VUELTA A LA PATRIA
Inmediatamente después de las consabidas jornadas del
23 de enero de 1958, salieron confiados de la peligrosísima clandestinidad y
retornaron del amargo exilio, numerosos venezolanos. Por supuesto, conocedores
de la historia, hoy los juramos no sólo confiados, sino superoptimistas y
dispuestos a conquistar el mundo. Sin embargo, tratando de ubicarnos en aquella
ya lejana coyuntura, sospechamos que hubo elementos para la desconfianza, la
permanente vigilia, los reiterados riesgos, las inminentes amenazas.
No pasaron muchos días y se hizo multitudinario como
festivo, el recibimiento de la dirigencia proveniente del exilio, por ejemplo.
Todo parecía indicar que la situación estaba controlada, aunque sobraron los
indicios de un retroceso sorpresivo, de un zarpazo inesperado, de una reacción
calamitosa de las fuerzas y sectores desplazados del poder.
A juzgar por el tormentoso año, en cualquier momento
podía aflorar y afloraron las conspiraciones y, así, que se sepa, en julio y en
septiembre de 1958 se alzó el ministro de la Defensa y un grupo de oficiales
que produjeron una balacera terrible al pretender tomar a Miraflores
respectivamente. Cualquier cosa y en cualquier momento podía ocurrir algo, dado
el ambiente de continua agitación que tuvo un momento estelar y desafortunado
con la visita de Nixon.
De modo que ese liderazgo no tenía ni podía tener
póliza alguna de seguro, corriendo un riesgo gigantesco. Sencillamente, se
vino, bregó, reconstruyó las instituciones. Y la coincidencia de Caldera y
Villalba para recibir a Betancourt en el aeropuerto internacional, como lo
refleja una gráfica de El Universal de aquellos días, le dijo muchísimo a la
ciudadanía.
Reproducciones: El Universal, Caracas, 1° y 10/02/1958.


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