: curas casados, sinodalidad y la crisis de la Iglesia:
https://www.youtube.com/watch?v=NJW3QTxZjzs

