Recientemente, reapareció en público Delsa Solórzano
con una conferencia de prensa desde la sede nacional de Encuentro Ciudadano.
Después de año y medio bajo resguardo, juzgando adecuadas las actuales
circunstancias, se ha dirigido al país para expresar la posición del partido ante la compleja coyuntura que tanto lo
afecta.
Por supuesto, especialista en la materia, sus primeras
palabras las refirió a los DD. HH., ya
la liberación de los presos políticos, abordando brevemente otros asuntos. No
obstante, la presencia misma ante las cámaras constituyó un inmejorable
testimonio de responsabilidad política ante el país y la organización que
preside.
Por las razones que suficientemente alegó, ella nunca
tuvo disposición de abandonar el territorio nacional, y tampoco la dirección
del partido. Los grandes problemas del país, las posibles alternativas para
solventarlos, el interés por la suerte de todos y cada uno de los dirigentes
partidistas y, claro está, la del pueblo venezolano, fueron factores permanentes
en el contacto con la realidad nacional.
No dejó de contribuir con la unidad en todo este
tiempo. Se mantuvo alerta frente a toda incidencia, orientando a los cuadros.
Vuelve del resguardo que le fue necesario para dirigir
ahora, o seguir dirigiendo, una alternativa democrática y democratizadora en el
marco de la Plataforma Unitaria.
Importa el reconocimiento
formal de los daños laborales ocasionados en la presente centuria, encaminados
hacia la urgida reintegración social del país capaz de darle legitimidad y
soporte a la transición demandada. La sola exigencia de un exclusivo aumento
salarial, convertida en hábito y ocio, contribuiría al esfuerzo de reacomodo
que ensaya el poder establecido al propiciar un cambio nominal tratando de
mitigar sus urgencias.
Puede aseverarse que la
transición comenzará realmente con la reparación social antes o al mismo tiempo
que la reinstitucionalización del Estado. Recuperar los pilares fundamentales
del derecho del trabajo, el salario, la seguridad social, las oportunidades
laborales, la agremiación y la negociación colectiva, como la calidad de vida
junto con el bienestar familiar, por ejemplo, es tarea impostergable para abrir
un proceso de redemocratización convincente y eficaz.
Medidas específicas como el
reconocimiento de la antigüedad, la recapacitación laboral, la protección
social o el saneamiento de la administración de justicia, aconsejan avanzar
hacia mecanismos de resarcimiento más amplios, entre ellos una indemnización
masiva por salarios atrasados, pérdida de oportunidades laborales, ajustes por
inflación y la imposibilidad de disponer efectivamente de las cajas de ahorro e
institutos de previsión, pese al aporte sistemático de los trabajadores. Tales consideraciones
legitimarían una inversión parcial de los ingresos extraordinarios del petróleo
aún pendientes, así como de otras fuentes orientadas a conseguir y preservar un
deseable equilibrio socioeconómico.
Significativo al tratarse de
una genuina expresión de la sociedad civil organizada, la Asociación de
Profesores de la Universidad Simón Bolívar (APUSB) ha respaldado la propuesta del
profesor William Anseume, con miras a la discusión y elaboración de un proyecto
de ley orientado al resarcimiento de los daños laborales que han afectado a una
parte sustancial de la población. Además, surge en una casa de estudios que tiene
la particularidad de exponer a sus gremios renovados oportuna y democráticamente
frente a unas autoridades interventoras que, por supuesto, nadie ha elegido en Sartenejas
ni en el Litoral, y el marcado déficit de profesores de matemáticas nos pone
acaso en las vecindades del daño académico.
Advertida en nuestro
artículo anterior la necesidad de una interlocución con los factores reales del
poder, como la de una unidad vital de las fuerzas opositoras, la propuesta en
cuestión puede llegar a la mesa de debate enriquecida por los distintos
expertos que se encuentran dentro y fuera del territorio nacional. En contraste
con las que no se han tenido, es una opción de despegue para los venezolanos
que trabajan, buscan y pasan trabajo, enteramente buhonerizado un porvenir que
no merecen.
Fotografías: LB, camino hacia la Plaza de El Venezolano, desde la Catedral (Caracas, 2023).
Los espacios públicos capitalinos e interioranos del
país, están saturados de la asfixiante propaganda oficialista. Cierto, de
compararlo con épocas anteriores, ha disminuido bastante quizá por la falta de
recursos económicos y de mano de obra.
Los muros, paredes, murallas, casetas telefónicas, o
cualesquiera alternativas, se llenaron de los militantes mensajeros. Lo peor es
que, por falta de renovación de motivos y técnicas, ha quedado una muestra
desvencijada, precaria y desteñida con las consignas de rigor encaseríos, pueblos y ciudades.
Tiempo atrás, nuestras localidades fueron pintoreteadas
de gris. Ha cedido un poco el fenómeno y alguna vivacidad se observa en uno que
otro lugar, en verdad,
Es necesario reencaminarse hacia una alternativa
visual en el paisaje venezolano urbano o con tal pretensión, para descontaminarnos.
Por higiene mental, expresión antes muy común, la calle requiere de una perspectiva
francamente estética, grata, ordenada, serena.
Hay sitios acogedores en la ciudad capital que contrastan
con tanto deterioro, aun siendo muy modestos. Posiblemente, las modificaciones
pictóricas de la vía pública en Venezuela requieran de mayores rigores
normativos para impedir esa propaganda invasiva, saturadora, moleste.
Hay situaciones necesarias
de esclarecer, porque no basta con correr la arruga. Sobre todo, tratándose de
la feligresía católica que deposita su confianza en el obispado.
Hija de Edmundo González, Mariana
González de Tudares denunció en su momento que intentaron extorsionarla para
liberar a su esposo Rafael implicando
los espacios (SIC) del arzobispado de
Caracas. Horas después, la diócesis arzobispal negó la especie a través de un
comunicado muy breve y, ciertamente, vago, sin contundencia.
Otras horas más tarde, sorprendió
a la opinión pública la fotografía tomada en una misión diplomática que incluye
al excarcelado Rafael Tudares y a su esposa. Y, en la escena, aparece monseñor
Raúl Biord, arzobispo de la ciudad capital.
Afortunadamente, en tres
días se produjo la liberación, pero
quedó un amargo sabor de los hechos que nos confunden todavía más sobre el papel
de monseñor en el curso absolutamente ineludible de los acontecimientos
políticos. Tiene un rol que desempeñar, nadie está pidiéndole hacer
proselitismo político, pero ese rol le toca cada día más definirlo; por cierto,
lejos estamos de sugerir siquiera que, directa o indirectamente, tenga que ver
con alguna intención o actividad delictiva, pero luce necesario y le rogamos
que se aclaren completamente las cosas para que tomenlas previsiones del caso, al menos.
En estas mismas páginas, saludamos
su designación arquiepiscopal, atendida la sugerencia del amigo Freddy Millán
Borges (https://lapatilla.com/2024/07/01/luis-barragan-biord-castillo/);e, incluso, una o dos semanas antes, acudimos
a una misa que dio Biord en un sector popular de la metrópoli con motivo de la
designación del novel sacerdote Jesús Herrera como administrador de la
parroquia. Suscribimos esta nota como católicos empeñados en ser practicantes y como ciudadanos que deseamos confíar en
nuestros pastores a plenitud, pues, es amarga la sensación que quedó luego de
la justa excarcelación del señor Tudores.
Imágenes: la inicial, tomada de la cuenta de Sergio Novelli (*) y, las otras, capturas de pantalla tomadas del video de la homilía de monseñor Biord, misa del 18/01/2026 (Artigas, Caracas).
Tras el relato del bautismo
–inicio de la actividad pública- y de las tentaciones en el desierto –como
marco simbólico de la misma-, Mateo sitúa a Jesús en Galilea, en concreto en
Cafarnaún, que va a constituir el "centro de operaciones" en la
primera etapa de la misión del maestro.
Según uno de sus objetivos
manifiestos –mostrar que en Jesús se cumplen las profecías judías-, el autor
del evangelio aplica a su maestro un bello texto de Isaías: es la "luz que
brilla en las tinieblas".
Parece que no podía haber
encontrado un pórtico mejor para iniciar el relato. Inmediatamente después, se
va a centrar en dos cuestiones decisivas: la proclamación condensada de su
mensaje (el llamado kerigma) y la llamada de los primeros discípulos.
Con respecto al mensaje, en
cuanto a la forma, llama la atención que sea exactamente igual que el de Juan
el Bautista (Mt 3,2), probablemente una señal más del interés de los primeros
cristianos por presentar a Juan como uno de ellos.
Por lo que respecta al
contenido, presenta un doble acento: el anuncio de la cercanía del Reino y la
correspondiente llamada a la "conversión" ("metanoia"): es
necesario convertirse porque está cerca el Reino. ¿Qué puede significar eso
para nosotros, hoy?
Sabemos la lectura que se
hace de esas palabras desde una consciencia mítica y desde el modelo mental,
subrayando el aspecto espiritualista e individualista, tanto de la conversión
como de la salvación.
El mensaje, sin embargo, en
inmensamente más rico y profundo: habla de novedad y de cambio.
La novedad radica en el
anuncio: la cercanía del Reino. Si por "Reino" entendemos, no una
especie de "territorio" mítico, sino el secreto último de lo real, lo
único capaz de responder a nuestro anhelo más profundo, porque constituye, en
definitiva, nuestra identidad, podremos entender la "urgencia" y el
"apremio" que se derivan de las palabras del sabio de Nazaret.
Y parece claro que es a esto
a lo que Jesús se refería: al "tesoro oculto" que, una vez
descubierto, hace que uno se llene de alegría y se desprenda de todo con tal de
lograrlo (Mt 13,44).
Ese "tesoro", el
único que realmente vale la pena –parece decir Jesús-, está ya a nuestro
alcance. Únicamente necesitamos "verlo"..., y para eso necesitamos
"convertirnos".
El significado de la
conversión se pone de manifiesto en el término griego utilizado:
"Metanoia" ("meta-nous" = "más allá de la
mente"). En contra de acepciones habituales en las predicaciones y los
catecismos, que parecían atribuirle connotaciones de mortificación,
remordimiento o incluso culpa, tal término apunta a algo más profundo.
Se trata de una invitación a
salir de la rutina de la mente –la inercia de lo ya conocido o la jaula de
nuestros pensamientos, prejuicios y etiquetas-, para ser capaces de "ver
de otra manera". Un "ver" que nos permita captar precisamente la
realidad del Reino, es decir, aquello que constituye el Secreto de lo Real y nuestro
Núcleo más profundo, aquello que las religiones han llamado "Dios" y
que no es sino el Misterio Uno de todo lo que es.
Al descubrirlo,
experimentamos la Plenitud. Porque no es "Algo" separado que debamos
lograr, sino nuestra identidad más profunda, el Fondo común y compartido con
todos y con todo. Al descubrirlo, se sale de la ignorancia, la confusión y el
sufrimiento. Pero únicamente podemos verlo si adoptamos la visión adecuada, es
decir, si desarrollamos la capacidad que late, con frecuencia "dormida",
en todos nosotros; a esa capacidad, que podemos llamar "inteligencia
espiritual", el evangelio la llamaba "metanoia" o conversión.
Desde luego que, como se ha
ofertado finalmente al principio de este año, y por causas ajenas a la firme
voluntad de algunos inescrupulosos para con los trabajadores y el trabajo,
procede en estas y cualesquiera otras circunstancias un ajuste del salario mínimo,
de los sueldos, de las pensiones y, por supuesto, de toda la protección social
de quienes laboramos, estamos jubilados o pensionados en Venezuela.
Aunque esta situación atañe
más a la administración pública, tiene directa incidencia en la empresa privada
que ha gozado en buena medida los beneficios de la implementación inhumana de
la explotación laboral y la esclavitud moderna de todos estos años. Un líder
empresarial, por mal ejemplo, representante ante la OIT, para más señas, ha
insistido en la eliminación de las Prestaciones Sociales, desconociendo así la
legislación laboral en cuanto a intangibilidad y progresividad de los derechos.
Éstas, establecidas como están, por el contrario, deben mantenerse y ajustarse,
contemplando el daño causado, de modo que cumplan su función protectora. Y si
se tocan es solo con el propósito de mejorarlas.
Pero, vayamos al meollo de
este asunto, sin más dilaciones ni digresiones: el daño laboral causado todos
estos años de penuria continuada debe, en principio, reconocerse en su
dramática existencia. No exagero, para nada. Y, luego, debe resarcirse en la
medida de lo posible con un propósito muy claro que no es otro que el de
valorar el daño y restablecer en alguna medida -porque en toda luce
incuantificable, a propósito, e impagable, también a propósito. Luego, aunado
con este primer propósito, están los complementos adheridos: pagar la deuda
moral para con los trabajadores y recompensar como es debido a quienes nos
mantuvimos en estado evidente de sacrificio público, junto con nuestras
familias, como sostén de las instituciones públicas -y privadas- todo este
larguísimo tiempo de afectación.
Pienso en una ley de
resarcimiento del daño laboral -pueden llamarla como quieran, según convenga a
los efectos políticos de turno, dentro y fuera del país, no nos caigamos a
pasiones limitadoras, siempre y cuando cumpla estos fines- más allá, mucho más
allá, del ajuste del salario, los sueldos y las pensiones, como corresponde,
que debe ser inmediato y va tarde. Esa ley deberá estar enfocada en reponer lo
más rápidamente posible la calidad de vida sustraída a todos los trabajadores
venezolanos. Adelanto que para nada se trata de bonos cazabobos, de esos del
llamado sistema Patria, el que desde ya anuncio que a mi parecer debe ser eliminado
en las primeras de cambio. No. Se trata de un desembolso que favorezca al
trabajador, a sus familias, y le permita de la forma más inmediata adquirir o
reparar sus bienes y servicios, todos los impedidos desde añeja data
revolucionaria: vivienda, vehículo, mobiliario, electrodomésticos, enseres,
distracción y un muy largo etcétera de esta inhumana destrucción del derecho
laboral, de los derechos fundamentales.
Ahora bien, como ese
desembolso podría causar efectos contrarios, como el aumento de la inflación,
más aún si pensamos en que irá acompañado de un ajuste de sueldos acorde a la
realidad económica, no debe ser resuelto enteramente en una sola emisión que
podría resultar más bien perjudicial; puede hacerse trimestralmente a lo largo
de, digamos, unos dos, tres o cuatro años, los economistas podrían ayudar a
precisar la temporalidad del resarcimiento. Esto, encima, con la oferta de
crédito que permita cumplir los fines. Pienso en la rapidez con la que se
presentó la modificación de la Ley de Hidrocarburos y lo rápido que podría
resolverse ésta si existe algún acuerdo. Sin que lleguemos a los extremos de
indagar ahora si se hace por este medio o aquel. Seamos pragmáticos y realistas
ante lo que nos sucede y dónde están ubicados los los poderes fácticos ahora.
Pero, pensemos también en la entrada de recursos económicos inmediatos, ya
enunciados, que deben, como dicho está, favorecer pronto y justamente a los
trabajadores, sus familias y al trabajo.
Debido a lo extenso que ha
resultado necesariamente este primer planteamiento, volveré a abundar sobre él
en próximas entregas. Continuará, como se decía en las novelas por partes, con
expectativa y todo. Exijamos nuestros derechos y el pago, no solo simbólico,
moral, económico, político, de nuestra deuda, como los chinos reclaman la suya.
El 23 de enero de 1958 emergió un inesperado
protagonista en el complicado escenario de una crisis extendida por demasiado
tiempo: el contralmirante Wolfgang Larrazábal, quien ascendió a la presidencia
de una ya definitiva Junta de Gobierno, en principio de carácter exclusivamente
militar. Apelando a una vieja distinción, el país nacional apenas estaba
familiarizado con su nombre, en una época en la que la más alta oficialidad
frecuentaba la prensa diaria quizá por aquella prédica de un gobierno que
juraba actuar en nombre y representación de las Fuerzas Armadas, mientras que
el país político lo conocía más por ser hermano del activo capitán de navío
Carlos Larrázabal que por el ejercicio de la presidencia del Instituto Nacional
de Deportes o del Círculo Militar.
Entre varias de las razones fundamentales para
comprender la caída de Marcos Pérez Jiménez, destacamos el conflicto entre la
Seguridad Nacional (SN) y el Servicio de Información de las Fuerzas Armadas
(SIFA), intensificado por las consecuencias inmediatas del fraude plebiscitario
que actuó como poderoso detonante. Asimismo, hubo un natural papel
preponderante de la corporación castrense que contaba con el monopolio de las
armas, lo cual no implica descalificar —como hoy tiende a hacerse — las
acciones civiles, definidas, firmes y valientes, que dieron sentido,
significación y trascendencia al derrocamiento.
La decidida conducta aperturista de Larrazábal, su
extraordinaria sencillez y cordialidad, el clima de libertades, la liberación
de los presos políticos y el regreso de los exiliados, sumado a la masiva
aplicación del Plan de Emergencia, le granjearon una pronta y asombrosa
popularidad, especialmente en los medios urbanos. Esta popularidad aumentó aún
más con la demostración de temple y habilidad al dominar la intentona golpista
del coronel Castro León, entonces ministro de la Defensa, en julio de 1958, y
el sangriento alzamiento de septiembre del mismo año, cuyos principales
propulsores, como Moncada Vidal, fueron más tarde reivindicados por su
participación en la insurrección marxista.
Finalizando el año, aupado desde distintos sectores
políticos, principalmente por URD y el PCV, Larrazábal resolvió retirarse de la
Junta para competir como candidato presidencial en igualdad de condiciones. La
sola separación del poder aumentó considerablemente el respeto y la confianza
que había suscitado, aunque no fue suficiente para ganar: supo reconocer la
victoria de Rómulo Betancourt, quien había recorrido extensa e intensamente el
territorio nacional.
El marino ganó en autoridad moral y política,
perfilado como un líder político ineludible y promisorio al que seguramente se
le miraba como una inmediata alternativa de poder frente a la crónica
inestabilidad institucional de una época que bien pudo sortear el Pacto de
Puntofijo que no suscribió, pero respaldó – por lo menos - implícitamente. Avaló
con firmeza al Frente Democrático Popular, fundado por Jorge Dáger, ya separado
del MIR, siendo postulado nuevamente a la presidencia en 1963 después de
renunciar a la embajada en Chile por designación de Betancourt.
En un cuadro de alta fragmentación política reflejada
en la composición de los cuerpos deliberantes, persistente para la década, la
experiencia partidista resultó exitosa en tanto que contribuyó a la obtención y
repetición de sendas curules parlamentarias, incluyendo las edilicias. Más
tarde, Dáger alcanzó la presidencia de la cámara de Diputados y Larrazábal fue
embajador en Canadá con el primer gobierno de Rafael Caldera, fracasando ambos
en el esfuerzo de reincidir como congresistas en 1973.
Larrázabal expresa la particularidad de un proceso
eficaz de transición que tuvo a bien propiciar con el reemplazo de dos altos
oficiales por civiles en la Junta de Gobierno, intuyendo el activo rechazo
popular que habría sobrevenido de no hacerlo. Presidió el nuevo gobierno al
tratarse del oficial de mayor antigüedad, exponiendo un fenómeno que podemos
calificar de larrazabalismo en el
contexto de la dura competencia por el liderazgo condicionado por el amargo recuerdo
de los desencuentros del pasado.
En efecto, entre nosotros subyace una tradicional
cultura política que apuesta por una persona apenas conocida de profesión
militar como solución de todos nuestros males; además, actúa de buena fe y moderada
ambición de poder, exhibe un magnífico espíritu de servicio mas no la
suficiente vocación y el talento políticos indispensables, confiando
fundamentalmente en su capital moral. Wolfgang Larrazábal apareció repentinamente
en el país que justificadamente le agradece sus servicios, nos condujo hacia la
transición democrática, pero difícilmente hubiese superado todos los obstáculos
políticos con los que hubo que lidiar en la década, añadida la insurrección
armada, careciendo de experiencia y destrezas más allá del ámbito estrictamente
militar.
Apartando las jornadas propias de las campañas
electorales que encabezó, nos han impresionado muchísimo las reseñas de las
esporádicas visitas que el vicealmirante retirado realizaba al país procedente
de Chile o Canadá. En ocasiones, el tránsito por la autopista que unía el departamento
Vargas con Caracas le resultaba muy difícil, debido al bloqueo causado por
miles de personas que lo aclamaban y deseaban saludarlo.
Entonces, es posible que alguien goce de una
espléndida autoridad moral por la contribución que haga al país, aunque
insuficiente frente a la magnitud y los desafíos del universo político.Acaso, en una historia contrafactual, otro
pudo ser el presidente de la Junta de Gobierno, atornillado al poder por años
con la promesa incumplida de realizar elecciones; o, en otro caso, la derrota de Betancourthabría provocado el desplome de la naciente
democracia representativa impactada por la conspiración e insurrección de derecha
e izquierda.
Hoy, recordamos a un gran venezolano: Wolfgang
Larrazábal. Y, por supuesto, al bravo pueblo que hizo la fecha.
Imágenes: inicial: Momento, Caracas, N° 340 del 20/01/1963; y, posterior, tomada de la red.
El mes de enero de 1958
llega movido.La primera clarinada
contra el oprobioso régimen de Pérez Jiménez lo da Monseñor Rafael Arias
Blanco, Arzobispo de Caracas, cuando el primero de mayo del 57, se lee en todas
las iglesias de Venezuela la Carta Pastoral que hace tambalear la tiranía.
El país venía de
huelgas, paros y muchos presos políticos. Los más entusiastas en esa lucha son
los estudiantes de los liceos y las universidades, quienes salieron a las
calles a combatir la dictadura el 21 de noviembre de 1957.
El 1° de enero del 58 se
alza la aviación y algunos elementos del ejército bajo el mando del coronel
Hugo Trejo. Ese fracaso hace creer que Marcos Evangelista es inamovible.
Yo
estudiaba primer grado en la Escuela Particular “José María Vargas”. Era el año
escolar 1957-1958. Quedaba en Pro Patria y mis padres y hermanos vivíamos en el
Bloque 9 D-2, de la Urbanización Simón Bolívar o Ciudad Tablita. Estábamos
ubicados casi al frente de la gran cancha del Cuartel “General Rafael
Urdaneta”. Solamente visitaba a mis padrinos en La Pastora los fines de semana
por motivos de estudio y la situación del país.
Pasaba todo el día en
la escuela, incluido mi almuerzo junto a la directora y su familia. Allí
compartía con mi gran amiga de la infancia Rosa María Abenante Coronado. Uno
era un niño de apenas 7 años, pero en las conversaciones de la familia Rondón
(dueños del colegio) oíamos que fracasaron los alzados y se habían ido del país
Pedro Estrada y Laureano Vallenilla Lanz, Laureanito.
Llega el miércoles 22 de enero y a la hora de dormir, mis padres ponen los colchones en el piso y nos dicen que por esa noche dormiremos de esa manera. Cerca de las 9 o 10 de la noche se oye movimiento en la calle. Los tanques acompañados de tropa van rumbo a la avenida Sucre para llegar a Miraflores. Para esa época el mayor poder de militares y armamento lo tenía el Cuartel Urdaneta. El ruido de los tanques me despierta y logro verlos por la ventana del cuarto principal. Nos acuestan nuevamente hasta que se oyen gritos de libertad. La gente sale de los apartamentos y a eso de las 2 de la madrugada del 23 de enerotodos gritan allí va La Vaca Sagrada. En la mañana de ese glorioso día me llevan a La Pastora, donde pase una semana de juegos en el patio de la casa de la Calle Ciega.
VENEZUELA: REPLIEGUE DEL CHAVISMO Y SIMULACIÓN DE LA TRANSICIÓN
Ramón Hernández
En un contexto de repliegue del chavismo, el papel de la oposición no es amplificar relatos tranquilizadores ni administrar expectativas, sino convertir cada compromiso en una obligación verificable. Eso implica exigir que los presos políticos queden libres sin medidas cautelares ni procesos abiertos; que los colectivos armados sean desmantelados y desarmados como estructuras paraestatales; y que se levante de manera efectiva el bloqueo a los medios de comunicación, garantizando el ejercicio pleno de la libertad de expresión.
Sin prensa libre no hay democracia posible. Hasta bajo los términos de la propia Constitución de 1999 —formalmente democrática—, la censura, la intimidación y el control informativo constituyen violaciones directas del orden constitucional vigente. Aceptar menos que eso no es realismo político ni prudencia estratégica: es legitimar al chavismo como régimen autoritario bajo formas administradas y otorgarle una validación que no ha obtenido por la vía democrática.
I. Repliegue no es transición
Venezuela atraviesa un momento político que invita a la confusión. Para algunos, la salida de Nicolás Maduro del poder y la instalación de un interinato encabezado por Delcy Rodríguez anuncian una etapa excepcional, incluso prometedora. Para otros, se trata apenas de una mutación táctica de un régimen que ha demostrado una notable capacidad de adaptación. Entre el entusiasmo apresurado y el escepticismo automático hay un espacio analítico más exigente: observar qué ha cambiado, qué permanece intacto y qué límites estructurales siguen operando.
El cambio de tono es innegable. El cambio de fondo, hasta ahora, no.
No toda calma es estabilidad ni todo gesto es avance. En sistemas autoritarios, el repliegue suele confundirse con apertura. Y esa confusión tiene costos.
El repliegue del poder venezolano ha sido leído por amplios sectores como señal de entendimiento, incluso como antesala de una transición ordenada. Esa lectura es frágil. Parte de un error de enfoque: asume que el problema a resolver es un gobierno y no un régimen.
Desde febrero de 1999, cuando Hugo Chávez juró sobre una Constitución que declaró moribunda, lo que se ha construido en Venezuela no es una sucesión de administraciones, sino un sistema de poder con identidad propia: el chavismo. Aquel gesto inaugural no fue retórico: marcó la ruptura explícita con el orden constitucional previo y anunció una lógica política basada en la refundación permanente, la concentración de poder y la subordinación de las instituciones a un proyecto personalista que luego devino en régimen.
Un entramado político, militar, económico y simbólico diseñado para perdurar, no para alternarse. La Asamblea Constituyente de 1999, el desmontaje progresivo de la separación de poderes en los años siguientes, la militarización del Estado tras 2002 y la normalización de la represión política a partir de 2014 consolidaron un modelo cuyo objetivo no fue gobernar mejor, sino gobernar sin límites.
Por eso, confundir repliegue con transición es analíticamente incorrecto y políticamente peligroso. Un régimen autoritario no se define por el volumen de su retórica, sino por las reglas que rigen el ejercicio del poder. Puede hablar menos y controlar igual. Puede negociar y no ceder. Puede cambiar de rostro sin alterar su lógica central. La pregunta relevante no es si el poder cambia de forma, sino si pierde capacidades que no puede recuperar sin dejar de ser un régimen autoritario.
II. El interinato y la administración del tiempo
La instalación de Delcy Rodríguez como presidenta interina no representa un desplazamiento del chavismo del poder, sino una reconfiguración táctica de su modo de administrarlo. No hay vacío de poder, pero tampoco continuidad plena en los términos anteriores. El Estado pasa a una provisionalidad condicionada por Estados Unidos; dentro de ese marco, Delcy Rodríguez no duda en gestionar cambios formales destinados a preservar la continuidad del chavismo como régimen.
Reduce la estridencia discursiva, Diosdado modera su retórica antiestadounidense y se privilegian señales de cooperación selectiva, especialmente en materia energética. Estas decisiones no responden a una conversión democrática, sino a una necesidad defensiva: ganar tiempo sin ceder control.
Lo que sí se ha alterado es un factor clave de la supervivencia chavista: el control absoluto del tiempo político. Durante más de dos décadas, el régimen dictó el ritmo de la confrontación, el diálogo y la represión. El interinato condicionado introduce un elemento disruptivo: plazos, verificaciones y secuencias que ya no controla por completo.
Y cuando un régimen autoritario pierde el monopolio del calendario, deja de gobernar por iniciativa y empieza a hacerlo por reacción. Ahí es dónde es vulnerable.
III. Estados Unidos: interacción instrumental
La relación con Estados Unidos es ilustrativa. Los contactos diplomáticos, las visitas y los mensajes conciliadores no constituyen legitimación política ni aval moral. La política exterior de una potencia opera en clave instrumental: identifica prioridades, fija condiciones y evalúa resultados.
Leer esos gestos como alianza o confianza es desconocer cómo funciona el poder internacional. Washington no valida regímenes; gestiona intereses. En este caso, el interés central es claro: control efectivo del principal recurso del Estado venezolano y la reducción de los riesgos geopolíticos.
El énfasis en el sector petrolero responde a esa lógica. El control de la producción, de los flujos de exportación y de las normas de inversión no es un premio al interinato, sino un mecanismo de supervisión indirecta. La pregunta no es si habrá inversión, sino bajo qué condiciones, con qué niveles de auditoría y con qué destino social de los ingresos.
Sin transparencia, la estabilización económica puede convertirse en un factor de consolidación del poder, no de apertura. Sin embargo, la economía, a diferencia de la política represiva, tolera menos simulación. Los números exponen lo que el discurso oculta.
IV. Excarcelaciones y mutación represiva
Las excarcelaciones anunciadas han sido presentadas como avances sustantivos. Un examen atento muestra otra cosa. En la mayoría de los casos, los procesos judiciales permanecen abiertos, las medidas cautelares se mantienen y las restricciones a la expresión siguen vigentes. La prisión se sustituye por control.
Paralelamente, continúan las detenciones selectivas. No hay ruptura con la lógica del castigo político; hay una mutación de sus formas. La represión se vuelve menos visible, más quirúrgica y, por eso mismo, más difícil de denunciar.
Este patrón no es accidental. Es una estrategia conocida: ofrecer gestos parciales para reducir presión externa sin alterar el núcleo del sistema.
Confundir esta mutación con un desmontaje real es un error de diagnóstico.
V. Delcy Rodríguez: perfil político y psicológico
Ha reaparecido una comparación recurrente: la transición tras la muerte de Juan Vicente Gómez y la llegada de Eleazar López Contreras. La analogía seduce porque sugiere que las dictaduras pueden desmontarse desde dentro. Pero toda analogía exige precisión.
López Contreras actuó desde autoridad interna y tomó decisiones que limitaron su propio poder: redujo el período presidencial, legalizó partidos, liberó presos y aceptó restricciones duraderas. Lo hizo por cálculo histórico.
El escenario actual es distinto. El interinato no responde a convicción reformista, sino a condicionamiento externo. La diferencia entre querer cambiar y verse obligado a hacerlo es decisiva. Las reformas bajo presión son reversibles. Lo que define una transición es la irreversibilidad.
Delcy Rodríguez no es una figura autónoma del chavismo que lidera. Es un nodo funcional de un sistema familiar y altamente centralizado. Su ascenso no responde a construcción de legitimidad propia, sino a delegación. Su capital político reside en la lealtad vertical y en la capacidad de resistir aislamiento sin fisuras visibles.
Desde el punto de vista psicológico, exhibe rasgos típicos de cuadros autoritarios formados en entornos cerrados: identificación plena con la causa, externalización sistemática de la culpa, discurso victimista hacia el exterior y alta sensibilidad a la humillación simbólica. No hay señales de duda moral ni de conflicto interno frente al daño causado. La convicción no nace de reflexión ética, sino de la necesidad de justificar decisiones ya tomadas.
Como presidenta interina, no encarna ruptura alguna. Su lógica es ganar tiempo, no transformar. Ejecuta, representa y traduce, pero no redefine. Su margen está subordinado a la arquitectura familiar del poder.
VI. Trump: psicología del trato
Aquí entra un factor decisivo: Donald Trump. Su comportamiento en política exterior responde a patrones consistentes. Es personalista, transaccional y punitivo. No negocia desde marcos institucionales abstractos, sino desde percepciones de fuerza, lealtad y prestigio personal.
Trump distingue entre interlocutores que considera útiles y aquellos que percibe como manipuladores. Tolera ambigüedad mientras cree controlar el intercambio. Cuando concluye que está siendo engañado, la respuesta no es negociación: es castigo.
En situaciones comparables –Corea del Norte, Irán, incluso aliados formales– ha alternado gestos de acercamiento con sanciones abruptas. No por incoherencia, sino porque concibe la política exterior como demostración de poder.
Delcy Rodríguez probablemente subestima ese componente, pero el problema no es personal. No se trata de su pericia individual, sino del reflejo de un sistema: el chavismo. Su experiencia está anclada en una diplomacia de resistencia construida durante más de dos décadas, no en una negociación asimétrica con un actor que personaliza el conflicto y castiga la simulación.
Esa asimetría no es un riesgo para Rodríguez como figura, sino para el chavismo como proyecto de poder. La rigidez defensiva y la sobreexposición discursiva que el movimiento ha mostrado históricamente pueden volverse contraproducentes en este contexto. Para Trump, la sensación de burla no activa prudencia ni cálculo gradual: activa sanción. Y cuando castiga, no distingue entre administradores circunstanciales y la estructura política que los produce.
VII. Oposición y oportunidad perdida
La vulnerabilidad real del régimen no está en la confrontación frontal, sino en la acumulación de obligaciones incompatibles con su lógica. Gobernar con reglas claras, cumplir calendarios, aceptar supervisión independiente, desmantelar estructuras parapoliciales, liberar presos sin condiciones y transparentar recursos son exigencias que, en conjunto, desnaturalizan el autoritarismo.
Cada medida aislada puede ser administrada o simulada. La simultaneidad es corrosiva. Ahí aparecen tensiones internas, incoherencias y fatiga.
La inacción no se rompe desafiando a los colectivos armados. Eso refuerza el terreno donde el régimen aún es fuerte. Se rompe desplazando el conflicto al plano institucional y narrativo: expedientes precisos, denuncias documentadas, presión sostenida sobre incumplimientos concretos.
La oposición no ha ajustado su estrategia a este escenario. Oscila entre la espera y la celebración simbólica. En un contexto de repliegue real, su papel no es amplificar relatos tranquilizadores, sino convertir compromisos en obligaciones verificables que implica exigir que los presos políticos queden libres sin medidas cautelares ni procesos abiertos; que los colectivos armados sean desmantelados y desarmados y que se levante de manera efectiva el bloqueo a los medios de comunicación, garantizando el ejercicio pleno de la libertad de expresión.
El régimen es vulnerable cuando debe explicar, cumplir, coordinar y rendir cuentas. Cuando pierde control del tiempo político. Cuando sus tensiones internas se exponen por decisiones concretas. Cuando necesita liquidez transparente. Cuando la interlocución internacional se condiciona a hechos verificables. Cuando sus instrumentos de coerción informal dejan de ser funcionales.
VIII. La advertencia
Lo que hoy se presenta como un interinato condicionado no puede entenderse sin esa línea temporal. No es el inicio de algo nuevo, sino el último intento del chavismo por adaptarse sin desmontarse. En 1999 se rompió el pacto constitucional; en 2017 se clausuró de facto la vía electoral competitiva; en 2026 el régimen enfrenta, por primera vez, una exigencia externa sostenida de comportarse como un Estado que rinde cuentas.
La pregunta no es si Delcy Rodríguez administra con mayor o menor pericia este momento, sino si el chavismo –como régimen histórico– puede sobrevivir cuando se le exige aquello que siempre negó: límites verificables, calendarios públicos, supervisión independiente y pérdida real de control sobre la coerción.
Este no es un dilema técnico ni administrativo. Es un dilema de naturaleza política. Un sistema construido para la excepción permanente no puede adaptarse indefinidamente a la normalidad sin vaciarse por dentro. Cada obligación cumplida erosiona su esencia; cada incumplimiento documentado expone su inviabilidad.
Aquí la advertencia es clara y no admite neutralidad. Si quienes hoy tienen capacidad real de condicionar el proceso se conforman con estabilidad aparente, flujos estratégicos asegurados y una represión administrada en dosis aceptables, no estarán facilitando una transición, sino prolongando la vida de un régimen que ha demostrado saber reciclarse. Y si quienes se reclaman alternativa interna aceptan ese marco por cálculo, temor o conveniencia, dejan de ser actores de cambio para convertirse en gestores pasivos de una simulación.
La indulgencia externa y la pasividad interna no son errores técnicos ni malentendidos diplomáticos: son decisiones políticas con consecuencias históricas. Permiten al chavismo ganar tiempo, recomponer su arquitectura de control y presentarse, una vez más, como un mal menor administrable. En Venezuela, cada falsa transición ha nacido de ese mismo error: confundir contención con solución.
No exigir un desmontaje real, verificable y simultáneo de los mecanismos de poder no preserva la estabilidad; la posterga al precio de hacerla más frágil. No forzar al régimen a cruzar el umbral de la normalidad institucional no evita el colapso; lo aplaza y lo encarece. La historia no suele absolver a quienes, teniendo capacidad de presión o de representación, optan por administrar el problema en lugar de enfrentarlo.
La historia venezolana enseña algo incómodo: los regímenes no mueren cuando se les desafía a mostrar fuerza, sino cuando se les obliga a comportarse como Estados. Ese es el umbral que el chavismo siempre ha evitado.
Lo que está en juego no es la suerte de un interinato ni la habilidad de una administradora del poder, sino la posibilidad –todavía abierta, pero no indefinida– de desalojar un régimen autocrático y pérfido que gobierna Venezuela desde 1999. Si este momento se desperdicia, no será por falta de diagnósticos ni por ausencia de precedentes, sino por una decisión consciente de confundir pragmatismo con claudicación.
El chavismo no caerá por desgaste automático ni por corrección gradual de sus excesos: solo empezará a perder cuando se le obligue a dejar de ser lo que es. Y quienes hoy elijan no forzar ese punto de quiebre no podrán alegar sorpresa cuando el ciclo vuelva a cerrarse sobre sí mismo.
Asisto a los hechos inéditos
que nos desafían con la misma perplejidad de la abrumadora mayoría, pero los
días nos permiten irnos dando cuenta de la complejidad que los caracteriza.
Como en el razonamiento se
atravesaron la sorpresa, la incertidumbre, la tristeza, la esperanza, era
difícil que no vinieran a la mente antiguas lecturas. A muchos, como a Santos
Luzardo harto de la arbitrariedad y la trampa en Doña Bárbara, se nos soltó el
centauro. Al final, aterricé en la Biografía de un Cimarrón de Miguel Barnet
que leí en una edición de Siglo XXI comprada en mis años estudiantiles en los
pasillos de la UCV.
El “cimarrón” del libro es
un viejo cubano que había sido esclavo y cuenta al narrador las terribles
peripecias de su vida y cuando a cada episodio doloroso el entrevistador le
dice “pero eso es muy triste”, respondía “No es triste, porque es verdad”.
Más de uno albergará íntimo
alivio, otros sentirán tristeza, es su derecho. La mía ha sido una pena, en su
doble acepción, española de tristeza y venezolana de vergüenza, porque no
hayamos sido capaces los venezolanos, todos, aunque no sean simétricas las
responsabilidades, de encontrar modos inteligentes de resolver nuestros
problemas y ahora, por la acción de otro, nos veamos obligados a ver cómo
hacemos con éste enredo peligrosísimo que tenemos entre manos. Pero dejo atrás
mi pena porque la verdad es la verdad, con ella tenemos que vivir y ante ella
tenemos que actuar.
Cuando la realidad supera la
ficción, me siento obligado a declarar una obviedad: los zombies pertenecen a
las novelas y al cine ¿Cómo aceptar que salga de su tumba el derecho de
conquista por la fuerza? Y como ciudadano de mi país, tampoco trago que
reproduzcamos en vivo y en el siglo XXI, la frase del Gatopardo en el XIX
siciliano: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.
El status quo es
insostenible. Una nueva realidad nos interpela a todos. A quienes están en el
poder aquí, con públicos y notorios condicionamientos externos. A quienes desde
la oposición propician un cambio, sea en el país o afuera, donde han sido
forzados a vivir. Pero también a todos los venezolanos, cualquiera sea nuestra
opinión, región, menester o condición social. De nada sirve repetir consignas,
atrincherados en puntos de honor. La grave situación de la mayoría del país,
puede ponerse peor, debe ocupar el centro de nuestras preocupaciones.
La transición no ha empezado
porque han soltado un buen grupo de los muchísimos presos políticos, cómo no
alegrarse, y los que mandan estén obligados a modificar sus políticas exterior,
petrolera y económica. El camino a recorrer hacia la recuperación de la plena
vigencia de la Constitución con sus derechos, garantías e institucionalidad al
servicio de ellas, de verdad, es largo, oscuro, poblado de obstáculos,
incierto. Transitarlo no será sencillo. Va a requerir tanta inteligencia y
grandeza como humildad. En lo político – institucional debemos llegar tan
pronto como sea posible, a unas elecciones confiables. No hay fórmula
instantánea, requiere mucho trabajo en múltiples frentes. Mientras tanto, el
país no se pone en pausa ni suspende sus necesidades hasta que otras personas
nos gobiernen, la vida real tiene una agenda imperiosa que reclama atención.
Tenemos una oportunidad como
sociedad. No la perdamos.
Por muy contundentes que hayan sido, los últimos y
consabidos acontecimientos provocaron un generalizado desconcierto que no ha
logrado disipar la sola intención de alcanzar una etapa de estabilización
institucional y de recuperación económica. Admitamos la descolocación de
ciertas individualidades y grupos, dentro y fuera de la órbita oficial, porque
estas circunstancias no aparecen en el manual de transiciones para usos
múltiples según gustos y conveniencias.
Al hurgar un poco más en las declaraciones y textos de
opinión que tratan la materia, observamos la ausencia de un debate continuo y clarificador
al interior de cada contraparte real y potencial, lo que permite que pase inadvertido
el inicio de un proceso de reacomodo que sorprenderá a sus diversos adversarios.
Hipótesis nada temeraria: la situación podría orientarse hacia una definitiva coexistencia
pacífica con el socialismo de este siglo, como si fuese menester preservar intacto
el viejo orden mundial y propiciar un reciclaje de la élite gobernante o
dominante, y dar por acabada la élite opositora.
Obviamente, hay una mayor alineación y disciplina en
las filas gubernamentales para afrontar lo que se entiende como un deber de
supervivencia, aunque haya serias dudas sobre el carácter corporativo del que
se ufana el oficialismo en contraste con la oposición. Esta, la más genuina que
ha sufrido los embates de la lucha en los últimos tiempos, está obligada históricamente
a reconstruirse y, valga la paradoja, repolitizarse a la luz de las realidades
que siguen un curso implacable.
La historia sagrada de las transiciones exitosas en el
mundo aconseja una eficaz representación y conducción de los actores disidentes
en una razonable proporción que, igualmente, sea capaz de evaluar, comprender y
responder a las dificultades e intereses desplegados por el poder establecido
al administrarlas en aras de su sobrevivencia. El problema más grave del
momento no sólo consiste en apreciar la naturaleza del proceso político en
marcha y prever su resultado, sino en constatar la debilidad o inexistencia de
una interlocución apropiada con los factores de poder y el descuido o pérdida
de un realismo indispensable para asumir los retos pendientes (por ejemplo, el desconocimiento
de los comicios presidenciales de 2024 y la muy relativa cercanía de otros que
actualicen a los demás órganos del Poder Público, la designación de las nuevas autoridades
electorales, la validación de los partidos, etc.).
Por supuesto, como toda obra humana, la Plataforma
Unitaria Democrática ha incurrido en errores y fallas, pero es la instancia por
excelencia, el mecanismo mínimo para generar o revitalizar un consenso duradero
y lo más exactamente ajustado a la inédita coyuntura que, por cierto, pone a
prueba la existencia misma del oficio político en el país. Advirtamos que no
hay más espacios naturales para crear instancias alternas, al menos, en la
oposición, porque – sencillamente – se han reducido los actores y, ya tan vieja
como visible la práctica, luce necio y ocioso apostar por referentes
artificiales.