martes, 7 de octubre de 2025

Anti-ombliguismo

OPOSICIÓN, UNIDAD E IMAGINACIÓN MORAL

Luis Barragán

Cualquiera dirá que, a falta de unidad monetaria, difícilmente podrá alcanzarse en otros ámbitos todavía más exigentes de la Venezuela que cursa, por muy necesaria y aconsejable que fuese la integración en medio de la diversidad para la supervivencia del propio gentilicio, o la prédica de un propósito común para la acción colectiva por encima de los mesianismos de ocasión. Otros proclamarán que los fines – acaso, por redefinir – se imponen frente al esfuerzo individual, individualizante y parcelario, entendida la política y la vida partidista como una experiencia de bulliciosa uniformidad, lejana a los contrastes y sospechosa de todo matiz.

Dentro o fuera del territorio nacional, deseándose paradójicamente funcional, la desunión de la paisanidad pudiera hacerse resueltamente militante de persistir ciertos niveles de irrespeto, mezquindad, intolerancia, subestimación, insolidaridad, mala fe, irresponsabilidad, en relación al otro y a los otros, siendo el presupuesto público nacional el único factor de aglutinación de aquellos que puedan alcanzarlo, dejando caer los mendrugos de la mesa. Palabra bien cotizada, pero crecientemente corrompida, la unidad se hace efímera, interesada, utilitaria, conveniente, retórica, oportunista, cómoda, traidora e, irremediablemente, traicionada; quizá, en la presente centuria, porque el mito convencional de la unidad familiar y, más allá, el de la inexpugnable familia venezolana, se ha desmoronado con el fenómeno traumático y expansivo de la diáspora; quizá, porque el no menos convencional de la izquierda leninista de los años sesenta y setenta del veinte, se ha derrumbado estrepitosamente con el largo – no faltaba más - ejercicio directo del poder.

Asimismo, con las mínimas excepciones del caso, pareciera la oposición una fiel depositaria de ese arraigado vicio cultural de invocar la unidad política para manipularla y tergiversarla, devenida expresión subalterna del socialismo de este siglo, por cierto, algo lógico tratándose de un régimen que anda por toda la calle del medio. No obstante, bajo dictadura o democracia, la oposición es tal en la medida que resiste y niega a convertirse en una extensión institucional y recreacional del gobierno de turno, pues, por numerosa, variada y contradictoria que fuese, sin que sus elementos pierdan un centímetro de identidad, es capaz de concurrir unitariamente como lo ejemplificó en la etapa inmediata del destronamiento perezjimenista, a partir de 1958; o de hacerlo en determinados momentos, como la suscripción del Acuerdo de Ginebra de 1966 (incluso, haciéndose representar indirectamente la insurrección armada), presta a un posterior y libérrimo debate parlamentario;   y el aseguramiento de una estabilidad democrática en la que no creía mucho el sector oficial en 1968, con el testimonio pluralista de una fotografía de numerosísimos dirigentes antigubernamentales en la que no estuvieron todos los que eran y a la inversa.

Hoy, solamente entendemos la unidad – por lo menos – opositora, si es capaz de esbozar y motorizar la urgida reintegración nacional, profundizando en los valores compartidos, reivindicando el diálogo y la negociación reales, devuelta la confianza hacia las instituciones, agregando efectivamente los más legítimos intereses, recuperando la especificidad y especialización de la política, propulsando un liderazgo ético y moral a prueba de balas y con una decidida vocación histórica, dato éste jamás tan obvio. La política del consenso futuro  y del futuro consenso requiere de una actualización ideológica cada vez más urgente, por dramática que fuese, pues, como se ha dicho, la crisis política excesivamente prolongada es la de su lenguaje, en última instancia derivada de una reflexión escandalosamente ausente: importa discernir lo bueno y lo justo, el camino correcto y adecuado; valorar y concordar una estrategia de mediano y largo plazo, comprometido existencialmente el liderazgo, que sugiere el ejercicio de una imaginación moral que haga posible la compasión, la justicia y la responsabilidad, tomando como referencia a una autora como Martha Nussbaum que un amigo cercano prefiere amortiguar con Edmund Burke y C. S. Lewis.

Es de suponer que los planteamientos y esfuerzos liberales, demócrata-cristianos, socialdemócratas, tecnotrónicos, o de otras impredecibles escuelas doctrinarias e ideológicas sepan de un proceso de condensación o síntesis partidista cada vez más necesario, figurándonos un entendimiento de razonablemente pocos actores bien representativos,  probados por sus convicciones, trayectorias y testimonios de lucha.  Esto es, dándole a la unidad imaginada un enfoque pragmático y político que conjugue un sólido compromiso constitucional con los principios y valores occidentales, al mismo tiempo que vincule emoción, razón y empatía de cara a las realidades.

Ilustración: Alireza Karimi Moghaddam.

Reproducciones: El Nacional, Caracas (09/03/1968). 

07/10/2025:

https://www.elnacional.com/2025/10/oposicion-unidad-e-imaginacion-moral/

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