DEL INSILIO OLVIDADO
De la población desplazada
hacia el exterior en búsqueda de un refugio seguro y estable, no hay cifras
oficiales o confiables quizá por un problema de nomenclatura. El término
diáspora tiene otras connotaciones, no sólo más amables, sino que ampara a
quienes no necesariamente huyeron por razones exclusivamente políticas, aunque
hubo quienes las inventaron para intentar una rápida legalización, cuando la
inmensa mayoría tuvo fortísimos motivos socioeconómicos para irse al
extranjero.
Obviamente, deberíamos
contar también con cifras relacionadas con los desplazamientos dentro del
territorio nacional de grandes contingentes por distintas coordenadas, pero no
ocurre al reservarse el poder establecido las señas precisas de una realidad
que procura no se conozca en profundidad. Entre regiones, estados, municipios y
parroquias se ha producido una movilidad que no responde precisamente a las
mejores oportunidades laborales, como pudo ocurrir durante el siglo pasado y el
proceso de modernización, sino a la persecución y represión políticas, a las
condiciones de inseguridad personal provocadas por mafias y guerrillas, a la
literal hambruna, entre otras causas.
Puede hablarse entonces de
insilio, un neologismo todavía no admitido por el diccionario oficial de la
lengua española, que remite al exilio interior, a la experiencia de sentirse
desterrado en el propio país. No todo desplazamiento interno es, desde luego,
insilio, pero hay quienes, permaneciendo dentro de las fronteras nacionales, se
han visto obligados a abandonar su hogar, empleo, comunidad y hasta las
condiciones más elementales de su vida anterior.
Es una diferencia importante
respecto del siglo pasado, pues, por entonces, sin que faltaran los
desplazamientos impuestos por circunstancias políticas o económicas, grandes
contingentes se trasladaban hacia las ciudades, los centros industriales y los
grandes cultivos rurales porque allí estaban las oportunidades que ofrecía la
modernización. Ahora, con frecuencia, se cambia de lugar porque ya no están
allí las condiciones para permanecer: antes se iba hacia las oportunidades y,
ahora, también se huye cuando faltan.
Por lo que hemos podido
indagar, hay una crisis de desarraigo también significativa, aunque lógicamente
menor que la experimentada en el exterior: fragmentación de las familias, una
frágil estratificación social que poco rememora a la petrolera, diferencias
inflacionarias nada sutiles entre las regiones, desescolarización forzada y
otras consecuencias que apenas alcanzamos a registrar. Sin embargo, quien se
desplaza dentro del país conserva, si se quiere, una ventaja que no es poca
cosa: puede tener más a la mano a familiares y amigos probados a la hora de una
emergencia.
Posiblemente, el intercambio
poblacional o la movilización de un lugar mediana o considerablemente distante
a otro, alcance cifras que hoy desconocemos. Quizá las grandes líneas de
transporte público tengan números que sorprenderían acerca del insilio
venezolano, como seguramente lo sabe el gobierno: hace falta afirmar que sea
mayor que la población que ha viajado para quedarse en el exterior. Huelga
comentar que el fenómeno no encuentra cupo en la opinión pública ni en el
debate político.
Indagando, varias personas
nos comentaron que todo aquel que no dispuso de suficientes ahorros para irse,
hospedarse y buscar trabajo en el extranjero, o a quien le resultaba muy
forzado abandonar a familiares enfermos, hijos o padres de considerable edad,
se resignó a quedarse en el país, probar suerte con un empleo o desplazarse
como pudiera. La emigración tampoco está al alcance de todos, porque hay quienes
pueden pagar un pasaje, disponer de un lugar donde llegar y buscar trabajo con
alguna tranquilidad; otros apenas consiguen trasladarse a otra ciudad, a otro
estado, a otra parroquia, confiando en algún familiar o conocido.
Y así se produce una paradoja:
quien no pudo salir del país puede haber tenido que salir de su propio lugar, y
no cruza una frontera internacional, no aparece necesariamente en los registros
de la diáspora y tampoco adquiere la visibilidad del emigrante, pero carga
igualmente con una experiencia de pérdida. Pierde el arraigo, modifica sus
relaciones familiares, interrumpe la escolaridad de los hijos, abandona un
trabajo o una vivienda y comienza de nuevo en un sitio que tampoco escogió en
las mejores circunstancias.
Hay, por supuesto, una diferencia
con el venezolano que se marchó al exterior y que no debemos ignorar, aunque también existe una semejanza: ambos responden,
de maneras distintas, a una ruptura de las condiciones ordinarias de vida. Uno
cruza la frontera; el otro permanece dentro de ella, aunque ya no pueda
permanecer donde estaba.
Todos sufrimos las
condiciones en las que se encuentra el país, pero a ellos se les agrava por
razones demasiado lógicas. No sólo porque debieron desplazarse, sino porque
muchas veces tuvieron que hacerlo sin recursos suficientes, sin garantías y sin
la certeza de que el lugar de destino pudiera ofrecerles aquello que habían
perdido.
Quizá sea ésta la
particularidad del insilio que más convenga destacar: no requiere cruzar una
frontera para experimentar el destierro. Se puede seguir viviendo en Venezuela
dejando atrás el lugar donde se pertenecía. Y una sociedad que no registra
suficientemente a quienes viven esa experiencia corre el riesgo de
convertirlos, por segunda vez, en desplazados: primero de su territorio;
después, de la memoria pública.
Ilustración: lb/IA.
14/09/2026:

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