LA MESA DE NEGOCIACIÓN NO
EQUIVALE A UNA COALICIÓN DE GOBIERNO
Luis Barragán
Quizá el escepticismo y la
cautela sean los términos que mejor expresen el clima del país político en la
actualidad, mientras la desconfianza continúa corriendo por las veredas del
país nacional. Tal circunstancia reclama una paciente y sostenida labor de
orientación cívica que, desde luego, no puede ser encabezada por un gobierno
carente de la autoridad moral indispensable para hacerlo: corresponde, más
bien, a la oposición genuinamente democrática, a los partidos políticos, a las
organizaciones de la sociedad civil y a los centros de pensamiento explicar,
con ponderación, qué significa una transición política, cuáles son sus límites
y cuáles sus propósitos.
No deja de sorprender la
rapidez con la que comienza a consolidarse un imaginario según el cual la
reciente instalación de una mesa de diálogo equivale a la conformación de una
coalición de gobierno y, por consiguiente, cualquier asunto nacional e incluso
local deba ventilarse y resolverse en esa instancia. De prosperar semejante
percepción, terminará por deformar las expectativas ciudadanas sobre el difícil
proceso en curso y por atribuirle responsabilidades que simplemente no le
corresponden.
Toda negociación política
parte de un objeto determinado y de una finalidad específica. Las legítimas
aspiraciones al cambio democrático, pacífico y verificable, no pueden
confundirse con la conformación de un equipo llamado a sustituir el
funcionamiento ordinario del Estado ni a asumir atribuciones propias de los
órganos del Poder Público. Semejante interpretación constituye un error
conceptual y un evidente absurdo político.
La dirección del Estado
continúa ejerciendo responsabilidades inherentes e intransferibles. La atención
de las emergencias nacionales, la conducción de la administración pública, la
ejecución del presupuesto, la seguridad ciudadana, la política exterior y la
defensa de la soberanía territorial permanecen bajo esa responsabilidad, sin
que una mesa de negociación pueda reemplazarla ni compartirla.
La transición democrática
tampoco constituye una fórmula providencial capaz de resolver, simultáneamente,
todas las vicisitudes nacionales. La negociación representa un instrumento
extraordinario para hacer posible la recuperación institucional del país, pero
no sustituye el ejercicio regular del poder ni exonera al gobierno de las
obligaciones que constitucionalmente le incumben. Confundir ambos planos solo
contribuye a incrementar la frustración ciudadana y a erosionar la credibilidad
del propio proceso.
Conviene recordar, además,
que la finalidad de la transición consiste en restablecer las capacidades
institucionales del Estado, devolver la legitimidad al Poder Público y reabrir
los cauces de la vida democrática. Todo aquello que exceda ese propósito deberá
ser atendido por las autoridades legítimamente constituidas, una vez culminada
la etapa inicial del proceso.
La mayor contribución que
hoy pueden ofrecer los partidos políticos, las organizaciones de la sociedad
civil y los sectores académicos consiste en desarrollar una paciente pedagogía
de la transición. Resulta indispensable explicar que una mesa de negociación no
representa una asociación permanente entre gobierno y oposición, ni una
coalición destinada a compartir el ejercicio del poder. Constituye, antes bien,
un mecanismo excepcional para acordar las condiciones que hagan posible la
recuperación de la institucionalidad democrática. Solo desde esa comprensión
será posible evitar falsas expectativas y preservar el verdadero sentido del
proceso político en curso.
Este precioso relato resulta
ser una hermosa metáfora de nuestra vida. Abandonada la lectura literalista
que, además de no corresponder a la intención del redactor, lo empobrece y
falsifica, hallamos en él una “descripción” de nuestro modo de funcionar cuando
estamos instalados en el ego (en la lectura que nuestra mente hace de las
circunstancias).
En la “barca” del ego, nos
sentimos fácilmente sacudidos por todo tipo de olas, llenos de miedos y
creyendo ver fantasmas alrededor.
Miedos y fantasmas, sin embargo,
se disipan en cuanto salimos de las interpretaciones que nuestra mente hace de
las cosas, y nos anclamos en el “Yo soy”, nuestra identidad última, aquella que
compartimos con todos los seres.
En ella, aceptamos lo que
acontece, la mente se silencia… y retorna la paz. Porque nuestra identidad más
profunda se halla siempre a salvo. El “Yo soy” –la Consciencia de ser- no puede
ser afectado negativamente por nada. Reconocerse en esa identidad y vivirse
conectado a ella es el culmen de toda sabiduría.
En esto consiste toda la
“destreza”, según lo expone Papaji: “Lo que sea que venga, déjalo venir; lo que
quede, déjalo estar; lo que se va, déjalo ir. Quédate callado y adora al Ser”.
En el reconocimiento de que el “Ser” no es una realidad que corriera paralela a
nosotros, que se hallara “fuera” o nos resultara extraña. El Ser es otro nombre
de nuestra verdadera identidad, que se expresa en la personalidad que tenemos.
Por eso, el mismo Papaji concluye: “Durante todas las actividades de la vida
recuerda siempre que tú eres el Ser”.
Al identificarnos con
nuestra personalidad (o yo), desconectamos de nuestra identidad, nos encerramos
en la “barca” del ego, y ahí todo se vuelve oscuridad, oleaje, confusión, miedo
y sufrimiento.
A veces, aun estando en la
“barca”, notamos el impulso de ir “más allá”, de trascender ese pequeño
encierro y lanzarnos al mar abierto del “Yo soy”. Tal impulso no es sino
expresión de nuestra misma identidad que, en forma de Anhelo, clama en
nosotros, a pesar incluso de nuestra ignorancia.
Algo nos dice que la Vida es
más que los hábitos a los que la hemos reducido y la rutina a la que nos hemos
acostumbrado; y que nosotros no somos el ego que nuestra mente piensa, por más
que habitualmente nos hayamos vivido desde él. Nos fiamos de aquella “voz” que
viene de no sabemos dónde y salimos de la estrechez que nos aprisionaba.
Sin embargo, suele ser tan
grande la inercia de generaciones y de toda nuestra propia vida, que basta
sentir la “fuerza del viento”, para que el miedo se apodere de nuevo de
nosotros y pensemos que nos estamos hundiendo.
“¡Qué poca fe!”, dice Jesús
a Pedro. Qué poca certeza en lo que somos. La mano que agarra a Pedro no es
otra que el “Yo soy”, identidad en la que Jesús se reconocía y que todos
compartimos con él. Para no ser víctimas del miedo, necesitamos cultivar el
contacto y la conexión con quienes realmente somos: esa es la única plataforma
donde es posible la paz y la sabiduría.
Por eso, puede venirnos bien
la enseñanza de Nisargadatta: “Rechace todos los pensamientos excepto uno: «Yo
soy». La mente se rebelará en el comienzo pero, con práctica, paciencia y
perseverancia, cederá y se mantendrá en calma. Una vez que usted esté en calma,
las cosas comenzarán a suceder espontáneamente y de forma totalmente natural, sin
ninguna interferencia de su parte.
No se preocupe por nada que
usted quiera, piense o haga; solo permanezca establecido en el
sentimiento-pensamiento «Yo soy«, enfocando «Yo soy» firmemente en la mente. En
el momento que usted se desvíe, recuerde: todo lo que es perceptible y
concebible es pasajero, y solo el «Yo soy» permanece. Después de todo, el único
hecho del que usted está seguro es de que «usted es». El «Yo soy» es seguro, el
«Yo soy esto» no lo es”.
LOS LÍMITES DEL MODELO DE
TRANSICIÓN PACTADA APLICADO A VENEZUELA
Douglas C. Ramírez Vera
1. Introducción: La
paradoja de la “transitología” en contextos no convencionales
El debate contemporáneo
sobre los procesos de democratización suele recurrir al marco conceptual
expuesto en reflexiones como «Transiciones pactadas, arquitectos grises»
(https://tinyurl.com/22nembmd). Esta perspectiva sostiene que las salidas
institucionales a regímenes autoritarios no son fruto de gestas épicas ni de
insurrecciones espontáneas, sino del pragmatismo de élites políticas,
económicas y castrenses que negocian costos, garantías y cuotas de poder.
Casos paradigmáticos como la
Mesa Redonda en Polonia (entre Solidaridad y el Partido Comunista), el proceso
CODESA en Sudáfrica (Mandela y De Klerk), el plebiscito de 1988 en Chile, o las
aperturas graduales en Brasil y Portugal fundamentan esta tesis: la
movilización popular gatilla la crisis, pero son los «arquitectos grises»
quienes redactan el pacto de gobernabilidad.
Sin embargo, la
extrapolación lineal de este modelo al caso venezolano tropieza con severas
distorsiones analíticas. La transitología clásica presupone la existencia de un
"desgaste acumulado" que impacta de forma transversal tanto a la
sociedad civil como al bloque hegemonizado en el poder. Un análisis riguroso de
la dinámica venezolana exige examinar las condiciones de entrada de este
esquema, demostrando que la profunda asimetría en la distribución de los costos
de la crisis altera de manera determinante la viabilidad de una negociación
pactada.
2. Anatomía comparada:
Chile 1982 vs. Venezuela contemporánea
El caso chileno se cita
recurrentemente como el estándar de la transición negociada bajo tutela
militar. En Chile, la dictadura de Augusto Pinochet terminó aceptando una hoja
de ruta electoral que incluía mecanismos de protección institucional para el
estamento militar (senadores designados, autonomía presupuestaria y blindaje legal).
No obstante, el verdadero catalizador de dicha apertura fue la crisis económica
de 1982. El colapso del modelo neoliberal de los Chicago Boys, el desempleo
masivo y la quiebra del sistema financiero no solo castigaron a la ciudadanía,
sino que fracturaron la cohesión de la élite empresarial que sostenía al
régimen y erosionaron la estabilidad de los ingresos reales en los mandos
militares intermedios.
En Venezuela, por el
contrario, la hiperinflación, la severa contracción del PIB y la destrucción sistemática
del salario real no han producido un efecto análogo sobre la cúpula gobernante.
La diferencia estructural radica en los mecanismos de externalización del costo
desplegados por el régimen:
·Militarización de la renta:
Los altos mandos militares no dependen del presupuesto público ni del salario
formal, sino del control directo sobre empresas estatales, la explotación
minera, la administración portuaria, la importación de alimentos y los mercados
paralelos.
·Desconexión del rendimiento macroeconómico: La
élite gobernante capta renta en divisas o bienes de alto valor, aislando sus
ingresos personales del impacto inflacionario que devasta al ciudadano
asalariado.
·Cooptación y represión selectiva: La
combinación de transferencias clientelares dirigidas a sectores vulnerables con
una estructura de represión preventiva eleva el costo individual de la protesta
a niveles catastróficos.
A la militarización interna
de la renta se le suma una dimensión geopolítica insoslayable: la presencia e
influencia de actores militares de escala internacional en el entorno
estratégico nacional (desde operaciones de seguridad del Comando Sur en áreas
costeras como La Guaira hasta alianzas de inteligencia exógenas). Mientras que
en Chile la presión geopolítica estadounidense buscaba canalizar la salida
mediante el plebiscito, en el caso venezolano el factor militar externo opera
como una variable que altera los cálculos de disuasión, el control de
infraestructuras críticas y los costos de oportunidad del núcleo duro del régimen.
3. Matriz comparativa de
la dinámica de transición
A continuación, se sintetizan las divergencias
estructurales entre el modelo clásico de transición pactada y la realidad del
conflicto venezolano:
4. Coincidencias teóricas
y el rol inevitable del estamento castrense
A pesar de las marcadas
diferencias en la distribución de costos, existe una coincidencia analítica
insoslayable entre la teoría de las transiciones pactadas y la realidad
venezolana: la inevitabilidad del factor militar en la ecuación de
gobernabilidad. Tanto en el esquema clásico como en la eventual resolución del
conflicto venezolano, cualquier ventana de oportunidad requerirá el diseño de
incentivos institucionales y garantías de seguridad para el estamento
castrense.
Pretender una restauración
democrática que desconozca la capacidad de veto de las Fuerzas Armadas resulta
inviable. La redacción de marcos de amnistía, la definición de áreas de
preservación institucional y la reestructuración gradual del sistema de
justicia constituyen requisitos técnicos indispensables. La coincidencia radica
en la forma de la negociación; la divergencia, en el momento en que dicha
negociación se vuelve realmente atractiva para quienes ostentan la fuerza.
5. Conclusión: El umbral
real del cambio institucional
El examen honesto del modelo
de transición pactada demuestra que el "sentido de oportunidad" de la
clase política no debe medirse por la profundidad del sufrimiento social, sino
por el nivel de afectación de los actores con capacidad de veto. El régimen
venezolano no resiste las crisis; las redistribuye. Mientras el diseño
institucional permita proteger al núcleo duro militar y político mediante la
asignación de rentas exógenas, el umbral donde negociar resulta preferible a
resistir continuará desplazándose.
El marco analítico de las
transiciones pactadas mantiene su valor heurístico, pero su aplicación al caso
venezolano exige abandonar las lecturas voluntaristas. La posibilidad de un
acuerdo negociado no surgirá del colapso del bienestar ciudadano, sino del
momento preciso en que las variables económicas internacionales, el agotamiento
de los mecanismos de evasión rentística o las tensiones internas fracturen la
capacidad de la cúpula para seguir externalizando el costo de la crisis.