¿CUÁL SOCIEDAD CIVIL PARA CUÁL TRANSICIÓN?
“El sentido común es propenso a
creer que lo que hoy existe ha
existido siempre”
Antonio Gramsci (*)
Una generalizada noción de la sociedad civil (SC) suele
ventilar el incipiente debate transicional con alguna frecuencia, dando por
sentado que ella tiene - bastando con invocarla - el octanaje suficiente para
ir más allá del Rubicón. La crisis infatigable es la exclusiva de los partidos políticos
definitivamente incorregibles, mientras sobreviven en el imaginario la
prestancia de las asociaciones de vecinos por más que el promedio haya
claudicado ante los consejos comunales, los gremios empresariales que se creen
moralmente autorizados a sobrevivir a cualquier precio, los sindicales y profesionales
que tampoco diligenciaron con audacia la renovación electoral de sus
directivas, los deportivos que fueron arrollados por los aplastantes recursos
del Estado.
Hemos sufrido una suerte de tsunami
lumpemproletarizador en este siglo, que ha facilitado la constante
reconfiguración y administración de vastas clientelas políticas dependientes de
un Estado al que ahora no le alcanzan los ingresos petroleros para
subsidiarlas. Estructuralmente, la hiperinflación, la destrucción del aparato
productivo, las expropiaciones interesadas, la agigantada economía de puertos,
el explosivo endeudamiento público externo, nos han forzado a la dependencia de
los bonos y de las llamadas misiones, incentivando la masiva diáspora de los
paisanos, y también la trágica aceptación de una vía delictiva para la
supervivencia y el ascenso social.
Torpedeada por la persistente consigna del comunalismo
y la promoción de un tal poder popular, propio de los fracasados socialismos
reales conocidos, la idea misma de la SC queda reducida a una vieja “manía
esnobista” de la clase media petrolera. Lo curioso es que, por más que se jure
de inspiración marxista este tan largo gobierno, no existe una literatura
convincente en términos oficiales u oficiosos que explique las actuales clases
sociales en Venezuela, por lo menos, capaces de contrastar con el resultado de
los estudios sobre la clase media del Banco Interamericano de Desarrollo (BID,
2021), Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI-UCAB, 2025), o los
aportes de Roberto Briceño-León y Luis Pedro España, por ejemplo.
Grosso modo, el modelo rentístico se encuentra agotado
desde hace varias décadas, pero ha habido una feroz resistencia de distintos
sectores, grupos y corrientes sociales representados por el chavismo frente a
un modelo alternativo, el de una economía y sociedad abierta y competitiva,
fundada en el trabajo digno y productivo. Después de arruinada PDVSA, empujado
el país al borde del colapso, paradójicamente la fórmula inmediata para una
recuperación económica es la práctica desnacionalización y el incremento en
todo lo posible de la producción del crudo con futura distribución y pagos
seguros, sintetizando el 3-E. Sin embargo, la SC no puede asumirse como una
sumatoria de entidades tradicionales en pugna por alcanzar la cuota de los
ingresos y beneficios que consideran como propia e intransferible, sino como expresión del caduco bloque
histórico por demasiado tiempo articulado por el chavismo en el que concursan
la cúpula político-militar chavista, la lumpenburguesía y la excrecencia
denominada pranes, intermediarios financieros y comerciales, aparatos
de control y represión, oposición funcional, redes clientelares, que entienden
la transición como un reacomodo al que pueden reintegrarse agradecidos los
grupos de interés desplazados en el siglo.
Precisamente, por entender el cambio como un simple
reacomodo en los términos del viejo modelo, esa concepción de la SC la llevó al
fracaso por todos estos años y, a modo de ilustración, recordamos que, en
defensa de las universidades, fuera y dentro el parlamento, insistimos tiempo
atrás en la realización espontánea y simultánea de las elecciones rectorales y
las de sus gremios para suscitar un extraordinario oleaje democratizador capaz
de propulsar una transformación definitivamente histórica en el país. Y lo señalamos expresamente para retar a los
críticos acérrimos de la institución partidista: entonces, desplácenla para que
la universidad asuma un rol semejante al de Solidarność
en Polonia, pero esto no fue posible siquiera meditarlo jurando que los riesgos
y los peligros pertenecen enteramente al ámbito de los partidos.
Todo un lugar común, no basta con reclamar la
participación protagónica de la SC en los procesos de transición presumidos
como una experiencia atmosférica, lineal, absolutamente armónica y de etapas
preclusivas. Estamos a tiempo de un debate enteramente compatible con la acción,
que permita actualizar la idea misma de la SC y comprenderla desde una
dimensión institucionalista, estructuralista, subjetiva y psicopolítica, u otra
que se prefiera respecto a la transición política, traducible en una adecuada
estrategia y despliegue táctico de una oposición seria y responsable.
Convengamos, se anuncia un diferente bloque histórico en el esfuerzo de superar algo más que las consabidas circunstancias de un gobierno de facto. La transición venezolana no puede entenderse sólo como alternancia política, porque lo que está en crisis es el bloque histórico del que se apoderó el socialismo rentista.
(*) “El ´Risorgimento´”, Granika Editor, Buenos Aires, 1974: 67.
Ilustración: Andrei Popov.

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