domingo, 3 de mayo de 2026

Costo de la vida y salario mínimo de $ 0,26

IMPERFECTO TRABAJO DE CAMPO

Luis Barragán

A  $ 240 ascendió el salario mínimo integral, según lo anunció la encargada presidencial recientemente, aunque – eufemismo aparte -  le correspondía salarizar los bonos dada su consagrada regularidad. Así, se fueron al suelo las expectativas más elevadas, creyendo natural que se puede alcanzar por un chasquido de los dedos el valor estimado de la canasta básica que promedia mil dólares constantes y sonantes.

Eterno el trance inflacionario en el que nos encontramos, no es mucha la diferencia de precios de buena parte de los víveres adquiridos en casa, en el comercio informal, los mercados municipales y, algunos más flamantes que otros, los supermercados de una sorprendente expansión en la ciudad. Lucen memorables aquellas grandes compras que se hacían cada vez más esporádicamente, recorriendo pacientes las aceras de la calle, los puestos del establecimiento popular o los pasillos de anaqueles repletos, con un promedio de ingresos reales que no distaba del promedio de los citadinos, dos o tres décadas atrás.

Inevitable, nuestras adquisiciones domésticas han hecho a un detal humillante y, con lo que nos pagamos hoy por un par de tomates, una cebolla, un poco de arroz, dos latas de atún, cinco cambures, una bolsita de avena en hojuelas, un ramo de perejil y medio cartón de huevos, por ejemplo, hace tres, seis o diez años llenábamos un carrito completo de productos variados. En el ínterin, nada más y nada menos que perdimos nuestro signo monetario, buscando todavía en el subsuelo lo que queda de ingresos reales para unas mayorías desenchufadas.

Predominantemente mujeres, ha sido inevitable comentar brevemente con una que otra cajera el incremento de los precios y, no hay que hacer un esfuerzo extraordinario para intuirlo, las muchachas lo lamentan aún más porque generalmente no consiguieron un mejor trabajo que varias aspiraban por su nivel de estudios (sirva de ilustración los cursos más abaratados de diseño gráfico en la era de la IA, o de asistencia en farmacias), mantienen o ayudan a mantener a padres y hermanos, son madres precoces, etc. No les es fácil degustar un helado de yogourt de la franquicia más cercana, sustituir el teléfono, hacerse de una reserva de pañales desechables o, paradójicamente, llevar comida a la casa, descubriendo poco a poco que se trata de un empleo precario o de alta rotación, sospechando que la modalidad de autopago las hará prescindibles, negada toda sindicalización, entre otros detalles.

La anterior franquicia de muy vieja data, recordamos, por contrato colectivo, tenía cajas especiales con precios más accesibles para los empleados y una mínima póliza de seguro con un personal más estable con el que nos familiarizamos con el tiempo de un modo u otro. La cajera de la franquicia reemplazante, con un poco más de veinte años,  en una casual conversación sabatina, apenas ayer,  confesó una inmensa decepción con el anuncio salarial;  dijo desconocer por completo qué franquicia hubo con anterioridad pareciéndole de mejor calidad el empleo que daba, pero – lo peor – fue que no tenía la menor idea de lo que es un sindicato y muchísimos menos una convención colectiva, “porque eso no sale en Internet”.

Ilustración: LB/ChatGPT.

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