viernes, 6 de noviembre de 2026

Responsabilidad cívica

RECUPERACIÓN DE LA POLÍTICA

Ovidio Pérez Morales

El totalitarismo es una posición intelectual o una actitud personal que devalúa o silencia la realidad de la libertad.

Porque es libre, el ser humano puede rehacerse, levantarse después de malos pasos, cambiar, convertirse. El cristiano afirma todo esto en la certeza de que la fuerza y el amor de Dios están siempre cercanos.

Hay fatalismos de diversa especie. Algunos son de corte fundamentalista religioso. Se daba un fatalismo en la tragedia griega; e ideologías contemporáneas – con colores desde la ultraizquierda hasta la más rígida derecha – han enarbolado ciertas inevitabilidades con pretensiones de indiscutible cientificidad.

Una ligera mirada a la marcha de la historia humana general muestra con facilidad generaciones, florecimientos, decadencias y ocasos de imperios y culturas. Así como la capacidad humana de romper fronteras y establecer nuevos horizontes. Porque libertad es creatividad.

Lo anteriormente dicho sirve de prefacio a una reflexión sobre el deterioro político nacional y las posibilidades de recuperación.

En estos últimos tiempos se han acumulado distintos términos para señalar una deflación en materia de política. Ejemplos: cogollismos, partidocracia. Lo cual en modo alguno significa un desconocimiento del valor (necesidad) de liderazgos y partidos. La crítica va contra concentraciones excesivas de dirección y extensiones abusivas del ámbito partidista.

El país requiere una reformulación teórica y, sobre todo, práctica en estos campos. Una redefinición de autoridad; y un redimensionamiento de las agrupaciones político-partidistas en el marco de una concepción y un ejercicio adecuados del poder.

¿Qué valores han de orientar los cambios? No pocos se podrían enumerar. Es indudable, sin embargo, que participación y corresponsabilidad figuran en un primer plano. Así como también: verdad, honradez y servicio.

Una de las tareas fundamentales hoy, para la dirección oficial de la Iglesia (jerarquía) es el promover una presencia dinámica, constructiva de los seglares (que constituyen la extragrande mayoría o casi totalidad de los fieles cristianos) en la política. Para reorientar ésta hacia su sentido más genuino. Cosa parecida debe decirse con respecto a la economía y la cultura en general.

Porque existe un grave deterioro es preciso sanear, elevar. Lo cual no se tendrá sin un recto protagonismo desde dentro de estas realidades.

La crisis actual ha puesto de relieve vicios y carencias. Pero también positividades emergentes y fecundos replanteamientos que no dejarán de producir muy buenos frutos. Debemos saludar hechos como los siguientes: multiplicación de ámbitos de encuentro no partidizados en la sociedad civil, así como una actitud crítica creciente al interior de los partidos, en la línea de una efectiva participación y un mayor respeto a la conciencia de las personas.

No se dará una recuperación del país sin una recuperación de la política. Revalorizando la acción política como servicio al bien común; dignificando a los partidos como instrumentos de beneficio colectivo; generando variadas formas de organización societaria, que favorezcan el compartir de grupos, comunidades y sectores por encima y más allá de alineamientos ideológico-partidistas.

Sin partidos no hay democracia. Con partidos solamente, la democracia se debilita y se pervierte. La crisis está urgiendo reformulaciones. 

El Nacional, domingo 21 de junio de 1992.

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