- Joaquín Marta Sosa. “El enemigo más querido”. El
Diario de Caracas, 20/06/1984.
- Luis Buitriago Segura
entrevista a Rafael Naranjo Ostty: las detenciones ilegales basadas en los
prontuarios policiales. El Nacional, Caracas, 16/03/81.
- Germán Rodríguez Citraro:
“Ochoa Antich utilizó a comandantes del 4-F y los dejó en la estacada”. El
Nacional, 30/05/93.
- Luis Esteban Rey. “Los
puntos débiles de AD: un galimatías político”. Summa, Caracas, N° 51 del
28/05/72.
- Ildefonso Leal. “Mosaico
de noticias históricas de Venezuela”. El Nacional, 16/03/80.
Reproducción: Gabriel Puerta
Aponte: izquierda, plan terrorista, "comandante Ezequiel", tomada de El Universal(Caracas, 03/06/1971); y, derecha,lugarteniente
de Carlos Betancourt, tomada de Últimas Noticias (Caracas, 14/12/1973).
PRIMERO, LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA; DESPUÉS, LA LEY DE UNIVERSIDADES
Luis Barragán
Con casi treinta años de gobierno encima, ahora
anuncian un proyecto de Ley de Educación Superior como si fuese tan
indispensable para solventar la cantidad acumulada de problemas para la cual
han hecho un mérito innegable. La Constitución es suficientemente clara e
inequívoca sobre la autonomía universitaria, la inviolabilidad del recinto, el
régimen presupuestario, etc., y, siendo así, por lo pronto, bastará con
cumplirla como no la han hecho antes.
Esta y otras leyes que puedan ocurrírsele al despacho
ministerial del ramo tienen por objetivo generar una estupenda distracción en
torno al asunto fundamental que le concierne a todo el país: la transición
hacia la democracia. El mejor aporte que pueden hacer es no estorbar en una
dinámica que demasiado lenta, asumiendo a cabalidad la responsabilidad que
tienen en la destrucción de nuestras casas de estudios.
La mejor opción es colaborar con la reconstrucción
republicana, apartándose del camino. Seriedad alguna tiene que digan del
legendario bloqueo económico como causal del desastre, como se le ocurrió decir
al rector de la Universidad Simón Bolívar que ha arruinado académica y
materialmente. Y muy bien nos sirve como ejemplo: la universidad que borró el
laberinto cromo-vegetal de Cruz Diez, crió
un caimán nada más y nada menos que en la caricatura de la desastrosa piscina
olímpica, cuenta con un déficit alarmante de profesores, entre otros detalles.
Sin embargo, el mejor ejemplo de la acción es que ese equipo rectoral cumplirá
cinco largos años el 16 de los corrientes como autoridades interinas con
despacho en Sartenejas, cuando debieron convocar a elecciones en 180 días hace …
cinco años.El equipo rectoral permanece
a pesar de todo.
¿Para qué tiempo atrás el gobierno suscribió un
contrato colectivo con el sector universitario o, mejor, con un falso gremio,
esto es, suscribió un contrato consigo mismo, si no hubo ocasión de reclutar y
sacar siquiera a la pelea a las tales brigadas universitarias el 3-E. Y es que lo peor es que le hicieron
perder el tiempo al país por estas décadas, aunque – eso, sí – tardíamente tienen
por empeño una ley de universidades. Y ¿ya, para qué?
La prioridad de ahora mismo, no esa ley porque con
acatar la Constitución basta y, lo demás, es hacer posible la transición. En
los inicios de esta década, hicimos nuestro el proyecto de ley orgánica de
universidades que aportó Aula Abierta, y lo diligenciamos en la Asamblea Nacional,
cuyos ejemplares deben reposar en los archivos de la corporación legislativa.
Defendimos a la universidad venezolana en la calle, el
aula, el parlamento, en fin, en todos los escenarios posibles. Reconozcan que
la antigua defensa de la autonomía universitaria, como el precio bajo de la
gasolina, eran banderas del más rancio oportunismo: ¿qué hicieron en ambos
casos?
Se les dio cinco años de poder, pero no se contentaron
y trampearon para llegar a más de tres décadas. Por eso, la universidad misma
les pide: no estorben y dejen que avance la transición democrática.
En el libro del Génesis
(4,24), se dice que si «Caín fue vengado siete veces, Lamec lo será setenta
veces siete», introduciendo así una espiral de venganza sin límite. «Sin
límite»: ésa podría ser la traducción del bíblico «setenta veces siete». Pues
bien, frente a la «espiral de la venganza», Jesús promueve la «espiral del perdón»…
El perdón radical nace de la
comprensión y se vive como compasión, dos rasgos básicos de la personalidad de
Jesús y dos pilares fundamentales del mensaje del evangelio.
Podemos entender la
comprensión como la capacidad de saber o de ver la verdadera naturaleza de lo
real, más allá de tópicos, ideas hechas, creencias… y (también) engaños
mentales.
Los místicos nos advierten
de que la identificación con la mente constituye un velo que desfigura la
realidad, haciéndonos tomar como real lo que únicamente es una ilusión. Por
eso, sólo cuando aprendemos a tomar distancia de la mente, al acallarla,
podemos «ver».
¿Cuál es la causa de que la
mente nos confunda? La inevitable separatividad que establece en todo lo real,
al objetivar todo lo existente y contraponerlo al «sujeto» que ella cree ser.
Esa distinción primera sujeto/objeto será el germen de separaciones interminables,
así como de un dualismo omnipresente.
Cuando la mente se
absolutiza –como ha ocurrido, particularmente, en la tradición occidental-, el
conocimiento se reduce a la razón o al pensamiento, y se olvida (se niega)
cualquier otra forma de conocer que no sea la mental.
Sin embargo, pensar no es lo
mismo que conocer. Una cosa es pensar y otra muy distinta saber que se está
pensando. En este segundo caso, ya no hay identificación con la mente. Se trata
de un «saber silencioso», preconceptual, anterior a la razón.
Un saber al que los propios
místicos han denominado «No-saber», dada la identificación que la cultura
occidental había establecido entre «pensar» y «saber». Frente a la
absolutización de la razón, los místicos han invitado siempre a descansar en el
«no-saber»: así lo proponía el anónimo autor de La Nube del no saber, en el
siglo XIV; y así lo proclamaba san Juan de la Cruz, en su sabio verso: «entréme
donde no supe / y quedéme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo».
Este no-saber del que hablan
no es otra cosa que tener la mente abierta para percibir lo que no puede ser
percibido por el pensamiento.
En ese no-saber, cuando el
pensamiento se aquieta, lo que queda es conciencia. Y al atenderla, lo que se
produce es que la conciencia se hace consciente de sí misma. Y, cuando eso
acontece, se deshace la ilusión de la separación entre el perceptor y lo
percibido. Conocedor y conocido se descubren fundidos en la Unidad, o mejor,
abrazados en la No-dualidad: ha emergido la comprensión.
En síntesis, la comprensión
nos hace ver toda la realidad inextricablemente interconectada, en una
totalidad en la que todo se halla en todo.
Interconexión y holismo son
dos características fundamentales de lo real, que la mente nos oculta (y que,
sin embargo, hoy reconoce ya incluso la física cuántica, a partir de sus
experimentos con partículas subatómicas): no hay nada que pueda existir
desconectado.
No existe un mundo «ahí
fuera», separado de nosotros; eso es sólo una construcción mental. Y, como
escribe Marià Corbí, «el mundo de nuestras construcciones no está ahí fuera,
está en nuestra mente individual y colectiva… Todo viviente se interpreta en
esta dualidad fundamental [como un «yo» separado frente al mundo como campo
donde sobrevivir].
Nosotros estamos sometidos a
esta ley. Pero esa dualidad no es lo que realmente hay, es sólo lo que los
vivientes necesitamos ver, es sólo lo que los vivientes nos vemos precisados a
construir. Lo que realmente hay es «no dos», «eso no-dual»». (M. CORBÍ,
Silencio desde la mente. Prácticas de meditación, Bubok, Barcelona 2011, p.12).
Pues bien, la comprensión
que nace de la conciencia nos aporta una doble luz, de donde brotan la
compasión y el perdón.
Por un lado, la certeza de
que los otros son no-separados de mí; por otro, la certeza de que el mal que
hacemos –como el mal que me hacen- es fruto de la ignorancia.
Si el otro «forma parte» de
«mí», y si ha obrado por ignorancia, ¿qué me impide perdonar? Sólo una cosa: mi
identificación con el ego que se ha podido sentir agraviado y la creencia
ilusoria de la separación en la que me mantiene la identificación con la mente.
Todo ello puede apreciarse
en lo que llamamos «runruneo mental». Cuando el ego se ha sentido agraviado, es
probable que empiece a construir historias mentales en torno a lo sucedido,
adoptando el papel de víctima que reclama venganza.
Sin embargo, ese runruneo
mental no es otra cosa que remover cadáveres: estamos dando vueltas a lo que ya
ha pasado, agravando innecesariamente el sufrimiento y alimentando mecanismos
tan nefastos como el victimismo, la queja y el resentimiento.
Todo esto no significa que
no aprendamos de lo ocurrido, o incluso que no tomemos decisiones que, teniendo
en cuenta la situación en su conjunto, sean las más adecuadas –o menos
inadecuadas-, como puede ser el hecho de «poner distancia» o favorecer una
separación… Estas decisiones dependerán de diversos factores. Pero de lo que
aquí estamos hablando es de favorecer la actitud de perdón, fruto de la
comprensión.
Gracias a ella, como decía
más arriba, dejamos de «remover cadáveres», nos ejercitamos en el aprendizaje
de venir al presente y nos abrimos a reconocer la Unidad que somos, más allá de
los comportamientos de cada cual. Al mismo tiempo, dejamos de alimentar el ego
–y de mantener actitudes egocentradas-, para reconocernos en nuestra identidad
más profunda, estable y compartida.
Todo resulta admirablemente
coherente: acallar la cháchara mental, venir al presente, salir del ego,
reconocer nuestra identidad más profunda… son movimientos que se dan a la vez
y, como resultado, producen la vivencia de la compasión: la capacidad de sentir
como propio lo que le ocurre al otro –la capacidad de «vibrar» o de
«estremecernos en las entrañas» ante su sufrimiento-, para poner más amor donde
vemos más dolor.
Todo esto puede ayudarnos a
ver hasta qué punto Jesús fue el hombre de la comprensión y de la compasión.
Bien consciente de su Identidad más profunda, se supo y se vivió como
no-separado de nadie ni de nada, hasta el punto de poder afirmar: «El Padre y
yo somos uno» y «Lo que hicisteis a cada uno de estos más pequeños, me lo
hicisteis a mí».
*****
A propósito de la sabiduría
de venir al presente –que hace posible la Comprensión profunda-, sin quedarnos
atrapados en «historias» que nuestra mente construye sobre el pasado, quiero
traer una anécdota de la vida del Budha -«el atentado de Devadatta»- y
compartir humildemente lo aprendido –regalado- en una experiencia personal.
El Budha y el perdón
El Budha fue el hombre más
despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y
desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el
perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e
incluso dispuesto a matarlo.
Cierto día que el Budha
estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca
desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin
embargo, la roca sólo cayó al lado del Budha y Devadatta no pudo conseguir su
objetivo. El Budha se dio cuenta de lo sucedido y permaneció impasible, sin
perder la sonrisa de los labios.
Días después, el Budha se
cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente.
Muy sorprendido, Devadatta
preguntó:
— ¿No estás enfadado, señor?
— No, claro que no.
Sin salir de su asombro,
inquirió:
— ¿Por qué?
Y el Budha dijo:
— Porque ni tú eres ya el
que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.
El Maestro dice: Para el que
sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.
Conciencia transpersonal y perdón
El yo no puede perdonar. Es
inútil esperarlo de él. Así como tampoco puede no juzgar. Como resultado de
nuestra identificación con la mente, el yo vive gracias al pensamiento, que no
es otra cosa que juicio. Su objetivo es autoperpetuarse, por medio de los dos
mecanismos que le otorgan una sensación de existir: la apropiación y la
identificación. De ahí que su funcionamiento sea necesariamente egocéntrico.
Con esas características, no
es difícil comprender que las lecturas que el yo hace de las situaciones
resulten confusas, generen sufrimiento inútil y conduzcan, finalmente, a
callejones sin salida. Eso es exactamente lo que ocurre, de un modo más
patente, en aquellas circunstancias en las que el yo se ha sentido
especialmente agraviado.
Cuando una situación del
presente despierta heridas dolorosas del pasado, el malestar suele ocupar toda
la escena. Y el yo herido hace lecturas de la misma, necesariamente
egocentradas, que bloquean la posibilidad de perdón auténtico. En el mejor de
los casos, puede llegar a una resignación más o menos «tolerada», pero no podrá
perdonar a quien piensa que lo hirió.
El perdón sólo es posible en
la medida en que trascendemos el yo. Con frecuencia, ello requiere tiempo,
paciencia… y todo un ejercicio de toma de distancia de él. Sin ésta, no
logramos salir de su ámbito y permanecemos sometidos a su dominio: no podremos
ver las cosas sino como el propio ego las ve. No hay camino de salida.
Tomar distancia del yo
significa desarrollar nuestra capacidad de observarlo como un «objeto» dentro
de lo que realmente somos. Al hacerlo, empezamos a reconocer que no somos ese
yo -ni las «historias mentales» que él mismo se ha fabricado-, sino Eso que
observa, el Espacio consciente e ilimitado, desde el que todo es percibido de
un modo radicalmente nuevo.
Ese Espacio consciente es
nuestra identidad más profunda, transpersonal (transegoica y transmental),
no-dual y compartida. Mientras permanecemos en ella, la preocupación por
nuestro ego disminuye hasta el extremo; sus «historias mentales» de
sufrimiento, venganza o resentimiento se evaporan en la Conciencia
transpersonal, y empiezan a fluir, lúcida y mansamente, la bondad, la compasión
y el perdón.
Y venimos a descubrir que el
perdón no es algo que dependa de la voluntad, sino del «lugar» donde nos
situamos. Desde el yo, es imposible; desde el Espacio consciente que somos,
fluye sereno sin dificultad porque, para la Conciencia transpersonal, ha
«desaparecido» incluso el motivo mismo que lo mantenía agraviado. En su lugar,
se hace presente la Comprensión.
Lo que ha ocurrido es que,
al «pasar» de la identidad del yo a quien realmente somos, nos hemos liberado
nada menos que de las necesidades que atenazan al ego. Gracias a esa
liberación, se amplía y purifica nuestra mirada, a la vez que se ensancha y
ablanda nuestro corazón. Si no hay «yo», ¿quién se sentirá agraviado?; si no
hay «yo», ¿quién habría de perdonar?
El «paso» del yo al «Espacio
consciente» que somos (Eso no-dual) se experimenta como rendición sabia y se
vive como regalo de liberación. Caen las resistencias, porque «ha caído» el ego
que vivía esclavo de sus necesidades.
Con la rendición, no es que
el perdón sea posible; es que no hay nada que perdonar: ha desaparecido quien
se había sentido herido y exigía reparación. Sólo queda liberación y deseo
profundo de bien para la persona hacia la que antes vivíamos resentimiento.
Quizás la relación no pueda
restablecerse «formalmente», porque hay otros factores que tener en cuenta,
pero ha desaparecido todo resto de exigencia o de reproche. Todo está bien.
Es así de simple; tanto, que
cuesta entender cómo uno pudo haber quedado atrapado en la espiral egocentrada
del yo. Pero requiere vivir el «paso», para ver las cosas, no desde el yo, que
sólo busca afirmarse y exige respuestas acordes a sus necesidades, sino desde
el «Espacio consciente» que nada necesita y nada le afecta.
Ese paso se ve obstaculizado
por la identificación con el yo, particularmente cuando se despiertan heridas
pendientes, carencias no resueltas, miedos atávicos, experiencias de soledad y
abandono… Por eso, puede hacer falta tiempo de maduración. Con todo, aun respetando
ese tiempo, es posible intentarlo…, para experimentar cómo se modifica
radicalmente la perspectiva, en cuanto tomamos distancia del yo.
A partir de ese momento, sin
embargo, no está todo hecho. Siguen pesando las viejas inercias del ego. Por eso,
cuando reaparezcan los mensajes egoicos, con sus necesidades, miedos,
exigencias, resentimientos y reproches, hay que «volver» decididamente a
situarse en la verdadera identidad, el «Espacio consciente» que somos, para
volver a constatar que, desde él, la visión se modifica y se hace presente la
libertad interior y la Comprensión sin límites. Realmente, no hay nada que
perdonar ni «nadie» que perdone.
Para «aterrizar» todo lo que
estoy diciendo, deseo ejemplificarlo con un caso concreto, que viví hace un
tiempo. Tras un hecho grave e inesperado, que me resultó agudamente doloroso,
afloró mi yo herido y desconcertado, abandonado y hundido, resentido y
exigente…, negándose a vivir hasta que las cosas no fueran como él deseaba: se
veía literalmente incapaz de aceptar lo sucedido.
Todo quedó impregnado de
sufrimiento y sinsentido, que se intensificaba con el mero recuerdo de lo
ocurrido; un recuerdo que no hacía sino fortalecer las demandas del yo. Tuvo
que pasar tiempo para que, finalmente, pudiera «rendirme» a la verdad, sin
condiciones.
Pero esa rendición
únicamente fue posible cuando se me regaló situarme de un modo más estable en
la identidad o conciencia transpersonal: la rendición fue sinónimo de
liberación definitiva, desegocentración, serenidad ecuánime, comprensión sin
exigencias, amor y deseo de bien sin restricciones…
Todo ello lo viví como uno
de los mayores regalos de mi vida, como la Gracia que marcaba un punto de
inflexión, un antes y un después, en mi modo de ser, de situarme y de percibir.
Decididamente, en ese nivel, todo está bien; ningún miedo tiene sentido.
Y queda como una voz
resonando en mi interior: «No te reduzcas al yo ni te entretengas en sus
«historias mentales», en su modo de ver las cosas; no sigas ni un minuto su
«discurso»; al contrario, míralo siempre como un «objeto» dentro de la
Conciencia que eres; reconócete como el Espacio consciente o Conciencia
transpersonal que trasciende el yo, y experimenta la comprensión y la
liberación que te aporta». Brevemente: «No olvides nunca quién eres». Hoy sé
por experiencia que todo lo demás depende de ello.
Otra vez, esta semana, ahora con Delcy Rodríguez a la
cabeza, se reunió la comisión —¿cuántas habrá habido?— para que los
trabajadores, empresarios y el gobierno estudien las condiciones
socio-económicas que les permitan volver a evaluar, dimensionar, estudiar,
repensar —y paren de contar— lo que van a hacer con los sueldos y la protección
social de los trabajadores.
El tema laboral en Venezuela constituye un desastre
humanitario de marca mayor, sobre el que ya me he referido y lo seguiré
haciendo, hasta que se enfile a lograr las condiciones de dignidad y legalidad
que la población trabajadora y en general la familia venezolana se merecen. No
es un desastre nuevo. Es una tragedia humana deplorable que se arrastra desde
la propia presidencia del difunto "comandante eterno", quien comandó
el desastre contra los trabajadores. La debacle inocultable del trabajo en
Venezuela.
¿Es esclavitud moderna? Sin duda. Además que se ha
generado, con los bonos arbitrarios, con la congelación durante largos años del
salario mínimo, las jubilaciones, las pensiones y los sueldos una
discriminación inaceptable, de los más vulnerables: los ancianos ya retirados.
Una verdadera estafa que arruinó la vida de millones de personas a las que el
ordenamiento jurídico y las convenciones colectivas les garantizaban dignidad
absoluta para su vejez.
Pero la revisión y aplicación de ajustes no puede ser
azarosa. Debe haber —como también lo he planteado públicamente— un plan
económico donde se inserte como principalísimo el tema laboral: reconocimiento
del daño causado, correctivos en el tiempo, reducción del gasto público,
eliminación absoluta del clientelismo político laboral, eliminación de Patria,
descentralización, reducción de impuestos como el IVA, revisión de la nómina
pública —especialmente en las FFAA—, enderezamiento de todos los entuertos
económicos y laborales de la "revolución" malhadada.
Un simple ajuste no basta. Los empresarios
inescrupulosos que van a esas mesas de comisiones a atacar a los empleados
públicos, los jubilados y pensionados, deben ser neutralizados. El
planteamiento, que ha perdurado, de eliminar las prestaciones sociales o su
retroactividad, debe justificarse y plantearse algo muy preciso: ¿A cambio de
qué? ¿Que ganan los trabajadores y el país con eso? Hasta ahora esas posiciones
tienen congelados los ajustes en todas las comisiones, con OIT y sin OIT.
En fin, queremos ver resultados inmediatos, mediatos y
a largo plazo. Que permitan en un corto tiempo restablecer dignidad laboral y
verdaderas mejoras económicas. No son los gringos. Es el chavismo el que nos
arrojó a la miseria como país y como trabajadores. Así que dejen la habladera
de paja y actúen de una vez por todas para proteger la papa y no solo la papa
de quienes laboran y han sido también injustamente humillados desde el poder
por décadas rojas en Venezuela.
Una parte considerable de la llamada "clase
política" contemporánea ya no lee. No se trata de una novedad. Cualquier
persona con cierta formación lo percibe con facilidad. Pero lo verdaderamente
preocupante es que algunos parecen haber convertido semejante carencia en una
virtud. La poderosa industria cultural les ha inculcado que el pasado es una
especie de almacén de objetos inútiles, una acumulación de cosas definitivamente
superadas por la velocidad del presente. Todo envejece rápidamente, todo es
sustituible, todo puede ser arrojado al basurero de la historia antes, incluso,
de haber llegado a comprenderse. Es muy de mediocres, por cierto, la
representación de la historia como la de un "periódico de ayer".
Como resultado de semejante formación social, la
recomendación de la lectura de Homero a un político del presente puede parecer
una extravagancia. ¿Qué podría aprender un hombre ocupado en campañas electorales,
conspiraciones palaciegas, encuestas y redes sociales de un poema compuesto
hace casi tres mil años? Pues no lo sabe, pero podría aprender mucho más de lo
que imagina. Mucho antes de que Maquiavelo escribiera El príncipe, mucho antes
de que la filosofía política descubriera conceptualmente las complejas
relaciones entre la coerción y consenso, aquella extraordinaria escuela de
bardos a la que Giambattista Vico llamó "Homero" había creado una de
las figuras más profundas de la inteligencia política occidental: Odiseo. No se
trata simplemente de un guerrero. Para eso estaba Aquiles. Odiseo representa
otra cosa. Representa la astucia. La fuerza puede destruir un obstáculo. La
astucia sabe cómo evitarlo. La fuerza enfrenta al enemigo. La astucia procura
comprender sus movimientos antes de que éstos se produzcan. La fuerza golpea.
La astucia anticipa. Y, sobre todo, el astuto sabe que en determinadas
circunstancias avanzar consiste en retroceder y que, en otras, la única manera
de escapar consiste en huir hacia adelante. La astucia es el fundamento
principal de la llamada "guerra asimétrica" desarrollada durante el
presente siglo.
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno vieron en Odiseo
una de las figuras fundamentales de la constitución del sujeto occidental. La Odisea
no era para ellos una simple narración de aventuras lejanas, sino uno de los
textos originarios de la civilización europea. Odiseo aparece allí enfrentado a
potencias míticas, pero su enfrentamiento no consiste en destruirlas. Consiste
en sobrevivirlas, en "ganar tiempo". Pero para ello tiene que
calcular, sacrificar, engañar e, incluso, desaparecer. Cuando Polifemo le
pregunta su nombre, Odiseo responde: Nadie. Esa es, quizá, una de las grandes
lecciones políticas que contiene el poema homérico. Hay momentos en los cuales
conservarse exige renunciar transitoriamente a lo que se es. Hay circunstancias
en las que el nombre se convierte en una trampa. Un momento en el que el sujeto
tiene que saber desaparecer si quiere regresar. Por eso Odiseo se convierte en
Nadie. Frente a una determinada relación de fuerzas, ser Nadie puede resultar
ser más inteligente que insistir heroicamente en ser Odiseo.
La astucia no es, en consecuencia, un vulgar engaño.
Como tampoco es una simple habilidad de tramposo. Es una forma de concebir la
actio mentis, esa capacidad de comprender una situación concreta, anticipar sus
contradicciones y actuar dentro de ellas. Maquiavelo lo formularía, siglos
después, con una claridad que todavía incomoda a los espíritus bienpensantes. El
príncipe tiene que saber ser hombre y bestia. Y, entre las bestias, debe
aprender especialmente de dos: del león y la zorra. El león no sabe defenderse
de las trampas; la zorra no puede defenderse de los lobos. Por eso, quien
quiera gobernar tiene que conocer ambas naturalezas: la fuerza que intimida y
la astucia que descubre las trampas. Se puede decir que "la zorra"
que describe Maquiavelo ya se hallaba, de algún modo, navegando por el
Mediterráneo: atendía al nombre de Odiseo. Y quizá ésta sea una de las razones
por las cuales la tradición política occidental nunca pudo reducirse
simplemente a la fuerza. Un Estado no se sostiene exclusivamente mediante la
coerción. Necesita consentimiento, mediaciones, inteligencia, capacidad de
persuasión. La sociedad política no existe sin la sociedad civil, así como la
fuerza no puede sustituir indefinidamente al consenso. El problema comienza
cuando quienes poseen la fuerza creen que ya no necesitan inteligencia. Son los
que peligrosamente semejan a Polifemo: son enormes, poderosos y torpes. Pero,
sobre todo, han sido enceguecidos por la estaca de la vanidad.
Vico lo comprendió al preguntar por "el verdadero
Homero". Detrás del nombre del poeta aparece una experiencia histórica
colectiva, una imaginación popular capaz de crear aquellos grandes caracteres
poéticos en los cuales una civilización se reconoce a sí misma. Odiseo es uno
de ellos. Es la inteligencia que se mueve en un mundo peligroso, la capacidad
de prever, la prudencia que sabe esperar, la astucia que no confunde la
retirada con la derrota y, quizá, la capacidad de hacer que el adversario crea
aquello que necesita creer para terminar haciendo exactamente lo que no quería
hacer. Para no pocos políticos de hoy, Homero es demasiado antiguo, una pieza
anacrónica. Vico es "demasiado difícil". Y, por si fuera poco, Adorno
y Horkheimer son "demasiado filosóficos". Maquiavelo, en cambio,
todavía conserva algún prestigio entre ellos. No porque, en realidad, se le
haya leído a fondo, sino porque resulta útil mencionar su nombre cuando alguien
quiere dar la impresión de parecer inteligente. Alguien que se parece mucho a
la sopa en el invierno, diría: "¡Qué manguangua!", una expresión que,
entre los venezolanos, tiene el significado de algo muy fácil o sin mayores
dificultades. No obstante, existe la posibilidad de que los políticos del
momento llegaran a aprender la lección de Odiseo sin la necesidad de tener que
leer La Odisea. Pero ¿cómo podrían haber hecho eso? Muy sencillo: desde que
eran niños, sentados frente a la TV, viendo los dibujos animados de la Warner
Bros. Y es que la industria cultural hizo algo verdaderamente sorprendente.
Tomó la antiquísima sapiencia de la astucia y —a la manera de Esopo— la
convirtió en un personaje capaz de entrar en millones de hogares. No tenía
espada, ni llevaba armadura. No navegaba hacia Ítaca, pero tenía las orejas
largas. Además, con una tranquilidad desconcertante, decía: "ಾಸ¿Qué hay de nuevo, viejo?". ¿Sí aprendieron de
Bugs Bunny, "el conejo de la suerte" de la Warner, que no vence por
ser más fuerte que sus adversarios, sino todo lo contrario? Su rival tiene la
escopeta de la autoridad, la fuerza bruta o la ventaja inicial. Pero Bugs tiene
algo mucho más importante: la comprensión de la situación.
Su adversario cree perseguirlo. Y, de pronto, descubre
que está siendo conducido. Cree haber preparado una trampa y termina cayendo en
ella. Cree saber dónde se encuentra Bugs y descubre que el mundo entero ha
cambiado de lugar. En eso consiste la astucia. No consiste solo en saber escapar,
sino en transformar la persecución en una situación estrictamente dialéctica:
el perseguidor termina siendo perseguido y el cazador termina siendo cazado.
Quien parecía huir descubre que, en realidad, lleva la delantera. Durante
décadas, millones de niños aprendieron esta elemental pedagogía de la astucia
sin haber abierto jamás un libro de filosofía política. Crecieron viendo cómo
Elmer el Gruñón perseguía obstinadamente al conejo. Aquellos niños crecieron.
Algunos se hicieron políticos. Y quizá decidieron experimentar la política a la
luz de las lecciones aprendidas en aquellas "tardes felices" frente
al televisor.
Claro que no todos eligieron ser como Bugs. Muchos no
tuvieron más opción que asumir el rol de Elmer. Porque Elmer —al igual que el
gran Aloysius Bartholomew Sam, mejor conocido como "Sam Bigotes"—
siempre tuvo un arma y siempre percibió al otro como enemigo. Y, lo peor,
siempre estuvo seguro de que la próxima vez atraparía al conejo. Por eso
siempre dispara, aunque siempre termina preguntándose qué le habrá fallado esta
vez. La fuerza —especialmente la bruta— tiene una extraordinaria capacidad para
convencerse de que la realidad permanecerá fija, inmóvil, mientras ella actúa.
Solo que, al decir de Galileo, Eppure si muove. Y, así como la historia se
mueve, el adversario también. Tiberio o Sam parecen haber elegido el papel
equivocado. Persiguen con la seguridad del cazador que cree tener acorralada a
su presa. Tal vez debieron aprender algo de la primera lección de Odiseo —o de
Maquiavelo o, incluso, del mismísimo Bugs Bunny—: quien solo sabe perseguir
termina dependiendo de los movimientos de lo que persigue. Escopeta o
six-shooters en mano, creen decidir, sin comprender que están siendo
conducidos. Al final, terminan perdiendo la partida. No porque Bugs sea más
fuerte, sino porque comprendió los detalles del terreno donde se jugaba la
partida.
Es seguro que ni Tiberio ni Elmer ni Sam tengan idea
de quién fue Homero. Es probable que lo confundan con Mr. Homero Simpson.
Afirmación ésta que resulta ser perfectamente comprensible en tiempos de
racionalidad instrumental. Pero es aún más improbable la posibilidad de que
tuviesen noticias de Vico, Adorno o Horkheimer. Eso sí: debieron haber prestado
un poco más de atención a la lectio de Bugs, cosa que con toda seguridad sí
hicieron los siameses perversos. Razón por la cual Elmer, Sam o Tiberio, al
final, siempre terminan perdiendo la partida.
En la década de todos los tormentos al culminar el
siglo anterior, junto a la institución eclesiástica, la corporación castrense
fue muy distinguida por la población, como ahora difícilmente se imagina para
el lamento de propios y extraños. Difícilmente hoy habrá estudios de opinión
que acerquen a la entidad armada a los antiguos peldaños que ostentó, respetada
y admirada como una expresión convincente del Estado venezolano que congregaba
a multitudes en sus vistosos y marciales desfiles, sin incurrir en consignas
partidistas.
La doctrina de guerra popular prolongada trastocó en
comunal al soldado que años antes había comenzado a hacerse decididamente
anómico con el Plan Bolívar 2000 y sus equivalentes, cumpliendo funciones de
una franca desespecialización para integrarse a sendos estados mayores de la
electricidad, agroalimentación, o hidrocarburos. A partir de 2012,
aproximadamente, sinceró la actividad económica comercial, deseándose también
industrial, dejando la Fuerza Armada de lado el acto administrativo a favor del
acto mercantil tal como lo señalamos en reiteradas ocasiones en el parlamento, añadida una televisora y un banco propio entre el repertorio de las firmas mercantiles
alcanzadas, más tarde perfeccionado el propósito con las zonas económicas
especiales asignadas.
Después, la comunalidad concibió o configuró las áreas
suburbanas como el lógico teatro de operaciones frente a cualquier agresión del
enemigo interno y externo. El dispositivo comunal convierte el heroísmo y
sacrificio popular en una ventaja defensiva del régimen, haciendo de los sectores
populares escudos humanos. Por consiguiente, el consabido 3-E sintetizó muy
bien cuán lejos había llegado la desnaturalización de la Fuerza Armada Nacional
en un contexto – más allá - geopolítico tan desfavorable, e, igualmente, en un
contexto – más acá – excesivamente absurdo, pues le correspondía fortalecer su
específica capacidad de defensa y seguridad de la nación en lugar de garantizar
solamente la del poder político que subordinaba a su propio afán de supervivencia
al resto de los poderes públicos.
Hubo jerarquías a las que irritaba cualquier
cuestionamiento por la manifiesta opacidad en los programas de adquisición y
desarrollo de sistemas de armas y en el apresto operacional; acotemos, jerarcas también deshonestos que jamás se hubiesen imaginado señalados en casos como el
de las municiones yugoeslavas, los tanques AMX o cualesquiera otros escándalos
que naturalmente motorizaban a la opinión pública, actualizando las investigaciones
de decididos senadores y diputados en la centuria anterior. Huelga comentar el
exceso de generales, la ultrapartidización de la Fuerza Armada y cualesquiera
otros casos que la implican, como si bastara poco, en la violación de los
DD.HH. que generó toda la atención de las Naciones Unidas y sus comisiones de
determinación de los hechos en los últimos años.
El soldado tan inherente al Estado Comunal que, por
definición,pierde las capacidades
fundamentales que no logra compensar un indigesto y feroz poder político, debe
dar paso a la reivindicación del soldado profesional y especializado que, es
justo reconocer, surgió con la creación de la Escuela Militar y Naval en el
tránsito de Cipriano Castro a Juan Vicente Gómez, tratando el período
puntofijista de entronizarlo definitivamente. El consabido bombardeo de Caracas
y las consecuencias más importantes que incluyen las que todavía no se conocen
apuntan a la responsabilidad de los mandos superiores que, desde entonces,
guardan un silencio que no sabemos cuán sagaz será.
El soldado profesional tiene su principal soporte en
el artículo 328 constitucional pacíficamente aprobado por el constituyente y ha
de volver aquella norma deliberadamente omitida en 1999 en torno a las
autoridades civil y militar que no deben recaer en una misma persona.Importa y mucho una Ley de Ascensos
Militares, vieja deuda con la Constitución, cuyo proyecto diligenciamos y
aportamos a una sesión plenaria de la Asamblea Nacional en 2020 al igual que a
la Comisión Permanente de Defensa, por lo que hay elementos suficientes, pasión
y doctrina que recuperar para que la Fuerza Armada recobre el carácter institucional,
profesional y especializado que alguna vez tuvo – es necesario decirlo con
todas las fallas -en la era
democrática.
Importa entender que reprofesionalización significa
reinstitucionalización de la corporación castrense en el marco de lareinstitucionalización misma del Estado,
recuperada la noción indispensable y genuina del monopolio legítimo y lícito de
la violencia. Y ojalá, luego de la amarga
experiencia de casi tres décadas, haya claridad respecto de la obvia, además de
ventajosa, subordinación del poder militar al poder civil para evitar la
militarización de la sociedad y la milicianización de la Fuerza Armada que la
lleva a la autodestrucción cuando tiene por misión sistemática y casi
existencial la de reprimir a la ciudadanía.
Fotografías tratadas con IA: Juan Vicente y Vicentico Gómez en el Congreso Nacional. Élite, Caracas, N° 36 de 1926.
Mal que bien, realizamos al
soldado profesional en el XX, como no pudimos hacerlo en el siglo anterior y
aún luce imposible en el que está corriendo. El solo anuncio de la
implementación de un sistema defensivo comunal, faceta y caricatura de la
doctrina de resistencia popular prolongada, responde al hábito oficial de no
detallar absolutamente nada para sorprender en todo a una ciudadanía capaz de
incurrir en delitos que la hagan reo, como el de traición a la patria.
Doctrina que ensaya este
régimen para sobrevivir a la inconformidad y el rechazo manifiestos de las más
disímiles corrientes y movimientos sociales que lo padecen, en reclamo de
libertad y democracia, y de la propia comunidad internacional en respaldo de
los más caros principios y valores occidentales. Realizado el soldado anómico,
con el desempeño de tareas distintas a las de su especialidad, lejanamente
marcada una pauta que ahora luce timorata con el Plan Bolívar 2000, el fin del
Estado Cuartel coincide con la repetida fórmula del llamado autoritarismo
competitivo, cuyos excesos desmienten la tesis académica, dándole una obscena
teatralidad al totalitarismo que fundamentalmente lo explica el delito común.
Y, ahora,emergeel soldado comunal que ya no encontrará
ocupación en los desolados centros electorales.
Paradójicamente, controlado
un elevado porcentaje de nuestro territorio por fuerzas irregulares foráneas,
el dispositivo comunal en cuestión tiene otros propósitos, como el de extremar
el control social al que tanto ha contribuido el general COVID-19, y el de
garantizarle un extraordinario escudo humano al régimen, sobre todo en los
grandes centros urbanos. Recordemos, por ejemplo, tiempo atrás se habló de la
instalación de sendas baterías anti-aéreas en los sectores populares a los que,
suponemos, bastan pocos operadores militares para numerosas comunas e, incluso,
ciudades comunales, excepto tratemos de actividades guerrilleras y terroristas.
Leyes como las del trabajo y
el denominado poder popular, sólo explican el principio constitucional de
corresponsabilidad del Estado y la sociedad civil en materia de seguridad y
defensa, a través de la incorporación o reclutamiento efectivo del ciudadano por
la Fuerza Armada, fuere o no miliciano. Muy poco o nada dicen los gremios
afines con relación a las brigadas universitarias que establece el IV Convenio
Colectivo, esbozado mejor el papel que desempeñará el soldado de una clara
–deducimos– vocación metropolitana.
Junto con Cipriano Castro,
Juan Vicente Gómez echó las bases para unas Fuerzas Armadas profesionales con
la ayuda inestimable del general Petróleo y, aunque reafirmaba su poder y
poderío las veces que hizo falta, como lo revela la fotografía publicada por la
revista Élite (Caracas, nr. 36 de 1926), exhibiéndose marcialmente con su hijo
en la presidencia del Congreso Nacional, cada vez fue más prudente; incluimos a
Eleazar López Contreras, cuyo hijo literalmente se sublevó alguna vez, y al resto
de los mandatarios de la centuria, con un Pérez Jiménez que calzó su uniforme
en el parlamento, pero cuidó muy bien de su personalísima vocación. Por lo
pronto, el soldado comunal pone en entredicho a la corporación castrense,
siendo interesante reconocer que ni de pretorianismo podrá acusársele.