SIEMBRA DE LUGARES COMUNES
Luis Barragán
¿Columnistas
de opinión?, se dirá que los de antes. Variados, inteligentes y de un limpio
lenguaje, abordaban directa e indirectamente los asuntos políticos con una
extraordinaria solvencia, aunque los hubo pesadísimos y necios que contaron con
el favor del editor para mantenerse.
Tiempos de
papel impreso en los que costaba y mucho, encontrar cupo: por la cuantía de la
impresión y la distribución, como por la competencia de numerosos autores y la
adscripción de una línea editorial en diarios inexorablemente comerciales de
amplia difusión. Excepto, fuese el órgano oficioso de un partido o cualesquiera
gremios, universidades, etc., acaso de un precio módico, el mercado
periodístico fue lo suficientemente feroz en una contante elección de los más
capaces y los más … favorecidos.
Fácil
deducción, hoy es posible escribir en todos los medios digitales, a veces,
personales o muy personales, contando con el éxito necesario. Relativamente
factible, hacerlo en los portales independientes de una comprensible vocación
comercial.
Por supuesto,
uno de los temas de más alta cotización es el político con la vista puesta en
el caso venezolano. Para el público en general, resulta inevitable el asunto,
pero no todos los columnistas de esta tan difícil era parecen aptos para
dedicarle una constante preocupación al tema en cuestión: entendemos y
aplaudimos que una persona versada en materias distintas, dedique eventualmente
sus reflexiones al área, consigne su mejor testimonio y ofrezca una perspectiva
valiosa para sus lectores. No obstante, reacias a profundizar en el problema,
tiende a reiterarlo, e, inevitable, degradarlo.
Ocurre con
demasiada frecuencia esa degradación que no es otra cosa que la farandulización
de los problemas, caricaturizando a los protagonistas. Y es que, reconozcamos,
está en crisis la política en Venezuela; mejor, está en crisis el análisis
político en nuestro país; definitivamente, está en crisis el lenguaje político
por estas latitudes.
En efecto, es
difícil escribir semanal, quincenal o mensualmente de forma novedosa, pero se
notaba en el pasado, como puede apreciarse en el presente, el esfuerzo e
intento por hacerlo. Una mirada retrospectiva, nos advierte de exitosos
artículos de opinión manifiestamente políticos que, a pesar de versar en torno
a cuestiones muy parecidas, el autor le buscaba la vuelta a objeto de aportar
un ángulo creador; pero, una mirada actual, nos avisa de una espesa y asombrosa
siembra de lugares comunes, a veces, expuesta con una vanidad digna de mejores
causas.
Por ejemplo,
tomamos la muestra de cuatro portales de noticias, dos de ellos con una alta
rotación de columnistas, arrojando algunas características recurrentes en el
tratamiento, el análisis, la crónica, el ensayo, o como quiera llamarse,
respecto a la realidad política venezolana. Género aparte que puede ser objeto
de una futura consideración, la muestra de un determinado día de la semana
pasada, totaliza alrededor de 38 textos de opinión, siendo la mitad de los
autores estables de acuerdo a una rápida apreciación de sus trayectorias y de
credenciales que promedian una mínima formación académica, en un
significativamente bajo porcentaje de los dedicados a la política activa
(alrededor del 20%). Valga acotar, los portales de marras son de una evidente
postura opositora, todos bloqueados, porque resulta necio considerar un medio
oficial, oficialista u oficioso, por motivos excesivamente obvios.
Digamos, en
primer lugar, la media tiene por características el insulto, la descalificación
moral y política del oficialismo y la exaltación panfletaria y sistemática,
sectaria y aduladora del binomio que encabeza actualmente a la oposición, desde
una predominante perspectiva moral consciente o inconscientemente; existe un
señalamiento crítico encubierto a las individualidades o fuerzas opositoras que
pareciera expresar más una diferencia personal que política o ideológica. El
temario es reiterado y cansón, con tres manifestaciones llamativas: por una
parte, el de un voluntarismo a prueba de acero que recurre al leguleyismo,
evita el lenguaje más o menos técnico de precisión (alguna vez leyó de un golpe
de Estado del día 10 y se repite machaconamente, sin ensayar alguna exactitud),
citando lo que todo el mundo sabe; por otro, se acoge al recurso empleado por
el Chapulín Colorado (“lo sospeché desde un principio”), de ignorancia
inconmovible al proponer la inmediata juramentación de Edmundo González en la
sede de la OEA en Washington ante los magistrados exiliados del TSJ; luego, la
repetición de los hechos que han reportado las redes digitales, parece no
justificar los espacios disponibles (detenciones, reforma constitucional,
invasión, corrupción, etc.), aunque es notable que haya autores que se
encuentran voluntaria e involuntariamente en el exterior, debido al prolijo y
desinhibido uso de los peores epítetos contra los integrantes del gobierno.
En segundo
lugar, se toma por un caso exclusivamente político la pugna entre gobierno y
oposición, desde la perspectiva institucional, dejado de lado la consideración
de todos los factores igualmente políticos (a guisa de ilustración, la crisis
de partidos), económicos (costo de la vida, deuda externa, et.), sociales
(desescolarización, inseguridad personal, etc.), judiciales (corrupción,
provisionalidad de los jueces, etc.), o de otra índole que aportan a la
dramática crisis. Temario éste, por cierto, al que le dedican muchísimo menos
los políticos activos, cada vez de una más desespecializada vocería, y poco más
los otros que lo tocan como una contribución especial de irregular aparición,
aunque el tratamiento de lo histórico ha tendido a aumentar.
En tercer
lugar, hay firmas respetables que escriben algo respetablemente, al lado de
otras respetables capaces de incurrir en una estupidez, o de estúpidos que, por
casualidad, aciertan de vez en cuando en un planteamiento respetable, siendo
estos dos últimos casos recurrentes.
Quizá porque la columna, por definición, es fugaz, faltan los
pronósticos y las propuestas concretas y quizá inéditas. Posiblemente, éste sea
el perfil más acabado del analista político que no sabemos si lo tenemos a
mano, ilustrado por tres casos: por una parte, refiriéndose a la juramentación,
un autor suscribió un largo texto en el que casi vergonzosamente exhibió una
lista de probables desenlaces en distintas materias (incapacidad del control
social, suspensión de licencias para la producción petrolera, imposiblidad de
préstamos de las multilaterales, etc.), que ojalá aborde en lo sucesivo, pero
no cuadraron – digamos – sistémicamente en un planteamiento que quiso hacerse
estrictamente político, es decir, como pugna institucional; por otra, denunciada hasta el hartazgo la
falsa oposición que esperamos algún día probará, la solución a la que otro
autor arriba es que se tenga un plan estratégico y una vanguardia, no más, u,
otro firmante, aspira a que se conforme un voluntariado general dentro y fuera
del país para combatir literalmente al régimen; después, tampoco podríamos
tildar de análisis aquellos textos suscritos por quienes representan a un
determinado partido que se dice opositor, de una franca promoción corporativa a
través de un lenguaje que parece copiado de un viejo informe de la CEPAL.
La crisis
política venezolana es la del pensar y hacer, la del diagnóstico adecuado,
pero, en última instancia, la del lenguaje. Descomposición ésta, que estamos a
tiempo de atajar.
Fotografía: LB, biblioteca de Rómulo Betancourt en Pacairigüa (CCS, 29/02/2024).
19/01/2024:
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