lunes, 26 de octubre de 2026

Vándalos

DE LA LOCALIDAD VANDALIZADA

Luis Barragán

Digamos que no hay ciudad, pueblo y caserío que no registre las huellas de la vandalización. Pudiera parecer redundante al calificarla de ociosa, pero la hay como un motivo accidental de distracción y como un oficio inadvertido de destrucción que bien sabrá distinguir el profesional de la psicología como travesura o manía perniciosa, ocurrencia o vocación.

Relativamente nuevas y fabricadas de material resistente a la intemperie y, a la vez,  flexible y de color variado y llamativo, las tanquillas de las empresas de transmisión digital constituyen un modesto detalle estético de la localidad venezolana que se incorpora a la interconectividad universal. No obstante, puede contribuir y contribuye a la fealdad de la ciudad capital cuando resultan no sólo destrozadas por los peatones que la patean y los indigentes que la escudriñan, sino que cuentan con la mirada negligente de las autoridades públicas.

Nada difícil de imaginar esas tanquillas de hebras deshilachadas, con tapas partidas, que le dan alcance a las bolsas de basura en las pugnas de menesterosos, igualmente destrozadas en la alcaldía del municipio Libertador, por ejemplo, la han convertido en paisaje emblemático de la Caracas de día y de noche.  Pueden pasar los días, semanas y hasta meses, sin que haya inteligencia policial alguna para evitar destrozos que, a veces, son sistemáticos de acuerdo a la ocurrencia o vocación expuesta y que jamás puede considerarse un talento creador en lo artístico o destructor en lo militar.

Por lo visto, el vandalaje (el término vandalidad no cuenta con registro académico en el DRAE), ya no es una excepción y un detallazo, sino parte del deterioro, la agresión, el desconcierto, la rebelión, la frustración, o la seña como expresión identitaria y colectiva del malestar urbano, de la escasa o nula calidad de vida de los antes vanidosos petrolandeses venezolanos. Incluso, aquel que deambula por las calles en busca de trabajo, es y dice ser portador de los valores de una clase media venida a menos, que tiene el “derecho” de robar la señal internetiana al vecino o pasearse por los bancos o taburetes de un supermercado de libre Wi-Fi, puede ser incapaz de destruir los bienes públicos, pero se siente algo o mucho reivindicado si alguien lo hace por él y todavía más si alguien puede hacerlo en una urbanización o barriada impenetrable y exclusiva por exceso o por defecto.

¿Nos acostumbramos al hábitat por siempre vandalizado y tolerado por un Estado que ya ha sido víctima del flagelo? ¿O nos rebelamos desde una perspectiva creadora, aceptándola como promesa de unasuperior calidad de vida a construir en el marco de la transición pacífica y democrática pendiente?

No todos los peatones, indigentes o autoridades públicas son culpables,pues, significaría una estigmatización injusta y cómoda. Hablamos de una cierta tendencia que puede crecer y, en efecto, crece.

El vandalismo no es la causa de nuestros males, sino uno de los síntomas más nítidos del fracaso. Y que sepamos, en la conducción del Estado no están representadas las grandes mayorías. 

Fotografías: LB, El Paraíso (Caracas, 25&10/26).

26/010/2026:

https://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/45136-de-la-localidad-vandalizada

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