domingo, 18 de enero de 2026

(DES)VENTILACIÓN

DE UN PARTICULAR QUIRÓFANO

Luis Barragán

Además del médico o, si fuere el caso, curandero del pueblo, tan postergados como el odontólogo, dependemos del técnico reparador de un modo apremiante y casi obsesivo. Poco importa si ha estudiado o es un empírico obstinado, pues, lo importante es que sea capaz de remendar prontamente el teléfono de todas nuestras inteligencias juntas o el motor del carro.

La pastilla de la tensión puede partirse en dos para que rinda hasta completar los reales de la consulta con el galeno, o la plata de la camioneta para hacer la cola en un hospital público. Empero, lo que no puede ni debe esperar es el teléfono, porque – en última instancia – ya está generalizada y, en consecuencia, legitimada la crisis del automóvil particular.

Por supuesto, es necesario prever alguna emergencia personal y la más elemental medida consiste en la posibilidad cierta de comunicarse con parientes y amigos, aunque – valga la sospecha – preferimos el perol electrónico para nuestra privatísima distracción al navegar, el elevado entusiasmo al intercambiar pareceres, simple y literalmente jugar, o cualesquiera otros vicios de los que queda el registro correspondiente sin que nos enteremos. Por esto y mucho más, el teléfono que se estrella contra el piso, acuatiza, o sufre de un repentino mal que va más allá de la gripe digital, representa una calamidad para nuestro bolsillo, ya que también – olvidamos de apuntar – sustituye a la computadora de mesa para las labores de supervivencia.

De esa calamidad urge salir y vamos al encuentro el reparador que tengamos a la mano, sea – digamos – diplomado o no. Hasta donde le sea posible, es el que no se deja arredrar por la nanotecnología y, cual novel mototaxista, se aventura y mete por todos los recovecos y atajos del aparato con real o fingida experticia de relojero suizo que requiere de paciencia y no sabemos si de suficiente experiencia para el uso del instrumental de trabajo. En días pasados, pasando por un local del ramo, nos llamó la atención que estuviera el técnico a la vista del público con la impresionante  microscopía y sensores intimidan a ignorantes como el suscrito, porque casi siempre están detrás de bastidores, dominado el mostrador por sagaces muchachos que procuran vender el mobiliario electrónico expuesto, arreglar todo desperfecto, u orientar a la gente cuales monjes tibetanos que aseguran la existencia de otra vida y, aspiramos, al reencarnar, que lo hagamos con todo los peroles intactos.

Nos preguntamos si hay escuelas de reparación de los móviles celulares – faltando poco – inteligentes, al igual las especializadas en el manejo o conducción de las motocicletas. Pareciera y solo pareciera que no, ya que sospechamos de un autodidactismo poderoso y masivo de los más jóvenes que atienden los miles de locales del ramo; saben, informan, reparan todo vicio digital que nos consume, viviendo la experiencia de un empleo precario: posiblemente alguno alcance algún día la serenidad del relojero suizo capaz de hacer milagros – esta vez – en los circuitos que nos ponen en solfa con la señal que nos fuerza a ser comunitario, a pasar de todo.

Ilustración: Dokhshid Ghodratipour.

Fotografía: LB, La Candelaria (Caracas, 12/11/2025).

19/01/2025:

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