jueves, 22 de octubre de 2026

¡Hay que excederse!

UNIVERSIDAD Y CRISIS REPUBLICANA

José Rafael Herrera

El itinerario conceptual que ha caracterizado a la Universidad Central de Venezuela, permite reconocer una continuidad de ideas y valores que conviene no confundir con una sucesión lineal de doctrinas ni con la identificación mecánica de sus respectivos contenidos. No obstante, el predominio en la formación ilustrada —“la Casa que vence la sombra”— ha sido característica de la institución. En su transmisión tuvo un papel fundamental la Compañía de Jesús. De hecho, los jesuitas abrieron el horizonte del iluminismo que, más tarde, el positivismo reelaboraría bajo el signo del cientificismo, el orden y las leyes del desarrollo social. Un ideario que dejó abierto el camino para que determinadas corrientes del marxismo soviético radicalizaran su pretensión de explicar la historia desde una concepción materialista del mundo, haciendo de ella su expresión más acabada.  

Es verdad que iluminismo, positivismo y sovietismo no son doctrinas idénticas. Pero a través de sus distinciones se puede rastrear una sorprendente continuidad conceptual: la aspiración de comprender la realidad como un proceso de racionalidad susceptible de explicación mediante “leyes universales”. Esa representación del conocimiento contiene, como telón de fondo, una concepción materialista que convierte sus propias categorías en preceptos inmutables de la historia, lo que, tal vez, constituya uno de los problemas fundamentales de semejante genealogía.

De hecho, tal continuidad no excluye las rupturas. Más bien, las presupone. Cada corriente responde a condiciones históricas diferentes. Cada una desplazó los límites de la anterior y produjo nuevas formas de interpretar y justificar la realidad venezolana. De ahí que el problema no resida en que la Universidad acogiera como sus doctrinas históricas al iluminismo, al positivismo o al sovietismo, sino en preguntarse hasta qué punto logró someter a crítica los presupuestos de dichas doctrinas, a objeto de reconocer sus propias limitaciones históricas. Si la UCV fue uno de los lugares privilegiados donde la sociedad venezolana elaboró las ideas valores con las que interpretó, justificó y disputó su devenir, también debe examinarse si esa elaboración estuvo a la altura de la realidad que pretendía comprender. La responsabilidad histórica de la Universidad no consiste en haber transmitido determinadas doctrinas, sino en la relación que estableció entre ellas, la conciencia crítica de sus límites y la praxis efectiva de la sociedad. Ahí donde el pensamiento renuncia a interrogar sus propios fundamentos, la explicación de la historia corre el riesgo de convertirse en justificación de lo existente o en promesa dogmática de una redención futura.

La Universidad Central de Venezuela es más antigua que la República. La afirmación, aparentemente elemental, contiene una clave de comprensión de la historia política, moral e intelectual del país. Antes de que existiera Venezuela como República, ya existía una institución en cuyo seno habrían de debatirse, confrontarse y adquirir consistencia las ideas que hicieron posible la ruptura con el orden colonial. Si la República fue el resultado de una transformación de la conciencia histórica, la Universidad de Caracas fue la causa de ese proceso.

Es verdad que la independencia venezolana no fue la obra exclusiva de una institución académica. Pero conviene señalar que las grandes transformaciones políticas no se producen al margen de las ideas con las cuales una sociedad interpreta su realidad, imagina su porvenir y procura darle una forma consciente a sus aspiraciones. Y la Universidad fue el espacio principal en el que esas ideas encontraron condiciones para su elaboración y difusión. De su seno surgieron hombres que participaron en la emancipación y en la construcción republicana; en sus aulas se hicieron presentes las tensiones que acompañaron el nacimiento de la nueva nación.

La Ilustración, con su confianza en la razón, en la educación y en la capacidad humana para transformar el mundo, fue decisiva en la formación del horizonte intelectual de aquella ruptura. La independencia no fue solamente una separación política de la monarquía española. Fue además la expresión de una nueva concepción de la sociedad y de la legitimidad del poder. La aspiración republicana exigía pensar al hombre como sujeto de derechos, a la comunidad como fuente de legitimidad y a la educación como instrumento para la autonomía. En ese sentido, la tradición ilustrada no fue un adorno ideológico de la República: formó parte de sus condiciones históricas de posibilidad.

La Universidad Central de Venezuela heredó esa tensión entre conocimiento y emancipación. Su lema, «La Casa que vence la sombra», puede leerse como una condensación simbólica de semejante aspiración: la lucha contra la ignorancia, la oscuridad y las formas de sometimiento que impiden a una sociedad reconocerse como autora de su propia historia. Solo que ni la historia de las ideas es una marcha ascendente ni las instituciones permanecen fieles a una única orientación. Las mismas aspiraciones que animaron una época pueden llegar a adquirir sentidos diferentes cuando cambian las condiciones sociales y políticas en las que se desarrollan.

La República venezolana conoció muy pronto la contradicción. La independencia política no produjo una sociedad capaz de sostener sus instituciones ni de resolver los conflictos heredados del orden colonial. Las guerras civiles, el caudillismo y las revoluciones federales pusieron de manifiesto la distancia entre la proclamación de los principios republicanos y la realidad efectiva del poder. La libertad política convivía con la fragilidad institucional; el ideal de ciudadanía, con las relaciones personales de subordinación; la soberanía de la nación, con la concentración del mando en figuras que pretendían encarnar por sí solas la voluntad colectiva.

Y fue entonces cuando adquirió su mayor influencia el positivismo. Su confianza en la ciencia, en el orden y en la identificación de las regularidades sociales ofrecía una interpretación de la inestabilidad venezolana que parecía responder a las exigencias de la época. Si la sociedad era concebida como un organismo sometido a determinadas leyes de evolución, el problema político podía formularse en términos de orden, autoridad y progreso. La prioridad dejaba de ser la realización inmediata de los ideales republicanos y pasaba a ser la consolidación de un poder capaz de contener las fuerzas de una barbarie que amenazaban la estabilidad.

De esa matriz intelectual surgió la justificación del llamado «gendarme necesario», del «César democrático»: la idea de que un poder personal fuerte podía garantizar el orden indispensable para alcanzar el progreso. No era una simple renuncia a la política, sino una determinada representación de ella. La sociedad, considerada todavía incapaz de gobernarse a sí misma, debía ser conducida por un tutor que se presentaba como intérprete de sus necesidades históricas, mientras la promesa de estabilidad y prosperidad justificaba la subordinación de la ciudadanía.

La Universidad no permaneció al margen de este cambio: lo propició. Las diversas corrientes positivistas que se desarrollaron en ella expresaron, más allá de las diferencias, la convicción de que la nueva doctrina era la solución a los problemas de la sociedad venezolana. Y es que el positivismo no fue solo una doctrina importada o una moda académica: su semilla encontró terreno fértil en una República que buscaba explicar sus fracasos y superar sus recurrentes crisis de autoridad. Su influencia se hizo ideología y se prolongó hasta bien entrado el siglo XX, cuando nuevas corrientes —sus herederas legítimas— comenzaron a disputarle la interpretación de la historia, la sociedad y el poder.

Una de ellas fue la doctrina materialista rusa, identificada con el marxismo. Porque si bien es cierto que el marxismo no puede reducirse a una variante del positivismo ni identificarse sin más con el materialismo ilustrado, ciertas lecturas de la filosofía de Marx privilegiaron su dimensión materialista —como si esta consistiera en una explicación unilateral de la realidad a partir de factores económicos—, y encontraron en esa reducción una forma de certidumbre doctrinaria. La historia parecía quedar sometida a leyes inexorables, y la política fue convertida en instrumento de su cumplimiento.

El marxismo universitario venezolano debe comprenderse dentro de ese contexto, no como un cuerpo extraño que hubiera penetrado súbitamente en las aulas para corromper la conciencia de sus estudiantes. Su presencia respondió a un proceso de conflictos sociales, luchas políticas y debates que encontraron en la Universidad un espacio de recepción, elaboración y confrontación. Y como en los tiempos de iluminismo y positivismo, hubo militancia, propaganda y enfrentamientos ideológicos, como también los hubo en otras instituciones y sectores de la sociedad. Pero de ello no se desprende que la formación intelectual de varias generaciones pueda explicarse mediante la imagen de una universidad «penetrada» ab extra.

Esa imagen resulta demasiado cómoda y simplista: permite atribuir a un agente identificable la responsabilidad por un proceso que compromete a la sociedad entera. También impide comprender por qué determinadas ideas encontraron acogida, por qué pudieron ejercer influencia durante décadas y qué necesidades históricas contribuyeron a satisfacer. Ninguna corriente política alcanza una influencia duradera por el simple hecho de infiltrarse en una institución. Para arraigarse necesita interlocutores, condiciones de recepción, conflictos hermenéuticos e intereses. La historia de las ideas exige examinar esas mediaciones.

Lo anterior conduce a una cuestión más incómoda. Si la Universidad contribuyó a elaborar los lenguajes con los que Venezuela interpretó sus sucesivos momentos de crisis, también participó en la conformación de las categorías mediante las cuales se justificaron determinadas respuestas. No se trata de establecer mecánicamente una continuidad doctrinaria entre Ilustración, positivismo, marxismo y populismo. Pero “hay razón en esa locura”. La historia intelectual de la Universidad constituye un terreno indispensable para comprender la historia política del país, incluidas las condiciones culturales e ideológicas que hicieron posible el ascenso del populismo chavista que degeneró en gansterato.

En efecto, el chavismo no fue una creación exclusiva de la Universidad Central de Venezuela. Surgió de una crisis más amplia: el agotamiento de las mediaciones políticas, el descrédito de los partidos, el deterioro de la representación, las frustraciones sociales acumuladas y la incapacidad de las élites para renovar el pacto republicano. Pero esas condiciones no actuaron en un vacío intelectual. Las tradiciones ideológicas que circulaban en la sociedad venezolana, las concepciones del poder, las interpretaciones de la historia y las promesas de redención política formaron parte del horizonte en el que el fenómeno chavista pudo constituirse y legitimarse. La Universidad fue uno de los espacios donde ese horizonte se discutió, se transmitió y, en ocasiones, se reprodujo sin suficiente examen crítico.

Por eso resulta insuficiente denunciar una supuesta “infiltración comunista” como explicación del deterioro de la vida académica. El problema no consiste en decidir qué doctrina “contaminó” las aulas, sino en investigar qué relación establecieron las instituciones del saber con el poder político y con las necesidades efectivas de la sociedad. Una universidad puede defender su autonomía y, sin embargo, no interrogar suficientemente los supuestos que orientan su vida intelectual. Puede resistir la intervención de un gobierno y, al mismo tiempo, reproducir presuposiciones que debilitan su capacidad crítica. La autonomía institucional es indispensable, pero no sustituye la responsabilidad histórica.

La Universidad Central de Venezuela ha sido víctima de las crisis de la República, pero también ha sido parte de su historia. No cabe confundir ambas afirmaciones ni deducir de ellas una responsabilidad exclusiva. Las instituciones universitarias no gobiernan por sí solas un país, no determinan mecánicamente las decisiones de sus actores políticos ni pueden responder por cada consecuencia de las ideas que circulan en sus aulas. Pero tampoco pueden reclamar una exterioridad absoluta frente a los procesos que contribuyeron a formar. Su condición de institución pública, su autoridad intelectual y su papel en la formación de generaciones de dirigentes y profesionales comportan una responsabilidad que no desaparece cuando la historia toma un rumbo adverso.

La crisis venezolana no puede comprenderse únicamente como el resultado de la perversión de ciertos gobernantes, de la traición de tales partidos o de la expansión de cierta doctrina. Una crisis orgánica compromete las formas de representación, los hábitos políticos, las instituciones y los lenguajes mediante los cuales una sociedad se comprende a sí misma. Cuando el deterioro alcanza semejante profundidad, ninguna institución decisiva puede limitarse a señalar culpables fuera de sí. También debe examinar su propia trayectoria, sus silencios, sus errores y las insuficiencias de su pensamiento.

La Universidad Central de Venezuela tiene una tarea que excede la defensa de su patrimonio material y de su autonomía. Le corresponde someter a examen crítico la historia de las ideas y valores de la que forma parte, distinguiendo las promesas emancipadoras de sus deformaciones autoritarias, y recuperar la capacidad de pensar la República como una realidad todavía inconclusa. No basta con preservar la institución: es necesario comprender qué hizo de ella una protagonista de la historia nacional y qué le impidió, en determinados momentos, reconocer las consecuencias de las concepciones que contribuyó a estructurar y difundir.

No se vence “la sombra” atribuyendo toda la oscuridad a fuerzas exteriores. Conviene interrogar a la larga sombra que la propia historia ha ido depositando intra muros. Porque una universidad que se niega a examinar críticamente su participación en la formación de la crisis renuncia a una parte esencial de su propia razón de ser. Y es que la reconstrucción de la República, si alguna vez ha de ser algo más que una consigna, requiere que sus instituciones académicas asuman la historia no como una sucesión de culpas, sino como el terreno propicio para forjar las posibilidades de la libertad.

Composición: IA/lb. Jardines de la Universidad Católica Andrés Bello (LB, Caracas, 06/05/23), con el reloj diseñado por Carlos Raúl Villanueva.

22/10/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/universidad-y-crisis-republicana/

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