martes, 4 de agosto de 2026

Aula abierta

LA CONFIANZA HACE ESTADO

Luis Barragán

Todo parece caber y, al mismo tiempo, sobrar y faltar en una transición que dice haber comenzado al compás de varios episodios que requieren un tiempo razonable para que las partes lleguen a ser definitivamente representativas. Después del reciente y doble terremoto que irradió su dolor a todo el país, quedó demasiado claro que no bastarán los acuerdos políticos, la legitimación de los negociadores o el relevo parcial o total de los elencos del poder, siendo indispensable la recuperación de la noción misma del Estado y de sus capacidades.

La fortaleza del Estado depende de las capacidades institucionales que logra desarrollar para ejercer cabalmente sus funciones, aunque - aleccionados por todo el recorrido que hemos hecho en la presente centuria - reparamos en otra dimensión que ha sido menos visible: su capacidad civilizatoria. Y ésta no se refiere a la propaganda ni al adoctrinamiento forzado, el tozudo empeño de imponer la ideología oficial, o el enfermizo propósito de actualizar el pasado a través del aparato estatal.

En efecto, se trata de la aptitud de las instituciones para formar ciudadanos, transmitir normas compartidas de convivencia, sostener una inevitable y perfectible tradición republicana, generar confianza en el orden jurídico y en la realización de un destino venezolanísimamente compartido. Hablamos de un Estado cuya pedagogía nos hace pertinentemente históricos y diferenciados, capaz de resistir al poder despótico que ha desconocido los esenciales principios y valores constitucionales, presentes desde hace más de 200 años debidamente reinterpretados.

Pierre Bourdieu llamó la atención sobre el poder simbólico del Estado al recordar que éste concentra buena parte del reconocimiento que hace legítimas a las instituciones; vale decir, tiene un monopolio legítimo de la violencia simbólica. La Constitución, la escuela, la universidad, la justicia, los documentos públicos, las estadísticas, los símbolos nacionales o las ceremonias republicanas no manifiestan simples afanes protocolares, sino devienen recursos que generan una indispensable sobriedad, credibilidad, confianza, sentido de pertenencia y cohesión social.

La capacidad civilizatoria se ejerce precisamente mediante esos recursos materiales y simbólicos. Un Estado capaz no sólo administra, recauda impuestos o garantiza la seguridad, sino que también difunde una memoria a compartir, preserva el sentido del servicio público y convierte la ley en una referencia cotidiana antes que en una amenaza eventual.

La crisis venezolana consiste en que el deterioro del Estado no ha sido únicamente administrativo, económico o coercitivo, sino que también ha afectado su capacidad para producir confianza pública. Numerosas instituciones fueron vaciadas de sentido, la Constitución perdió autoridad práctica, la opacidad de las estadísticas oficiales hizo de la incertidumbre un maligno recurso político, la escuela perdió el protagonismo como formadora de ciudadanía y la promoción justa del crecimiento personal y social.

Al mermar las capacidades materiales del Estado, el poder despótico intenta compensar la pérdida con una creciente exhibición e inflación de los recursos simbólicos que pronto pierden valor, consistencia y validez. Ninguna condecoración, despliegue protocolar u oropel de ocasión logra reemplazar la genuina y absolutamente reconocible eficacia institucional, como nos aleccionó la tragedia  del estado Vargas.

Importa revertir esa desconfianza que se convierte en epicentro del desastre político y social, abandonando los hábitos republicanos, adulterando la cultura constitucional, trastocando la legitimidad en ciega obediencia exigida con o sin motivo. La confianza constituye el principal patrimonio político del Estado: una transición fiable es aquella que tiende firmemente a reivindicarla junto al ciudadano y a la ciudadanía, transmitiéndola sin imposiciones ni artificios como una tradición perfectible de generación en generación para la convivencia nacional.

Las transiciones no se definen por sus enunciados, sino por sus resultados.  La capacidad del Estado no se reduce a imponer la obediencia legítima, sino que consiste en inspirar confianza, pues, sin ella, no hay República y solo queda el poder al desnudo.

Fotografía: Inicial, tomada de la red, vista del Palacio de Miraflores a principios del siglo XX, procesada a través de ChatGPT.

04/08/2026:


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