ESTAMOS DE BODA PERMANENTEMENTE
(San Mateo, 22: 1-14)
Una vez más, Mateo convierte
en alegoría una parábola que había recibido de la tradición. Lo que
encontramos, por tanto, en el relato, más que las palabras originales de Jesús,
es la «adaptación» o «traducción» que el autor del evangelio hizo de las
mismas, para aplicarlas a su propia comunidad…
Una vez más, Mateo convierte
en alegoría una parábola que había recibido de la tradición. Lo que
encontramos, por tanto, en el relato, más que las palabras originales de Jesús,
es la «adaptación» o «traducción» que el autor del evangelio hizo de las mismas,
para aplicarlas a su propia comunidad.
Por eso, no es extraño que,
tal como ha llegado a nosotros, aparezca algún dato anacrónico que muestra lo
que acabo de decir:
· el incendio y la ruina de
Jerusalén («su ciudad») se narra como algo ya acontecido (año 70);
· el último grupo de
enviados representa a los primeros misioneros cristianos (de la comunidad de
Mateo), que reúnen tanto «a los buenos como a los malos»;
· los que rehúyen la
invitación –con sus tierras y sus negocios-, así como los que maltratan y matan
a los criados, representan, en la intención de Mateo, a las autoridades
religiosas judías, que no aceptaron el mensaje de Jesús;
· por su parte, los
desprotegidos que terminan llenando la sala del banquete son los miembros de la
propia comunidad mateana;
· el «traje de fiesta» es
una alusión directa al bautismo; parece significar que para formar parte de la
comunidad –del «banquete de bodas»- se requiere una conducta acorde con los
compromisos bautismales;
· el castigo señalado para
éstos es la expulsión (a las «tinieblas»: fuera de la luz de la comunidad), con
el dolor y la desesperación que conlleva («llanto y rechinar de dientes»);
· la alegoría concluye con
un dicho frecuente en el mundo judío, cuya veracidad podrían constatar aquellas
primeras comunidades: «muchos son los llamados y pocos los elegidos»; en grupos
de tipo sectario –en el sentido neutro, sociológico, no peyorativo, del
término-, los miembros se sienten objeto de la «elección divina», por lo que
las deserciones se ven como «traiciones».
Hechas estas precisiones
para «ubicar» el relato adecuadamente, podemos acercarnos ahora a su contenido,
queriendo descubrir lo que el Espíritu, a través del mismo, quiera regalarnos.
Tanto la parábola original
como la alegoría que elabora Mateo, se construyen a partir de la imagen de la
boda, figura bíblica por antonomasia para referirse a la unión de Dios con el
pueblo.
El relato arranca con una
invitación para la boda del hijo, que tiene como trasfondo los usos de la
época. Los ricos invitaban dos veces: la primera por escrito; la segunda, por
medio de personas. Eso permitía que el invitado reflexionara sobre su
posibilidad de devolver la invitación, y que conociera los nombres de los otros
comensales. Por eso, un comentario rabínico dice: «Nadie asistirá a un banquete
si no ha sido invitado dos veces».
Después de la segunda
invitación, rehusar acudir al banquete se consideraba como una afrenta social
que dañaba el honor del anfitrión.
Sin embargo –aquí hay que
encontrar la novedad de la parábola-, la indignación no lleva al rey a
castigarlos, sino que le impulsa a buscar a otros, precisamente los más
desprotegidos. Con lo cual, se pone de relieve el núcleo del mensaje que la
parábola busca transmitir: el acento no se pone en los que se excusan, sino en
el interés del anfitrión por llenar su mesa, que no ceja hasta que «la sala se
llenó de comensales».
Se trata de un acento que
aparece también en otras parábolas –piénsese, por ejemplo, en el sembrador que
no escatima la semilla-, y que muestra a Dios como Derroche y Exceso.
De los primeros invitados se
dice que rechazaron la invitación. A unos pareció más interesante centrarse en
sus tierras y en sus negocios; otros reaccionaron maltratando o matando a los
enviados.
Más allá de la alusión
alegórica a la historia de Israel y a su relación con los profetas, no es
difícil percibir en el texto un mensaje de sabiduría, válido para cualquier
tiempo. Veámoslo desde una perspectiva genuinamente espiritual o transpersonal.
En ésta, la «boda» significa
el reconocimiento de la Unidad de todo lo real –unidad que no niega, sino que
abraza las diferencias- y, en ella, de nuestra identidad más profunda.
Participar de la boda supone haber descubierto y experimentado la Verdad de quienes
somos, más allá de la identidad relativa de nuestro pequeño yo. Por eso, la
boda es símbolo de Plenitud y de Dicha que, en un modelo dual, se nombraba como
«encuentro con Dios».
Conocemos bien que el
mecanismo primario del ego es la identificación y la apropiación. El ego se
aferra a lo que cree que necesita para ser feliz. De niño lo vivió así, y sigue
todavía con aquel «mapa» –los mapas infantiles se graban poderosamente en
nuestro inconsciente-. Por eso, aunque la persona se haga consciente de la
trampa y el engaño, seguirá cayendo en él, mientras perdure la identificación
con el ego.
Las «tierras» y los
«negocios» son los pequeños intereses del ego, de los que no podemos prescindir
mientras estemos identificados con él. Porque el ego nos hace creer que es en
ello donde se juega nuestra felicidad.
La verdad, sin embargo, es
otra. A veces son las crisis las que nos ayudan a abrir los ojos, y el
desencanto el que tambalea nuestras creencias egoicas más arraigadas. Crisis y
desencanto nos han convertido en «desprotegidos», como los últimos invitados de
la parábola. Entonces empezamos a descubrir que ni somos ese ego con el que nos
habíamos identificado, y que no seremos más felices por más que consiga todo lo
que desea.
No somos el ego, ni tiene
que importarnos demasiado como le vaya. Somos la Presencia, el Espacio abierto,
aquello precisamente que «no podemos saber», porque es infinitamente más que
nuestra mente. Pero en lo que nos reconocemos, cuando logramos silenciarla, y
que percibimos como «Nada», que es un «Todo» transmental, que sabe a Plenitud:
eso es lo que somos. ¿Quién quiere identificarse con su ego?
Rota la identificación
engañosa, nos encontramos ya participando de la Boda. Siempre lo habíamos
estado, pero ni lo habíamos hecho consciente, ni lo habíamos podido disfrutar.
Al caer en la cuenta, aceptamos gozosos y agradecidos la invitación al
banquete, en el que no falta nadie ni nada.
Ilustración: Andy Warhol, "Black Light Last Supper" (1986), en: Martien E. Brinkman (2013) "Jesus incognito. The Hidden Christ in Western Art since 1960". Rodopi, Amsterdam-New York: 194).
05/10/2011:
https://www.feadulta.com/estamos-de-boda-permanentemente/
Papa León:
https://www.youtube.com/watch?v=y4MPwDdWWOA
Padre J. Martín:
https://www.youtube.com/watch?v=iOX3wLSBXFM
Padre JS Martín:
https://www.youtube.com/watch?v=GeB4mJbqBjk
Monseñor Munilla:


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