LA RISA DEL VASALLO Y LA AGONÍA DE LA PLAZA PÚBLICA
Jonatan
Alzuru Aponte
La
tarea esencial de la filosofía política es comprender. A ese empeño he dedicado
mis mayores esfuerzos durante los últimos años, con una terquedad que hoy se me
revela trágica. Porque debo confesarlo sin rodeos ni complacencias: siento un fracaso
consistente. No comprendo. A ratos me asalta la duda de si este abismo de
incomprensión no es más que el desgarro inevitable del exilio, ese
extrañamiento feroz que nos hace mirar la tierra en que nacimos como si fuera
un territorio de sombras cuya gramática moral hemos olvidado.
¿Cómo
comprender a compatriotas que ríen, se mofan y convierten en chiste de red
social el contrapunteo grotesco entre la vocera del régimen y la retórica del
imperio en la tribuna de las Naciones Unidas? Ese teatro diplomático se digiere
en nuestras pantallas como simple comedia de consumo. La burla ramplona se ha
convertido en nuestra anestesia preferida, esa catarsis portátil que nos
persuade de estar combatiendo al poder mientras solo acumulamos interacciones.
Pero cada risa dirigida contra el adversario de turno es, en rigor, una mueca
contra nosotros mismos; revela el júbilo patético del siervo que celebra la
torpeza del capataz sin percatarse de que comparte el mismo cepo y respira la
misma mugre. La sátira no es aquí el estilete de los libres, sino el consuelo
de los vencidos.
Entretanto,
el debate público nacional —si es que aún podemos usar semejante categoría sin
caer en el sarcasmo más vil— se reduce a la histeria episódica: que si una
dirigente entra o no entra al país, que si las encuestas la coronan como la
salvadora definitiva de nuestras miserias. ¿Acaso ese es el problema político
de fondo? Nos hemos vuelto adictos a la figura del redentor, incapaces de
asumir la libertad como un ejercicio exigente y cotidiano de una comunidad con
un horizonte de sentido. El personalismo lo tenemos tan incrustado en los
tuétanos que nos resulta imposible pensar la política como una empresa
comunitaria. Aguardamos al taumaturgo de turno mientras el presidente
norteamericano nos trata como simple botín de guerra, declarando con brutal
desenvoltura que tiene derechos sobre nuestros recursos naturales y fijando el
precio de nuestra dignidad. Y la respuesta social es el encogimiento de
hombros.
La
conducta del imperio no debería sorprender a nadie: la fuerza que se expande
sin contrapesos obedece a la fría lógica del dominio, la oportunidad y el
saqueo legitimado. Tampoco sorprende la obsesión de quienes usurpan el poder en
Caracas. Si Maquiavelo describe que la realidad del ejercicio del poder es
conservarlo a toda costa, aquí hemos presenciado su versión más vil y
descompuesta: ante la incapacidad de sostener el Estado, la táctica predilecta
del régimen ha sido subastar la soberanía al mejor postor y perfeccionar los
mecanismos de control social para garantizar su propia supervivencia. Eso no es
alta política; es la botánica primaria de la tiranía. Lo verdaderamente
incomprensible, lo que produce una indignación amarga y una náusea intelectual,
es la pasividad complaciente de la comunidad.
Vivimos
en una apatía suspendida, esperando a que los dueños de la fuerza decidan
conceder unas elecciones para entonces, sí, activar el modo campaña,
desempolvar los mitos patrios, citar las encuestas con fe carbonera y
autoengañarnos pensando que la historia cambiará por arte de magia o porque una
dirigente recorra el país cargada de rosarios. Se nos olvidó —o tal vez nunca
lo supimos— que la política no es la contemplación pasiva de espectáculos
ajenos ni el consumo analfabeto de slogans, sino el arte de la acción
concertada: la creación de un espacio compartido de pluralidad donde la palabra
ciudadana cobra peso al hacerse acto y transformar la realidad.
En
un texto anterior —“El veto republicano contra el remate de la soberanía”— me
atreví a formular una propuesta directa a nuestra comunidad: ¿acaso no podemos
impulsar un referéndum para deslegitimar, desde la soberanía ciudadana, todo
acuerdo o convenio que los déspotas locales firmen con las potencias
internacionales? ¿No es factible utilizar los instrumentos a nuestro alcance
para gritarle al mundo que nos negamos a ser mercancía? La respuesta fue el
vacío. El silencio temeroso. Y, en los sectores más "atrevidos", el
rechazo de plano bajo la premisa de la imposibilidad. Perfecto, el disenso es
legítimo. Pero, ¿cuál es la alternativa que proponen? ¿El tuit mordaz? ¿La
plegaria al diplomático extranjero? ¿La resignación del espectador que celebra
su propia ruina con un meme ingenioso?
El
verdadero drama no es únicamente la tiranía que nos oprime, sino la servidumbre
voluntaria que hemos aprendido a naturalizar: esa huelga de cerebros colectiva
y al parecer indefinida. El vasallaje es nuestra verdadera enfermedad moral.
Resulta mediocre y degradante que la conversación de un país en ruinas se circunscriba
a la peripecia individual de un líder o a la sátira del momento, mientras
renunciamos cobardemente a constituirnos como pueblo libre y a reclamar la
conducción de nuestro destino.
Cierro
estas líneas con una sospecha amarga. A veces dudo del sentido de insistir en
la palabra cuando el ruido sordo del espectáculo y el sarcasmo en las redes lo
invalidan todo. Sin embargo, escribir no es aquí un consuelo ni un desahogo
privado; es la negación contundente a aceptar la servidumbre como destino. Si
la política se ha degradado a la espera pasiva de un milagro, la tarea del
pensamiento exige rescatar la verdadera deliberación: esa capacidad de
encontrarnos en el diálogo honesto y en la acción orientada para juzgar con
prudencia cada paso. La dignidad de un pueblo no se delega en mesías ni se
subasta al mejor postor; se aprende y se ejercita en el discernimiento
colectivo. O recuperamos la capacidad de hablar, pensar y actuar juntos en el
espacio público, o terminaremos siendo los cómplices sonrientes de nuestra
propia esclavitud.
26/09/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/la-risa-del-vasallo-y-la-agonia-de-la-plaza-publica/
Cfr.
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/el-veto-republicano-contra-el-remate-de-la-soberania/

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