sábado, 2 de mayo de 2026

Del riesgo en los andamios

¿CUÁL TRANSICIÓN?

Gehard Cartay Ramírez

Culmina abril, casi cuatro meses después de la extracción de Maduro, y aún no puede hablarse en propiedad que se haya iniciado la anhelada transición en Venezuela.

La verdad es que, salvo el evento del 3 de enero, ningún otro podría anunciar un proceso de transición. La excarcelación de unos tres centenares de presos políticos -casi todos sometidos a medidas cautelares- y la permanencia todavía de muchos cientos en las cárceles del régimen demuestran la poca o nula disposición de su cúpula para contribuir a abrir una nueva etapa que implique cambios sustantivos y verdaderos, luego de la desgraciada experiencia de los 27 años que vienen desde 1999.

La mal llamada Ley de Amnistía, tal como fue concebida, no es apta para iniciar una auténtica transición precisamente porque no facilita la liberación incondicional de los presos políticos y tampoco se compadece con la definición del concepto de amnistía, que según el diccionario de la Real Academia Española es “el olvido de los delitos políticos, otorgado por una ley”.

Sin embargo, el mero hecho de que la mencionada ley haya sido dictada para discriminar a algunos y favorecer a otros imposibilita una real amnistía. Se diría que se trata de un dispositivo discrecional del régimen, que lo viene utilizando por cuenta gotas a su servicio, con lo que, al mismo tiempo, revela su indisposición a contribuir a una amnistía verdadera.

Tampoco el interinato de los hermanos Rodríguez muestra disposición alguna a dialogar y consultar con la oposición mayoritaria la designación de altos funcionarios del Estado, como ocurrió con el nombramiento del fiscal general y de la Defensora del Pueblo. Otro tanto parece que sucederá con la designación de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia. Al Rodrigato, como ya se ha visto, le basta con darle alguna cuota minúscula a los “alacranes” y punto.

No obstante, el fortalecimiento indiscutible del liderazgo de María Corina Machado y de la mayoritaria oposición democrática ejerce sobre ellos una presión cada vez más fuerte, no sólo dentro del país sino también afuera. La gira europea cumplida por Machado sigue desenmascarándolos y exponiéndolos como un régimen autoritario y corrupto, pese a los ejercicios de mutación y acomodo que viene practicando desde el pasado tres de enero.

Primero los negocios petroleros y después la democracia

Tanto el gobierno de Trump como el Rodrigato continúan aferrados a su programa inicial, como tutor el primero y como tutelado el segundo: la repetida fórmula de estabilización, recuperación económica y fiscal y, por último, el retorno a la democracia.

A los dos le conviene esa jerarquía de prioridades. El gobierno de Estados Unidos prefiere que se adelanten los negocios petroleros y al de aquí también. A aquél porque, en el fondo, esa pareciera ser su prioridad más urgente por ahora. Y al de aquí porque mientras más lejos se programen las elecciones mejor para ellos, pues de esa manera pueden prorrogar su interinato.

Ya se sabe que, en el fondo, su propósito es quedarse en el poder el mayor tiempo posible y en ese objetivo están dispuestos a complacer a Trump en todo lo que les ordene, comportándose como buenos vasallos. La retórica antiestadounidense del chavomadurismo ya es cosa del pasado, sustituida ahora por discursos melifluos y convenientes halagos hacia Trump, en tanto que no dejan de aparecer algunos insultos de gente que aparentemente ha sido sustituida y apartada por el Rodrigato.

El nuevo encargado de negocios de Estados Unidos en Venezuela, John Barrett, recién llegado a mediados de abril, ha ratificado el pasado lunes la posición de su país con respecto al interinato actual, confirmando así la actuación de su predecesora Laura Dogu.

Resaltó el diplomático que “juntos estamos construyendo una nueva Venezuela, profundamente ligada a nuestra región”. Resaltó, igualmente, que el sector privado y particularmente la inversión de Estados Unidos “es el motor de la transformación de Venezuela en un centro energético mundial, y un pilar esencial para la estabilización y la recuperación económica” (El Nacional, 28 de abril de 2025).

Sin embargo, la cruda realidad ahora es que Venezuela no se está recuperando, sino coadyuvando a un sistema energético que favorece primero que nada a Estados Unidos. En consecuencia, pareciera que para el gobierno de Trump la prioridad no es el retorno de la democracia venezolana, sino la estabilidad de su propio mercado petrolero y la garantía de suministro sin problemas, sobre todo en estos momentos en que se ha embarcado en una nueva confrontación bélica con Irán.

La recuperación de la democracia en Venezuela, por lo tanto, puede esperar.

No hay mejoría en lo social, aumenta la inflación y los sueldos no alcanzan

Pero las optimistas cifras macroeconómicas que muestra el gobierno norteamericano en los resultados de la nueva política petrolera que aplica en Venezuela como resultado de su tutelaje y dirección no existen para el venezolano de a pie, que sigue sufriendo una inflación feroz y devengando un sueldo mínimo, el peor del continente, por debajo de Cuba y Haití (¡!), lo cual ya es mucho decir.

Mientras esta situación se mantenga, nada va a cambiar en beneficio del país y su gente. Miles de millones de dólares producidos por esa nueva política petrolera, supervisados y controlados por las autoridades estadounidenses, no se han invertido para mejorar las condiciones de vida de nuestros ciudadanos.

No han servido para mejorar su nivel adquisitivo con mejores sueldos, ni tampoco para paliar los pésimos servicios públicos elementales como la electricidad y el suministro de agua potable, ni tan siquiera para corregir los gravísimos problemas de servicios de salud pública y de educación.

“No se le ha visto el queso a la tostada”, diríamos utilizando un dicho popular muy conocido…

Un gobierno de facto, tutelado desde afuera

La semana anterior, en el acto de entrega del premio “Valores Democráticos Padre Francisco Virtuoso s.j.”, celebrado en la Universidad Católica Andrés Bello, el doctor Rafael Tomás Caldera, uno de los homenajeados, pronunció unas palabras que merecen ser citadas porque reflejan la penosa situación por la que atraviesa Venezuela en estos días posteriores al 3 de enero, y que venimos comentado en las presentes líneas.

Vale la pena citar las palabras del doctor Caldera:

“Hace setenta y cinco años, en su muy leído Mensaje sin destino, escribía don Mario Briceño Iragorry:

Nunca como al presente necesitó nuestro país una atención mayor en el examen de sus problemas de pueblo, porque nunca como ahora se hizo tan notoria la crisis de los valores sustantivos. Tampoco jamás desde la edad heroica nuestro país se había confrontado con mayor número de problemas a la vez.

“Ha sido larga la lucha por instaurar una forma política justa en el país y ahora nos toca renovarla”, agregó Rafael Tomás Caldera.

“No podía imaginar don Mario la situación a la que hemos llegado en nuestra vida republicana.”

“Por primera vez en su historia como nación independiente, el país está presidido por un gobierno de facto, impuesto por una potencia extranjera.”

“Como quiera que se mire, es una situación precaria e intrínsecamente inestable. No se tenga duda.”

(…)

“El texto constitucional, como ha recordado la Academia de Ciencias Políticas, exige decisiones impostergables.”

“En nuestro caso, tras más de cien días, no puede haber vacilación alguna acerca del carácter absoluto de la ausencia.”

“Ello exige convocar elecciones presidenciales. Venezuela debe represar pronto a la normalidad democrática, que ha sido -es verdad- excepcional en nuestra historia, pero sin la cual no habrá paz ni podemos retomar el camino del desarrollo de nuestro pueblo.”

El “Rodrigato” comienza a moverse

Mientras tanto, la cúpula del régimen comienza a moverse, no sólo en su propósito de continuar en el poder, sino también ante la eventualidad -sin duda muy posible- de unas elecciones a finales de este año o en la primera mitad del próximo.

Ya iniciaron un intenso recorrido por el país, bajo el cognomento de una supuesta “peregrinación”, cuyo objetivo es consolar a la gente que aún los respalda mediante un discurso populista que intenta justificar el tutelaje de Estados Unidos, mientras ellos asumen el papel de víctimas del “imperialismo gringo” en una maniobra distraccionista tan estúpida como inútil.

Ilustración; Michiel Schrijver.

02/05/2026:

https://americanuestra.com/gehard-cartay-ramirez-bitacora-venezolana-abril-2026-cual-transicion/

LOS MILITARES Y LAS TRANSICIONES POLÍTICAS

Gehard Cartay Ramírez

Observo cierta superficialidad en algunos análisis sobre transiciones políticas foráneas, pretendiendo calcarlas para nuestro país cuando sea pertinente en el futuro.

Esos analistas obvian que cada transición tuvo sus actores y contextos particulares y que ningún caso se parece a otro. Todos resultaron distintos entre sí, por lo que sería una extravagancia, por decir lo menos, señalar que se siguió una especie de “manual de procedimiento” para adelantarlas. Lo que afirmo es una perogrullada, por supuesto, pero noto que hay quienes discurren sobre transiciones y establecen comparaciones entre algunos casos, todo ello sin rigor analítico ni profundidad alguna, pretendiendo transponer algunas experiencias de otros países para ensamblarlas aquí, como si se tratara de equipos armables.

No es así, por cierto. Desde luego que existen elementos concomitantes entre algunas de esas experiencias y por ello merecen un estudio más detenido. Pero, insisto, así como existen estas, hay también elementos dispares y hasta contradictorios entre sí, por lo cual pienso que cada transición política ha sido única en cierto modo, y así serán las que se sucedan en futuro.

Sí debo destacar que entre las escasas características casi comunes que registran las transiciones sucedidas hasta ahora hay una fundamental: el papel cumplido por la institución armada de cada país, ya como actor o como facilitador de las mismas. Sea dicho todo esto a pesar de que esas dictaduras militares por lo general fueron sanguinarias y represivas.

Hasta donde conozco sobre este tema en particular, las experiencias de España, Brasil, Argentina, Chile y Uruguay –por citar las que se mencionan como transiciones políticas exitosas y nos resultan cercanas– lo fueron porque los mandos militares actuaron a favor o, al menos, no se opusieron a ellas. La misma transición ocurrida aquí en Venezuela en 1958 fue posible por haber contado con el apoyo de una mayoría de la institución castrense, como más adelante se reseñará.

Una referencia sumaria y brevísima de algunos casos puede demostrarlo, sin pretender agotar el tema y muchísimo menos señalar la participación militar como la única, pues bien se sabe que las transiciones políticas implican a muchos factores, actores y contextos, como señalé al principio de estas notas.

En España, tras la muerte de Franco, la evolución política tuvo dos pivotes centrales: por una parte, el clima de diálogo, debate y entendimiento entre todas las fuerzas políticas, una vez aislado el sector extremista del franquismo. Por la otra, la activa participación del entonces novel rey Juan Carlos, quien designó como presidente del gobierno a un dirigente centrista, moderado e inteligente, abierto a todos los sectores políticos, como Adolfo Suárez.

Pero, en paralelo, el propio rey garantizó el apoyo de la Fuerza Armada, la única institución con poder real que pudo haber bloqueado esa transición. En ese momento, el liderazgo del monarca cohesionó a los militares, casi como lo había hecho Franco durante cuatro décadas. Fue en este ambiente amplio y distendido que se produjo la redacción de la Constitución de 1978, aprobada ese año por un referendo popular con el 90 % de los votos emitidos. Tres años después, Juan Carlos volvió a blindar ese proceso al oponerse a la tentativa golpista de un grupo de oficiales que llegaron incluso a tomar el Congreso de los Diputados, mientras esperaban un apoyo que nunca llegó por parte de la mayoría de los militares. Obviamente, el respaldo de la institución castrense a la transición española fue fundamental.

El caso de Brasil es más complejo. Luego del golpe de Estado contra Joao Goulart en 1964, vinieron 20 años de gobiernos militares, lo que, en cierto modo, constituyó luego un proceso gradual de transición tutelada por ellos mismos, pues respetaron el sistema federal y la elección directa de gobernadores. Esa larga dictadura se inició con el nombramiento del general Castelo Branco como presidente por parte del Congreso. Luego serían nombrados los también militares Costa e Silva (1967), Garrastázu Médici (1969), Geizel (1974) y Baptista Figueiredo (1979) hasta que en 1985, luego de intensas negociaciones entre militares y civiles, los primeros aceptaron la elección directa y universal del presidente de la república, siendo electo Tancredo Neves, quien falleció antes de asumir el cargo, y fue sustituido por su vicepresidente José Sarney. Desde entonces, Brasil ha mantenido la alternancia democrática de sus presidentes y gobiernos.

En Argentina, luego del derrocamiento de la presidente Isabel Martínez –viuda del general Juan Domingo Perón, a quien sucedió en 1976–, tomaron el poder los militares, cuyo desprestigio comenzó a crecer en la misma medida en que sus crímenes iban en ascenso, hasta llegar al capítulo tragicómico de Las Malvinas. Luego de tan humillante derrota militar frente a los británicos, a los gorilas argentinos no les quedó otra opción que devolverle el poder a los líderes civiles y democráticos, quienes iniciaron una inteligente evolución política encabezada por el presidente Raúl Alfonsín –electo en 1983–, la cual, aparentemente, ha consolidado la democracia en aquel país.

En Chile la transición se inició luego del referendo convocado por Pinochet y la cúpula militar en octubre de 1988, mediante el cual pretendieron prorrogarse en el poder hasta 1997. Inicialmente, solo el Partido Demócrata Cristiano estuvo de acuerdo con participar en ese evento, pero luego se fueron incorporando casi todas las demás fuerzas políticas opositoras, y tras una inteligente y atractiva campaña electoral fue derrotado Pinochet en las urnas. La decisión mayoritaria de los chilenos fue acatada por los militares, a pesar de los intentos del dictador para desconocerla. A partir de ese momento se puso en marcha una transición democrática que superó escollos y tuvo un admirable desempeño. 

En Uruguay se produjo también una transición muy particular, iniciada por los militares –quienes se habían alzado con el poder desde 1976–, luego de la derrota que sufrieran en el referendo de 1983 cuando pretendieron aprobar una constitución a su medida, mediante la cual impondrían su concepto de Estado a la sociedad civil y los partidos. Rechazada aplastantemente esta propuesta, militares y civiles comenzaron a negociar la transición y en 1984 se realizaron elecciones para presidente de la república, ganadas por Julio María Sanguinetti, iniciándose así lo que puede ser considerado como un ejemplar proceso democrático hasta hoy.

Finalmente, habría que añadir la transición política cumplida en Venezuela con motivo de la caída de la dictadura pérezjimenista, cuyo análisis merecería un espacio mayor del que disponemos ahora. En todo caso, resulta claro que ese proceso transicional se inició el primero de enero de 1958 con el alzamiento de un grupo de oficiales de la Aviación y del Ejército en Caracas y Maracay que, independientemente de su fracaso, puso de manifiesto las grietas que existían en el apoyo militar al dictador. A partir de allí se conjugaron la protesta civil y callejera que, al final, conducirían al golpe castrense que derrocó a Pérez Jiménez.

El proceso de transición se abriría plenamente durante 1958 con la firma del Pacto de Puntofijo por parte de Betancourt, Caldera y Villalba –los tres líderes democráticos principales– y después cuando en diciembre resultó electo el primero como presidente. Sin embargo, ese mismo año hubo varias intentonas golpistas a cargo de altos oficiales, algunas de cierta gravedad, pero todas derrotadas por los sectores institucionalistas de las Fuerzas Armadas y por la presencia combativa de la sociedad civil que en las calles protestaron y se opusieron a tales alzamientos. La actitud de la mayoría de los militares –entonces y después– apoyando la transición en marcha fue un factor clave para que, al final, aquella diera sus frutos y trajera consigo la instauración de la democracia en Venezuela.

Insisto, para finalizar: la contribución de los mandos militares ha constituido un elemento fundamental –aunque no el único, desde luego– para que algunas transiciones políticas tengan éxito. Y así lo señala la historia.

Ilustración: Thomas Danthony.

24/08/2023:

https://revistasic.org/los-militares-y-las-transiciones-politicas/

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Caza de citas

“—Cuando estás en la calle tienes que tomar decisiones en muy pocos segundos y casi siempre sin ninguna información previa. Acudes a una lla...