sábado, 26 de septiembre de 2026

Júbilo patético

LA RISA DEL VASALLO Y LA  AGONÍA DE LA PLAZA PÚBLICA

Jonatan Alzuru Aponte

La tarea esencial de la filosofía política es comprender. A ese empeño he dedicado mis mayores esfuerzos durante los últimos años, con una terquedad que hoy se me revela trágica. Porque debo confesarlo sin rodeos ni complacencias: siento un fracaso consistente. No comprendo. A ratos me asalta la duda de si este abismo de incomprensión no es más que el desgarro inevitable del exilio, ese extrañamiento feroz que nos hace mirar la tierra en que nacimos como si fuera un territorio de sombras cuya gramática moral hemos olvidado.

¿Cómo comprender a compatriotas que ríen, se mofan y convierten en chiste de red social el contrapunteo grotesco entre la vocera del régimen y la retórica del imperio en la tribuna de las Naciones Unidas? Ese teatro diplomático se digiere en nuestras pantallas como simple comedia de consumo. La burla ramplona se ha convertido en nuestra anestesia preferida, esa catarsis portátil que nos persuade de estar combatiendo al poder mientras solo acumulamos interacciones. Pero cada risa dirigida contra el adversario de turno es, en rigor, una mueca contra nosotros mismos; revela el júbilo patético del siervo que celebra la torpeza del capataz sin percatarse de que comparte el mismo cepo y respira la misma mugre. La sátira no es aquí el estilete de los libres, sino el consuelo de los vencidos.

Entretanto, el debate público nacional —si es que aún podemos usar semejante categoría sin caer en el sarcasmo más vil— se reduce a la histeria episódica: que si una dirigente entra o no entra al país, que si las encuestas la coronan como la salvadora definitiva de nuestras miserias. ¿Acaso ese es el problema político de fondo? Nos hemos vuelto adictos a la figura del redentor, incapaces de asumir la libertad como un ejercicio exigente y cotidiano de una comunidad con un horizonte de sentido. El personalismo lo tenemos tan incrustado en los tuétanos que nos resulta imposible pensar la política como una empresa comunitaria. Aguardamos al taumaturgo de turno mientras el presidente norteamericano nos trata como simple botín de guerra, declarando con brutal desenvoltura que tiene derechos sobre nuestros recursos naturales y fijando el precio de nuestra dignidad. Y la respuesta social es el encogimiento de hombros.

La conducta del imperio no debería sorprender a nadie: la fuerza que se expande sin contrapesos obedece a la fría lógica del dominio, la oportunidad y el saqueo legitimado. Tampoco sorprende la obsesión de quienes usurpan el poder en Caracas. Si Maquiavelo describe que la realidad del ejercicio del poder es conservarlo a toda costa, aquí hemos presenciado su versión más vil y descompuesta: ante la incapacidad de sostener el Estado, la táctica predilecta del régimen ha sido subastar la soberanía al mejor postor y perfeccionar los mecanismos de control social para garantizar su propia supervivencia. Eso no es alta política; es la botánica primaria de la tiranía. Lo verdaderamente incomprensible, lo que produce una indignación amarga y una náusea intelectual, es la pasividad complaciente de la comunidad.

Vivimos en una apatía suspendida, esperando a que los dueños de la fuerza decidan conceder unas elecciones para entonces, sí, activar el modo campaña, desempolvar los mitos patrios, citar las encuestas con fe carbonera y autoengañarnos pensando que la historia cambiará por arte de magia o porque una dirigente recorra el país cargada de rosarios. Se nos olvidó —o tal vez nunca lo supimos— que la política no es la contemplación pasiva de espectáculos ajenos ni el consumo analfabeto de slogans, sino el arte de la acción concertada: la creación de un espacio compartido de pluralidad donde la palabra ciudadana cobra peso al hacerse acto y transformar la realidad.

En un texto anterior —“El veto republicano contra el remate de la soberanía”— me atreví a formular una propuesta directa a nuestra comunidad: ¿acaso no podemos impulsar un referéndum para deslegitimar, desde la soberanía ciudadana, todo acuerdo o convenio que los déspotas locales firmen con las potencias internacionales? ¿No es factible utilizar los instrumentos a nuestro alcance para gritarle al mundo que nos negamos a ser mercancía? La respuesta fue el vacío. El silencio temeroso. Y, en los sectores más "atrevidos", el rechazo de plano bajo la premisa de la imposibilidad. Perfecto, el disenso es legítimo. Pero, ¿cuál es la alternativa que proponen? ¿El tuit mordaz? ¿La plegaria al diplomático extranjero? ¿La resignación del espectador que celebra su propia ruina con un meme ingenioso?

El verdadero drama no es únicamente la tiranía que nos oprime, sino la servidumbre voluntaria que hemos aprendido a naturalizar: esa huelga de cerebros colectiva y al parecer indefinida. El vasallaje es nuestra verdadera enfermedad moral. Resulta mediocre y degradante que la conversación de un país en ruinas se circunscriba a la peripecia individual de un líder o a la sátira del momento, mientras renunciamos cobardemente a constituirnos como pueblo libre y a reclamar la conducción de nuestro destino.

Cierro estas líneas con una sospecha amarga. A veces dudo del sentido de insistir en la palabra cuando el ruido sordo del espectáculo y el sarcasmo en las redes lo invalidan todo. Sin embargo, escribir no es aquí un consuelo ni un desahogo privado; es la negación contundente a aceptar la servidumbre como destino. Si la política se ha degradado a la espera pasiva de un milagro, la tarea del pensamiento exige rescatar la verdadera deliberación: esa capacidad de encontrarnos en el diálogo honesto y en la acción orientada para juzgar con prudencia cada paso. La dignidad de un pueblo no se delega en mesías ni se subasta al mejor postor; se aprende y se ejercita en el discernimiento colectivo. O recuperamos la capacidad de hablar, pensar y actuar juntos en el espacio público, o terminaremos siendo los cómplices sonrientes de nuestra propia esclavitud.

26/09/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/la-risa-del-vasallo-y-la-agonia-de-la-plaza-publica/

Cfr. 

https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/el-veto-republicano-contra-el-remate-de-la-soberania/

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