DE LA INTERNALIZACIÓN Y DEFENSA DE LOS VALORES Y DE LA TRANSICIÓN MISMA
Semanas atrás, en un texto crítico en torno a Trump y
su país, Eduardo Serra aseguró para ABC de Madrid que Estados Unidos ha
interiorizado la democracia liberal hasta en los tuétanos. Y, siendo harto
interesantes las razones por las cuales le resulta imposible cultivar
exclusivamente sus propios intereses, en la era del terrorismo y la
deslocalización industrial, no luce difícil constatar la profundidad de sus
creencias en un régimen de libertades democráticas. No obstante, es cuestión de
las pocas o muchas horas que se tengan acumuladas de una vida inspirada en los
principios y valores correspondientes.
En efecto, mal que bien, con todos sus vicios y
fallas, Venezuela tuvo una cultura democrática con la hondura de varias décadas
consecutivas que hizo ingenuamente posible el ascenso de Hugo Chávez al poder a
través de unos limpios comicios como él mismo, después, jamás llegó a ver de
nuevo. Progresivamente, algo por todos conocido, aquella primigenia promesa de
un saneamiento de la administración de justicia de cuyo principal operador
nadie se acuerda, se convirtió en un desmontaje calculado y progresivo del
Estado de Derecho hasta llegar a extremos inauditos ¡en nombre de la mismísima Constitución!
La del gran país del norte tiene una reconocida
trascendencia de dos continuos siglos y medio, pero aún en medio de una cultura
del pluralismo, bajo el imperio de la ley y la funcionalidad de las
instituciones democráticas, puede prosperar un autoritarismo o un totalitarismo
de novedosos perfiles y hábiles ropajes. Por cierto, una distopía de interés
para la literatura que ejemplificamos con Sinclair Lewis y su “Eso no puede
pasar aquí” (1935), o Margaret Atwood y su “El cuento de la criada” (1985)
llevada al cine por Volker Schlöndorff (1990).
Serra tiene razón al destacar la fuerza de una cultura
democrática, pero sería erróneo deducir que, por muy arraigada que ésta se
encuentre, un sistema político está exento de amenazas y peligros. Agreguemos
que una cultura democrática consolidada dispone de mecanismos de prevención y
alerta que ayudan a preservar las libertades: no es casual que una sociedad
como la estadounidense cuente con un vigoroso mercado editorial y
cinematográfico capaz de anticipar, debatir e incluso perfilar los riesgos
autoritarios. Se trata de un recurso cultural del que carecemos ampliamente en
Venezuela y cuya reconstrucción también forma parte de las tareas de una futura
transición democrática.
Entonces, importa y mucho la interiorización o
internalización de los principios y valores democráticos, aunque no constituya
la única garantía para ahorrarnos las amargas experiencias autoritarias. Desde
el instante en que dejamos de promover y hacer, pregonar y testimoniar esos
principios y valores, hubo oportunidades para el pesimismo distópico pintado de
un irresponsable festejo del futuro concedido gratuitamente por los mesianismos
de ocasión, los benefactores de circunstancias, los dadores de una coyuntura
fríamente elaborada.
Promoción, pregón y testimonio que resultan
indispensables al entrar en la fase de transición y en el intento de enderezar
los entuertos mientras caminamos hacia ella, y que tenga a todas las
organizaciones de la sociedad civil y la más especializada de sus expresiones,
los partidos, como propulsores estelares. Además, en estos tiempos digitales,
abaratando mucho el esfuerzo que antes requería únicamente de la
presencialidad, importan los cursos, talleres, conferencias, cuñas, libros, conversaciones,
foros, magazines y hasta dramatizaciones
que nos digan para comenzar qué es la libertad democrática y sus cómo, dónde,
cuándo, etc.
Un modo eficaz de internalizar y defender los valores
y la transición democrática misma.
Ilustración: Guy Billout.
13/07/026:

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