DE LOS CABLES METROPOLITANOS
Muy antes, en la diaria jerga de las mesas de
redacción, el término hacía referencia a
los cablegramas noticiosos y, si de reparación vehicular se trataba, al
auxiliar para la batería, cuando no al tendido eléctrico y telefónico. E, incluso, expresiones como “comerse un
cable” o de alguien con el “cable pelao”, se equiparaban al bolsillo vacío o
mísero, y a la dudosa lucidez de una persona. Agreguemos otro término asociado
a la falta de soberanía, pues, el cable submarino es por excelencia el que
extendió el chavismo con la dictadura habanera y de cuya suerte no se ha
hablado más.
El cable de la más numerosa variedad de formatos,
propiedades, características y usos, explicará aún por largo tiempo nuestra
vida cotidiana, aunque distintas aplicaciones prometen la interconexión con prescindencia del
magnífico recurso. Con la llegada de la electricidad, su prestigio alcanzó
extraordinarios niveles, sobre todo en las ciudades tejidas a simple vista para
el iluminado progreso que alcanzaban. No obstante, llegó la etapa en la que
estéticamente representaba un retroceso, porque el flexible cableado de
disímiles grosores, al igual que la tubería (la otra versión del cable), debía
esconderse en el subsuelo, reduciendo los peligros de una exposición aérea con
el azote constante del viento y demás elementos naturales.
En efecto, hay testimonios de la vieja prensa respecto a la progresiva sustitución del tendido eléctrico a la vista de todos los caraqueños, alguna vez festejado por sus grandes postes de madera de los que la siderurgia dio cuenta sobre todo a partir de los años cincuenta. Los sótanos de la ciudad explicaban ese otro paisaje libre de las grandes telarañas, siendo las crecientes áreas marginales, después consolidadas, las que todavía las tienen para dar cuenta de una agigantada y peligrosa improvisación.
Por estos años, las telarañas han vuelto, esta vez, prometiendo cumplida e incumplidamente el servicio internetiano. No hay rincón de cualquier localidad que no haya recibido el propósito de las múltiples empresas de servicios de todo pelaje, desde las más serias hasta las más descaradas, que no tomen la calle, la siembren de postes y festejen un cableado aéreo de nudos impresionantes y también endebles.
¿Para qué esforzarse por una instalación sotanera,
algo que es más costoso y que tampoco
cuenta con los debidos planes municipales que la integre adecuada y
promisoriamente? ¿Acaso, los nichos de un material plástico en superficie que
revelan una instalación de fibras en el subsuelo, no son objeto de sendos e
impunes actos vandálicos?
La rutina citadina significa ahora lidiar con esos mal
rebobinados cables aéreos que ponen en peligro nuestra pisada, por decir lo
menos. Un motivo más para esta fallida interconectividad venezolana, por
cierto.
Fotografías: LB (CCS, 28/06/2026).
29/06/2026:


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