¿Y LOS LOCOS DE CARRETERA?
Luis Barragán
Algo más que una disciplina
académica, la política es un hecho social ineludible. Incluso, valga la
paradoja, aun negándola o combatiéndola, se hace política.
Ocupada del destino común y,
a pesar de su mala e interesada fama, constituye la región más transparente de
la sensatez, aunque no siempre notamos sus verdaderos disparates y solemos
tardar en enmendar la plana. Por ello, la política requiere de una perspectiva
estratégica que aspire a proyectarse históricamente. Sin embargo, en el complejo
tránsito por la vida pública, quizá la principal confrontación se da entre los
políticos cuerdos y los variopintos locos
de carretera de acuerdo a la feliz expresión venezolana.
Los más juiciosos que
entienden, asumen y aspiran a la política como vocación y especialidad,
profesión y talento, imaginación y experiencia, deben soportar la desleal
competencia de los más improvisados que, ahora, los azares digitales elevan a
un olimpo de deidades de enfermiza rotación: la moda, simplemente la moda, tiende
a marcar la pauta. Prolongándola, se agotan en la coyuntura, dependen de las
presiones inmediatas, deciden antes de comprender porque no se explican en el
marco de un proceso ni de las instituciones – al menos- necesarias, reduciendo
lo estratégico a lo urgente y lo táctico a mera narrativa.
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Observemos al Estado
descarrilado como un modelador de conductas que irradia una perversa pedagogía:
por ejemplo, por mucho tiempo la regla fue la de autorizar por vía parlamentaria
y judicial los créditos públicos, siendo una excepción la de presupuestar
sinceramente los recursos disponibles del país; soslayar la necesaria inversión
en el complejo hidroeléctrico de El Guri, convirtiendo el colapso de los
servicios en un mecanismo más de control social; subestimar la representación y
rendición de cuentas, favorecida la participación como fetiche. Fuera de la protección del Estado confundido
con un partido, el de gobierno y sus organizaciones subsidiarias, el dirigente
de oposición debe ser previsivo, capaz de corregir sus decisiones ante la más
endiablada de las sorpresas, reivindicando los mecanismos colegiados que llevan
a las decisiones acertadas, desconfiando de la iluminación mesiánica, generando
una agenda de ideas y tareas, presumiendo y asumiendo los costos: el conductor
político que espera el país que lo tuvo e hizo libre, democrático e
independiente en dos siglos, no anda por la vía acelerando sin cálculo, ni
cambia de canal arbitrariamente disparando a los cielos, no pone en peligro la
vida ajena, ni funde el motor de una esperanza viva y manifiesta que sintetiza
a las grandes mayorías.
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El loco en cuestión, un
vulgar apostador, jamás será el sujeto impredecible que valora estratégicamente
un autor clásico como Thomas Schelling, quien versa sobre la racionalidad del
riesgo que sabe gestionar y de las expectativas que no pierden el sentido de
las realidades, concebido el conflicto como una negociación implícita. Por lo
pronto, es necesario volantear bien el vehículo, con suficiente gasolina; pilotarlo
y copilotarlo adecuadamente para cubrir - con paciencia - todo el itinerario; turnar
a los conductores cuando sea conveniente, ya que todos pertenecen a la misma
escudería; y no cantar victoria sino después de cruzar la meta, u otras
tentaciones festivas.
Capturas
de pantalla: Escenas de persecución tomadas de “One Battle After Another” de
Paul Thomas Anderson (2025)
https://www.youtube.com/watch?v=h9Wh9sf2y-U
23 y 24/03/2026:
https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44153-de-los-locos-de-carretera
https://www.elnacional.com/2026/03/y-los-locos-de-carretera/
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