ESTATALIDAD Y TRANSICIÓN
Justificadamente,
propendemos a reclamar la democracia como soporte del cambio histórico, por supuesto,
concibiéndola, aun sin advertirlo, como democracia liberal en los términos
universalmente aceptados. Sin embargo, desgraciadamente probado por los
recientes terremotos, todo parece indicar que la democratización difícilmente
podrá consolidarse sin la reconstrucción de la estatalidad como objeto
fundamental de una transición que exige discutir su naturaleza, características
y alcances.
Al indagar sobre las fuerzas
organizadoras del poder, Michael Mann recuerda que las hay en el orden ideológico,
económico, militar y propiamente político que generan, a su vez, recursos y
organizaciones particulares con una lógica capaz de redondear la autonomía
relativa del Estado. Y ese Estado crecientemente fantasmal en el presente siglo,
ya no se le concibe y, menos todavía, actúa como un conjunto diferenciado de
instituciones y funcionariado que implica una centralidad de las relaciones
políticas, abarcando un territorio demarcado, capaz de imponer normas
vinculantes con el respaldo de una fuerza física organizada, porque está
reducido al gobierno como única expresión.
En efecto, por una parte, lo
que se entiende por Estado ha dependido
casi exclusivamente del empleo de la fuerza que reclama como suyo el poder
político que deviene despótico cuando prescinde del resto de las capacidades
que, por otra, configuran el llamado poder infraestructural. Entonces,
convengamos que la existencia del Estado no obedece exclusivamente al monopolio
lícito y legítimo de la fuerza, sino que lo conjuga una variedad de funciones de
razonable equilibrio que también lo legitiman en el orden de la seguridad, educación,
telecomunicaciones, administración de justicia, recaudación fiscal, etc.
Además, concebido el Estado
como la extraordinaria empresa política de una simultánea integración
territorial, económica, social y cultural que organiza y coordina, desplegando
todas sus capacidades, encuentra en la vida democrática y la realización de las
libertades el más adecuado camino para canalizar y resolver los naturales
conflictos en paz, reivindicando la dignidad de la persona humana. Degradadas
esas capacidades, como la evidencia empírica lo demuestra con las consecuencias
inmediatas del doble desastre natural, a punto de desaparecer, el Estado entra
en una espiral de debilidad y confusión gracias a la expansión de los poderes
paralelos de un despotismo infuncional, con territorios en los que ejerce una
dudosa autoridad y la conformación de una ciudadanía desigual que ensaya
constantemente con una migración interna y externa para la difícil subsistencia
personal y familiar.
La nada convencional
transición que nos espera, inaplazable en defensa nada más y nada menos que de
la mismísima estatalidad, requiere de una extraordinaria conducción opositora
que convierta la experiencia democrática, la liberación y la libertad como
soporte esencial para la edificación y consolidación de un modelo alterno y
consensuado de desarrollo. Agreguemos la adecuada implementación táctica y
estratégica para salvaguardar el cambio de los accidentes, incidentes y
coyunturas tan difíciles de prever, con la ineludible reacción de los
adversarios.
La falta de Estado y el
exceso de gobierno que aprendió a actuar sin negociar con la sociedad agobiada
por una intensa propaganda que ha comprometido a la tesorería nacional por
varias generaciones, desemboca en un hecho paradójico. Así, los elencos del
poder establecido no gobiernan, sino que procuran sobrevivir a cualquier precio
al frente de un Estado que no lo es, por lo menos, parecido al que comenzó a
desarrollar sus mejores capacidades funcionales o infraestructurales desde la
dictadura de Gómez, perfeccionándose con la era democrática, en el siglo XX,
descompuestas progresiva y peligrosamente en la presente centuria.
Definido el objeto de la transición como la reconstrucción de la estatalidad, resta responder una pregunta decisiva: ¿Qué ocurrió con el Estado venezolano para que conservara tantas apariencias institucionales mientras perdía progresivamente sus capacidades más elementales? Quizá la respuesta no se encuentre en las conocidas categorías del Estado fallido o de otras adjetivaciones ampliamente difundidas, sino en un proceso más complejo que convendrá examinar antes de proponer cualquier estrategia de reconstrucción nacional.
Ilustración: Ernest Dewey Albinson.
Ilustración intermedia: De El Nacional. Evidentemente procesada por IA,
Fotografía: LB (CCS, 02/05/2026)..
14/07/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/estatalidad-y-transicion/


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