EX–PAÑA O EL REGOCIJO FRENTE AL FRACASO
José Rafael Herrera
A mis queridos amigos, José
Luis Villacañas y Alexandre Carrodeguas
Nunca imaginó monsieur
Prósper Mérimée, apasionado descifrador de misterios esotéricos, que terminaría
por develar el más íntimo de los misterios españoles. No han sido pocas las
veces que se descubren maravillas por accidente. Y tal vez ese sea el caso de
quien, casi por instinto, solía hurgar bajo el fango de los extremos polares de
la geografía europea —Rusia y España— como fuentes predilectas de su
inspiración. A veces lo que se oculta termina siendo lo más evidente. Cuando se
remueven las cenizas dejadas por la historia suelen regresar aquellos asuntos
que nunca llegaron a resolverse del todo. No regresan, sin embargo, como
regresan las cosas que se repiten. Regresan transformados, bajo nuevas figuras,
reclamando una conciencia capaz de comprender aquello que en otro momento
apenas podía ser soportado. Este pareciera ser el caso del reino de España y de
su persistente dificultad para conciliar la unidad política con la diversidad
histórica y cultural de sus regiones.
Catalanes, vascos, gallegos,
valencianos y otros pueblos de España han desarrollado identidades
lingüísticas, culturales e históricas de extraordinaria riqueza. Pero en lugar
de comprenderse como determinaciones concretas de una totalidad que los
trasciende, la diferencia se convierte en fundamento de una ideología de
separación absoluta. Entonces aparece, cual estribillo, ese aut-aut que resulta
tan sospechoso para la inteligencia: o España como unidad homogénea o las
regiones como unidades políticas independientes. O la nación, o sus partes. O
la unidad, o la diversidad.
Se trata, por cierto, de la
lógica del entendimiento abstracto. De hecho, el Verstand —precisamente, el
entendimiento— profesa la fascinación por fijar las determinaciones, separarlas
y convertirlas en alternativas excluyentes. Y es comprensible que una cultura
que hizo de la teología filosofante su morada durante siglos tenga al
entendimiento abstracto como su presupuesto esencial. Y es que donde hay una
relación viva, el Verstand introduce la frontera de lo muerto; donde hay
diferencias que se determinan recíprocamente, sentencia incompatibilidades. Por
eso mismo, tal vez no convenga preguntarse si España deba desaparecer para que
existan Cataluña, Euskadi, Galicia o Valencia, o si sus diferencias deban ser
sofocadas para que España pueda conservarse unida. Más bien, la cuestión de
fondo parece ser esta: ¿cómo puede la unidad hacerse más concreta mediante el
libre desarrollo de las diferencias?
La Constitución española
contiene, al menos en su formulación, una respuesta significativa. En su
artículo segundo, afirma simultáneamente la "indisoluble unidad" de
la nación española y el derecho a la autonomía de las nacionalidades y
regiones, junto con la solidaridad entre todas ellas. No se trata, en
consecuencia, de elegir entre unidad o autonomía, sino de saber articularlas. La
autonomía no tiene que ser entendida como el primer paso hacia la desaparición
de la unidad, del mismo modo que la unidad no puede confundirse con el abrazo
mortal que sofoca las diferencias.
La dificultad aparece cuando
la diferencia necesita convertirse en separación para poder autoafirmarse. But
una identidad que solo puede conservarse negando al otro termina convirtiéndose
en una identidad empobrecida. Lo que conduce a una quaestio todavía más
preocupante: su relación con "el extraño". El otro es concebido como
una amenaza, como aquel que viene a alterar una identidad supuestamente
acabada, en lugar de ser comprendido como aquello mediante lo cual dicha
identidad se determina y transforma. La primera posibilidad conduce al claustro
teologal; la segunda a la realidad efectual de las cosas.
El miedo al otro es, en
última instancia, miedo a la transformación de sí mismo. Por eso las ideologías
que absolutizan la identidad —sean nacionales, regionales, étnicas o
culturales— pueden terminar encontrando un terreno común con formas más
radicales de exclusión. No porque todo nacionalismo sea fascista, ni porque
todo movimiento separatista pueda ser reducido a esa categoría, sino porque
existe una estructura compartida cuando la diferencia deja de ser una
determinación de la convivencia y pasa a convertirse en una frontera absoluta
entre el "nosotros" y el "ellos". El extraño deja entonces
de ser aquel con quien se establece una relación y comienza a ser aquello de lo
cual hay que defenderse.
La historia no se alimenta
de identidades inmóviles. Vive de intercambios, conflictos, apropiaciones,
traducciones, mestizajes, desplazamientos. Una cultura crece cuando entra en
relación con aquello que no es inmediatamente ella misma. Incluso puede
afirmarse que el otro forma parte de la constitución del sí mismo. Y es que un
sí mismo que pretende existir sin alteridad termina descubriendo que se ha
convertido en una abstracción.
Quizá como nunca antes, en
este punto la palabra "concrecimiento" resulte ser tan sugerente.
Porque con-crecer quiere decir: crecer-con los otros,
crecer-mediante-los-otros. No hay concreción ahí donde cada diferencia pretende
aislarse de las demás. La concreción comienza cuando las diferencias entran en
relación y, sin dejar de ser diferentes, producen una nueva totalidad. España
ofrece, en este sentido, una experiencia histórica particularmente compleja.
Fue capaz de proyectarse mucho más allá de la península hasta convertirse en
aquel imperio sobre el cual, según la célebre expresión, no se ponía el sol. Y
sin embargo, parece haber desarrollado, a lo largo de su historia moderna y
contemporánea, una extraña inclinación por el ocaso, la derrota y la fractura.
No se trata de afirmar la existencia de un "inconsciente español"
autodestructivo —una afirmación quizá demasiado fácil para una historia
demasiado compleja—, sino de reconocer una persistente tentación cultural que
tiende a convertir el sentimiento de la derrota en una forma de autocomprensión
compasiva.
La Carmen de Mérimée —¡y
Bizet!— define con maestría la clave estética de esta figura de la experiencia
de la conciencia española, porque en la configuración de su trama la libertad
de la protagonista y la intención de opresión de Don José se encuentran
inseparablemente ligadas a una existencia que avanza inevitablemente hacia la tragedia.
E igualmente está presente en la literatura del desastre, en la conciencia de
la generación del '98 y en otras representaciones estético-literarias de la
conciencia española que parecen haber encontrado en la derrota una forma
particularmente intensa de autocomprensión. Como si en ocasiones la conciencia
española hubiese sentido una extraña fascinación por las tonalidades
crepusculares. La paradoja parece haber terminado por convertirse en el
fundamento de su programa político, dado que la conciencia de la diferencia
exige, para poder afirmarse, la destrucción de aquello dentro de lo cual esa
diferencia ha llegado históricamente a existir. En esa misma dirección, la
América hispana es el dolor punzante de las heridas de Carmen, especialmente en
el caso de Venezuela, apuñalada por la espalda, moribunda, arrojada sobre el
estiércol del diablo.
Y sin embargo, existe otra
posibilidad: ni la implosión del reino ni la uniformidad del Estado. Ni la
desaparición de las regiones ni la fragmentación de la nación. Se trata del
fortalecimiento de las partes a objeto de fortalecer el todo. Una España capaz
de reconocer en sus regiones la riqueza de la diversidad de sus comunidades
históricas, culturales y políticas, dotadas de una autonomía cada vez más
con-creciente, sin por ello convertir la autonomía en negación de la totalidad.
La figura de la antigua
polis griega es una figura sugestiva. No como modelo que deba ser copiado —la
historia no admite semejantes regresiones—, sino como recuerdo de que la unidad
política puede coexistir con una extraordinaria determinación de sus partes.
Las antiguas ciudades-Estado o incluso ciertas repúblicas italianas del
Renacimiento, como Florencia, muestran que la intensidad de una comunidad
particular no tiene por qué significar la negación inmediata de toda forma
superior de relación.
Quizá sea necesario
inteligir, una vez más, una política en la que las regiones puedan llegar a
ser, en cierto sentido, pequeñas "repúblicas florentinas":
comunidades intensamente determinadas, capaces de desarrollar su propia lengua,
cultura, instituciones y formas de vida, precisamente porque pertenecen a una
totalidad que no se propone asfixiarlas.
La cuestión no consiste en
escoger entre Estado y región, entre España y Cataluña o Galicia, entre unidad
y diversidad. Esa elección forma parte del reino de las abstracciones. La
cuestión consiste en superar esa oposición conservando sus términos y
transformando sus relaciones. Hegel lo llamaba Aufhebung, que quiere decir
superar conservando. Y de eso se trata, porque la unidad que destruye la
diversidad es vacía y la diversidad que destruye la unidad es ciega. La unidad
necesita de la diferencia para concrecer; la diferencia necesita de la unidad
para superar la abstracción.
España no tiene que elegir
entre la unidad y la diversidad: tiene que hacer un esfuerzo para producir la
unidad mediante la diversidad y la diversidad mediante la unidad. Tal vez el
futuro político de los Estados nacionales no consista en desaparecer ni en
encerrarse sobre sí mismos. Tal vez consista en transformarse: conservar la
unidad política al tiempo de multiplicar las formas concretas de autonomía,
participación y autodeterminación cultural. Después de todo, una vieja y noble
nación puede llegar a encontrar una nueva forma de existencia histórica: no en
la negación de sus partes, ni en la ruptura con ellas, sino en el
descubrimiento de que sólo una unidad capaz de dejar crecer libremente sus
diferencias puede llegar a ser una unidad efectivamente concreta.
25/09/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/ex-pana-o-el-regocijo-frente-al-ocaso/
https://www.microfilosofia.com/2026/09/ex-pana-o-el-regocijo-frente-al-ocaso.html

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