DEL RIESGO TRANSICIONAL
Convengamos en que el
fenómeno no siempre fue llamado transición. Cambios políticos hubo desde
siempre en la historia de la humanidad y América Latina no escapó a esa
tendencia, pero llegaron a multiplicarse las mudanzas aparentes, las reformas
simuladas y las continuidades disfrazadas de novedad, haciendo indispensable
estudiar con rigor la naturaleza, los procesos, los procedimientos y las
condiciones que distinguen una verdadera transición de una simple sustitución
de élites o de una prolongación del autoritarismo.
Un problema de semejante
magnitud reclamó una reflexión igualmente seria, desarrollada principalmente
por la academia. En la década de los ochenta del siglo pasado, Guillermo
O'Donnell, Philippe C. Schmitter y Laurence Whitehead contribuyeron
decisivamente a sistematizar un campo de estudios que luego se enriqueció con
numerosos especialistas, mientras en Venezuela destacados politólogos e historiadores
empleaban y renovaban esas herramientas de análisis, sobresaliendo, a nuestro
juicio, John Magdaleno como el más visible de los expertos contemporáneos,
especialmente cuando el tema apenas encontraba eco en la opinión pública.
Hay un país nacional que
observa con radical escepticismo el reciente anuncio y la realización, por vía
telefónica y bajo coordinación estadounidense, de un diálogo entre el gobierno
y la oposición, después de una larga y frustrante experiencia de negociaciones
inconclusas. Son comprensibles las expectativas que el hecho despierta en el
país político, pero también está la necesidad de debatir con seriedad las
condiciones de una transición confiable y competente, consciente de que estos
procesos rara vez son lineales y casi nunca transcurren sin accidentes ni
retrocesos.
Adam Przeworski ha insistido
en que la incertidumbre constituye un elemento inherente a toda transición
democrática, y el caso venezolano difícilmente será una excepción por amplio
que resulte el acompañamiento internacional. A ello se agregan riesgos muy
específicos, como la persistente confusión entre Estado, gobierno y partido; la
presencia de organizaciones armadas irregulares; las migraciones interna y
externa masivas; la polarización social como un recurso desesperado; la
prolongada crisis económica; los intereses antioccidentales foráneos y, desde
luego, la necesidad de un liderazgo democrático consistente, creíble y creador.
No es aconsejable alimentar ilusiones simplistas sobre procesos que, por definición, son complejos y contradictorios. La transición no depende únicamente de la voluntad de sus actores ni de los buenos oficios de la comunidad internacional, sino también de la capacidad de construir instituciones legítimas, generar confianza recíproca y ofrecer garantías suficientes para que el cambio político resulte estable, fructífero y duradero.
Ojalá el proceso venezolano
fuese expedito, transparente y eficaz, pero la experiencia comparada demuestra
que cada transición encuentra su propio ritmo y afronta pruebas inesperadas.
Gregorio Morán, severo crítico de la transición española desde una perspectiva
de izquierda, observó provocadoramente que la rapidez suele favorecer a las
fuerzas más conservadoras, mientras la lentitud puede abrir mayores oportunidades
para las reformistas; sin necesidad de compartir enteramente esa apreciación,
conviene recordar que la verdadera discusión no consiste en la velocidad del
tránsito, sino en la calidad democrática del destino.
Ensayo gráfico: Parttendo de El Nacional, Caracas, 14/07/2014, con empleo de ChatGPT.
03/08/2026:

.jpg)
.jpg)
.jpg)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario