Los enemigos de la transición
Luis Barragán
Quizá pudiera parecer prematura una consideración en
torno a los adversarios de la transición, cuyo proceso apenas esbozamos.
Presumiéndola camino a la libertad y la democracia, mayor facilidad tenemos de
identificar a sus enemigos naturales.
En efecto, es el enfermizo continuismo gubernamental
el que maniobra angustiado por una supervivencia antes garantizada por las
armas del patio. Ahora, bajo la inevitable vigilancia y supervisión de armas
extranjeras que ojalá lo permitan, el cambio histórico ha de depender de la
ciudadanía, de la sociedad civil organizada y de los ineludibles partidos que
tienen contendores incapaces de reemplazarlos institucionalmente.
Aceptemos, a
medida que avance el proceso habrá quienes definitivamente lo acepten, aunque
disientan de sus actores, reglas, costos, condiciones, oportunidades,
institucionalidades sobrevenidas, grados de autonomía; y, a la inversa, rechazando
en buena medida aquellas coyunturas previstas e imprevistas, admitirán y
avalarán sus resultados. De apelar a la nefasta moralina de costumbre,
naufragando en jornadas de descalificación personal en lugar de los hechos
políticamente delictivos, no lograremos distinguir entre la competencia leal,
la rivalidad circunstancial, la disidencia creadora, soportes de un necesario y
posible gobierno de unidad nacional de las fuerzas opositoras por un tiempo
moderado, y la resuelta animadversión, el enconado odio, la intención de
sabotear y dañar una distinta experiencia cívica.
La falta de precisión entre unos y otros, permitirá a
la postre frustrar cualquier tentativa de transformación social en Venezuela,
colado el enemigo existencial entre las filas democráticas, e, incluso,
impidiendo una deseable evolución política e ideológica de las corrientes
oficialistas. Cualquier inexactitud, puede dar ocasión a una entretenida
sociología de los contrincantes de ociosa aplicación política en el nombre de
un falso y postizo pluralismo que puede perder un dato vital: lo entendemos
así, aun inconformes, el tutelaje estadounidensese inscribe en un
arriesgadísimo conflicto superior que ya nos había convertido en rehenes de
intereses de potencias geográfica y culturalmente distantes bajo la principalísima
fiscalización cubana.
La identidad y clasificación definitiva de los actores
de la transición proyectada, solo la dispensará el propio proceso que buscará –
bajo una obvia disputa – definirse, caracterizarse, escenificarse, relacionarse
en el contexto de una creciente libertad, pero también una lograda disciplina
política de las fuerzas opositores que urgen superar una peligrosa
fragmentación y compartir responsabilidades, y de las oficiales, oficialistas y
oficiosas de una todavía bien (auto)censurada desintegración que la decadencia
agravara: ¿acaso no constituyen un artificio levantado a la sombra de los
poderes materiales y simbólicos del Estado?
La indispensable identidad del proceso la
construiremos a través del libre debate público al que no debemos renunciar,
lógicamente susceptible de voces portadoras de intereses ocultos, pero el
asunto no se resuelve bajo una premisa emocional y moral, sino con un esfuerzo
de estructuración de conductas fiables, consecuentes, correspondientes a través
de las decisiones adoptadas, los incentivos generados, las presiones y
tensiones reveladas, los pactos honrados, el cumplimiento de la palabra
empeñada. Un enemigo de la transición no exige una declaración y un
reconocimiento solemnes como el más ejemplar de los combatientes, sino que
infiltra, interpone obstáculos, desnaturaliza, procura contaminar, como el buen
quintacolumnista que igualmente hemos visto por todos estos años.
Acotemos, la defensa de la soberanía territorial puede
formularse como un sincero testimonio de sentimiento patrio, pero asimismo
convertirse en una coartada contra la transición a la que aspiran los
venezolanos. ¿Cómo creer a quienes consintieron con antelación la penetración y
permanencia de otras potencias y organizaciones criminales en el país?, por
ejemplo.
Lo peor que pudiera ocurrir es ver al enemigo donde no
lo hay ni está, gracias a la confusión generalizada que no siempre disipan los
comunicados partidistas faltantes de laros lineamientos políticos y
estratégicos. Importa y mucho, inicialmente, la reconquista inmediata de la
libertad de expresión y la de prensa para afrontar una transición que definitivamente
nos transparente ya hastiados de eufemismos.
A modo de ilustración, el doble fenómeno del militarismo y la antipolítica nos remite al papel que pueden cumplir la corporación castrense y la sociedad civil en un período excepcional como el que se avecina. Ambos pueden llevar a apuntalar como enemigo aquello que en realidad es un componente necesario de la reconstrucción política: la institución militar o los partidos.
Ilustración: Mitt Roshin.
29/09/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/los-enemigos-de-la-transicion/
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