sábado, 24 de octubre de 2026

Tempestad en las aulas

¿UNA LEY DE UNIVERSIDADES, AHORA? ¿PARA QUÉ? ¿BUENA PARA QUIÉNES?

William Anseume

Andan apuraditos en el ministerio universitario, emocionados, buscando gestar una nueva Ley de Universidades. Lo primero que debo decir al respecto es que, viniendo de donde viene y en el momento actual, nada bueno puede traer una nueva ley. ¿Con este interinato, continuación de los gobiernos rojos destructivos de la universidad? ¿Ahora, cuando nos aproximamos, con sobrada lentitud, a una transición iniciada a trancas y barrancas? Es decir: ¿vamos a apoyar una ley favorable a quién o a quiénes? ¿Al interinato?

Hace cinco años inició este mismo cuento legal y me opuse rotundamente. ¿Son los mismos gestores u otros? Son los mismos. El afán controlador de la ciudadanía pasa y pesa por y en las universidades. ¿No nos hemos dado cuenta de que detestan el pensamiento libre y crítico? ¿Dónde radica ese pensamiento? ¿Por qué odian la autonomía? Cualquier autonomía la odian: la de los individuos y la de las instituciones. Son los propiciadores del pensamiento único; el de ellos. ¿Dónde se va a aprobar el proyecto de ley? ¿En esa Asamblea? Yo no voté por esa Asamblea; por lo tanto, no me representa. No nos representa.

Pero no es solo eso el tema político de fondo. ¿Para qué necesitamos una nueva ley si la que tenemos sirve bien, como bien dijo antes el rector de la UCV? El argumento de que la ley es vieja no se sustenta en la lógica. Más vieja es la Constitución de los Estados Unidos, del siglo XVIII, y ahí sigue sirviendo. El pésimo argumento de que la universidad debe actualizarse se lo pueden tragar con soda, si quieren. Las universidades cuentan internamente con todos los mecanismos para su actualización y, para ello, no requieren ninguna ley.

¿Cuál es el propósito de un cambio allí, en este momento? Es el tema electoral nacional y el tema electoral universitario; no seamos pendejos. Quienes detentan actualmente el poder piensan en sobrevivir en él para siempre. No planteo solamente el problema electoral universitario que tanto les preocupa —la derrota universitaria que tienen marcada en la frente monstruosa—, sino el electoral nacional, insisto. Saben que la universidad los mata políticamente. Pensamiento único y pensamiento libre son chocantes por naturaleza. En la ULA ya lo advirtieron un exrector y el rector Bonucci: no quieren elecciones sin una nueva ley; sin una ley controladora, posesiva y destructiva del espíritu universitario.

La universidad lo que requiere es un gobierno nacional plural. Esa es la ley: un gobierno que la atienda, la respete y la respalde. No por casualidad la autonomía universitaria se acentuó con la democracia, ni por casualidad se perdió casi completamente con la dictadura. Caramelo de violador no es caramelo, es carnada. Lo que debe reorientarse es la política pública universitaria. Eso de las becas estudiantiles controladas por el Sistema Patria, centralizadas por el gobierno y expropiadas a la universidad, ¿no nos da una idea?

Si se necesita una ley nueva —no lo creo—, que venga con un gobierno libre y una Asamblea libre y plural. Si finalmente imponen una ley a su medida, como acostumbran, espero que sea derogada entre las primeras por esa indispensable nueva Asamblea: digna, libre y plural. Como debe ser derogada la Ley contra el Odio, inventada no por otros, sino por estos mismos. ¿O no?

Invito a todos los universitarios del país a oponerse de frente a ese adefesio capturador de las universidades que se está gestando desde el Ministerio de Educación Universitaria, y a no participar, so pena de colaboracionismo destructivo, en esa discusión. Aquí estoy de nuevo, contra la idea de controlar legalmente la universidad por parte de los rojos, quienes no se cansan de destruirla. Vean la USB.

24/10/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/una-ley-de-universidades-ahora-para-que-buena-para-quienes/

 

NUEVA LEY DE UNIVERSIDADES

Luis Emilio Torres-Núñez

La desconfianza es el principal talón de Aquiles de esta consulta sobre una nueva Ley de Universidades. Hay razones suficientes para actualizar la legislación y no tengo ninguna dificultad en reconocerlo. Lo que merece discutirse es cómo se pretende conducir esa transformación cuando el gobierno todavía rechaza reconocer aspectos fundamentales de la crisis y su responsabilidad en ella. Las comunidades universitarias necesitan saber qué cambiará en la relación con el Estado, porque una convocatoria al diálogo no permite suponer que ahora serán respetadas las obligaciones que durante años han reclamado. De allí la importancia de conocer la posición de la ministra frente a las políticas que han conducido al sistema a sus condiciones actuales y las decisiones que está dispuesta a promover para modificarlas.

El pasado mes de marzo, frente a los reclamos estudiantiles en la UCV, la ministra Ana María Sanjuán negó la asfixia presupuestaria y afirmó que podía mostrar los presupuestos universitarios desde 1999. Pues bien, sería muy sano para la comunidad universitaria que los publicara, con sus modificaciones, transferencias y ejecución. Saber que el gobierno asignó dinero no demuestra por sí solo que haya financiado suficientemente a las universidades, ni explica qué ocurrió con los mecanismos que debían distribuirlo entre sus funciones académicas. Para empezar esta discusión, hace falta conocer los planes operativos de las instituciones, comparar los recursos solicitados con los aprobados y efectivamente recibidos, identificar sus destinos y examinar —sobre todo en una economía inflacionaria— las fechas de las transferencias y qué pudo financiarse con esos recursos. El sistema digital de ejecución presupuestaria anunciado por el Ministerio en septiembre debería permitir ese examen. Responder al reclamo sobre el deterioro con la afirmación de que sí hubo presupuesto desplaza el sentido de la discusión y lo deja sin evaluar las consecuencias de la política económica aplicada. A la ministra le corresponde informar cuáles de las políticas del gobierno que representa contribuyeron al deterioro y cuáles propone modificar.

La información necesaria para esta discusión también comprende las condiciones académicas del sistema. El Ministerio continúa sin publicar de manera sistemática las estadísticas del sector, aunque ha divulgado algunas cifras de ingreso estudiantil y otros datos en sus balances. La comunidad académica que desea participar con seriedad necesita consultar series estadísticas comparables sobre profesores, estudiantes, investigación y posgrados, conocer sus metodologías y acceder a los documentos que permitan contrastarlas. Esa información es indispensable para elaborar un diagnóstico de la situación actual de las universidades y fundamentar el análisis de los alcances y las limitaciones de la legislación vigente, así como de los desafíos, las tendencias y los escenarios que debería atender la nueva ley. La ministra debería precisar cuándo estarán disponibles esas series y cómo podrán consultarse. Después de tantos reclamos, la transparencia tendría que ser una condición efectiva de la consulta, en lugar de permanecer como otra promesa.

La autonomía ofrece una prueba igualmente concreta. El artículo 109 de la Constitución establece que las universidades nacionales experimentales alcanzarán su autonomía conforme a la ley; el artículo 10 de la Ley de Universidades ya reconocía una autonomía ajustada a las condiciones de experimentación educativa. La ministra debería explicar cómo se propone cumplir ese mandato y qué competencias de las comunidades académicas se compromete a respetar el gobierno, porque la reforma tendría que hacer efectiva esa garantía y no dar cobertura legal a las intervenciones con las que el propio gobierno ha vulnerado la autonomía. La experimentalidad fue concebida para ensayar nuevas orientaciones y estructuras académicas, una finalidad que requiere capacidad institucional para decidir y que difícilmente puede desarrollarse bajo la tutela permanente de un gobierno y mucho menos de un partido político. Por cierto, en septiembre el propio Ministerio insinuó que la reforma legal debía preceder a las renovaciones electorales de universidades autónomas o experimentales. Esa posición exige identificar qué disposiciones vigentes impiden avanzar en esos procesos y cuáles dificultades provienen de decisiones gubernamentales que podrían revisarse desde ahora, con procedimientos y plazos definidos. El problema alcanza al propio CNU, donde también sería conveniente examinar la independencia de las autoridades que lo integran frente al gobierno y su partido, particularmente de aquellas cuyo nombramiento ha sido impuesto por el mismo gobierno, porque quienes participan en ese organismo colegiado necesitan garantías para discutir y contradecir razonadamente los planteamientos gubernamentales sin que la discrepancia comprometa su permanencia en el cargo.

En materia financiera, el tema es demasiado amplio para ser abordado en un solo artículo; sin embargo, señalamos con precisión que la ley vigente tampoco está vacía de obligaciones. Su artículo 13 establece una asignación global para las universidades nacionales no inferior al 1,5 % del total de las rentas presupuestadas. Por eso es importante —como ya se señaló— que la ministra publique los presupuestos, sus modificaciones y su ejecución, para que la comunidad universitaria pueda verificar el cumplimiento y la suficiencia económica de esa disposición y, además, estudiar qué recursos recibieron las instituciones y qué necesidades quedaron sin atender. Junto con esa rendición de cuentas, corresponde que la ministra y su gobierno reconozcan la magnitud de la crisis universitaria y asuman la responsabilidad económica mediante la presentación de un plan de recuperación acordado con las universidades. Ese plan debe acompañar la consulta porque permitiría a la comunidad universitaria evaluar si el gobierno está dispuesto a corregir las prácticas que han debilitado la confianza en sus compromisos. El gobierno difícilmente puede esperar que las comunidades universitarias del país crean en las garantías financieras de una nueva ley mientras se desconozca qué ocurrió con las existentes y con cuáles recursos se propone atender las necesidades actuales.

Finalmente, la política de desalarización exige una definición que no puede seguir diluyéndose en declaraciones sobre aumentos de ingresos mediante bonificaciones que no se incorporan al salario. La FAPUV, sus asociaciones y otros gremios de trabajadores universitarios han denunciado las consecuencias de esa sustitución sobre los beneficios establecidos en las convenciones colectivas, incluso en aquellas que el propio gobierno impuso para desplazar las Normas de Homologación. El trabajador necesita dinero para vivir hoy y también que se respeten los derechos derivados de sus años de servicio, sus vacaciones, sus prestaciones y su jubilación. Nadie propone quitarle los bonos para dejarlo con menos; lo que se exige es conocer cómo se recuperará el salario sin reducir su ingreso inmediato. Presentar el aumento de las bonificaciones como recuperación de la carrera académica deja fuera precisamente las condiciones laborales que la han debilitado y que hacen cada vez más difícil dedicarse a ella. La ministra debería explicar si el gobierno está dispuesto a revertir esta política y presentar una propuesta sobre escalas salariales, dedicación, formación, antigüedad, jubilaciones y mecanismos de ajuste que pueda negociarse con las organizaciones gremiales y cuente con respaldo presupuestario.

Todo esto explica por qué la propuesta de reformar la Ley de Universidades y la consulta convocada en estas circunstancias pueden percibirse como una política de contención de la crisis del sector por parte del gobierno, con un patrón que sigue este curso: se abre una expectativa, se invita a participar y se desplazan hacia el futuro respuestas que deberían comenzar a ejecutarse ahora. La ministra tiene una manera concreta de aminorar esa sospecha: presentar rectificaciones financiadas y permitir que su ejecución sea examinada públicamente, en lugar de volver a solicitar paciencia con cada anuncio. La credibilidad del proceso no puede descansar exclusivamente en la palabra de los representantes del gobierno que defienden las políticas cuestionadas y desestiman los reclamos de quienes han sufrido sus consecuencias. Yo espero que las universidades participen con toda su capacidad crítica, sin excluir del debate las responsabilidades gubernamentales. Los acuerdos que surjan necesitan garantías que permitan exigir su cumplimiento tanto a las autoridades actuales como a las que habrán de sucederlas, para que el funcionamiento universitario no vuelva a depender de la disposición circunstancial de quienes ejercen el poder. No son las comunidades universitarias las que deben justificar su desconfianza una vez más; es el gobierno el que tiene que ofrecer motivos verificables para comenzar a superarla.

Ilustraciones: IA/lb.

24/10/2026:

https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/nueva-ley-de-universidades-cual-es-la-posicion-de-la-ministra/   

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Tempestad en las aulas

¿UNA LEY DE UNIVERSIDADES, AHORA? ¿PARA QUÉ? ¿BUENA PARA QUIÉNES? William Anseume Andan apuraditos en el ministerio universitario, emoci...