Nada tiene de banal la trayectoria y la consabida suerte del
llamado Niño Guerrero que, por cierto, nos asoma a una de las características del
siglo XXI venezolano. Quizá nunca antes la delincuencia organizada había llegado
a un desarrollo tan eficaz como prolongado entre nosotros, incluso,
transnacionalizándose.
Diez años atrás, pasamos por un ciclo aún no agotado
de lecturas e interpretaciones suscitadas por Luigi Ferrajoli gracias al
préstamo amistoso de algunas de sus obras honradas con la oportuna
devolución. Nos impresionó tanto que
hasta la más espontánea intervención parlamentaria o el ponderado texto de
opinión, llevaban las huellas del jurista florentino para asumir la compleja y
dura realidad creada por el socialismo de esta centuria.
La noción de los poderes salvajes nos permitió apuntar
a la naturaleza y a caracterizar al único gobierno que hemos tenido por casi
tres décadas. Sin dudas, ya era evidente la existencia de poderes de hecho por
encima de cualesquiera controles policiales y judiciales: no era necesaria una
aguda imaginación para detectarlos bajo la protección directa e indirecta de la
dirección política del Estado.
Hablamos de poderes extralegales e ilegales de ámbito
público y privado que alcanzan magnitudes considerables abarcando desde las
corporaciones económicas y financieras a las organizaciones francamente
criminales, los aparatos clandestinos de persecución y represión del Estado al
sofisticado dispositivo de contrabando, etc. Aprovechan los espacios no
regulados o deficientemente regulados por la ley u optan por la violarla con
total impunidad. Y si aceptamos que surgen y crecen ante la relativa
indiferencia de la ciudadanía con la pérdida del sentido cívico y, propiamente,
la despolitización incentivada por los regímenes iliberales, como sostiene
Ferrajoli (*), es evidente que una definitiva solución ha de llevarnos a un
desafío que pisa holgadamente los terrenos de la transición política de cara a
la actual coyuntura.
La noción en cuestión, nos permitió distinguir los
usos y abusos episódicos del poder
establecido de aquellos que abonaban a su estructuración y durabilidad, totalmente
contrarios a la más mínima aspiración de una democracia profundamente
garantista. Las diferentes y caprichosas
habilitaciones legislativas reforzaban la idea de un ordenamiento jurídico
funcional explicado por las interesadas modificaciones normativas si fuere el
caso, varias veces muy puntuales, o, permaneciendo las normas, igualmente
sorprendía la interpretación dada por los tribunales.
Por supuesto, la perspectiva ferrajoliana de los
poderes salvajes es útil para identificarlos por encima o al margen de las
garantías constitucionales. Empero, una exclusiva calibración jurídica luce
insuficiente para explicar la compleja reproducción del poder en los regímenes
iliberales que toleran aquellos poderes ilegales y extralegales, articulando
los recursos políticos, ideológicos, económicos y militares que los fusionan y
se expresan a través del mismísimo orden
estatal.
Luego, los procesos de transición que pueden derivarse
de una negociación epicéntrica, deben internarse en el lado obscuro de la Luna,
pues, de lo contrario, tropezaremos por siempre con la misma piedra. Resulta inevitable preguntarse en qué medida
la dirigencia clara y específicamente política, tiene la capacidad de afrontar
el inmenso reto.
(*) “Poderes
salvajes. La crisis de la democracia constitucional”, Editorial Trotta, Madrid:
2011: 75).
Ilustración: Anne Neukamp.
21/06/2026:
https://lapatilla.com/2026/06/21/poderes-salvajes-y-transicion-por-luis-barragan/

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