martes, 19 de agosto de 2025

Discar la realidad

DEL TERCO ENROJECIMIENTO DE LA VIDA LABORAL

Luis Barragán

A mediados del presente mes, supimos del anuncio presidencial en torno al “proceso constituyente” del políticamente recesivo espacio sindical venezolano, con la promesa de reemplazar a las organizaciones laborales tildadas de tradicionales, por otras de novedosa conformación, sentido y orientación. Desde principios del presente siglo, hubo el firme propósito de controlar la principal central obrera del país, pero – elecciones por delante – no le fue posible al oficialismo ganarlas, dejándola a su suerte, sin interés por las otras centrales minoritarias de cierta trayectoria. 

Huelga comentar las incontables circunstancias y coyunturas que todavía tejen nuestra realidad laboral, obviamente expresada la dinámica propia de una prolongada crisis política que esconde inexorablemente la del  modelo socialista en curso. Quizá el anuncio ha sorprendido a los partidarios mismos del gobierno que deberán bregar por preservar las posiciones burocráticas hasta ahora alcanzadas, presumiendo la masiva plebiscitación de una dirigencia que ha perdido la costumbre de legitimarse, presionar por la discusión de sendos contratos colectivos que, rara avis,  ya ni se dan (excepto  la ventajista convención universitaria), forzada la paz laboral por estas latitudes.

Existen poderosas y objetivas razones para una actualización y transformación de las luchas que debe incluir la reivindicación de todas las previsiones constitucionales y legales establecidas; esto es, valga el detalle, procurar que el derecho del trabajo realmente exista y tenga plena vigencia, al igual que todas sus ramas sustantivas y adjetivas. Y asumir la tarea de una modernización del liderazgo laboral venezolano capaz de sincerarse con esta etapa de la vida republicana, en reclamo de las libertades que son las que dignifican y ciudadanizan.

Por supuesto, la comprobada experiencia de los socialismos reales no autoriza a mayores ilusiones. Sabemos del amargo retroceso que hemos experimentado en torno a la agremiación espontánea, libérrima, respetada y eficaz de los obreros y empleados de los sectores públicos y privados. No obstante, la peor diligencia es la que no se hace.

Por lo menos, la genuina oposición del aspirado universo laboral venezolano ha de prestarle atención al propósito oficialista en cuestión,  recientemente manifiesto en el acto del Teatro Teresa Carreño de la ciudad capital: mínimo, significa ponderarlo, discutir sus perspectivas, evaluar la situación política y estratégicamente que pudiera suscitar, argumentar una postura y decidir la participación o no, en una iniciativa de la que desconocemos su consistencia, pero – eso, si - nunca ser indiferentes. El asunto nos permite recordar una obra de Antolín Sánchez expuesta en la Universidad Católica hacia 2023, pues, ni para el régimen será fácil enrojecer los cuadros conductores en ámbitos en los que se vive cruda y cruelmente la realidad.

Iustración: Gudim.

Fotografías: LB, Antolín Sánchez, "Hacia la nada", fotomontaje digital con impresión de inyección de tinta (2023); y Miguel von Dangel, "Páramo La Negra", encapsulado de paisaje en poliéster (1982)  [UCAB, 2023].

19/08/2025:

https://www.elnacional.com/2025/08/del-terco-enrojecimiento-de-la-vida-laboral/

domingo, 17 de agosto de 2025

Caza de citas

“Ya en la acera, se metió el dedo en la garganta y volvió a vomitar.Sorteó el vómito y pasó tambaleándose ante un cubo de basura volcado en la acera. Todos los toldos estaban rotulados en español. Le pareció reconocer el edificio de hormigón que había bajo las vías; lo confundió con el bar donde había bebido con Zou Lei la primera noche que salieron, pero era un almacén cerrado. Apoyó una mano en el edificio, quizá para mantenerlo en su sitio, quizá porque no se atrevía a separarse de él”

Atticus Lish

(”Preparación para la próxima vida”, Editorial Sexto Piso, Madrid, 2016:  353)

Ilustración:  Erhan Cihangiroglu.

Noticiero retrospectivo

- “Cómo habló en la Plaza Bolívar de Valencia el Presidente de la Junta Revolucionaria”. La Esfera, Caracas, 01/04/1946.

- Enrique Prieto Silva. “¿Militares o civiles?”. El Globo, Caracas, 07/02/2000.

- José Ramón Díaz. “36 militares del 27-N leyeron sus actas procesales”. El Globo, 30/03/1994.

- Luis Felipe Ramón y Rivera. “Trabajo para nuestros artistas”. El Nacional, Caracas, 20/10/1965.

- Radamés Larrazábal. “La oposición neoliberal a Caldera”. El Globo, 12/10/95.

Reproducción: Jesús Sanoja Hernández según Luis Noguera. El Globo, Caracas, 14/02/2000.

Andares

MODESTO TRIBUTO A ANTONIO MACHADO

Luis Barragán

Casi un mes después de cumplirse exactamente el sesquicentenario de su nacimiento, es que podemos escribir sobre el bardo. Inevitable hacerlo, aunque no cultivamos la poesía como quizá lo debimos hacer – o deshacer enteramente - en el transcurso de la vida.

Lo descubrimos a través de Serrat, por aquella famosísima canción que copaba la programación radial de la casa. Siendo niños de escuela, quién sabe del accidente, porque el disco no estaba en la estantería hogareña, escuchamos otro surco de un álbum de profundo tributo a Antonio Machado; sencillo, quedamos de alguna manera definitivamente prendados, así la prioridad fuese la escuela y sus recreos, o los paseos y juegos del vecindario.

A mamá le gustaba mucho Pablo Neruda y, ocurrió, plagiamos en dos o cuatro ocasiones algunos de sus versos expeditos e inmediatamente eficaces para redactar algunas cartas de amor, la propia, o la de varios compañeritos incautos que precisaron de nuestros servicios para diligenciar un poco más la emoción y los sentimientos que nos y los sorprendían hacia las compañeritas de aula, por ejemplo. Claro está, emoción y sentimientos harto inocentes que no estaban por encima de la pasión que experimentábamos hacia el béisbol y sus héroes; en nuestro caso, un César Tovar, Víctor Davalillo o Larry Howard del Caracas, inspiradores aun en la adversidad, en denuesto activo del Magallanes, Clarence Gaston y el eterno repiqueo de la Serie del Caribe.

Crecimos, e, inevitable, el sevillano se hizo parte nuestra, y, con Aguilar Gorrondona, Tulio Chiossone, García de Enterría, o Maduro Luyando (favor no confundir), se colaban las obras completas de don Antonio, el hermano de Manuel. Por mucho grupo Tráfico o Guaire que hubiese, ciertamente meritorios, indispensables a la vuelta de los años, poco podían competirle al español, o a Borges, a Paz, a Dylan, a Cadenas, a Whitman, a Subero, en lecturas febriles de biblioteca pública, o a Cecilia Ortíz y Carlos Ochoa que, por algún motivo, en los años ya remotos, inadvertidamente llegaron y completaron nuestra personal y limitadísima geografía poética.

Huelga comentar que éste presente no es igual al de antes, y por aire, mar ni tierra, es posible que lleguen las novedades poéticas de otro a este país, la del país mismo al de adentro, deslumbrando a los más ingenuos muchachos, o, como fue el caso de don Antonio, que se hizo gigantescamente estremecedor para abordar la guerra civil española, o decepcionante al constatar que Serrat sólo lo fue con Ricard Miralles y María Gómez en el XX. Sospechamos que a Bad Bunny, si es que todavía no lo consideran un intérprete de la antigüedad, jamás podríamos confiarle que nos haga el favor de transportar en su garganta a un Antonio Machado para una entrega rápida.

17/07/2025:

https://lapatilla.com/2025/08/17/luis-barragan-modesto-tributo-a-antonio-machado/

sábado, 16 de agosto de 2025

Hallar a Jesús

FUEGO, VIDA Y DIVISIÓN

(San Lucas, 12: 49-53)

José Luis Sicre

Después de las enseñanzas de los domingos anteriores sobre la oración, la riqueza, la vigilancia, centradas en lo que nosotros debemos hacer, en el evangelio del próximo domingo Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

Presupuesto para entender este evangelio es la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios.

Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

La misión: prender fuego

He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo,

El destino: la muerte

Tengo que pasar por un bautismo.

También esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se “bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan (y otros muchos judíos desde el profeta Ezequiel) al pecado: en el bautismo, cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva.      El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño “será una bandera discutida”.

Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide a enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

* * *

Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida ya la uso Pablo, y es especialmente actual en estos días de Olimpiada: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo.

Lectura de la carta a los Hebreos 12, 1-4

Hermanos:

Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

Fuente:

https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/7893-fuego-vida-y-division.html

Reproducción: Paul Klee, "Tomb in three parts" (1963).

Fotografía: Cruz hallada en el abandono, en la inmensidad del pavimento, camino a la Iglesia de la Coromoto, El Paraíso (Caracas, 17/08/2025).

Padre S. Martín: Radicales liberales en el Jubileo:

https://www.youtube.com/watch?v=BiSjBvqFUME

Homilía papa León XIV: https://www.youtube.com/watch?v=pBwNDJqefgE

Misa monseñor Biord: https://www.youtube.com/watch?v=ya_d3L1aZ4U

Misa padre S. Martín: https://www.youtube.com/watch?v=wxt3tq2AL1s

Homilía monseñor Munilla: https://www.youtube.com/watch?v=JnNijEorzlc



 Fotografía:  https://x.com/PabloEsparzaa/status/1953106196581249036

Puertas afuera, puertas adentro

CUANDO REGRESEN NUESTROS HERMANOS

William Anseume

Se fueron. Es verdad. Con la calamidad encima. Aventurando vidas. Buscándolas. ¿Volverán todos? Parece imposible. Muchos crearán raigambre con su situación actual fuera, como es natural, como hicieron aquellos que se quedaron acá a partir de los años cincuenta y más. Construyendo sus porvenires, sus familias, sus labores, sus sueños.

Pero también es verdad que muchos tienen planificado un regreso, así sea tentativo. A ellos apelaremos. No basta con internacionalizar nuestra gastronomía, nuestra medicina y todo lo que podamos buenamente  internacionalizar de lo bueno de aquí. Se precisa un regreso más o menos inmediato. Nueve millones, o una cifra cercana a ello son muchos de nuestros hermanos sin estar en su tierra. Nos hacen falta ahora. Nos harán falta. El reencuentro será fenomenal. Los abrazos. Las risas.

Los delincuentes no. Esos, como todos los delincuentes, los de verdad, deben ser procesados y pagar por sus fechorías, como corresponde, como ellos saben muy bien que les corresponde. Aquí no queremos violencia de ningún tipo, ahora ni después. No la necesitamos. No la queremos más. Esa sí debe ser desterrada para siempre. Para la reconstrucción del país soñado. ¿Utópico? Seguramente. Pero esa nueva situación, la situación deseada, ha de venir.

¿Cómo? Vendrán en su mayoría. Un buen porcentaje al menos. Y los recibiremos del mejor modo posible. No vendrán obligados. No vendrán a trancas y barrancas. Vendrán, porque sabrán que habrá un país de libertades, de reconstrucción social, económica, política, sin perseguideras, sin atropellos. Porque la justicia tendrá que ser justicia. Y las libertades económicas deberán serlo así. Para producir, para generar empleo digno, para abrir el pensamiento plural y la democracia, alternativa. La reconstrucción. Es lo que necesariamente vendrá. Labrada por todos. Con nuestras diferencias. Pero todos. Unidos en la divergencia.

Libertad para todos los presos políticos. Y nunca más esa figura. Los delincuentes juzgados, procesados, con sus garantías cubiertas. Regreso de todos nuestros compatriotas que quieran regresar, de buen modo. Y a trabajar dignamente, a producir todos, dignamente. A cubrir la educación y el trabajo, como debe garantizarse. A respetar celosamente los derechos humanos. A ser ejemplo democrático, con nuestros verdaderos aliados internacionales, para América Latina y el mundo.

Cuando regresen nuestros hermanos habrá una nación por reconstruir, con muchas ganas, en paz, en libertad, en democracia. ¿Regresarán? Sí.

16/08/2025:

https://www.elnacional.com/2025/08/cuando-regresen-nuestros-hermanos

jueves, 14 de agosto de 2025

La ojiva simbólica

Ensayo | Lo último

DESCIFRANDO LA INTENCIÓN EN LA GUERRA IRREGULAR: LECCIONES DE VENEZUELA, IRÁN Y EL USO ESTRATÉGICO DE LA AMBIGÜEDAD

Ron MacCammon

Introducción

La naturaleza de la guerra en el siglo XXI ha cambiado. Las confrontaciones abiertas han sido reemplazadas por presiones no convencionales y una autoridad difusa. Los actores estatales recurren cada vez más a intermediarios, redes criminales, desinformación y asimetrías tecnológicas para debilitar a sus adversarios —socavando la estabilidad política, la cohesión social y la confianza institucional— sin desencadenar respuestas convencionales. El resultado es un campo de batalla definido menos por la geografía y más por la narrativa, la influencia y la legitimidad.

En este contexto, la intención se ha convertido en una señal central —aunque a menudo pasada por alto— en la guerra irregular. A diferencia del conflicto convencional, donde las capacidades y las declaraciones suelen preceder a la acción, la guerra irregular exige que los analistas y los responsables políticos infieran la intención a partir de patrones, alineamientos y comportamientos que rara vez se manifiestan con claridad. Pero, al analizarlos a lo largo del tiempo, estos actos conforman una estrategia coherente.

Este artículo argumenta que la intención en la guerra irregular puede identificarse mediante una tríada analítica: comportamientos repetidos, alineamiento con los resultados estratégicos y el uso sistemático de medios irregulares. Se basa en la práctica operativa y fuentes doctrinales, incluyendo el Anexo de Guerra Irregular del Pentágono y el trabajo de David Kilcullen. Este marco se aplica posteriormente a Venezuela y su alineamiento con Irán, cuyo uso compartido de intermediarios, redes criminales y guerra de información ilustra cómo los Estados instrumentalizan la ambigüedad para avanzar en sus agendas sin activar los umbrales tradicionales de conflicto.

Estos elementos no son incidentales, sino deliberados. Expresan explícitamente lo que a menudo se deja implícito: la ambigüedad no es la ausencia de intención, sino la táctica utilizada para enmascararla. Reconocer este patrón permite comprender —y cuestionar— amenazas que antes parecían difusas o negables.

Definiendo la intención en la guerra irregular

La intención, en este contexto, no depende de una declaración formal. Puede evaluarse a través de tres elementos interrelacionados: comportamientos repetidos, alineamiento estratégico y el uso sistemático de medios irregulares. Estos componentes forman una tríada: un marco sólido que refleja cómo surge la intención en la guerra irregular.

Rodeando esta tríada se encuentra un cuarto elemento: el uso calculado de la ambigüedad. Si bien no es en sí misma una forma de intención, la ambigüedad es la táctica que la oculta. Permite que las campañas irregulares se desarrollen bajo el umbral de la represalia, utilizando la negación y la dispersión para enmascarar la coherencia. En ese sentido, la ambigüedad es el velo operativo que cubre la tríada; no un pilar de la intención, sino su camuflaje.

Esta estructura analítica permite una evaluación disciplinada de las campañas irregulares en entornos donde se niega deliberadamente la claridad. No se revela a través de un manifiesto o un discurso, sino mediante la acumulación de acciones. Un solo despliegue de terceros, una alianza criminal o un acto de ciberdisrupción pueden no tener significado por sí solos. Pero cuando estos actos se repiten, cuando sirven de forma fiable al mismo conjunto de intereses estratégicos y cuando se basan en mecanismos irregulares, la intención se hace visible.

En primer lugar, los comportamientos repetidos indican persistencia. Un evento aislado puede ser oportunista o accidental; una serie de ellos, especialmente cuando varían en su forma pero son consistentes en su efecto, sugiere un diseño. Este es un elemento fundamental en el análisis de inteligencia militar, y su relevancia en las zonas grises de la guerra irregular es aún más aguda.

En segundo lugar, la alineación estratégica se refiere a la coherencia entre las acciones de un régimen y sus objetivos políticos a largo plazo. Si un Estado se beneficia sistemáticamente —política, económica o geopolíticamente— de actos ambiguos y negables, estos actos deben considerarse parte de una estrategia, no aberraciones.

En tercer lugar, el uso sistemático de medios irregulares marca el método de ejecución. La guerra irregular moderna se caracteriza por su dependencia de métodos indirectos y no convencionales, como intermediarios criminales, herramientas cibernéticas, redes financieras clandestinas o la explotación de crisis humanitarias. Permite al Estado difuminar las fronteras entre atribución y legitimidad.

En conjunto, estos tres indicadores forman un marco para evaluar la intención en un entorno donde las herramientas tradicionales de atribución resultan insuficientes. Sin embargo, interpretar la intención en la guerra irregular no está exento de peligros. La misma ambigüedad que enmascara la estrategia también abre espacio para la distorsión. Los analistas pueden destacar incidentes que respaldan una narrativa preferida, mientras que ignoran otros que la complican.

Por supuesto, identificar la intención en entornos ambiguos es arriesgado. Los analistas pueden interpretar demasiado actos aislados o crear patrones donde no existen. La respuesta es la disciplina: centrarse en la repetición, verificar la alineación y mantenerse firme en lo observable. No hay que perseguir sombras, pero tampoco ignorar lo que estas sugieren.

El caso de Venezuela

El régimen de Maduro en Venezuela ofrece un caso de prueba revelador. Carece de sofisticación estratégica en el sentido tradicional. Ha gestionado mal la economía, ha supervisado el colapso de su industria petrolera y ha desmantelado sus propias instituciones. Sin embargo, la guerra irregular no exige una gobernanza de alta capacidad. Premia la adaptación, la negación y la explotación del deterioro sistémico.

El régimen ha aprendido a convertir el colapso en una herramienta de presión: externalizando el control, instrumentalizando la migración y forjando alianzas opacas que contribuyen a su supervivencia. Esto no es una gran estrategia. Es una estrategia de Estado improvisada en la zona gris, y funciona.

Tres elementos son sobresalientes: la migración forzada, la delincuencia por delegación y la alineación extranjera.

En conjunto, estos tres comportamientos revelan una campaña irregular en su método, coherente en su objetivo y deliberada en su diseño. La intención no reside en un solo acto, sino en la consistencia con la que el régimen de Maduro combina el colapso con el control. La ambigüedad que rodea a cada elemento forma parte de la arquitectura; no es un síntoma de desorden, sino una herramienta del arte de gobernar. Sus actividades durante la última década no pueden entenderse como el caos de un Estado fallido. Reflejan una estrategia coherente de preservación del régimen, ventaja asimétrica y disrupción externa.

La característica más visible de esta estrategia es la migración forzada de más de 7,7 millones de venezolanos. Lo que comenzó como un éxodo humanitario se ha convertido en una herramienta de disrupción geopolítica. El régimen, por negligencia o intencionalmente, facilitó este movimiento sin considerar las consecuencias regionales.

Los estados vecinos se han visto sometidos a tensiones, las fronteras se han desestabilizado y las tensiones políticas se han exacerbado. El gobierno de Maduro, mientras tanto, permanece aislado, protegido en parte por el caos que ha contribuido a desatar.

Este desplazamiento masivo no es un acto aislado. Forma parte de un comportamiento recurrente: la tolerancia, o la orquestación, del colapso estructural que persigue un propósito mayor. Dicho propósito incluye desestabilizar a los adversarios, extraer remesas y generar poder de negociación con actores internacionales. En 2023, los migrantes venezolanos enviaron más de 5 mil millones de dólares en remesas a su país (aproximadamente el 6 % del PIB del país), a menudo canalizadas a través de intermediarios financieros vinculados al régimen que desvían ingresos para el gobierno. Estos canales informales, complementados con mecanismos de tipo de cambio fijo y comisiones por servicios impuestas por mercados monetarios paralelos, implican que el régimen de Maduro se beneficia directamente, convirtiendo la migración de venezolanos al exterior en una fuente recurrente de divisas. Esto se alinea con el interés del régimen en debilitar el consenso regional y desbaratar las iniciativas lideradas por Estados Unidos.

El segundo componente clave es el despliegue estratégico, o al menos la tolerancia estratégica, de las redes criminales. El Tren de Aragua (TdA), una violenta banda transnacional arraigada en el sistema penitenciario venezolano, opera ahora en Sudamérica y ha establecido una presencia dentro de Estados Unidos. Su crecimiento no parece haber sido significativamente opuesto por el régimen de Maduro.

La evidencia sugiere un entorno permisivo —la ausencia de medidas represivas significativas— incluso cuando prisiones como Tocorón quedaron bajo control de pandillas antes de ser retomadas con escasa transparencia. El grupo no solo genera ingresos, sino que también sirve como un brazo informal de influencia estatal, sancionado por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos en julio de 2024 por su actividad criminal transnacional.

Sin embargo, es importante señalar que existe debate sobre el nivel de cooperación. Una evaluación del Consejo Nacional de Inteligencia no encontró coordinación de alto nivel entre el Tren de Aragua y el gobierno de Maduro, aunque reconoció tolerancia hacia las actividades de la pandilla en Venezuela.

Su presencia ya no es especulativa. El 27 de junio, la fiscal general de Estados Unidos, Pam Bondi, anunció el arresto de más de 2700 miembros del Tren de Aragua en Estados Unidos desde enero. Tanto ella, como el secretario de Estado, Marco Rubio, y el presidente Donald Trump han advertido públicamente sobre la amenaza que representa la pandilla para las comunidades estadounidenses, lo que subraya que lo que comenzó como una pandilla carcelaria venezolana se ha convertido en un desafío de seguridad transnacional con implicaciones directas para la defensa del territorio nacional estadounidense.

La tolerancia del régimen hacia el grupo se asemeja a patrones históricos: Estados que utilizan fuerzas irregulares para hostigar a sus enemigos mientras niegan su responsabilidad. Venezuela participa en la diplomacia internacional como actor soberano, al tiempo que facilita el caos criminal. Este contraste es deliberado. Es la estrategia.

La tercera dimensión se refiere a las alianzas externas, especialmente con Irán. Venezuela ha acogido a personal militar iraní, ha profundizado los lazos de inteligencia y, según se informa, ha participado en entrenamiento de drones y transferencias de tecnología. Estos desarrollos no existen en el vacío. Reflejan comportamientos recurrentes, persiguen objetivos estratégicos claros y se basan en medios irregulares: transferencias encubiertas, desinformación y camuflaje institucional.

Imágenes recientes y órdenes de compra filtradas sugieren que Venezuela produce aproximadamente 50 drones ANSU-100 al año.

Un Patrón Ignorado: La Intención de Irán y el Precio de la Demora

El uso estratégico por parte de Irán de fuerzas subsidiarias —Hezbolá, Hamás, los Hutíes— ha sido reconocido durante años. Los servicios de inteligencia estadounidenses y aliados comprendieron las conexiones, rastrearon el flujo de armas y observaron la coordinación. Lo que faltó no fue concienciación, sino respuesta. El error residió en tratar a cada grupo como una amenaza localizada o compartimentada, en lugar de reconocer la lógica compartida que los sustentaba.

Irán estaba ejecutando una campaña regional de guerra irregular, lenta, metódica y con una negación plausible. Pero reconocer sin respuesta no es un desafío. Al no confrontar la estrategia detrás de las fuerzas subsidiarias, Occidente permitió que la ambigüedad se convirtiera en una ventaja.

Identificar y actuar sobre el patrón con anterioridad —considerando los comportamientos repetidos, la alineación estratégica y el uso de medios irregulares— podría haber cambiado la política de contención a disrupción. Podríamos haber interceptado las rutas de contrabando, presionado la infraestructura subsidiaria e incentivado a los gobiernos anfitriones a rechazar el atrincheramiento iraní. Una disuasión más fuerte, campañas de información más tempranas y esfuerzos multilaterales más coordinados podrían haber limitado la capacidad de Irán para escalar con impunidad. En cambio, la ausencia de un desafío estratégico contribuyó a crisis como los ataques de junio de 2025 contra la infraestructura nuclear iraní y posiblemente sentó las bases para la masacre de Hamás del 7 de octubre en Israel.

Que el 7 de octubre fuera una sorpresa táctica es menos relevante que el hecho de que no debería haber sido estratégica. Los indicadores —armamento almacenado, coordinación renovada, creciente incitación— estaban presentes. Lo que no se reconoció fue la intención: conmocionar, provocar y reajustar la narrativa regional a favor de Irán.

Aclarar la intención en la guerra irregular no es un ejercicio académico; es una herramienta de prevención. Transforma la política de la reacción a la anticipación. La doctrina estadounidense advierte explícitamente que los adversarios “continuarán utilizando la guerra irregular como parte de su estrategia para desafiar a Estados Unidos y sus intereses” (Anexo de Guerra Irregular, p. 2), y que “los actores podrían no revelar abiertamente sus intenciones, recurriendo en cambio a fuerzas indirectas, desinformación y negación” (JP 3-24, p. I-6). El desafío radica en considerar estas advertencias como una guía operativa, no solo como teoría.

Implicaciones Estratégicas

Si la ambigüedad es la táctica, la intención es la señal. Reconocer esto cambia la forma en que se deben analizar y contrarrestar las amenazas irregulares.

Con demasiada frecuencia, los actos irregulares se perciben como síntomas de disfunción interna. Una ola migratoria se trata como una crisis de refugiados. El surgimiento de la TdA se percibe como un problema de aplicación de la ley. Un programa de drones se etiqueta como una curiosidad. Lo que esto pasa por alto es la posibilidad de que estos eventos, en conjunto, formen un patrón de comportamiento estratégico.

Las respuestas de Estados Unidos y sus aliados han fallado con frecuencia en este ámbito. La ambigüedad se confunde con desorden, y los incidentes tácticos se tratan como si no estuvieran relacionados. Esto resulta en una postura reactiva, que lucha por conectar los puntos y casi nunca cuestiona la arquitectura subyacente al comportamiento.

En cambio, analizar la intención a través del comportamiento repetido, la alineación estratégica y los medios irregulares ofrece una manera de ver la arquitectura. Permite a los responsables políticos pasar de responder a los síntomas a cuestionar la lógica de la propia campaña.

La estrategia de defensa del Pentágono insta a un enfoque de todo el gobierno para abordar las amenazas irregulares. Hace hincapié en la interacción persistente, la facilitación de los socios y la competencia narrativa. Pero lo que no desarrolla plenamente es cómo evaluar la intención en condiciones de ambigüedad. Aquí es donde más se necesita el rigor analítico.

Los escritos de David Kilcullen, incluyendo Counterinsurgency y Out of the Mountains, argumentan que la guerra irregular se trata de manipular los sistemas en lugar de mantener el terreno. Los actores explotan la densidad urbana, los efectos de red y las brechas institucionales. Pero detrás de esta disrupción se esconde la intención: el deseo de debilitar, sobrevivir y desorientar al adversario.

Cuando un régimen como el venezolano recurre repetidamente a métodos irregulares que se alinean con sus objetivos estratégicos, ya no debemos considerarlo simplemente disfuncional. Debemos entenderlo como la ejecución de una campaña irregular.

De la doctrina a la práctica

Identificar la intención no es un ejercicio especulativo. Esta base se basa en la misma lógica que impulsa el análisis de patrones de vida en el contraterrorismo o la selección de objetivos en la acción encubierta. El desafío en la guerra irregular radica en que los "objetivos" no siempre son personas o lugares, sino comportamientos, alianzas y narrativas. Y el objetivo no es la eliminación, sino la neutralización: negar al adversario la capacidad de avanzar a través de la ambigüedad.

Esto requiere un tipo diferente de recopilación de inteligencia, que privilegie el material de código abierto, los flujos migratorios, el análisis forense financiero y la dinámica de las redes sociales. También exige herramientas políticas calibradas para abordar las amenazas indirectas (legales, económicas e informativas) tanto como las cinéticas.

Con Venezuela, Estados Unidos y sus aliados deberían tratar los comportamientos repetidos como indicadores de estrategia, no como ruido. El Tren de Aragua no es solo una pandilla; es un agente indirecto. La migración masiva no es solo un resultado humanitario; es un arma estratégica. La cooperación militar entre Irán y Venezuela no es solo simbólica, sino también estratégica.

Agentes iraníes han ingresado a Latinoamérica en vuelos directos de Teherán a Caracas, donde, según informes, se les emiten pasaportes venezolanos, lo que les permite circular libremente por la región sin levantar sospechas. Ya entre 2008 y 2009, un exfuncionario de inmigración venezolano del entonces vicepresidente Tarek El Aissami estimó que unos 10.000 ciudadanos de Oriente Medio recibían dichos documentos al año. Fuentes de inteligencia sugieren que esta práctica se ha expandido en los últimos años.

Las operaciones de financiación y logística del terrorismo vinculadas a Irán también se han extendido más allá de la conocida Triple Frontera (Brasil-Argentina-Paraguay), incluyendo lugares como el puerto chileno de Iquique, la Isla de Margarita en Venezuela y Colón, Panamá.

Las implicaciones se extienden más allá de Venezuela y Latinoamérica. La tríada propuesta aquí permite evaluar otras amenazas ambiguas, desde empresas militares privadas rusas en África hasta operaciones de influencia china en el Sudeste Asiático. Lo importante no es si estos actores encajan en nuestras categorías existentes, sino si su comportamiento revela intencionalidad.

Conclusión

Venezuela no está a la deriva, sino maniobrando. Lo que parece desorden puede ser, en realidad, control deliberado. El régimen sobrevive no restaurando el Estado, sino explotando su colapso, convirtiendo la ambigüedad en ventaja.

Esta es una guerra irregular. Prospera en el espacio entre categorías: doblegando el humanitarismo, explotando la legalidad y enmascarando la agresión. Persiste no porque sea invisible, sino porque su intención pasa desapercibida.

Los responsables políticos deben aprender a interpretar las señales. La intención se revela mediante la repetición, la coherencia y la irregularidad. Una vez comprendida, la máscara se cae.

La ambigüedad es la táctica. La intención es el mensaje. Venezuela e Irán lo están diciendo. Es hora de escuchar. 

Traducción: Google.

Essay| The Latest

DECODING INTENT IN IRREGULAR WARFARE: LESSONS FROM VENEZUELA, IRAN AND THE STRATEGIC USE OF AMBIGUITY

Ron MacCammon

Introduction

The nature of warfare in the 21st century has changed. Open confrontations have been replaced by unconventional pressure and blurred authority. State actors increasingly rely on proxies, criminal networks, disinformation, and technological asymmetries to weaken adversaries—undermining political stability, social cohesion, and institutional trust—without triggering conventional responses. The result is a battlespace defined less by geography and more by narrative, influence, and legitimacy.

In this context, intent has become a central—but often overlooked—signal in irregular warfare. Unlike conventional conflict, where capabilities and declarations often precede action, irregular warfare demands that analysts and policymakers infer intent from patterns, alignments, and behaviors that rarely announce themselves clearly. But when viewed over time, these acts form a coherent strategy.

This article argues that intent in irregular warfare can be identified through an analytical triad: repeated behaviors, alignment with strategic outcomes, and the systematic use of irregular means. It draws from operational practice and doctrinal sources, including the Pentagon’s Irregular Warfare Annex and the work of David Kilcullen. This framework is then applied to Venezuela and its alignment with Iran, whose shared use of proxies, criminal networks, and information warfare illustrates how states weaponize ambiguity to advance their agendas without triggering traditional conflict thresholds.

These elements are not incidental—they are deliberate. They explicitly state what is often left implied: ambiguity is not the absence of intent; it is the tactic used to mask it. Recognizing this pattern allows threats that once seemed diffuse or deniable to be understood—and challenged—for what they are.

Defining Intent in Irregular Warfare

Intent, in this context, does not depend on a formal declaration. It can be assessed through three interlocking elements: repeated behaviors, strategic alignment, and the systematic use of irregular means. These components form a triad—a grounded framework that reflects how intent emerges in irregular warfare.

Surrounding this triad is a fourth element: the calculated use of ambiguity. While not itself a form of intent, ambiguity is the tactic that obscures intent. It allows irregular campaigns to unfold beneath the threshold of retaliation, using deniability and dispersion to mask coherence. In that sense, ambiguity is the operational veil cast over the triad—not a pillar of intent, but its camouflage.

This analytical structure enables a disciplined assessment of irregular campaigns in environments where clarity is deliberately denied. It is not revealed through a manifesto or a speech, but through the accumulation of action. A single proxy deployment, or a criminal alliance, or an act of cyber disruption may not carry meaning on its own. But when these acts repeat, when they reliably serve the same set of strategic interests, and when they rely on irregular mechanisms, intent becomes visible.

First, repeated behaviors signal persistence. An isolated event may be opportunistic or accidental; a series of them—especially when varied in form but consistent in effect—suggests design. This is a foundational element in military intelligence analysis, and its relevance in the gray zones of irregular warfare is even more acute.

Second, strategic alignment refers to the coherence between a regime’s actions and its long-term political objectives. If a state consistently benefits—politically, economically, or geopolitically—from ambiguous and deniable acts, those acts should be considered part of a strategy, not aberrations.

Third, systematic use of irregular means marks the method of execution. Modern irregular warfare is characterized by its reliance on indirect, unconventional methods, such as criminal proxies, cyber tools, clandestine financial networks, or the exploitation of humanitarian crises. It allows the state to blur lines of attribution and legitimacy.

Taken together, these three indicators form a framework for assessing intent in an environment where the traditional tools of attribution fall short. Interpreting intent in irregular warfare, however, is not without danger. The same ambiguity that masks strategy also opens space for distortion. Analysts may highlight incidents that support a preferred narrative while ignoring others that complicate it.

Of course, identifying intent in ambiguous environments is risky. Analysts may read too much into isolated acts or build patterns where none exist. The answer is discipline: focus on repetition, check the alignment, and stay grounded in what can be observed. Don’t chase shadows—but don’t ignore what those shadows suggest.

The Case of Venezuela

The Maduro regime in Venezuela provides a revealing test case. It is not strategically sophisticated in the traditional sense. It has mismanaged the economy, overseen the collapse of its petroleum industry, and gutted its own institutions. But irregular warfare does not demand high-capacity governance. It rewards adaptation, deniability, and the exploitation of systemic decay.

The regime has learned to turn collapse into leverage—outsourcing control, weaponizing migration, and forging opaque alliances that serve its survival. This is not grand strategy. This is improvised statecraft in the gray zone, and it works.

Three elements are salient: forced migration, proxy criminality, and foreign alignment.

Taken together, these three behaviors reveal a campaign that is irregular in method, coherent in objective, and deliberate in design. Intent is not found in any one act, but in the consistency with which the Maduro regime blends collapse with control. The ambiguity surrounding each element is part of the architecture—not a symptom of disorder, but a tool of statecraft. Its activities over the past decade cannot be understood as the chaotic flailing of a failing state. They reflect a coherent strategy of regime preservation, asymmetric advantage, and external disruption.

The most visible feature of this strategy is the forced migration of over 7.7 million Venezuelans. What began as a humanitarian exodus has evolved into a tool of geopolitical disruption. The regime, by negligence or design, facilitated this movement without regard for regional consequences.

Neighboring states have been strained, borders destabilized, and political tensions inflamed. The Maduro government, meanwhile, remains insulated—shielded in part by the chaos it has helped unleash.

This mass displacement is not a singular act. It is part of a repeated behavior: a tolerance for, or orchestration of, structural collapse that serves a larger purpose. That purpose includes destabilizing adversaries, extracting remittances, and creating bargaining leverage with international actors.

In 2023, Venezuelan migrants sent over  $5 billion in remittances back home—about 6% of the country’s GDP—often routed through regime-linked financial intermediaries that siphon off revenue for the government. These informal channels—complemented by fixed exchangerate mechanisms and service fees imposed by parallel currency markets—mean the Maduro regime benefits directly, turning the outward migration of Venezuelans into a recurrent source of foreign currency. It aligns consistently with the regime’s interest in weakening regional consensus and disrupting US-led initiatives.

The second key component is the strategic deployment—or at least strategic tolerance—of criminal networks. The Tren de Aragua (TdA), a violent transnational gang rooted in Venezuela’s prison system, now operates across South America and has established a presence inside the United States. Its growth does not seem to have been meaningfully opposed by the Maduro regime.

Evidence suggests a permissive environment—an absence of significant crackdown—even as prisons like Tocorón fell under gang control before being retaken with limited transparency. The group not only generates revenue but also serves as an informal arm of state influence—sanctioned by the U.S. Treasury in July 2024 for its transnational criminal activity.

It’s important to note, however, there is debate about the level of cooperation. A National Intelligence Council assessment found no high-level coordination between TdA and the Maduro government—though it acknowledged tolerance of the gang’s activities within Venezuela.

Its presence is no longer speculative. On June 27, US Attorney General Pam Bondi announced the arrest of over 2,700 Tren de Aragua members in the United States since January. Both she, Secretary of State Marco Rubio, and President Donald Trump have publicly warned of the threat the gang poses to American communities—underscoring that what began as a Venezuelan prison gang has evolved into a transnational security challenge with direct implications for US homeland defense.

The regime’s tolerance of the group resembles historical patterns—states using irregular forces to harass enemies while denying responsibility. Venezuela takes part in international diplomacy as a sovereign actor while enabling criminal chaos. This contrast is deliberate. It’s the strategy.

The third dimension involves external partnerships, especially with Iran. Venezuela has hosted Iranian military personnel, deepened intelligence ties, and reportedly engaged in drone training and technology transfers. These developments do not exist in a vacuum. They reflect repeated behaviors, serve clear strategic goals, and rely on irregular means—covert transfers, disinformation, and institutional camouflage.

Recent imagery and leaked purchase orders suggest Venezuela produces approximately 50 ANSU-100 drones per year, with sub-kits for the stealthier ANSU-200 still in development. These systems, based on Iranian designs, were showcased during a 2022 military parade by Maduro. Their existence signals a maturing capacity for indigenous drone production with external support—demonstrating both technological diffusion and intent.

Additionally, Iran has supplied Venezuela with fast boats capable of carrying anti-ship missiles. These have been paired with Iranian-origin loitering munitions in recent Venezuelan saturation-strike exercises, consistent with IRGC-affiliated visions of building “Houthis of the Caribbean”—small, missile-armed craft designed to deny US or allied naval access to the southern Atlantic.

This pattern—forced migration, criminal proxy use, foreign alignment—is not ideological improvisation. None of these elements alone prove intent. But taken together—repeated actions, clear benefits, and use of irregular means—they show a pattern. What’s visible isn’t improvisation. It’s practiced behavior.

A Pattern Missed: Iran’s Intent and the Price of Delay

Iran’s strategic use of proxy forces—Hezbollah, Hamas, the Houthis—has been acknowledged for years. US and allied intelligence services understood the connections, tracked the weapons flows, and observed the coordination. What was lacking was not awareness, but response. The error was in treating each group as a localized or compartmentalized threat, rather than recognizing the shared logic behind them.

Iran was executing a regional irregular warfare campaign—slowly, methodically, and with plausible deniability. But recognition without response is not a challenge. By failing to confront the strategy behind the proxies, the West allowed ambiguity to become an advantage.

Identifying and acting on the pattern earlier—considering repeated behaviors, strategic alignment, and the use of irregular means—could have shifted policy from containment to disruption. We could have interdicted smuggling routes, pressured proxy infrastructure, and incentivized host governments to reject Iranian entrenchment.

Stronger deterrence, earlier information campaigns, and more coordinated multilateral efforts might have limited Iran’s ability to escalate with impunity. Instead, the absence of strategic challenge contributed to crises like the June 2025 strikes on Iran’s nuclear infrastructure, and arguably set the conditions for the October 7th Hamas massacre in Israel.

Whether October 7th was a tactical surprise is less relevant than the fact that it should not have been a strategic one. The indicators—stockpiled weapons, renewed coordination, rising incitement—were all present. What remained unacknowledged was the intent: to shock, to provoke, and to reset the regional narrative in Iran’s favor.

Clarifying intent in irregular warfare is not an academic exercise; it is a tool of prevention. It shifts policy from reaction to anticipation. US doctrine explicitly warns that adversaries “will continue to use irregular warfare as a component of their strategy to challenge the United States and its interests” (Irregular Warfare Annex, p. 2), and that “actors may not overtly reveal their intent, instead relying on proxy forces, disinformation, and deniability” (JP 3-24, p. I-6). The challenge lies in treating those warnings as operational guidance—not just theory.

Strategic Implications

If ambiguity is the tactic, intent is the signal. Recognizing this changes how irregular threats should be analyzed and countered.

Too often, irregular acts are viewed as symptoms of internal dysfunction. A migration wave is treated as a refugee crisis. TdA’s emergence is seen as a law enforcement problem. A drone program is labeled a curiosity. What this misses is the possibility that these events, together, form a pattern of strategic behavior.

US and allied responses have frequently faltered in this space. Ambiguity is mistaken for disorder, and tactical incidents are treated as unrelated. This results in a reactive posture, one that struggles to connect the dots and almost never challenges the architecture behind the behavior.

By contrast, analyzing intent through repeated behavior, strategic alignment, and irregular means offers a way to see the architecture. It allows policymakers to shift from responding to symptoms to challenging the logic of the campaign itself.

The Pentagon’s defense strategy urges a whole-of-government approach to addressing irregular threats. It emphasizes persistent engagement, partner enablement, and narrative competition. But what it does not fully develop is how to assess intent under conditions of ambiguity. This is where analytic rigor is most needed.

David Kilcullen’s writings, including Counterinsurgency and Out of the Mountains, argue that irregular warfare is about manipulating systems rather than holding ground. Actors exploit urban density, network effects, and institutional gaps. But beneath this disruption lies intent—the desire to undermine, outlast, and disorient the adversary.

When a regime like Venezuela repeatedly uses irregular methods that align with strategic goals, we should no longer consider it merely dysfunctional. We should understand it as executing an irregular campaign.

From Doctrine to Practice

Identifying intent is not a speculative exercise. This grounding is in the same logic that drives pattern-of-life analysis in counterterrorism, or target selection in covert action. The challenge in irregular warfare is that the “targets” are not always people or sites—they are behaviors, alliances, and narratives. And the goal is not elimination but neutralization: denying the adversary the ability to advance through ambiguity.

This requires a different kind of intelligence collection, one that privileges open-source material, migratory flows, financial forensics, and social media dynamics. It also demands policy tools that are calibrated to address indirect threats—legal, economic, and informational—as much as kinetic ones.

With Venezuela, the US and its allies should treat repeated behaviors as indicators of strategy, not noise. The Tren de Aragua is not just a gang; it is a proxy actor. Mass migration is not just a humanitarian outcome; it is a strategic weapon. Iran-Venezuela military cooperation is not just symbolic—it’s a strategic marker.

Iranian agents have entered Latin America on direct flights from Tehran to Caracas, where they are reportedly issued Venezuelan passports—allowing them to move freely across the region without drawing suspicion. As early as 2008–09, a former Venezuelan immigration official under then–Vice President Tarek El Aissami estimated that some 10,000 Middle Easterners per year were receiving such documents. Intelligence sources suggest this practice has expanded in recent years.

Iranian-linked terror finance and logistics operations have also spread beyond the well-known Tri-Border Area (Brazil–Argentina–Paraguay) to include locations such as the Chilean port of Iquique, Margarita Island in Venezuela, and Colón, Panama.

The implications extend beyond Venezuela and Latin America. The triad proposed here can assess other ambiguous threats, from Russian private military companies in Africa to Chinese influence operations in Southeast Asia. What matters is not whether these actors fit our existing categories, but whether their behavior reveals intent.

Conclusion

Venezuela is not drifting—it is maneuvering. What appears to be disorder may in fact be deliberate control. The regime survives not by restoring the state, but by exploiting its collapse, turning ambiguity into advantage.

This is irregular warfare. It thrives in the space between categories—bending humanitarianism, exploiting legality, and masking aggression. It persists not because it’s unseen, but because its intent goes unrecognized.

Policymakers must learn to read the signals. Intent reveals itself through repetition, coherence, and irregularity. Once understood, the mask falls away.

Ambiguity is the tactic. Intent is the message. Venezuela and Iran are speaking it. It’s time we listen. Ilustración: Enki Bilal.

12/08/2025:

https://smallwarsjournal.com/2025/08/12/decoding-intent-in-irregular-warfare/

Ilustración: Enki Bilal.

Caza de citas

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