TENER, PODER, APARENTAR: EL ROSTRO DEL EGO
(San Mateo, 4: 1-11)
En la construcción de esta
escena, sin testigos, la tradición escenificó un combate, a imagen de las
disputas de escuela de los rabinos o maestros judíos; en ellas, se argumentaba
y se replicaba con palabras de la Torá. Sobre ese modelo, la tradición presenta
el relato de las tentaciones como una discusión sobre los "dos
caminos": Satanás y Jesús, el mal y Dios.
Parece claro que el relato
se construyó pensando en las propias tentaciones del pueblo, también en el
desierto: los "cuarenta días" de que aquí se habla no solo son una correspondencia
de los "cuarenta años" que duró la travesía del pueblo, sino también
un "calco" de lo que hizo el propio Moisés –sabemos que Mateo tiene
un marcado interés por presentar a Jesús como el "nuevo Moisés"-, tal
como se lee en estos textos:
- · "Moisés estuvo allí con Yhwh cuarenta
días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua" (Libro del Éxodo
34,28);
- · "Como la otra vez, estuve cuarenta días
y cuarenta noches sin comer ni beber" (Libro del Deuteronomio 9,18).
Por otro lado, al recibir esta
tradición, es probable que Mateo piense en su propia comunidad, en particular
en algunos responsables de la misma, que parecen seguir más el camino del
tentador que el del propio Maestro y hacen pesar sobre el grupo su ambición
económica (7,15), religiosa (7,22) y política (20,21).
La conexión con el episodio
inmediatamente anterior, en el que se narraba el bautismo de Jesús, es
explícita. Aquél terminaba con la proclamación de la voz del cielo: "Este
es mi Hijo amado" (3,17). Este arranca con la insinuación: "Si eres
Hijo de Dios...". Entre líneas, el lector queda avisado de que se le va a
mostrar en qué consiste ser "hijo de Dios".
En efecto, tal como ha
llegado a nosotros, la narración constituye una catequesis o enseñanza –un
mensaje de sabiduría- sobre el recurrente tema de los "dos caminos",
el de la vida y el de la muerte. ¿Cuál es la actitud y el comportamiento que hace
vivir? ¿Cuál es el camino sabio y cuál es el engañoso?
El detonante de la tentación
es, como siempre, el hambre; en concreto, el hambre de poder: económico,
religioso o político, que se sintetiza en la triple tentación con la que tiene
que lidiar todo ser humano: el tener (dinero), el aparentar (imagen,
prestigio), el dominar (poder sobre otros).
Hambre es sinónimo de deseo.
Y el deseo conecta con la primera realidad humana, en el orden de la evolución
psicobiográfica. El niño es pura necesidad y, por tanto, puro deseo.
En cada caso, las
experiencias infantiles –el modo como se haya respondido o no a su necesidad-
marcarán el futuro de la persona, pero de lo que no cabe duda es que el hambre
o deseo será permanentemente una característica del yo.
Eso significa que, mientras
estemos identificados con nuestros deseos, lo estamos también con el yo. Y ello
nos mantendrá encerrados en la ignorancia y el sufrimiento, escondidos en el
mensaje característico del yo: "La felicidad está en el futuro".
Tal mensaje resulta tan
fácilmente creíble como gravemente perjudicial. Lo creemos porque
"encaja" perfectamente con la identidad del yo que, al ser vacío,
siempre sueña con un futuro en el que su carácter "vacío"
desaparecerá. De ahí que, mientras perdure la identificación con el yo,
viviremos proyectados hacia el futuro soñado.
Pero nos perjudica porque,
además de alejarnos del único lugar de la vida –el presente-, nos mantiene
confundidos con respecto a nuestra verdadera identidad.
Según esto, parece claro que
solo hay un modo de salir de la tentación: venir al presente. En el presente
–en la atemporalidad o eternidad del "aquí y ahora"-, cae la
ansiedad, no somos tiranizados por la expectativas de un futuro siempre
inalcanzable y dejamos de identificarnos con el yo como si fuera nuestra
identidad definitiva.
En esa dirección parecen
apuntar, precisamente, las palabras puestas en boca de Jesús, y que están
tomadas de las Escrituras judías (Deuteronomio 8,3; 8,16; 6,13): "Vivir de
la palabra que sale de la boca de Dios", "no tentar a Dios",
"adorarle solo a él"... significa haber descubierto el
"eje" central de la propia vida y de la propia identidad, y vivir a
partir de él. Es decir, significa haber experimentado el Misterio de la
Presencia y haber descubierto que ahí se encierra todo.
En esa Presencia no-dual,
plena e integradora, es donde nos reconocemos en quienes realmente somos. Se
acaban tanto las separaciones establecidas por nuestra mente como la
identificación con ella. En la Presencia se deshace la comparación y el
enfrentamiento, para "reencontrarnos" en una "identidad
compartida" que, sin negar las diferencias, las trasciende.
Y esto no está lejos de
nosotros. La Torá judía dice que "no hay que subir al cielo..., ni cruzar
al otro lado del mar; la Palabra del Señor está bien cerca de ti, está en tu
boca y en tu corazón para que la pongas en práctica" (Deuteronomio
30,12-14). Por su parte, el Corán proclama que "Dios está más cerca de ti
que tu propia yugular" (Sura 50,16).
Aquello que buscamos, está
ya aquí. Basta detener todas las "historias mentales" que nos
contamos, aceptar lo que hay en este momento, rendirnos a la realidad..., para
que se abra paso el Misterio de la Presencia y la Quietud. Basta abrirnos al
Silencio, que es la Fuente de la mente, para que entremos en contacto con
nuestro verdadero yo: ése es el camino de la Vida.
Es lo que quiere expresar
este cuento que narra la maestra Toni Roberson (Gangaji), en un libro
recomendable:
Había un consumado ladrón de
diamantes que solo quería robar las joyas más exquisitas. Este ladrón solía
deambular por la zona de compraventa de diamantes con el fin de
"limpiarle" el bolsillo a algún comprador incauto.
Un día vio que un
comerciante de diamantes muy conocido había comprado la joya con la que él
llevaba toda su vida soñando. Era el más hermoso, el más prístino, el más puro
de los diamantes.
Pleno de alegría, siguió al
comprador del diamante hasta que éste tomó el tren, y se hizo con un asiento en
el mismo compartimento. Pasó tres días enteros intentando meter la mano en el
bolsillo del mercader. Cuando llegó al final del trayecto sin haber sido capaz
de dar con la gema, se sintió muy frustrado.
Aunque era un ladrón
consumado, y aun habiéndose empleado a fondo, no había conseguido dar con
aquella pieza tan rara y preciosa.
El comerciante bajó del
tren, y el ladrón le siguió. De repente, sintió que no podía soportar por más
tiempo aquella tensión, por lo que caminó hasta el mercader y le dijo:
— Señor, soy un famoso
ladrón de diamantes. He visto que ha comprado un hermoso diamante y le he
seguido en el tren. Aunque he hecho uso de todas las artes y habilidades de las
que soy capaz, perfeccionadas a lo largo de muchos años, no he podido encontrar
la gema. Necesito conocer su secreto. Por favor, dígame cómo lo ha escondido.
El comerciante replicó:
— Bueno, vi que me estabas
observando en la zona de compraventa de diamantes y sospeché que eras un
ladrón. De modo que escondí el diamante en el único lugar donde pensé que no se
te ocurriría buscarlo: ¡en tu propio bolsillo!
A continuación metió la mano
en el bolsillo del ladrón y extrajo el diamante.
(GANGAJI, El diamante en tu
bolsillo. Descubre tu verdadero resplandor, Gaia, Madrid 2006, pp.37-38).
En este inicio del tiempo de
Cuaresma, quiero traer también la palabra de otro maestro, para quienes, al
escucharla, noten que produce una "resonancia" en su interior y se
sientan internamente movidos a secundarla. Puede ser la mejor "práctica
cuaresmal". He aquí el texto:
"El camino para llegar
al sumo bien, a nuestro primer origen y suma paz, es la nada...
Nos buscamos a nosotros
mismos siempre que salimos de la nada, y por eso no llegamos jamás a la quieta
y perfecta contemplación. Éntrate en la verdad de tu nada y de nada te
inquietarás...
¡Oh, qué tesoro descubrirás
si haces de la nada tu morada!...
Si estás encerrado en la
nada, adonde no llegan los golpes de las adversidades, nada te dará pena, nada
te inquietará. Por aquí has de llegar al señorío de ti mismo, porque solo en la
nada reina el perfecto y verdadero dominio...
Por medio de esa nada has de
morir en ti mismo de muchas maneras, en todos tiempos y a todas horas. Y cuanto
más fueres muriendo, tanto más te irá el Señor elevando, y a sí mismo
uniendo...
Anégate en esa nada y
hallarás en ella sagrado asilo para cualquier tormenta...
Finalmente, no mires nada,
no desees nada, no quieras nada, ni solicites saber nada, y en todo vivirá tu
alma con quietud y gozo descansada.
Este es el camino para
alcanzar la pureza del alma, la perfecta contemplación y la interior paz.
Camina, camina por esta segura senda, y procura en esa nada sumergirte,
perderte y abismarte si quieres aniquilarte, unirte y transformarte".
(Miguel de MOLINOS, Guía
espiritual, libro III, capítulo 20, nn.187-195 (edición preparada por S.
GONZÁLEZ NORIEGA), Editora Nacional, Madrid 1977, pp.247-249; citado en Ramón
ANDRÉS, No sufrir compañía.
Escritos místicos sobre el
silencio, Acantilado, Barcelona 2010, pp.384-386).
Miguel de Molinos (1628-1696) no era un maestro zen, ni un monje budista, sino un sacerdote y místico cristiano, turolense por más señas, nacido en el pequeño pueblo de Muniesa.
Él experimentó y enseñó el
engaño que supone vivir para el yo... Engaño en el que permanecemos hasta que
no descubrimos que ese yo es "nada". Y es precisamente al negar esa
nada –no desear nada, no buscar nada...-, cuando acaba la confusión y el
sufrimiento, y emerge brillante lo que somos.
El propio Maestro Eckhart
(1260-1328, aproximadamente) lo habría experimentado cuando, de modo
contundente, afirmó:
"No tener nada es
tenerlo TODO".
Fuente:
https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/1273-tener-poder-aparentar-el-rostro-del-ego.html
Ilustración: Akiane Kramarik.

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