domingo, 28 de junio de 2026

Reivindicación

EL DERECHO A SER SOLIDARIO

María Gabriela Mata

"La verdadera generosidad para con el futuro

consiste en entregarlo todo al presente"

Albert Camus

Cuando la tierra se abre bajo tus pies y  las paredes que te protegían de la intemperie se derrumban sobre tus seres queridos, las emociones se desbordan y el corazón se abre al prójimo. ¡Qué pena que el Estado pretenda controlar ese impulso!  Venezuela ya aprendió, a un costo humano enorme, que en las grandes tragedias la solidaridad no debería quedar atrapada por la lógica del poder.

Basta pensar en el deslave de Vargas en 1999. La primera asistencia llegó de iglesias que abrieron sus puertas, de universidades que organizaron brigadas, de empresas que donaron insumos, de organizaciones sociales que crearon centros de acopio y de miles de ciudadanos que, sin preocuparse por ideologías, simplemente salieron a dar una mano.  El Gobierno, en cambio, rechazó ofertas de asistencia internacional, entre ellas la de los Estados Unidos, invocando razones de soberanía. Aquella decisión generó un intenso debate sobre los límites entre la conducción política de una emergencia y la protección efectiva de las víctimas.

La verdad es que la solidaridad de la gente común constituye uno de los mayores recursos de una nación en tiempos de desastre. El deber del Estado no es reemplazarla o represarla, sino gestionar su despliegue de manera ordenada, segura y eficaz.

Más de veinticinco años después, el terremoto del 24 de junio de 2026 vuelve a plantear el mismo desafío. A diferencia de lo ocurrido en Vargas, el actual gobierno no puede permitirse rechazar la ayuda internacional, especialmente la procedente de Estados Unidos. Sin embargo, han surgido denuncias sobre obstáculos impuestos a algunos centros de acopio organizados por sectores de la sociedad civil, en particular por Vente Venezuela. Más allá de las circunstancias concretas de cada caso, la pregunta sigue siendo la misma: ¿hasta dónde puede llegar el Estado en la dirección de una emergencia sin transformar su deber de coordinación en un monopolio político de la ayuda humanitaria?

El Derecho Internacional ofrece una respuesta clara.

La Resolución 46/182 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, piedra angular del sistema internacional de asistencia humanitaria, establece:

"Cada Estado tiene la responsabilidad primordial de atender a las víctimas de los desastres naturales y otras emergencias ocurridas en su territorio. En consecuencia, el Estado afectado desempeña el papel principal en la iniciación, organización, coordinación y ejecución de la asistencia humanitaria dentro de su territorio."

 Pero la misma resolución añade un límite importante:

"La asistencia humanitaria deberá prestarse de conformidad con los principios de humanidad, neutralidad e imparcialidad".

La primera disposición reconoce el liderazgo del Estado. La segunda establece cómo debe ejercerse ese liderazgo.

Los principios de humanidad e imparcialidad protegen, ante todo, a las víctimas. Exigen que la ayuda tenga como único propósito aliviar el sufrimiento y que se distribuya exclusivamente según las necesidades de las personas afectadas. El principio de neutralidad, en cambio, protege la propia acción humanitaria frente a la instrumentalización política. Impide que la asistencia sea utilizada para favorecer o perjudicar a determinados actores por razones ideológicas o partidistas. En consecuencia, si la posibilidad de organizar centros de acopio o canalizar ayuda depende de la identidad política de quienes la promueven, deja de discutirse un problema de coordinación administrativa y surge un serio interrogante sobre el respeto del principio de neutralidad de la acción humanitaria.

En otras palabras, según el Derecho Internacional el Estado conserva la responsabilidad primaria de dirigir la respuesta frente a una emergencia, pero esa responsabilidad no le confiere el monopolio sobre la ayuda. Aunque el "derecho a ser solidario" no aparezca expresamente en ningún tratado, puede sostenerse como una expresión de la libertad de asociación, de participación ciudadana y del propio sistema de coordinación humanitaria, que organiza la ayuda por sectores especializados (como salud o alimentos) incorporando por diseño tanto a las agencias globales como a las organizaciones locales en un ejemplo de articulación.

Porque, en caso de desastres, la ayuda humanitaria no pertenece al gobierno ni a la oposición, ruego a Dios para que esta tragedia fomente la unidad nacional y que el trabajo en conjunto, además de favorecer a las víctimas, abra las puertas a una transición real. El corazón venezolano ya ha sufrido demasiado y merece, por fin, un respiro. Un respiro que solo será posible en democracia.

La solidaridad de la que hemos sido testigos en las horas posteriores a esta tragedia nos permite creer que una nueva Venezuela es posible.

La solidaridad es el cimiento más firme sobre el que puede reconstruirse una nación.

Fotografías: The New York Times, NY, 27/06/26.

28/06/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/el-derecho-a-ser-solidario/

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