miércoles, 12 de agosto de 2026

Profesorado y compromiso

 LA TRANSICIÓN QUE NO EXISTE

Alberto Navas (*)

Bastantes de nuestros colegas historiadores de hoy, que ingresamos como estudiantes a la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela, en la década de 1970, tuvimos la suerte de tener profesores de máxima categoría académica, no solo por ser doctores y catedráticos titulares en el escalafón, sino, principalmente, por su pulcritud académica y por estar, muchos de ellos, en la plenitud de su madurez intelectual, siendo extraordinarios transmisores de conocimientos sin necesidad de haber pasado por los fastidiosos y actuales cursos de didáctica. Aquellos Profesores formados entre las décadas de 1940 y 1960, se habían graduado antes en la UCV o en universidades de los Estados Unidos, México, Argentina, Chile, Francia, Japón, Inglaterra y España, ellos casi no necesitaban leer fichas para dar sus clases verdaderamente magistrales. Entre ellos se destacaban los doctores Germán Carrera Damas, Manuel Caballero, Víctor Sanz, Taide Zavarse, Tula Núñez, José Eliseo López, Miguel Hurtado Leña, Eleazar Córdova Bello, Eduardo Camps, Josefina Gavilá, Josefina Bernal, Pedro Cunill Grau, Gustavo Martín, María Amtonieta Martínez, José Belda Planas, Oscar Abdala y muchos otros más, quienes integraban una de las mejores Escuelas de Historia de América Latina.

Era la asignatura Teoría y Método de la Historia, dictada por el entonces temido Dr. Carrera Damas (hoy un amigo lúcido de 94 años), aprendimos que esa cátedra era la piedra angular de la carrera, donde era posiblemente terminar de entenderla, luego de varios años de ejercer el oficio del historiador, como investigador, como profesor y como crítico de nuestra propia obra. La Escuela contaba con una sólida Biblioteca propia, llamada: “Mario Briceño Iragorry”, que tenía su personal profesional a cargo y una amplia Sala de Lectura adyacente, donde se formaba el conocimiento, el ambiente cultural y político de la Escuela y alguno que otro amor entre jóvenes estudiantes. La mediocridad posterior de un Decano famoso por sus crímenes en el Diván, eliminó de un plumazo nuestra Biblioteca y, una tarde, después de vacaciones nos encontramos sin ese espacio que era el alma de nuestra comunidad estudiantil.

Aprendí, junto a mis colegas estudiantes, Fernando Oduber, Javier Castañon, Ramón Aizpurúa, Pedro Castro, Rosa Elena Cardona (Mafalda), Lucila Anzola y muchos otros más, que la Historia era un proceso de permanente transición, por lo que no podía haber etapas de transición separadas de la propia historia y de su curso como proceso cultural, que los verdaderos cambios en los procesos históricos radicaban en el profundo núcleo de las estructuras socioculturales, lo que no evitaba la posibilidad de estudiar procesos coyunturales, episódicos y personales (biografías), siempre y cuando se tuviese en cuenta los niveles de la causalidad que influían en los procesos desde la profundidad hacia la superficie; también que todo el conocimiento histórico estaba necesariamente conectado a una realidad total como objeto de estudio, tanto desde la superficie del investigador que recogía datos en sus fichas (hoy en su Laptop), hasta la mayor complejidad propia de la interpretación histórica, el conocimiento histórico y la Filosofía de la Historia. Pero no todos ellos egresaron como Licenciados en Historia, algunos se quedaron sin terminar la carrera, otros si bien graduados se desviaron por necesidad a trabajos no propios de su formación profesional, otros, no tan pocos, pudimos completar los estudios de postgrado y hacer carrera en el camino de la investigación histórica, porque entonces el país nos permitía aún esa senda, con trabajos, becas y apoyos institucionales que hoy ya no existen para las personas con méritos reales.

Nuestros estudiantes de hoy, en lo que queda de la Escuela de Historia, se nos quejan de la baja calidad y compromiso académico de profesores, que aunque les pueden haber aumentado la dedicación, solo asisten a clases una vez a la semana, señalan que en la importante asignatura de Teoría y Método de la Historia, un punto fundamental de la carrera profesional del historiador, según nuestros estudiantes el profesor es muy deficiente, estas denuncias nos hacen recordar una canción de Carlos Gardel: con el “Profesor de Cachiporra, Malandrín y Estafador”, quien les manda a hacer un trabajito para evaluar la materia que nunca da. Yo les he podido contestar a ellos que, en parte, la culpa es de los mismos estudiantes y no solamente de un posible “mal profesor”, también mal remunerado, tal vez enchufado y mal formado desde la escuela primaria, pues les advertí, que en nuestro tiempo de estudiantes éramos contestatarios y enfrentábamos los problemas de cara a la Cátedra, el Consejo de Escuela o el Consejo de Facultad. Pero siempre gana hoy la pasividad y el miedo a ser el denunciante frente a directivos más pasivos aún, por no decir otra cosa, ello mata cada día el espíritu crítico y la combatividad que una vez tuvimos los estudiantes de los años sesenta y setenta.

La Universidad está enferma en un país enfermo, nos hacen falta los criterios de un Juan Nuño, de un Carrera Damas, de un Antonio Pascuali, de un García Bacca, quienes deberían reaparecer en las nuevas generaciones para hacer revivir nuestras Humanidades en la UCV. Ello no es imposible, solo basta una honestidad y ética básica, junto a una nueva preocupación por el mérito del estudio superior. Así se acabarían o mejorarían los malos profesores, los concursos de oposición ya preasignados hacia los afines politiqueros, el retraso intencional de trámites académicos, los nombramientos por emergencia sin otra emergencia que los intereses personales, el incumplimiento e incompatibilidad de las dedicaciones, etc. Como ya antes fue nuestra Escuela con profesores presentes y Directores de nivel humano y académico.

De todos modos, ya dijimos que toda Historia es siempre una transición, y que por ello, todo esto deberá de cambiar y, para finalizar, tengo que recordar las palabras de un Alcaide de la Cárcel de la Rotunda de Caracas, a quien le preguntaron un día del siglo XIX, que “por qué no maltrataba a los presos políticos”, a lo que Eliseo Acosta contestó: que a todos lo trataba bien pues: “Los perseguidos de hoy serán los perseguidores del mañana” y, en consecuencia, hay que saber cuidarse de las vueltas que da la Historia.

(*)  ANB Cronista de la UCV.

29/07/2026:

https://www.eluniversal.com/el-universal/238180/la-transicion-que-no-existe

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