IMPERFECTO TRABAJO DE CAMPO
Luis Barragán
A $ 240
ascendió el salario mínimo integral, según lo anunció la encargada presidencial
recientemente, aunque – eufemismo aparte -
le correspondía salarizar los bonos dada su consagrada regularidad. Así,
se fueron al suelo las expectativas más elevadas, creyendo natural que se puede
alcanzar por un chasquido de los dedos el valor estimado de la canasta básica
que promedia mil dólares constantes y sonantes.
Eterno el trance inflacionario en el que nos encontramos,
no es mucha la diferencia de precios de buena parte de los víveres adquiridos
en casa, en el comercio informal, los mercados municipales y, algunos más
flamantes que otros, los supermercados de una sorprendente expansión en la
ciudad. Lucen memorables aquellas grandes compras que se hacían cada vez más
esporádicamente, recorriendo pacientes las aceras de la calle, los puestos del
establecimiento popular o los pasillos de anaqueles repletos, con un promedio
de ingresos reales que no distaba del promedio de los citadinos, dos o tres
décadas atrás.
Inevitable, nuestras adquisiciones domésticas han hecho
a un detal humillante y, con lo que nos pagamos hoy por un par de tomates, una
cebolla, un poco de arroz, dos latas de atún, cinco cambures, una bolsita de
avena en hojuelas, un ramo de perejil y medio cartón de huevos, por ejemplo,
hace tres, seis o diez años llenábamos un carrito completo de productos
variados. En el ínterin, nada más y nada menos que perdimos nuestro signo
monetario, buscando todavía en el subsuelo lo que queda de ingresos reales para
unas mayorías desenchufadas.
Predominantemente mujeres, ha sido inevitable comentar
brevemente con una que otra cajera el incremento de los precios y, no hay que
hacer un esfuerzo extraordinario para intuirlo, las muchachas lo lamentan aún
más porque generalmente no consiguieron un mejor trabajo que varias aspiraban
por su nivel de estudios (sirva de ilustración los cursos más abaratados de
diseño gráfico en la era de la IA, o de asistencia en farmacias), mantienen o
ayudan a mantener a padres y hermanos, son madres precoces, etc. No les es
fácil degustar un helado de yogourt de la franquicia más cercana, sustituir el
teléfono, hacerse de una reserva de pañales desechables o, paradójicamente,
llevar comida a la casa, descubriendo poco a poco que se trata de un empleo
precario o de alta rotación, sospechando que la modalidad de autopago las hará
prescindibles, negada toda sindicalización, entre otros detalles.
La anterior franquicia de muy vieja data, recordamos, por
contrato colectivo, tenía cajas especiales con precios más accesibles para los
empleados y una mínima póliza de seguro con un personal más estable con el que
nos familiarizamos con el tiempo de un modo u otro. La cajera de la franquicia
reemplazante, con un poco más de veinte años,
en una casual conversación sabatina, apenas ayer, confesó una inmensa decepción con el anuncio
salarial; dijo desconocer por completo
qué franquicia hubo con anterioridad pareciéndole de mejor calidad el empleo
que daba, pero – lo peor – fue que no tenía la menor idea de lo que es un
sindicato y muchísimos menos una convención colectiva, “porque eso no sale en
Internet”.
Ilustración: LB/ChatFPT.
02/05/2026:

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