DE UN PARTICULAR QUIRÓFANO
Además del médico o, si fuere el caso, curandero del
pueblo, tan postergados como el odontólogo, dependemos del técnico reparador de
un modo apremiante y casi obsesivo. Poco importa si ha estudiado o es un
empírico obstinado, pues, lo importante es que sea capaz de remendar
prontamente el teléfono de todas nuestras inteligencias juntas o el motor del
carro.
La pastilla de la tensión puede partirse en dos para
que rinda hasta completar los reales de la consulta con el galeno, o la plata
de la camioneta para hacer la cola en un hospital público. Empero, lo que no
puede ni debe esperar es el teléfono, porque – en última instancia – ya está generalizada
y, en consecuencia, legitimada la crisis del automóvil particular.
Por supuesto, es necesario prever alguna emergencia
personal y la más elemental medida consiste en la posibilidad cierta de comunicarse
con parientes y amigos, aunque – valga la sospecha – preferimos el perol
electrónico para nuestra privatísima distracción al navegar, el elevado
entusiasmo al intercambiar pareceres, simple y literalmente jugar, o
cualesquiera otros vicios de los que queda el registro correspondiente sin que
nos enteremos. Por esto y mucho más, el teléfono que se estrella contra el piso,
acuatiza, o sufre de un repentino mal que va más allá de la gripe digital,
representa una calamidad para nuestro bolsillo, ya que también – olvidamos de
apuntar – sustituye a la computadora de mesa para las labores de supervivencia.
De esa calamidad urge salir y vamos al encuentro el
reparador que tengamos a la mano, sea – digamos – diplomado o no. Hasta donde
le sea posible, es el que no se deja arredrar por la nanotecnología y, cual
novel mototaxista, se aventura y mete por todos los recovecos y atajos del
aparato con real o fingida experticia de relojero suizo que requiere de
paciencia y no sabemos si de suficiente experiencia para el uso del instrumental
de trabajo. En días pasados, pasando por un local del ramo, nos llamó la atención
que estuviera el técnico a la vista del público con la impresionante microscopía y sensores intimidan a ignorantes
como el suscrito, porque casi siempre están detrás de bastidores, dominado el
mostrador por sagaces muchachos que procuran vender el mobiliario electrónico
expuesto, arreglar todo desperfecto, u orientar a la gente cuales monjes
tibetanos que aseguran la existencia de otra vida y, aspiramos, al reencarnar,
que lo hagamos con todo los peroles intactos.
Ilustración: Dokhshid Ghodratipour.
Fotografía: LB, La Candelaria (Caracas, 12/11/2025).
19/01/2025:


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