martes, 14 de julio de 2026

¿El curso natural de las cosas?

ESTATALIDAD Y TRANSICIÓN

Luis Barragán

Justificadamente, propendemos a reclamar la democracia como soporte del cambio histórico, por supuesto, concibiéndola, aun sin advertirlo, como democracia liberal en los términos universalmente aceptados. Sin embargo, desgraciadamente probado por los recientes terremotos, todo parece indicar que la democratización difícilmente podrá consolidarse sin la reconstrucción de la estatalidad como objeto fundamental de una transición que exige discutir su naturaleza, características y alcances.

Al indagar sobre las fuerzas organizadoras del poder, Michael Mann  recuerda que las hay en el orden ideológico, económico, militar y propiamente político que generan, a su vez, recursos y organizaciones particulares con una lógica capaz de redondear la autonomía relativa del Estado. Y ese Estado crecientemente fantasmal en el presente siglo, ya no se le concibe y, menos todavía, actúa como un conjunto diferenciado de instituciones y funcionariado que implica una centralidad de las relaciones políticas, abarcando un territorio demarcado, capaz de imponer normas vinculantes con el respaldo de una fuerza física organizada, porque está reducido al gobierno como única expresión.

En efecto, por una parte, lo que se entiende  por Estado ha dependido casi exclusivamente del empleo de la fuerza que reclama como suyo el poder político que deviene despótico cuando prescinde del resto de las capacidades que, por otra, configuran el llamado poder infraestructural. Entonces, convengamos que la existencia del Estado no obedece exclusivamente al monopolio lícito y legítimo de la fuerza, sino que lo conjuga una variedad de funciones de razonable equilibrio que también lo legitiman en el orden de la seguridad, educación, telecomunicaciones, administración de justicia, recaudación fiscal, etc.

Además, concebido el Estado como la extraordinaria empresa política de una simultánea integración territorial, económica, social y cultural que organiza y coordina, desplegando todas sus capacidades, encuentra en la vida democrática y la realización de las libertades el más adecuado camino para canalizar y resolver los naturales conflictos en paz, reivindicando la dignidad de la persona humana. Degradadas esas capacidades, como la evidencia empírica lo demuestra con las consecuencias inmediatas del doble desastre natural, a punto de desaparecer, el Estado entra en una espiral de debilidad y confusión gracias a la expansión de los poderes paralelos de un despotismo infuncional, con territorios en los que ejerce una dudosa autoridad y la conformación de una ciudadanía desigual que ensaya constantemente con una migración interna y externa para la difícil subsistencia personal y familiar.

La nada convencional transición que nos espera, inaplazable en defensa nada más y nada menos que de la mismísima estatalidad, requiere de una extraordinaria conducción opositora que convierta la experiencia democrática, la liberación y la libertad como soporte esencial para la edificación y consolidación de un modelo alterno y consensuado de desarrollo. Agreguemos la adecuada implementación táctica y estratégica para salvaguardar el cambio de los accidentes, incidentes y coyunturas tan difíciles de prever, con la ineludible reacción de los adversarios.

La falta de Estado y el exceso de gobierno que aprendió a actuar sin negociar con la sociedad agobiada por una intensa propaganda que ha comprometido a la tesorería nacional por varias generaciones, desemboca en un hecho paradójico. Así, los elencos del poder establecido no gobiernan, sino que procuran sobrevivir a cualquier precio al frente de un Estado que no lo es, por lo menos, parecido al que comenzó a desarrollar sus mejores capacidades funcionales o infraestructurales desde la dictadura de Gómez, perfeccionándose con la era democrática, en el siglo XX, descompuestas progresiva y peligrosamente en la presente centuria.

Definido el objeto de la transición como la reconstrucción de la estatalidad, resta responder una pregunta decisiva: ¿Qué ocurrió con el Estado venezolano para que conservara tantas apariencias institucionales mientras perdía progresivamente sus capacidades más elementales? Quizá la respuesta no se encuentre en las conocidas categorías del Estado fallido o de otras adjetivaciones ampliamente difundidas, sino en un proceso más complejo que convendrá examinar antes de proponer cualquier estrategia de reconstrucción nacional.

Ilustración: Ernest Dewey Albinson.

Ilustración intermedia: De El Nacional. Evidentemente procesada por IA,

Fotografía: LB (CCS, 02/05/2026)..

14/07/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/estatalidad-y-transicion/

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Gracias por tu nota, Hermann

ESPIRAL DEGRADATIVA DEL ESTADO Hermann Alvino Muy interesante tu reflexión. Sin duda, el Estado venezolano conservó casi todas las aparienci...