lunes, 29 de junio de 2026

La improvisación como sistema

DE LOS CABLES METROPOLITANOS

Luis Barragán

Muy antes, en la diaria jerga de las mesas de redacción,  el término hacía referencia a los cablegramas noticiosos y, si de reparación vehicular se trataba, al auxiliar para la batería, cuando no al tendido eléctrico y telefónico.  E, incluso, expresiones como “comerse un cable” o de alguien con el “cable pelao”, se equiparaban al bolsillo vacío o mísero, y a la dudosa lucidez de una persona. Agreguemos otro término asociado a la falta de soberanía, pues, el cable submarino es por excelencia el que extendió el chavismo con la dictadura habanera y de cuya suerte no se ha hablado más.

El cable de la más numerosa variedad de formatos, propiedades, características y usos, explicará aún por largo tiempo nuestra vida cotidiana, aunque distintas aplicaciones prometen  la interconexión con prescindencia del magnífico recurso. Con la llegada de la electricidad, su prestigio alcanzó extraordinarios niveles, sobre todo en las ciudades tejidas a simple vista para el iluminado progreso que alcanzaban. No obstante, llegó la etapa en la que estéticamente representaba un retroceso, porque el flexible cableado de disímiles grosores, al igual que la tubería (la otra versión del cable), debía esconderse en el subsuelo, reduciendo los peligros de una exposición aérea con el azote constante del viento y demás elementos naturales.

En efecto, hay testimonios de la vieja prensa respecto a la progresiva sustitución del tendido eléctrico a la vista de todos los caraqueños, alguna vez festejado por sus grandes postes de madera de los que la siderurgia dio cuenta sobre todo a partir de los años cincuenta. Los sótanos de la ciudad explicaban ese otro paisaje libre de las grandes telarañas, siendo las crecientes áreas marginales, después consolidadas, las que todavía las tienen para dar cuenta de una agigantada y peligrosa improvisación.

Por estos años, las telarañas han vuelto, esta vez, prometiendo cumplida e incumplidamente el servicio internetiano. No hay rincón de cualquier localidad que no haya recibido el propósito de las múltiples empresas de servicios de todo pelaje, desde las más serias hasta las más descaradas, que no tomen la calle, la siembren de postes y festejen un cableado aéreo de nudos impresionantes y también endebles.

¿Para qué esforzarse por una instalación sotanera, algo que es más costoso  y que tampoco cuenta con los debidos planes municipales que la integre adecuada y promisoriamente? ¿Acaso, los nichos de un material plástico en superficie que revelan una instalación de fibras en el subsuelo, no son objeto de sendos e impunes actos vandálicos?

La temporada de lluvia ya ha dado cuenta de la riesgosa y literal caída de estos cables digitalizadores de hogares y establecimientos comerciales de toda índole, pero con el doble y reciente terremoto ha empeorado la situación. Parecen ennegrecidos espaguetis que enredan nuestras vías de tránsito peatonal y vehicular sin que las autoridades digan absolutamente nada o, por lo menos, alerten a la ciudadanía. Claro, tampoco lo han dicho porque están ocupados con sus sobrevenidos especialistas,  fiscales o inspectores que hasta piden quitar las rejas de casas o de las áreas internas de los edificios para escapar mejor ante cualquier vicisitud natural quizá porque ya no hay delincuentes comunes en Venezuela.

La rutina citadina significa ahora lidiar con esos mal rebobinados cables aéreos que ponen en peligro nuestra pisada, por decir lo menos. Un motivo más para esta fallida interconectividad venezolana, por cierto.

Fotografías: LB (CCS, 28/06/2026).

29/06/2026:


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