DEL IGNARO BACHILLER DE ESTOS DÍAS
Luis Barragán
Nada fácil el reinicio de clases en un país diezmado
por una larga crisis a la que agregó, como si faltara un detalle, las
consecuencias directas e indirectas del doble terremoto. Duele profundamente
que haya niños, jóvenes y docentes que no volverán al salón al cambiar el
itinerario con destino a la eternidad: deben estar en el corazón y en las
oraciones de todos, incluso, siendo o no creyentes.
Particularmente, deseamos referirnos al bachiller
promedio que se ha recibido y son pocas las expectativas inmediatas que se hace
en torno a una vocación que especialista alguno ha explorado, por lo menos, en
las instituciones educativas del Estado. Y no lo puede haber, mal pagados todos
los profesionales del sistema, sin los espacios adecuados y, además, sin el
número suficiente de estudiantes que desertan por razones fundamentalmente
socioeconómicas en lugar de las académicas.
En efecto, ya no existen los exámenes complementarios
que antes denominábamos de “reparación”, siendo la única oportunidad de salvar
una materia después del tradicional examen final de julio. A quien le ha ido
mal y sospechosamente demasiado mal, hoy, tiene ilimitadas ocasiones para una
reparación que es inútil y concluye en la desesperada promoción automática del
cursante que puede, él o su representante, denunciar al profesor ante las
autoridades correspondientes del ministerio de Educación o invocar la
celebérrima LOPNNA, por cualesquiera motivos. Sin embargo, no deseamos
referirnos a este u otro problemas afines, sino al prototipo dominante del
bachiller ignorante que es muy propio y característico de este siglo.
De apartar aquella Venezuela en la que alcanzar el
grado de bachiller era algo igualmente excepcional, muy bien ponderados los
Mujiquita que defendieron su tesina en una universidad para conquistar el
título, tenemos que en nuestra época ya lejana del siglo XX, fueron contadas y
precisas las oportunidades para presentar el examen correspondiente, cuya mínima
nota para pasarlo era la obtención de diez puntos. Por consiguiente, siendo tan
contadas esas oportunidades, el que peor egresaba de la secundaria teóricamente
dominaba la mitad del contenido que los pensa
reportaban.
Por lo general, el bachiller de aquel entonces sabía o
había escuchado alguna vez hablar de la teoría especial de la relatividad, las
funciones del riñón, expresarse en inglés (y hasta francés, griego o latín latín),
hacer un cálculo trigonométrico, conocer la evolución militar antes que
política de la etapa independentista, indagar sobre las oxidaciones, describir
una columna dórica, conjugar el verbo haber. A mayor puntaje, mayor
conocimiento y mejor desenvolvimiento de la persona, pues, frecuentemente
disertamos respecto a la educación como palanca de movilidad social y, muy
escasamente, como un medio para acceder y profundizar en la cultura que nos
haga ser más que tener más.
El bachiller de ahora, a nuestro juicio, penetrado y
sacudido por la cultura dominante y tan particular del socialismo rentista,
incluidos los que tiene un puntaje menor a quince, por citar un número, no
tiene una idea aproximada de buena parte de los temas vistos durante largos
cinco años y las ventajas digitales de las que pueda aprovecharse están
sintetizadas por la banalidad hecha imagen. El más avispado, lidiará por entrar
a la universidad, aspirará a convertirse en un ingeniero que promedió muy bajas
notas en las matemáticas de secundaria, sumadas las otras desventajas de haber
cursado en una institución pública de irregulares períodos de clase; pero, eso
sí, demandará un cupo que el Estado tenderá a facilitarte pretendiendo realizar
la justicia social de esta manera tan perversa, porque no presupuesta
adecuadamente el servicio educativo, los salarios del docente y plantea muy mal
la sana competencia que significará salir al mercado de trabajo mucho más
adelante.
Existen profesores extremadamente conscientes del
problema, aunque es muy poco lo que materialmente pueden hacer impotentes
frente al bachiller ignaro que demasiada angustia les suscita. Ojalá, con la
transición esperada, podamos revertir el fenómeno del que nos quejamos.
Ilustración: Tom Friedman.
Cfr.
28/09/2026:

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