martes, 14 de julio de 2026

Gracias por tu nota, Hermann

ESPIRAL DEGRADATIVA DEL ESTADO

Hermann Alvino

Muy interesante tu reflexión. Sin duda, el Estado venezolano conservó casi todas las apariencias institucionales al tiempo que se iba desprendiendo de sus "capacidades más elementales", lo cual, como tú dices, ciertamente no es atribuible a la común adjetivación de "Estado fallido", porque este no es la causa de ese "desprendimiento", sino el efecto final.

Un ejemplo muy pertinente es el del cuento de la rana que se va cocinando sin percatarse de ello mientras la temperatura se incrementa imperceptiblemente, hasta que ya es tarde para reaccionar.

Como siempre te digo, no hace falta autoflagelarnos, puesto que ese fenómeno ya ocurrió en Italia, que es el ejemplo más directo porque ese país ya ha llegado a extremos impensables para una democracia occidental, o europea. El poder casi absoluto de la Democracia Cristiana fue tragándose todos los protocolos destinados al control de gestión a cargo de los diversos poderes del Estado, en un proceso siempre tutelado por EE. UU. a cuenta del temor a que el comunismo soviético penetrara formalmente en las instituciones italianas. Esa pérdida de controles administrativos desató una corrupción sistémica irreversible que provocó un juicio histórico que, al final, liquidó aquella república. Pero, paradójicamente, en vez de acabar con la corrupción, se abrió el ciclo histórico de Berlusconi, con su rostro joven de promesas de tipo chavista de renovación total, cuando en realidad él era el mal estatal en persona, un pionero de la descomposición institucional frente al cual Trump es un angelito. Ahorro detalles de las travesuras ocurridas en los últimos treinta años, de todos los partidos, inspiradas en ese berlusconismo y avaladas por los mismos italianos. Italia, en la actualidad, dejó de ser una democracia seria.

Pero aquella degeneración institucional no fue cosa de un día, ni de un período legislativo, sino que se fue consolidando durante las décadas, con una que otra ley al parecer inofensiva, uno que otro tribunal o juez prevaricador al cual no se le puso correctivo porque los políticos comenzaron a cuidar sus cargos y ello exigía no "mojarse", no hacer adversarios. De repente, uno que otro amiguito(a) ocupa un cargo interesante pasando por encima de la carrera administrativa; un contralor mira para otro lado con relación a una licitación cuyo monto fue dividido en varias partes para saltarse los controles, etc., y al final el Estado, como tal, deja de reaccionar, puesto que la dejadez o laxitud institucional, y la prevaricación y la corrupción, coparon esos centros de decisión.

Otro buen ejemplo es el mantenimiento de infraestructuras. Dejemos de inspeccionar un ascensor cuyo uso es intensivo y a veces abusivo, o eliminemos una rutina de limpieza en las estaciones del metro, o una pequeña inspección en los rodamientos de las ruedas de los vagones, o dejemos de parchear los huecos de las calles, o parchearlos mal, y al final todo se nos vendrá encima por la acumulación de esos pequeños detalles cuyo abordaje se iba descuidando.

Lo que genera indignación es que todo ello se sabía, porque todos sabían que la dejadez tribunalicia o la permisividad ante la corrupción no se autorregula, sino que tiende a crecer como la entropía; al fin y al cabo, ambos términos son sinónimos de desorden. Todos saben que descuidar el mantenimiento equivale a la degradación de una infraestructura que, al final, será irreversible y se tendrá que sustituir por una nueva.

Por eso es que en Venezuela hará falta un Estado "nuevo", sin andar perdiendo tiempo en los detalles de las causas de la actual degeneración, porque estas están más que claras; esto es, una élite civil de la democracia y luego del chavismo, con una élite militar junto a esta última, que, en vez de gobernar en función del bien común y de la preservación del Estado, se dedicaron a esquilmarlo, pensando cada uno de ellos(as) que su pecadillo de corruptelas, de prevaricación o de mirar para otro lado era solo un gesto insignificante que no iría a cambiar nada, sin percatarse de que, si gestos así los realizan miles de funcionarios, el efecto final será el derrumbamiento institucional.

Pero, infortunadamente, ese crimen de gobernanza no solo es protagonizado por esas élites, sino que también lo es por el ciudadano, con su indiferencia, con su voto cómplice, con su falta de voluntad para participar en la selección de gente decente para ser candidatos de los diversos partidos. Y con ello se cierra el círculo.

Pero, por otra parte, que no nos quepa duda de que, por más que un país, un pueblo y unas élites gobernantes decentes se propongan mantener la decencia y la eficacia estatal, la gobernanza siempre sufrirá fuerzas centrífugas que, con el paso del tiempo, costará cada vez más mantener a raya. Es en medio de ciertos descuidos institucionales, sea por mala voluntad o porque en ese ciclo le tocó a una camada de gobernantes más incompetente o insensible a esta realidad, que se van colando los farsantes cuyo trabajo será comerse al sistema desde sus mismas entrañas, con esa ley al parecer inofensiva mencionada anteriormente, o directamente con una labor de zapa manifestada en los conocidos mensajes antisistema, a los cuales siempre habrá alguien dispuesto a aceptar. En este sentido, con relación a eternizar una democracia decente, creo que hay que ser pesimistas y tener claro que, en algún momento, nuestra imperfección humana degradará el Estado que nos ha tocado gestionar y habrá que empezar de nuevo, con nueva gente que crea en los valores de ese contrato social que sus antecesores liquidaron sin pestañear.

Pero bueno, estas son ideas sueltas... Gracias por enviarme tus posts.

(*) Respuesta por WhatsApp al articulo LB sobre estatalidad y transición:

Ilustración: Burt Lewis.

Cfr.

https://apuntaje.blogspot.com/2026/07/el-curso-natural-de-las-cosas.html

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Gracias por tu nota, Hermann

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