UNIVERSIDAD Y CRISIS REPUBLICANA
José Rafael Herrera
El itinerario conceptual que
ha caracterizado a la Universidad Central de Venezuela, permite reconocer una
continuidad de ideas y valores que conviene no confundir con una sucesión
lineal de doctrinas ni con la identificación mecánica de sus respectivos contenidos.
No obstante, el predominio en la formación ilustrada —“la Casa que vence la
sombra”— ha sido característica de la institución. En su transmisión tuvo un
papel fundamental la Compañía de Jesús. De hecho, los jesuitas abrieron el
horizonte del iluminismo que, más tarde, el positivismo reelaboraría bajo el
signo del cientificismo, el orden y las leyes del desarrollo social. Un ideario
que dejó abierto el camino para que determinadas corrientes del marxismo
soviético radicalizaran su pretensión de explicar la historia desde una
concepción materialista del mundo, haciendo de ella su expresión más
acabada.
Es verdad que iluminismo,
positivismo y sovietismo no son doctrinas idénticas. Pero a través de sus
distinciones se puede rastrear una sorprendente continuidad conceptual: la
aspiración de comprender la realidad como un proceso de racionalidad
susceptible de explicación mediante “leyes universales”. Esa representación del
conocimiento contiene, como telón de fondo, una concepción materialista que convierte
sus propias categorías en preceptos inmutables de la historia, lo que, tal vez,
constituya uno de los problemas fundamentales de semejante genealogía.
De hecho, tal continuidad no
excluye las rupturas. Más bien, las presupone. Cada corriente responde a
condiciones históricas diferentes. Cada una desplazó los límites de la anterior
y produjo nuevas formas de interpretar y justificar la realidad venezolana. De
ahí que el problema no resida en que la Universidad acogiera como sus doctrinas
históricas al iluminismo, al positivismo o al sovietismo, sino en preguntarse
hasta qué punto logró someter a crítica los presupuestos de dichas doctrinas, a
objeto de reconocer sus propias limitaciones históricas. Si la UCV fue uno de
los lugares privilegiados donde la sociedad venezolana elaboró las ideas
valores con las que interpretó, justificó y disputó su devenir, también debe
examinarse si esa elaboración estuvo a la altura de la realidad que pretendía
comprender. La responsabilidad histórica de la Universidad no consiste en haber
transmitido determinadas doctrinas, sino en la relación que estableció entre
ellas, la conciencia crítica de sus límites y la praxis efectiva de la
sociedad. Ahí donde el pensamiento renuncia a interrogar sus propios
fundamentos, la explicación de la historia corre el riesgo de convertirse en
justificación de lo existente o en promesa dogmática de una redención futura.
La Universidad Central de
Venezuela es más antigua que la República. La afirmación, aparentemente
elemental, contiene una clave de comprensión de la historia política, moral e
intelectual del país. Antes de que existiera Venezuela como República, ya
existía una institución en cuyo seno habrían de debatirse, confrontarse y
adquirir consistencia las ideas que hicieron posible la ruptura con el orden
colonial. Si la República fue el resultado de una transformación de la
conciencia histórica, la Universidad de Caracas fue la causa de ese proceso.
Es verdad que la
independencia venezolana no fue la obra exclusiva de una institución académica.
Pero conviene señalar que las grandes transformaciones políticas no se producen
al margen de las ideas con las cuales una sociedad interpreta su realidad,
imagina su porvenir y procura darle una forma consciente a sus aspiraciones. Y
la Universidad fue el espacio principal en el que esas ideas encontraron
condiciones para su elaboración y difusión. De su seno surgieron hombres que
participaron en la emancipación y en la construcción republicana; en sus aulas
se hicieron presentes las tensiones que acompañaron el nacimiento de la nueva
nación.
La Ilustración, con su
confianza en la razón, en la educación y en la capacidad humana para
transformar el mundo, fue decisiva en la formación del horizonte intelectual de
aquella ruptura. La independencia no fue solamente una separación política de
la monarquía española. Fue además la expresión de una nueva concepción de la
sociedad y de la legitimidad del poder. La aspiración republicana exigía pensar
al hombre como sujeto de derechos, a la comunidad como fuente de legitimidad y
a la educación como instrumento para la autonomía. En ese sentido, la tradición
ilustrada no fue un adorno ideológico de la República: formó parte de sus
condiciones históricas de posibilidad.
La Universidad Central de
Venezuela heredó esa tensión entre conocimiento y emancipación. Su lema, «La
Casa que vence la sombra», puede leerse como una condensación simbólica de
semejante aspiración: la lucha contra la ignorancia, la oscuridad y las formas
de sometimiento que impiden a una sociedad reconocerse como autora de su propia
historia. Solo que ni la historia de las ideas es una marcha ascendente ni las
instituciones permanecen fieles a una única orientación. Las mismas
aspiraciones que animaron una época pueden llegar a adquirir sentidos
diferentes cuando cambian las condiciones sociales y políticas en las que se
desarrollan.
La República venezolana
conoció muy pronto la contradicción. La independencia política no produjo una
sociedad capaz de sostener sus instituciones ni de resolver los conflictos
heredados del orden colonial. Las guerras civiles, el caudillismo y las
revoluciones federales pusieron de manifiesto la distancia entre la
proclamación de los principios republicanos y la realidad efectiva del poder.
La libertad política convivía con la fragilidad institucional; el ideal de
ciudadanía, con las relaciones personales de subordinación; la soberanía de la
nación, con la concentración del mando en figuras que pretendían encarnar por
sí solas la voluntad colectiva.
Y fue entonces cuando
adquirió su mayor influencia el positivismo. Su confianza en la ciencia, en el
orden y en la identificación de las regularidades sociales ofrecía una
interpretación de la inestabilidad venezolana que parecía responder a las
exigencias de la época. Si la sociedad era concebida como un organismo sometido
a determinadas leyes de evolución, el problema político podía formularse en
términos de orden, autoridad y progreso. La prioridad dejaba de ser la
realización inmediata de los ideales republicanos y pasaba a ser la
consolidación de un poder capaz de contener las fuerzas de una barbarie que
amenazaban la estabilidad.
De esa matriz intelectual
surgió la justificación del llamado «gendarme necesario», del «César
democrático»: la idea de que un poder personal fuerte podía garantizar el orden
indispensable para alcanzar el progreso. No era una simple renuncia a la
política, sino una determinada representación de ella. La sociedad, considerada
todavía incapaz de gobernarse a sí misma, debía ser conducida por un tutor que
se presentaba como intérprete de sus necesidades históricas, mientras la
promesa de estabilidad y prosperidad justificaba la subordinación de la
ciudadanía.
La Universidad no permaneció
al margen de este cambio: lo propició. Las diversas corrientes positivistas que
se desarrollaron en ella expresaron, más allá de las diferencias, la convicción
de que la nueva doctrina era la solución a los problemas de la sociedad
venezolana. Y es que el positivismo no fue solo una doctrina importada o una
moda académica: su semilla encontró terreno fértil en una República que buscaba
explicar sus fracasos y superar sus recurrentes crisis de autoridad. Su
influencia se hizo ideología y se prolongó hasta bien entrado el siglo XX,
cuando nuevas corrientes —sus herederas legítimas— comenzaron a disputarle la
interpretación de la historia, la sociedad y el poder.
Una de ellas fue la doctrina
materialista rusa, identificada con el marxismo. Porque si bien es cierto que
el marxismo no puede reducirse a una variante del positivismo ni identificarse
sin más con el materialismo ilustrado, ciertas lecturas de la filosofía de Marx
privilegiaron su dimensión materialista —como si esta consistiera en una
explicación unilateral de la realidad a partir de factores económicos—, y
encontraron en esa reducción una forma de certidumbre doctrinaria. La historia
parecía quedar sometida a leyes inexorables, y la política fue convertida en
instrumento de su cumplimiento.
El marxismo universitario
venezolano debe comprenderse dentro de ese contexto, no como un cuerpo extraño
que hubiera penetrado súbitamente en las aulas para corromper la conciencia de
sus estudiantes. Su presencia respondió a un proceso de conflictos sociales,
luchas políticas y debates que encontraron en la Universidad un espacio de
recepción, elaboración y confrontación. Y como en los tiempos de iluminismo y
positivismo, hubo militancia, propaganda y enfrentamientos ideológicos, como
también los hubo en otras instituciones y sectores de la sociedad. Pero de ello
no se desprende que la formación intelectual de varias generaciones pueda
explicarse mediante la imagen de una universidad «penetrada» ab extra.
Esa imagen resulta demasiado
cómoda y simplista: permite atribuir a un agente identificable la
responsabilidad por un proceso que compromete a la sociedad entera. También
impide comprender por qué determinadas ideas encontraron acogida, por qué
pudieron ejercer influencia durante décadas y qué necesidades históricas
contribuyeron a satisfacer. Ninguna corriente política alcanza una influencia
duradera por el simple hecho de infiltrarse en una institución. Para arraigarse
necesita interlocutores, condiciones de recepción, conflictos hermenéuticos e
intereses. La historia de las ideas exige examinar esas mediaciones.
Lo anterior conduce a una
cuestión más incómoda. Si la Universidad contribuyó a elaborar los lenguajes
con los que Venezuela interpretó sus sucesivos momentos de crisis, también
participó en la conformación de las categorías mediante las cuales se
justificaron determinadas respuestas. No se trata de establecer mecánicamente
una continuidad doctrinaria entre Ilustración, positivismo, marxismo y populismo.
Pero “hay razón en esa locura”. La historia intelectual de la Universidad
constituye un terreno indispensable para comprender la historia política del
país, incluidas las condiciones culturales e ideológicas que hicieron posible
el ascenso del populismo chavista que degeneró en gansterato.
En efecto, el chavismo no
fue una creación exclusiva de la Universidad Central de Venezuela. Surgió de
una crisis más amplia: el agotamiento de las mediaciones políticas, el
descrédito de los partidos, el deterioro de la representación, las
frustraciones sociales acumuladas y la incapacidad de las élites para renovar
el pacto republicano. Pero esas condiciones no actuaron en un vacío
intelectual. Las tradiciones ideológicas que circulaban en la sociedad venezolana,
las concepciones del poder, las interpretaciones de la historia y las promesas
de redención política formaron parte del horizonte en el que el fenómeno
chavista pudo constituirse y legitimarse. La Universidad fue uno de los
espacios donde ese horizonte se discutió, se transmitió y, en ocasiones, se
reprodujo sin suficiente examen crítico.
Por eso resulta insuficiente
denunciar una supuesta “infiltración comunista” como explicación del deterioro
de la vida académica. El problema no consiste en decidir qué doctrina
“contaminó” las aulas, sino en investigar qué relación establecieron las
instituciones del saber con el poder político y con las necesidades efectivas
de la sociedad. Una universidad puede defender su autonomía y, sin embargo, no
interrogar suficientemente los supuestos que orientan su vida intelectual.
Puede resistir la intervención de un gobierno y, al mismo tiempo, reproducir
presuposiciones que debilitan su capacidad crítica. La autonomía institucional
es indispensable, pero no sustituye la responsabilidad histórica.
La Universidad Central de
Venezuela ha sido víctima de las crisis de la República, pero también ha sido
parte de su historia. No cabe confundir ambas afirmaciones ni deducir de ellas
una responsabilidad exclusiva. Las instituciones universitarias no gobiernan
por sí solas un país, no determinan mecánicamente las decisiones de sus actores
políticos ni pueden responder por cada consecuencia de las ideas que circulan
en sus aulas. Pero tampoco pueden reclamar una exterioridad absoluta frente a
los procesos que contribuyeron a formar. Su condición de institución pública,
su autoridad intelectual y su papel en la formación de generaciones de
dirigentes y profesionales comportan una responsabilidad que no desaparece
cuando la historia toma un rumbo adverso.
La crisis venezolana no
puede comprenderse únicamente como el resultado de la perversión de ciertos
gobernantes, de la traición de tales partidos o de la expansión de cierta
doctrina. Una crisis orgánica compromete las formas de representación, los
hábitos políticos, las instituciones y los lenguajes mediante los cuales una
sociedad se comprende a sí misma. Cuando el deterioro alcanza semejante
profundidad, ninguna institución decisiva puede limitarse a señalar culpables
fuera de sí. También debe examinar su propia trayectoria, sus silencios, sus
errores y las insuficiencias de su pensamiento.
La Universidad Central de
Venezuela tiene una tarea que excede la defensa de su patrimonio material y de
su autonomía. Le corresponde someter a examen crítico la historia de las ideas
y valores de la que forma parte, distinguiendo las promesas emancipadoras de
sus deformaciones autoritarias, y recuperar la capacidad de pensar la República
como una realidad todavía inconclusa. No basta con preservar la institución: es
necesario comprender qué hizo de ella una protagonista de la historia nacional
y qué le impidió, en determinados momentos, reconocer las consecuencias de las
concepciones que contribuyó a estructurar y difundir.
No se vence “la sombra”
atribuyendo toda la oscuridad a fuerzas exteriores. Conviene interrogar a la
larga sombra que la propia historia ha ido depositando intra muros. Porque una
universidad que se niega a examinar críticamente su participación en la
formación de la crisis renuncia a una parte esencial de su propia razón de ser.
Y es que la reconstrucción de la República, si alguna vez ha de ser algo más
que una consigna, requiere que sus instituciones académicas asuman la historia
no como una sucesión de culpas, sino como el terreno propicio para forjar las
posibilidades de la libertad.
Composición: IA/lb. Jardines de la Universidad Católica Andrés Bello (LB, Caracas, 06/05/23), con el reloj diseñado por Carlos Raúl Villanueva.
22/10/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/universidad-y-crisis-republicana/


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