miércoles, 20 de mayo de 2026

Patricia Molina

SOLIDARIDAD

Luis Manuel Marcano y Luis Barragán

Solidaridad es definida por el Diccionario de la Real Academia Española como la “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. La definición parece breve, incluso insuficiente para la magnitud ética que intenta contener, pero detrás de esas pocas palabras se esconde uno de los conceptos más profundos que la humanidad ha construido para resistir el paso del tiempo, las guerras, las enfermedades, el exilio y la soledad. La palabra proviene del latín solidus, que remite a aquello que es firme, entero, unido, donde cada parte sostiene a las demás para evitar el derrumbe del conjunto. Hay algo profundamente revelador en ello: la solidaridad no nació como una emoción sino como una estructura de sostén. Antes que una virtud, fue una necesidad. El ser humano descubrió muy temprano que aislado podía sobrevivir algunos días, pero solo acompañado podía construir civilización. Allí donde una persona cayó y otra extendió la mano nació una primera forma de solidaridad. Allí donde alguien compartió alimento, refugio o tiempo nació la idea de que la vida humana solo adquiere sentido pleno cuando reconoce la existencia del otro.

La historia de la solidaridad no puede entenderse únicamente como una categoría moral contemporánea ni como un principio jurídico o religioso. Es mucho más antigua que eso. Está presente en las primeras aldeas agrícolas donde las cosechas eran compartidas porque una mala temporada podía significar la desaparición del grupo completo; está en las ciudades antiguas donde el incendio de una vivienda movilizaba a toda una comunidad; está en las grandes tradiciones religiosas que enseñaron que el prójimo no era una figura abstracta sino una responsabilidad concreta. Más tarde, la filosofía moderna convertiría esa intuición en teoría y las revoluciones sociales del siglo XIX comenzarían a hablar de fraternidad, justicia social y cooperación. Pero quizás uno de los momentos históricos donde la palabra adquirió una dimensión verdaderamente universal ocurrió en Polonia durante el siglo XX, cuando un grupo de trabajadores decidió llamar a su movimiento simplemente: Solidaridad.

El movimiento Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa, no fue solamente una organización sindical ni una expresión de protesta económica. Fue un acontecimiento moral e histórico. Nació en los astilleros de Gdansk bajo condiciones políticas difíciles y terminó convirtiéndose en una de las fuerzas sociales más influyentes del siglo XX europeo. Lo extraordinario no fue únicamente que cuestionara estructuras de poder aparentemente inamovibles, sino que demostrara algo mucho más profundo: que una sociedad organizada desde el apoyo mutuo podía recuperar espacios de dignidad incluso cuando el Estado parecía haber perdido capacidad de representación. Solidaridad dejó una enseñanza que trasciende la política polaca: cuando las instituciones se agotan, cuando los mecanismos tradicionales dejan de responder, las comunidades humanas suelen descubrir nuevamente el valor de acompañarse unas a otras. La solidaridad aparece entonces no como caridad sino como resistencia; no como limosna sino como afirmación de humanidad.

Pero existe otra dimensión de la solidaridad que rara vez ocupa titulares o páginas de historia. Es la solidaridad pequeña, cotidiana, casi invisible. La de quien envía un mensaje preguntando si hace falta algo. La de quien presta atención. La de quien acompaña en silencio. La de quien comparte información, tiempo o recursos sin esperar reconocimiento. Esa solidaridad no cambia mapas ni derriba gobiernos, pero sostiene vidas concretas. Y quizás allí reside su grandeza. Porque la humanidad escrita con mayúsculas se construye precisamente desde esos actos humanos escritos en minúsculas.

Venezuela, en estos años difíciles, ha conocido de cerca esa solidaridad silenciosa. Allí donde tantas veces las estructuras públicas dejaron de responder con suficiencia; allí donde la salud se volvió incertidumbre para miles de familias; allí donde hospitales dejaron de ser garantía y comenzaron a convertirse para muchos en una carrera angustiosa contra el tiempo; allí donde tantas familias fueron separadas por la migración y el exilio, comenzó a aparecer otra red, menos visible pero profundamente eficaz: la red de personas ayudando personas. Los venezolanos dentro y fuera del país aprendimos a reconstruir una forma de comunidad apoyándonos mutuamente mediante colectas, campañas espontáneas, grupos de ayuda, transferencias pequeñas y plataformas solidarias que han permitido tratamientos médicos, emergencias familiares, estudios y acompañamientos que en otras circunstancias corresponderían a estructuras institucionales más robustas.

Muchos de quienes vivimos fuera del país sabemos que esa solidaridad tiene rostros concretos. Sabemos que hay días donde una conversación sostiene más que una política pública y donde una ayuda pequeña adquiere una dimensión inmensa. Sabemos también que el exilio, además de una experiencia política, es una experiencia profundamente humana donde las redes de afecto y apoyo adquieren un valor extraordinario. Y dentro de esas redes también existe una solidaridad intelectual, igualmente importante: la de quienes han abierto espacios para que otros puedan escribir, pensar, disentir, denunciar, reflexionar, reconocer triunfos, dejar memoria y construir historia.

Durante muchos años, quienes escribimos para El Nacional conocimos -aunque muchas veces el lector no lo percibiera- el trabajo silencioso y constante de Patricia Molina. Periodista de amplia trayectoria, conocida por medio país, ha sido durante años coordinadora de la sección de Opinión del diario. Por sus manos han pasado textos, columnas, debates, ideas y discusiones de decenas de autores venezolanos. Su labor consiste muchas veces en algo que parece pequeño pero que en realidad es inmenso: cuidar el espacio donde circula la palabra. Leer, ordenar, coordinar, insistir, recordar plazos, acompañar procesos editoriales y sostener una sección que terminó convirtiéndose en parte de la memoria intelectual venezolana incluso después del cierre del formato impreso y durante la travesía digital del diario.

Quienes escribimos conocemos bien que detrás de cada texto publicado existe un trabajo invisible. Detrás del autor visible existen personas que leen, que corrigen, que llaman, que preguntan, que mantienen abierto el espacio para que las ideas lleguen a otros. Patricia es desde hace años una de esas personas. Muchas veces ha estado allí sin pedir reconocimiento. Muchas veces facilitó que otros tuvieran voz. Muchas veces hizo posible que artículos que denunciaban, analizaban, registraban o simplemente pensaban el país encontraran un lugar donde existir. Hoy, humildemente, Patricia necesita de nosotros por temas importantes de salud.

Y quizás allí aparece la verdadera prueba de la solidaridad. Porque es sencillo admirar a quienes ayudan cuando están fuertes; lo difícil y lo verdaderamente humano es estar presentes cuando quien sostuvo necesita ser sostenido. La solidaridad auténtica no funciona como una cuenta de retorno ni como una obligación moral automática. Funciona como una memoria ética. Recordamos quién estuvo. Recordamos quién abrió puertas. Recordamos quién sostuvo espacios. Recordamos quién acompañó procesos. Por eso este llamado no nace desde el deber frío ni desde la lástima distante. Nace desde el reconocimiento y desde la gratitud. Muchos de quienes escribimos para El Nacional, muchos de quienes utilizamos esos espacios para denunciar, reflexionar, reconocer logros o dejar testimonio del país que hemos vivido, encontramos también esa ventana gracias al trabajo de Patricia Molina. Hoy queremos pedir que esa solidaridad regrese convertida en gesto.

Por ello, nosotros, Luis Barragán y Luis Manuel Marcano Salazar, autores de El Nacional, acudimos respetuosamente a ustedes para solicitar apoyo para la amiga de todos los autores y lectores, Patricia Molina. No existe aporte pequeño cuando nace del deseo sincero de acompañar. Cada transferencia, cada colaboración, cada difusión suma y representa mucho más que un monto: representa la decisión de no dejar sola a una persona que durante años ha acompañado el trabajo intelectual y periodístico de tantos.

Las señas para colaborar son:

PAGO MÓVIL – Banesco

CI V-6.810.349 

Tlf . 0412 333 27 94

ZELLE

Antonio Molina

antonio_molina@graficheck.com

Cualquier monto, desde el más pequeño, SUMA.

Porque una sociedad no se mide únicamente por sus discursos ni por sus instituciones. También se mide por su capacidad de mirar hacia quien necesita ayuda y decirle, con hechos y no con palabras: no está sola.

20/05/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/05/solidaridad-2/

Cfr. 

https://www.elnacional.com/author/luis-barragan-y-luis-manuel-marcano/

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