DEL TRÁNSITO PEATONAL
Quizá la opinión pública no tiene interés por los
problemas cotidianos al creerlos y asumirlos resignadamente como insolubles y
naturales, aunque siga latente la aspiración a una superior calidad de vida. De
una obviedad que atormenta, porque realmente se sufren, quebrantada la vida
municipal a favor de un comunalismo que es, ante todo, compromiso y ciega
lealtad partidista, ya esas vicisitudes de rutina no cuentan con la antigua
resonancia en los medios.
Raras son las localidades venezolanas que tienen un
tránsito peatonal ordenado y confiable, porque los vehículos automotores son
los que imperan en aquellos espacios públicos reservados para un seguro
desplazamiento a pie, más el aparataje del comercio informal autorizado por las
alcaldías para instalarse y atravesarse por doquier. El desorden es demencial
de los restaurantes “compactos” que atienden a la gente en la vía pública
afectando los semáforos, por ejemplo, cuando
incurren en el hurto autorizado del
flujo eléctrico.
Días atrás, fuimos testigos de algo insólito que
ocurrió en un sector de la ciudad capital, pues, repentinamente se fue la luz -
como llamamos los venezolanos a los apagones - en la mitad de una manzana y los
locales comerciales al borde de la otra mitad que gozaba de la energía eléctrica
cerraron. Sin embargo, la calamidad se
presentó para una heladería de formal local comercial deseosa de conectarse
urgentemente al alumbrado público, pero no pudo hacerlo porque los carros
hamburgueceros monopolizaban las pocas tanquetas o tanquillas que había, la
policía del lugar se ocupaba exclusivamente del tráfico según alegaron y el único
agente uniformado que apareció arbitró a favor de los expendedores de frituras,
como nos enteramos en quince minutos: los que pagan derecho de frente, por citar
un solo caso, corrieron a las refrigeradores de una carnicería más o menos
cercana para salvar la mercancía que perdían toda su heladura.
Gracias a los motorizados que abren canales donde no
deben, pero pueden, aún en contrasentido, las aceras también son para correrlas
a su antojo cual legítimo atajo, o para estacionarse olímpicamente. Poco
importa que sea en las horas para llevar o buscar a los niños en la escuela,
porque es un deber y al mismo una obligación impuesta la de apartarse avergonzados
y sin queja los padres, abuelos y niños tan inseguros en un espacio que les
pertenece.
Por lo demás, no tenemos idea del porcentaje de las
aceras que realmente lo son, por una inaudita irregularidad de la superficie,
el detalle de los escombros que quedan fijos de antiguos postes derribados y
paradas fantasmales o desechas. Al derecho adquirido por los motorizados, se
une prácticamente la prohibición para andar en una silla de ruedas gracias al
accidentado pavimento de lo que alguna vez fue motivo para un satisfactorio paseo
bajo una arboleda ahora derribada.
Fotografías: LB.


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