DEJAR CAER LAS ETIQUETAS
(San Mateo 15, 21-28)
Enrique Martínez Lozano
Los estudiosos judíos que se
han acercado a la figura de Jesús (Joseph Klausner, Schalom Ben Chorim, Pinchas
Lapide, Geza Vermes, David Flusser, Jacob Neusner, Mario Javier Saban…)
insisten, con razón, en el carácter judío del Maestro de Nazaret. Denuncian la
des-judaización a que lo sometió la teología cristiana y se rebelan contra la
pretensión de esa misma teología cuando afirma una supuesta superioridad ética
del cristianismo con respecto al judaísmo. A quien le interese toda esta
cuestión, le recomiendo la lectura del libro de M.J. SABAN, El judaísmo de
Jesús. Las enseñanzas éticas de la Torá y de la tradición israelita de Yeshua
de Nazaret, edición del autor, Buenos Aires 2008. (www.mariosaban.com).
Y algunos de ellos se apoyan
en este texto para mostrar la reacción de Jesús como la propia de un rabino
judío de la época. Su mensaje se dirigía únicamente al pueblo de Israel, por lo
que ignora la súplica de la mujer cananea. Más aún, ante la insistencia, Jesús
se dirige a ella con el despectivo término (“perros”) que usaban los judíos
para referirse a los gentiles.
Nos encontramos, por tanto,
ante un rabí judío, fiel a la tradición de su pueblo, aunque en tantos otros
puntos ofreciera una interpretación novedosa de aquella misma tradición, en la
línea del rabino Hillel, el Anciano.
¿En qué consiste la novedad
de la situación que se refleja en este relato? Parece claro que en la
flexibilidad de Jesús, que no duda en modificar su perspectiva en cuanto,
gracias a la actitud de la mujer cananea, se abre a un horizonte mayor.
No parece exagerado decir
que Jesús vivió aquí una experiencia de “conversión”. De pronto, se dejó
“salir” de un esquema preestablecido, sancionado por la tradición de su pueblo,
abriéndose a la novedad desconcertante que rompía las barreras nacionales y
religiosas.
Gracias a esa nueva
perspectiva, cayó la etiqueta con la que un judío miraba a los gentiles
(“perros”) y fue posible una relación sencillamente humana, más allá de
barreras o fronteras artificialmente construidas.
En realidad, “pensar”
equivale a poner etiquetas. Por eso, creemos que, pensando, nos acercamos a la
verdad, pero bien pudiera ocurrir justamente lo contrario. Porque, en el hecho
mismo de pensar, lo que hacemos es sobreimponer nombres y formas a cualquier
realidad, acontecimiento o persona que aparece ante nosotros. Por eso mismo,
más que “ver”, lo “interpretamos” desde nuestros juicios previos.
Cuando eso ocurre –y es lo
más habitual mientras estamos en la mente-, no solo no vemos con limpieza, sino
que desfiguramos y falseamos la realidad. Es decir, con frecuencia, el
pensamiento nos aleja de la verdad. Hasta el punto de que tomamos como “verdad”
lo que no es sino una convención social, sostenida por nuestros esquemas
mentales.
Ese es el funcionamiento
típico del ego. Dado que el ego no es otra cosa que nuestra identificación con
la mente, solo sabe moverse a partir de las etiquetas que esta le muestra. Con
un añadido: coloreará todas ellas con un “me gusta” o “no me gusta”, y hará de
este juicio su única ley.
El ego es rígido, porque se
ve obligado a una búsqueda afanosa y ansiosa de seguridad. Por ello, rechazará
cualquier “novedad”, y exigirá que la realidad se acomode invariablemente a sus
propios criterios.
«La verdad –decía
Krishnamurti- está en la observación de lo que es. Verse a uno mismo tal como
es, es el principio y final de toda búsqueda”. La Verdad no está en la mente,
sino que es una con la Realidad. Y, para verla, necesitamos serla, lo cual
requiere aprender a silenciar la mente, para tomar distancia de sus esquemas y
etiquetas.
14/08/2014:
https://www.feadulta.com/dejar-caer-las-etiquetas/
Reproducción: Annibale Carracci y Ally Barrett (“The One with the Crumby Dog”).
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