PATEAR LA TRANSICIÓN
Aprendida la diferencia entre la transición política y
la mediática, por todos estos años de estridencias, convengamos en que
anunciarla no significa hacerla, por una parte, y, en atención al
venezolanismo, debemos caminarla con determinación y paciencia en lugar de
chutarla lo más rabiosamente posible, por otra.
Y, ello, hablará del perfil dirigencial de un siglo que renegó de un
aprendizaje y de una tradición políticas acumuladas en más de 200 años de vida
republicana, ojalá ahora susceptible de la madurez esperada.
Hay experiencias recientes que suelen deslumbrar a los
transitólogos de ocasión, invocándolas
continuamente e ignorando con descaro la situación actual que atraviesan
aquellos países que protagonizaron la primera ola de la llamada primavera árabe
que arrancó a finales de 2010 con Túnez y prosiguieron Egipto, Libia, Yemén,
Siria y Baréin, generando protestas significativas en otras latitudes afines;
por ejemplo, respecto a Siria, se dice que inauguró el tránsito en 2011 al
iniciarse las protestas contra Bashar al-Assad derivando en una guerra civil,
la internacionalización del conflicto, la fragmentación del Estado, entre otras
circunstancias agravadas tras su caída en 2024, añadida la controversial
Constitución de 2025. Ubicados en la segunda ola, acotada la dudosa naturaleza
del proceso, al caer Omar al-Bashir en 2019, arranca el gobierno compuesto por
civiles y militares que a la postre colapsa teniendo por contexto una guerra civil
librada entre las fuerzas regulares (Sudanese Armed Forces) y las irregulares (Rapid
Support Forces), y la consiguiente y monumental crisis humanitaria. No
obstante, importa observar una notable diferenciación entre las transiciones
occidentales y las orientales de acuerdo a la literatura especializada.
Las consabidas de occidente contaron con un Estado
Nacional relativamente estable de dominio legal-racional, instituciones de
larga data, monopolio constitucionalizado de la violencia, mayores
posibilidades de control del orden público, canales diplomáticos ya
establecidos, y una determinada propensión al consenso político. En cambio, las
del oriente particularmente islámico, en curso o aparente curso, actúan en el
marco de un Estado formal e híbrido de dominio tradicional-patrimonial,
proyección frecuente de la familia real, instituciones fragmentadas, divisiones
religiosas, referentes autónomos con poder armado, grupos fanatizados con
lealtades tribales, religiosas y dinásticas. Acotemos, en un caso, puede
colapsar el gobierno sin que lo haga el Estado, y, en el otro, al colapsar la
familia real lo hace inmediatamente el
Estado cual artefacto nada universal e importado en los términos de Bertrand
Badie.
Entonces, patear la
transición ha de significar andarla con paso firme, comprenderla y asumirla
tendiendo a fortalecer las instituciones, reconociendo a una genuina oposición
democrática que también está en el país. Y no echarla de lado, incurriendo en
una competencia desleal, simulándola como un proceso que puede derivar en las peores
realidades.
Ilustraciones: Gerardo Feldstein.
06/01/2025:









