DE LA LOCALIDAD VANDALIZADA
Luis Barragán
Digamos que no hay ciudad, pueblo y caserío que no
registre las huellas de la vandalización. Pudiera parecer redundante al
calificarla de ociosa, pero la hay como un motivo accidental de distracción y
como un oficio inadvertido de destrucción que bien sabrá distinguir el
profesional de la psicología como travesura o manía perniciosa, ocurrencia o
vocación.
Relativamente nuevas y fabricadas de material
resistente a la intemperie y, a la vez,
flexible y de color variado y llamativo, las tanquillas de las empresas
de transmisión digital constituyen un modesto detalle estético de la localidad
venezolana que se incorpora a la interconectividad universal. No obstante,
puede contribuir y contribuye a la fealdad de la ciudad capital cuando resultan
no sólo destrozadas por los peatones que la patean y los indigentes que la
escudriñan, sino que cuentan con la mirada negligente de las autoridades públicas.
Nada difícil de imaginar esas tanquillas de hebras
deshilachadas, con tapas partidas, que le dan alcance a las bolsas de basura en
las pugnas de menesterosos, igualmente destrozadas en la alcaldía del municipio
Libertador, por ejemplo, la han convertido en paisaje emblemático de la Caracas
de día y de noche. Pueden pasar los
días, semanas y hasta meses, sin que haya inteligencia policial alguna para
evitar destrozos que, a veces, son sistemáticos de acuerdo a la ocurrencia o
vocación expuesta y que jamás puede considerarse un talento creador en lo
artístico o destructor en lo militar.
Por lo visto, el vandalaje (el término vandalidad no cuenta con registro
académico en el DRAE), ya no es una excepción y un detallazo, sino parte del
deterioro, la agresión, el desconcierto, la rebelión, la frustración, o la seña
como expresión identitaria y colectiva del malestar urbano, de la escasa o nula
calidad de vida de los antes vanidosos petrolandeses venezolanos. Incluso,
aquel que deambula por las calles en busca de trabajo, es y dice ser portador
de los valores de una clase media venida a menos, que tiene el “derecho” de
robar la señal internetiana al vecino o pasearse por los bancos o taburetes de
un supermercado de libre Wi-Fi, puede ser incapaz de destruir los bienes
públicos, pero se siente algo o mucho reivindicado si alguien lo hace por él y
todavía más si alguien puede hacerlo en una urbanización o barriada
impenetrable y exclusiva por exceso o por defecto.
¿Nos acostumbramos al hábitat por siempre vandalizado
y tolerado por un Estado que ya ha sido víctima del flagelo? ¿O nos rebelamos
desde una perspectiva creadora, aceptándola como promesa de unasuperior calidad
de vida a construir en el marco de la transición pacífica y democrática pendiente?
El vandalismo no es la causa de nuestros males, sino uno de los síntomas más nítidos del fracaso. Y que sepamos, en la conducción del Estado no están representadas las grandes mayorías.
Fotografías: LB, El Paraíso (Caracas, 25&10/26).
26/010/2026:
https://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/45136-de-la-localidad-vandalizada



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