ESPIRAL DEGRADATIVA DEL ESTADO
Hermann Alvino
Muy interesante tu
reflexión. Sin duda, el Estado venezolano conservó casi todas las apariencias
institucionales al tiempo que se iba desprendiendo de sus "capacidades más
elementales", lo cual, como tú dices, ciertamente no es atribuible a la
común adjetivación de "Estado fallido", porque este no es la causa de
ese "desprendimiento", sino el efecto final.
Un ejemplo muy pertinente es
el del cuento de la rana que se va cocinando sin percatarse de ello mientras la
temperatura se incrementa imperceptiblemente, hasta que ya es tarde para
reaccionar.
Como siempre te digo, no
hace falta autoflagelarnos, puesto que ese fenómeno ya ocurrió en Italia, que
es el ejemplo más directo porque ese país ya ha llegado a extremos impensables
para una democracia occidental, o europea. El poder casi absoluto de la Democracia
Cristiana fue tragándose todos los protocolos destinados al control de gestión
a cargo de los diversos poderes del Estado, en un proceso siempre tutelado por
EE. UU. a cuenta del temor a que el comunismo soviético penetrara formalmente
en las instituciones italianas. Esa pérdida de controles administrativos desató
una corrupción sistémica irreversible que provocó un juicio histórico que, al
final, liquidó aquella república. Pero, paradójicamente, en vez de acabar con
la corrupción, se abrió el ciclo histórico de Berlusconi, con su rostro joven
de promesas de tipo chavista de renovación total, cuando en realidad él era el
mal estatal en persona, un pionero de la descomposición institucional frente al
cual Trump es un angelito. Ahorro detalles de las travesuras ocurridas en los
últimos treinta años, de todos los partidos, inspiradas en ese berlusconismo y
avaladas por los mismos italianos. Italia, en la actualidad, dejó de ser una
democracia seria.
Pero aquella degeneración
institucional no fue cosa de un día, ni de un período legislativo, sino que se
fue consolidando durante las décadas, con una que otra ley al parecer
inofensiva, uno que otro tribunal o juez prevaricador al cual no se le puso
correctivo porque los políticos comenzaron a cuidar sus cargos y ello exigía no
"mojarse", no hacer adversarios. De repente, uno que otro amiguito(a)
ocupa un cargo interesante pasando por encima de la carrera administrativa; un
contralor mira para otro lado con relación a una licitación cuyo monto fue
dividido en varias partes para saltarse los controles, etc., y al final el
Estado, como tal, deja de reaccionar, puesto que la dejadez o laxitud
institucional, y la prevaricación y la corrupción, coparon esos centros de
decisión.
Otro buen ejemplo es el
mantenimiento de infraestructuras. Dejemos de inspeccionar un ascensor cuyo uso
es intensivo y a veces abusivo, o eliminemos una rutina de limpieza en las
estaciones del metro, o una pequeña inspección en los rodamientos de las ruedas
de los vagones, o dejemos de parchear los huecos de las calles, o parchearlos
mal, y al final todo se nos vendrá encima por la acumulación de esos pequeños
detalles cuyo abordaje se iba descuidando.
Lo que genera indignación es
que todo ello se sabía, porque todos sabían que la dejadez tribunalicia o la
permisividad ante la corrupción no se autorregula, sino que tiende a crecer
como la entropía; al fin y al cabo, ambos términos son sinónimos de desorden.
Todos saben que descuidar el mantenimiento equivale a la degradación de una
infraestructura que, al final, será irreversible y se tendrá que sustituir por
una nueva.
Por eso es que en Venezuela
hará falta un Estado "nuevo", sin andar perdiendo tiempo en los
detalles de las causas de la actual degeneración, porque estas están más que
claras; esto es, una élite civil de la democracia y luego del chavismo, con una
élite militar junto a esta última, que, en vez de gobernar en función del bien
común y de la preservación del Estado, se dedicaron a esquilmarlo, pensando
cada uno de ellos(as) que su pecadillo de corruptelas, de prevaricación o de
mirar para otro lado era solo un gesto insignificante que no iría a cambiar
nada, sin percatarse de que, si gestos así los realizan miles de funcionarios,
el efecto final será el derrumbamiento institucional.
Pero, infortunadamente, ese
crimen de gobernanza no solo es protagonizado por esas élites, sino que también
lo es por el ciudadano, con su indiferencia, con su voto cómplice, con su falta
de voluntad para participar en la selección de gente decente para ser
candidatos de los diversos partidos. Y con ello se cierra el círculo.
Pero, por otra parte, que no
nos quepa duda de que, por más que un país, un pueblo y unas élites gobernantes
decentes se propongan mantener la decencia y la eficacia estatal, la gobernanza
siempre sufrirá fuerzas centrífugas que, con el paso del tiempo, costará cada
vez más mantener a raya. Es en medio de ciertos descuidos institucionales, sea
por mala voluntad o porque en ese ciclo le tocó a una camada de gobernantes más
incompetente o insensible a esta realidad, que se van colando los farsantes
cuyo trabajo será comerse al sistema desde sus mismas entrañas, con esa ley al
parecer inofensiva mencionada anteriormente, o directamente con una labor de
zapa manifestada en los conocidos mensajes antisistema, a los cuales siempre
habrá alguien dispuesto a aceptar. En este sentido, con relación a eternizar
una democracia decente, creo que hay que ser pesimistas y tener claro que, en
algún momento, nuestra imperfección humana degradará el Estado que nos ha
tocado gestionar y habrá que empezar de nuevo, con nueva gente que crea en los
valores de ese contrato social que sus antecesores liquidaron sin pestañear.
Pero bueno, estas son ideas
sueltas... Gracias por enviarme tus posts.
(*) Respuesta por WhatsApp al articulo LB sobre estatalidad y transición:
Ilustración: Burt Lewis.
Cfr.
https://apuntaje.blogspot.com/2026/07/el-curso-natural-de-las-cosas.html

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