“En la esquina con Nariño, Brígida se detuvo de golpe frente al esqueleto de una casa en ruinas. Las ventanas estaban selladas con tablones y las columnas apenas se sostenían con apliques. Los muros estaban quemados, y las puertas, bloqueadas por hileras de ladrillos. Parte de la estructura había caído al suelo. Entre los cascotes crecieron matojos y hierbajos. Bañado por la luz del sol, un árbol cargado de granadas atrajo la mirada de Brígida, que saltó la verja sin pensárselo. Necesitaba meterse en ese malezal, tocar sus frutos y olerlos. Algunas granadas estaban abiertas, los pájaros les habían arrancado la piel a picotazos. Eran redondas, pequeñas y suaves. Cogió una para sí y la olió”
Karina Sainz Borgo
(“Nazarena”, Alfaguara, Madrid, 2026: 103)
Ilustración:

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