miércoles, 16 de septiembre de 2026
martes, 15 de septiembre de 2026
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¿UNA NUEVA LEY DE UNIVERSIDADES EN TIEMPOS DE TRANSICIÓN?
Un modo de eludir, subestimar o decididamente adversar la transición y el proceso cívico que genera, es el de simular el normal desarrollo de los problemas políticos. Sin embargo, el período tan excepcional que afrontamos los venezolanos permite dudar de la propia vigencia de la Constitución, incumplida por razones de una emergencia institucional que tiene de todo menos la gratuidad: los eventos del 3-E pusieron en evidencia el dramático colapso de un sistema que, a pesar de los costos ocasionados, pretendió prolongar la agonía.
Aceptemos que las adversidades y los adversarios constituyen un fenómeno natural de resistencia al cambio, pero también que un índice confiable de la inhabilidad política es dejar al descubierto tamaña intención. Así las cosas, luce muy razonable que el solo anuncio oficial de un proyecto de ley de universidades, provoque toda suerte de sospechas, entre otras cosas, porque la titular del despacho ministerial del ramo al mismo tiempo integra la consabida mesa de negociaciones; y, en consecuencia, despunta como una táctica más que como una estrategia de distracción sobre el objeto mismo que obligó a representantes del gobierno y de la oposición a sentarse.
La primera constatación es que basta con aplicar todas las previsiones constitucionales para iniciar el camino de reconstrucción de la institucionalidad universitaria en nuestro país, por lo que el asunto no estriba en una nueva ley por la claridad y precisión que caracterizaron al constituyente de 1999 respecto a la autonomía universitaria, la inviolabilidad del recinto, la libertad de cátedra, el régimen presupuestario, entre otras facetas. Huelga comentar que la violación sostenida de la Constitución en la materia ha contribuido a suscitar la tragedia en nuestras casas de estudios, además de la pretendida creación de la universidad comunal, cosa que no se resuelve con el dictado de otra ley a destiempo.
A modo de ejemplo, el 16 de los corrientes cumple cinco años en el ejercicio de sus responsabilidades rectorales el equipo interventor de la Universidad Simón Bolívar que, originalmente, en 180 días debió convocar a elecciones, pero no sólo permitió la destrucción del laberinto cromo-vegetal, sino la ruina del galpón de biología, el déficit alarmante de profesores (incluso, especialmente de matemáticas), hizo de la piscina olímpica el hogar de un caimán, liquidó en la práctica el transporte estudiantil. El bloqueo económico ha servido de pretexto para justificar la monumental crisis de un siglo XXI que aún no comienza y, no faltaba más, ¿por qué no utilizarlo para las universidades como la brillante contribución de las recurrentes constituyentes universitarias que decretaban según el reporte meteorológico del momento?
Concluyamos, por una parte, que toda actualización legislativa habrá de explicar la dinámica transicional en marcha, pero no al revés; y, por otra, no siendo cosa de un absurdo academicismo, importa tener consciencia de la posibilidad, naturaleza, características y alcances de la transición democrática aspirada por las grandes mayorías. Parece imperdonable que la dirigencia política no sepa del momento histórico que atravesamos a favor de las veleidades y el espectáculo digital que la consume.
Sobre todo, cuando no se tiene idea de la
competencia (pre)transicional, con el sabotaje político siempre rondando. Son
variopintos los adversarios del cambio, agregados los atosigados por el
silencio. ¿O prescindiremos del cambio como solución?
Fotografías: LB (2026).
15/09/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/una-nueva-ley-de-universidades-en-tiempos-de-transicion/
lunes, 14 de septiembre de 2026
Flechado
DEL INSILIO OLVIDADO
De la población desplazada
hacia el exterior en búsqueda de un refugio seguro y estable, no hay cifras
oficiales o confiables quizá por un problema de nomenclatura. El término
diáspora tiene otras connotaciones, no sólo más amables, sino que ampara a
quienes no necesariamente huyeron por razones exclusivamente políticas, aunque
hubo quienes las inventaron para intentar una rápida legalización, cuando la
inmensa mayoría tuvo fortísimos motivos socioeconómicos para irse al
extranjero.
Obviamente, deberíamos
contar también con cifras relacionadas con los desplazamientos dentro del
territorio nacional de grandes contingentes por distintas coordenadas, pero no
ocurre al reservarse el poder establecido las señas precisas de una realidad
que procura no se conozca en profundidad. Entre regiones, estados, municipios y
parroquias se ha producido una movilidad que no responde precisamente a las
mejores oportunidades laborales, como pudo ocurrir durante el siglo pasado y el
proceso de modernización, sino a la persecución y represión políticas, a las
condiciones de inseguridad personal provocadas por mafias y guerrillas, a la
literal hambruna, entre otras causas.
Puede hablarse entonces de
insilio, un neologismo todavía no admitido por el diccionario oficial de la
lengua española, que remite al exilio interior, a la experiencia de sentirse
desterrado en el propio país. No todo desplazamiento interno es, desde luego,
insilio, pero hay quienes, permaneciendo dentro de las fronteras nacionales, se
han visto obligados a abandonar su hogar, empleo, comunidad y hasta las
condiciones más elementales de su vida anterior.
Es una diferencia importante
respecto del siglo pasado, pues, por entonces, sin que faltaran los
desplazamientos impuestos por circunstancias políticas o económicas, grandes
contingentes se trasladaban hacia las ciudades, los centros industriales y los
grandes cultivos rurales porque allí estaban las oportunidades que ofrecía la
modernización. Ahora, con frecuencia, se cambia de lugar porque ya no están
allí las condiciones para permanecer: antes se iba hacia las oportunidades y,
ahora, también se huye cuando faltan.
Por lo que hemos podido
indagar, hay una crisis de desarraigo también significativa, aunque lógicamente
menor que la experimentada en el exterior: fragmentación de las familias, una
frágil estratificación social que poco rememora a la petrolera, diferencias
inflacionarias nada sutiles entre las regiones, desescolarización forzada y
otras consecuencias que apenas alcanzamos a registrar. Sin embargo, quien se
desplaza dentro del país conserva, si se quiere, una ventaja que no es poca
cosa: puede tener más a la mano a familiares y amigos probados a la hora de una
emergencia.
Posiblemente, el intercambio
poblacional o la movilización de un lugar mediana o considerablemente distante
a otro, alcance cifras que hoy desconocemos. Quizá las grandes líneas de
transporte público tengan números que sorprenderían acerca del insilio
venezolano, como seguramente lo sabe el gobierno: hace falta afirmar que sea
mayor que la población que ha viajado para quedarse en el exterior. Huelga
comentar que el fenómeno no encuentra cupo en la opinión pública ni en el
debate político.
Indagando, varias personas
nos comentaron que todo aquel que no dispuso de suficientes ahorros para irse,
hospedarse y buscar trabajo en el extranjero, o a quien le resultaba muy
forzado abandonar a familiares enfermos, hijos o padres de considerable edad,
se resignó a quedarse en el país, probar suerte con un empleo o desplazarse
como pudiera. La emigración tampoco está al alcance de todos, porque hay quienes
pueden pagar un pasaje, disponer de un lugar donde llegar y buscar trabajo con
alguna tranquilidad; otros apenas consiguen trasladarse a otra ciudad, a otro
estado, a otra parroquia, confiando en algún familiar o conocido.
Y así se produce una paradoja:
quien no pudo salir del país puede haber tenido que salir de su propio lugar, y
no cruza una frontera internacional, no aparece necesariamente en los registros
de la diáspora y tampoco adquiere la visibilidad del emigrante, pero carga
igualmente con una experiencia de pérdida. Pierde el arraigo, modifica sus
relaciones familiares, interrumpe la escolaridad de los hijos, abandona un
trabajo o una vivienda y comienza de nuevo en un sitio que tampoco escogió en
las mejores circunstancias.
Hay, por supuesto, una diferencia
con el venezolano que se marchó al exterior y que no debemos ignorar, aunque también existe una semejanza: ambos responden,
de maneras distintas, a una ruptura de las condiciones ordinarias de vida. Uno
cruza la frontera; el otro permanece dentro de ella, aunque ya no pueda
permanecer donde estaba.
Todos sufrimos las
condiciones en las que se encuentra el país, pero a ellos se les agrava por
razones demasiado lógicas. No sólo porque debieron desplazarse, sino porque
muchas veces tuvieron que hacerlo sin recursos suficientes, sin garantías y sin
la certeza de que el lugar de destino pudiera ofrecerles aquello que habían
perdido.
Quizá sea ésta la
particularidad del insilio que más convenga destacar: no requiere cruzar una
frontera para experimentar el destierro. Se puede seguir viviendo en Venezuela
dejando atrás el lugar donde se pertenecía. Y una sociedad que no registra
suficientemente a quienes viven esa experiencia corre el riesgo de
convertirlos, por segunda vez, en desplazados: primero de su territorio;
después, de la memoria pública.
Ilustración: lb/IA.
14/09/2026:
https://opinionynoticias.com/opinionpolitica/44947-del-insilio-olvidado
domingo, 13 de septiembre de 2026
Caza de citas
Mariana
Enríquez
(“Archipiélago. Una
formación lectora en veintinueve islas”, Ampersand, Buenos Aires, 2025: 211)
Reproducción:
Noticiero retrospectivo
- Joaquín Marta Sosa. “El enemigo más querido”. El
Diario de Caracas, 20/06/1984.
- Luis Buitriago Segura entrevista a Rafael Naranjo Ostty: las detenciones ilegales basadas en los prontuarios policiales. El Nacional, Caracas, 16/03/81.
Reproducción: Gabriel Puerta Aponte: izquierda, plan terrorista, "comandante Ezequiel", tomada de El Universal (Caracas, 03/06/1971); y, derecha, lugarteniente de Carlos Betancourt, tomada de Últimas Noticias (Caracas, 14/12/1973).
Hacer y abrir la puerta
PRIMERO, LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA; DESPUÉS, LA LEY DE UNIVERSIDADES
Luis Barragán
Con casi treinta años de gobierno encima, ahora
anuncian un proyecto de Ley de Educación Superior como si fuese tan
indispensable para solventar la cantidad acumulada de problemas para la cual
han hecho un mérito innegable. La Constitución es suficientemente clara e
inequívoca sobre la autonomía universitaria, la inviolabilidad del recinto, el
régimen presupuestario, etc., y, siendo así, por lo pronto, bastará con
cumplirla como no la han hecho antes.
Esta y otras leyes que puedan ocurrírsele al despacho
ministerial del ramo tienen por objetivo generar una estupenda distracción en
torno al asunto fundamental que le concierne a todo el país: la transición
hacia la democracia. El mejor aporte que pueden hacer es no estorbar en una
dinámica que demasiado lenta, asumiendo a cabalidad la responsabilidad que
tienen en la destrucción de nuestras casas de estudios.
La mejor opción es colaborar con la reconstrucción
republicana, apartándose del camino. Seriedad alguna tiene que digan del
legendario bloqueo económico como causal del desastre, como se le ocurrió decir
al rector de la Universidad Simón Bolívar que ha arruinado académica y
materialmente. Y muy bien nos sirve como ejemplo: la universidad que borró el
laberinto cromo-vegetal de Cruz Diez, crió
un caimán nada más y nada menos que en la caricatura de la desastrosa piscina
olímpica, cuenta con un déficit alarmante de profesores, entre otros detalles.
Sin embargo, el mejor ejemplo de la acción es que ese equipo rectoral cumplirá
cinco largos años el 16 de los corrientes como autoridades interinas con
despacho en Sartenejas, cuando debieron convocar a elecciones en 180 días hace …
cinco años. El equipo rectoral permanece
a pesar de todo.
¿Para qué tiempo atrás el gobierno suscribió un contrato colectivo con el sector universitario o, mejor, con un falso gremio, esto es, suscribió un contrato consigo mismo, si no hubo ocasión de reclutar y sacar siquiera a la pelea a las tales brigadas universitarias el 3-E. Y es que lo peor es que le hicieron perder el tiempo al país por estas décadas, aunque – eso, sí – tardíamente tienen por empeño una ley de universidades. Y ¿ya, para qué?
La prioridad de ahora mismo, no esa ley porque con acatar la Constitución basta y, lo demás, es hacer posible la transición. En los inicios de esta década, hicimos nuestro el proyecto de ley orgánica de universidades que aportó Aula Abierta, y lo diligenciamos en la Asamblea Nacional, cuyos ejemplares deben reposar en los archivos de la corporación legislativa.
Defendimos a la universidad venezolana en la calle, el
aula, el parlamento, en fin, en todos los escenarios posibles. Reconozcan que
la antigua defensa de la autonomía universitaria, como el precio bajo de la
gasolina, eran banderas del más rancio oportunismo: ¿qué hicieron en ambos
casos?
Se les dio cinco años de poder, pero no se contentaron
y trampearon para llegar a más de tres décadas. Por eso, la universidad misma
les pide: no estorben y dejen que avance la transición democrática.
13/09/2026:
Ilimitado perdón
EL PERDÓN QUE NACE DE LA COMPRENSIÓN
(San Mateo, 18: 21-35))
En el libro del Génesis
(4,24), se dice que si «Caín fue vengado siete veces, Lamec lo será setenta
veces siete», introduciendo así una espiral de venganza sin límite. «Sin
límite»: ésa podría ser la traducción del bíblico «setenta veces siete». Pues
bien, frente a la «espiral de la venganza», Jesús promueve la «espiral del perdón»…
El perdón radical nace de la
comprensión y se vive como compasión, dos rasgos básicos de la personalidad de
Jesús y dos pilares fundamentales del mensaje del evangelio.
Podemos entender la
comprensión como la capacidad de saber o de ver la verdadera naturaleza de lo
real, más allá de tópicos, ideas hechas, creencias… y (también) engaños
mentales.
Los místicos nos advierten
de que la identificación con la mente constituye un velo que desfigura la
realidad, haciéndonos tomar como real lo que únicamente es una ilusión. Por
eso, sólo cuando aprendemos a tomar distancia de la mente, al acallarla,
podemos «ver».
¿Cuál es la causa de que la
mente nos confunda? La inevitable separatividad que establece en todo lo real,
al objetivar todo lo existente y contraponerlo al «sujeto» que ella cree ser.
Esa distinción primera sujeto/objeto será el germen de separaciones interminables,
así como de un dualismo omnipresente.
Cuando la mente se
absolutiza –como ha ocurrido, particularmente, en la tradición occidental-, el
conocimiento se reduce a la razón o al pensamiento, y se olvida (se niega)
cualquier otra forma de conocer que no sea la mental.
Sin embargo, pensar no es lo
mismo que conocer. Una cosa es pensar y otra muy distinta saber que se está
pensando. En este segundo caso, ya no hay identificación con la mente. Se trata
de un «saber silencioso», preconceptual, anterior a la razón.
Un saber al que los propios
místicos han denominado «No-saber», dada la identificación que la cultura
occidental había establecido entre «pensar» y «saber». Frente a la
absolutización de la razón, los místicos han invitado siempre a descansar en el
«no-saber»: así lo proponía el anónimo autor de La Nube del no saber, en el
siglo XIV; y así lo proclamaba san Juan de la Cruz, en su sabio verso: «entréme
donde no supe / y quedéme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo».
Este no-saber del que hablan
no es otra cosa que tener la mente abierta para percibir lo que no puede ser
percibido por el pensamiento.
En ese no-saber, cuando el
pensamiento se aquieta, lo que queda es conciencia. Y al atenderla, lo que se
produce es que la conciencia se hace consciente de sí misma. Y, cuando eso
acontece, se deshace la ilusión de la separación entre el perceptor y lo
percibido. Conocedor y conocido se descubren fundidos en la Unidad, o mejor,
abrazados en la No-dualidad: ha emergido la comprensión.
En síntesis, la comprensión
nos hace ver toda la realidad inextricablemente interconectada, en una
totalidad en la que todo se halla en todo.
Interconexión y holismo son
dos características fundamentales de lo real, que la mente nos oculta (y que,
sin embargo, hoy reconoce ya incluso la física cuántica, a partir de sus
experimentos con partículas subatómicas): no hay nada que pueda existir
desconectado.
No existe un mundo «ahí
fuera», separado de nosotros; eso es sólo una construcción mental. Y, como
escribe Marià Corbí, «el mundo de nuestras construcciones no está ahí fuera,
está en nuestra mente individual y colectiva… Todo viviente se interpreta en
esta dualidad fundamental [como un «yo» separado frente al mundo como campo
donde sobrevivir].
Nosotros estamos sometidos a
esta ley. Pero esa dualidad no es lo que realmente hay, es sólo lo que los
vivientes necesitamos ver, es sólo lo que los vivientes nos vemos precisados a
construir. Lo que realmente hay es «no dos», «eso no-dual»». (M. CORBÍ,
Silencio desde la mente. Prácticas de meditación, Bubok, Barcelona 2011, p.12).
Pues bien, la comprensión
que nace de la conciencia nos aporta una doble luz, de donde brotan la
compasión y el perdón.
Por un lado, la certeza de
que los otros son no-separados de mí; por otro, la certeza de que el mal que
hacemos –como el mal que me hacen- es fruto de la ignorancia.
Si el otro «forma parte» de
«mí», y si ha obrado por ignorancia, ¿qué me impide perdonar? Sólo una cosa: mi
identificación con el ego que se ha podido sentir agraviado y la creencia
ilusoria de la separación en la que me mantiene la identificación con la mente.
Todo ello puede apreciarse
en lo que llamamos «runruneo mental». Cuando el ego se ha sentido agraviado, es
probable que empiece a construir historias mentales en torno a lo sucedido,
adoptando el papel de víctima que reclama venganza.
Sin embargo, ese runruneo
mental no es otra cosa que remover cadáveres: estamos dando vueltas a lo que ya
ha pasado, agravando innecesariamente el sufrimiento y alimentando mecanismos
tan nefastos como el victimismo, la queja y el resentimiento.
Gracias a ella, como decía
más arriba, dejamos de «remover cadáveres», nos ejercitamos en el aprendizaje
de venir al presente y nos abrimos a reconocer la Unidad que somos, más allá de
los comportamientos de cada cual. Al mismo tiempo, dejamos de alimentar el ego
–y de mantener actitudes egocentradas-, para reconocernos en nuestra identidad
más profunda, estable y compartida.
Todo resulta admirablemente
coherente: acallar la cháchara mental, venir al presente, salir del ego,
reconocer nuestra identidad más profunda… son movimientos que se dan a la vez
y, como resultado, producen la vivencia de la compasión: la capacidad de sentir
como propio lo que le ocurre al otro –la capacidad de «vibrar» o de
«estremecernos en las entrañas» ante su sufrimiento-, para poner más amor donde
vemos más dolor.
Todo esto puede ayudarnos a
ver hasta qué punto Jesús fue el hombre de la comprensión y de la compasión.
Bien consciente de su Identidad más profunda, se supo y se vivió como
no-separado de nadie ni de nada, hasta el punto de poder afirmar: «El Padre y
yo somos uno» y «Lo que hicisteis a cada uno de estos más pequeños, me lo
hicisteis a mí».
*****
A propósito de la sabiduría
de venir al presente –que hace posible la Comprensión profunda-, sin quedarnos
atrapados en «historias» que nuestra mente construye sobre el pasado, quiero
traer una anécdota de la vida del Budha -«el atentado de Devadatta»- y
compartir humildemente lo aprendido –regalado- en una experiencia personal.
El Budha y el perdón
El Budha fue el hombre más
despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y
desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el
perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e
incluso dispuesto a matarlo.
Cierto día que el Budha
estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca
desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin
embargo, la roca sólo cayó al lado del Budha y Devadatta no pudo conseguir su
objetivo. El Budha se dio cuenta de lo sucedido y permaneció impasible, sin
perder la sonrisa de los labios.
Días después, el Budha se
cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente.
Muy sorprendido, Devadatta
preguntó:
— ¿No estás enfadado, señor?
— No, claro que no.
Sin salir de su asombro,
inquirió:
— ¿Por qué?
Y el Budha dijo:
— Porque ni tú eres ya el
que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.
El Maestro dice: Para el que
sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.
Conciencia transpersonal y perdón
El yo no puede perdonar. Es
inútil esperarlo de él. Así como tampoco puede no juzgar. Como resultado de
nuestra identificación con la mente, el yo vive gracias al pensamiento, que no
es otra cosa que juicio. Su objetivo es autoperpetuarse, por medio de los dos
mecanismos que le otorgan una sensación de existir: la apropiación y la
identificación. De ahí que su funcionamiento sea necesariamente egocéntrico.
Con esas características, no
es difícil comprender que las lecturas que el yo hace de las situaciones
resulten confusas, generen sufrimiento inútil y conduzcan, finalmente, a
callejones sin salida. Eso es exactamente lo que ocurre, de un modo más
patente, en aquellas circunstancias en las que el yo se ha sentido
especialmente agraviado.
Cuando una situación del
presente despierta heridas dolorosas del pasado, el malestar suele ocupar toda
la escena. Y el yo herido hace lecturas de la misma, necesariamente
egocentradas, que bloquean la posibilidad de perdón auténtico. En el mejor de
los casos, puede llegar a una resignación más o menos «tolerada», pero no podrá
perdonar a quien piensa que lo hirió.
El perdón sólo es posible en
la medida en que trascendemos el yo. Con frecuencia, ello requiere tiempo,
paciencia… y todo un ejercicio de toma de distancia de él. Sin ésta, no
logramos salir de su ámbito y permanecemos sometidos a su dominio: no podremos
ver las cosas sino como el propio ego las ve. No hay camino de salida.
Tomar distancia del yo
significa desarrollar nuestra capacidad de observarlo como un «objeto» dentro
de lo que realmente somos. Al hacerlo, empezamos a reconocer que no somos ese
yo -ni las «historias mentales» que él mismo se ha fabricado-, sino Eso que
observa, el Espacio consciente e ilimitado, desde el que todo es percibido de
un modo radicalmente nuevo.
Ese Espacio consciente es
nuestra identidad más profunda, transpersonal (transegoica y transmental),
no-dual y compartida. Mientras permanecemos en ella, la preocupación por
nuestro ego disminuye hasta el extremo; sus «historias mentales» de
sufrimiento, venganza o resentimiento se evaporan en la Conciencia
transpersonal, y empiezan a fluir, lúcida y mansamente, la bondad, la compasión
y el perdón.
Y venimos a descubrir que el
perdón no es algo que dependa de la voluntad, sino del «lugar» donde nos
situamos. Desde el yo, es imposible; desde el Espacio consciente que somos,
fluye sereno sin dificultad porque, para la Conciencia transpersonal, ha
«desaparecido» incluso el motivo mismo que lo mantenía agraviado. En su lugar,
se hace presente la Comprensión.
Lo que ha ocurrido es que,
al «pasar» de la identidad del yo a quien realmente somos, nos hemos liberado
nada menos que de las necesidades que atenazan al ego. Gracias a esa
liberación, se amplía y purifica nuestra mirada, a la vez que se ensancha y
ablanda nuestro corazón. Si no hay «yo», ¿quién se sentirá agraviado?; si no
hay «yo», ¿quién habría de perdonar?
El «paso» del yo al «Espacio
consciente» que somos (Eso no-dual) se experimenta como rendición sabia y se
vive como regalo de liberación. Caen las resistencias, porque «ha caído» el ego
que vivía esclavo de sus necesidades.
Con la rendición, no es que
el perdón sea posible; es que no hay nada que perdonar: ha desaparecido quien
se había sentido herido y exigía reparación. Sólo queda liberación y deseo
profundo de bien para la persona hacia la que antes vivíamos resentimiento.
Quizás la relación no pueda
restablecerse «formalmente», porque hay otros factores que tener en cuenta,
pero ha desaparecido todo resto de exigencia o de reproche. Todo está bien.
Es así de simple; tanto, que
cuesta entender cómo uno pudo haber quedado atrapado en la espiral egocentrada
del yo. Pero requiere vivir el «paso», para ver las cosas, no desde el yo, que
sólo busca afirmarse y exige respuestas acordes a sus necesidades, sino desde
el «Espacio consciente» que nada necesita y nada le afecta.
Ese paso se ve obstaculizado
por la identificación con el yo, particularmente cuando se despiertan heridas
pendientes, carencias no resueltas, miedos atávicos, experiencias de soledad y
abandono… Por eso, puede hacer falta tiempo de maduración. Con todo, aun respetando
ese tiempo, es posible intentarlo…, para experimentar cómo se modifica
radicalmente la perspectiva, en cuanto tomamos distancia del yo.
A partir de ese momento, sin
embargo, no está todo hecho. Siguen pesando las viejas inercias del ego. Por eso,
cuando reaparezcan los mensajes egoicos, con sus necesidades, miedos,
exigencias, resentimientos y reproches, hay que «volver» decididamente a
situarse en la verdadera identidad, el «Espacio consciente» que somos, para
volver a constatar que, desde él, la visión se modifica y se hace presente la
libertad interior y la Comprensión sin límites. Realmente, no hay nada que
perdonar ni «nadie» que perdone.
Para «aterrizar» todo lo que
estoy diciendo, deseo ejemplificarlo con un caso concreto, que viví hace un
tiempo. Tras un hecho grave e inesperado, que me resultó agudamente doloroso,
afloró mi yo herido y desconcertado, abandonado y hundido, resentido y
exigente…, negándose a vivir hasta que las cosas no fueran como él deseaba: se
veía literalmente incapaz de aceptar lo sucedido.
Todo quedó impregnado de
sufrimiento y sinsentido, que se intensificaba con el mero recuerdo de lo
ocurrido; un recuerdo que no hacía sino fortalecer las demandas del yo. Tuvo
que pasar tiempo para que, finalmente, pudiera «rendirme» a la verdad, sin
condiciones.
Pero esa rendición
únicamente fue posible cuando se me regaló situarme de un modo más estable en
la identidad o conciencia transpersonal: la rendición fue sinónimo de
liberación definitiva, desegocentración, serenidad ecuánime, comprensión sin
exigencias, amor y deseo de bien sin restricciones…
Todo ello lo viví como uno
de los mayores regalos de mi vida, como la Gracia que marcaba un punto de
inflexión, un antes y un después, en mi modo de ser, de situarme y de percibir.
Decididamente, en ese nivel, todo está bien; ningún miedo tiene sentido.
Y queda como una voz
resonando en mi interior: «No te reduzcas al yo ni te entretengas en sus
«historias mentales», en su modo de ver las cosas; no sigas ni un minuto su
«discurso»; al contrario, míralo siempre como un «objeto» dentro de la
Conciencia que eres; reconócete como el Espacio consciente o Conciencia
transpersonal que trasciende el yo, y experimenta la comprensión y la
liberación que te aporta». Brevemente: «No olvides nunca quién eres». Hoy sé
por experiencia que todo lo demás depende de ello.
08/09/2011:
https://www.feadulta.com/el-perdon-que-nace-de-la-comprension-conciencia-transpersonal-y-perdon/
https://www.youtube.com/watch?v=Ep6MyTnPWnU
Papa León:
https://www.youtube.com/watch?v=cJZrP2pMCjg
Cardenal Porras:
https://www.youtube.com/watch?v=U1aK807wG0A
Padre S. Martín:
https://www.youtube.com/watch?v=o4CvM2HmA24
Monseñor Munilla:
sábado, 12 de septiembre de 2026
Esclavitud moderna
LA PAPA Y LA PAJA
William Anseume
Otra vez, esta semana, ahora con Delcy Rodríguez a la cabeza, se reunió la comisión —¿cuántas habrá habido?— para que los trabajadores, empresarios y el gobierno estudien las condiciones socio-económicas que les permitan volver a evaluar, dimensionar, estudiar, repensar —y paren de contar— lo que van a hacer con los sueldos y la protección social de los trabajadores.
El tema laboral en Venezuela constituye un desastre humanitario de marca mayor, sobre el que ya me he referido y lo seguiré haciendo, hasta que se enfile a lograr las condiciones de dignidad y legalidad que la población trabajadora y en general la familia venezolana se merecen. No es un desastre nuevo. Es una tragedia humana deplorable que se arrastra desde la propia presidencia del difunto "comandante eterno", quien comandó el desastre contra los trabajadores. La debacle inocultable del trabajo en Venezuela.
¿Es esclavitud moderna? Sin duda. Además que se ha generado, con los bonos arbitrarios, con la congelación durante largos años del salario mínimo, las jubilaciones, las pensiones y los sueldos una discriminación inaceptable, de los más vulnerables: los ancianos ya retirados. Una verdadera estafa que arruinó la vida de millones de personas a las que el ordenamiento jurídico y las convenciones colectivas les garantizaban dignidad absoluta para su vejez.
Pero la revisión y aplicación de ajustes no puede ser azarosa. Debe haber —como también lo he planteado públicamente— un plan económico donde se inserte como principalísimo el tema laboral: reconocimiento del daño causado, correctivos en el tiempo, reducción del gasto público, eliminación absoluta del clientelismo político laboral, eliminación de Patria, descentralización, reducción de impuestos como el IVA, revisión de la nómina pública —especialmente en las FFAA—, enderezamiento de todos los entuertos económicos y laborales de la "revolución" malhadada.
Un simple ajuste no basta. Los empresarios inescrupulosos que van a esas mesas de comisiones a atacar a los empleados públicos, los jubilados y pensionados, deben ser neutralizados. El planteamiento, que ha perdurado, de eliminar las prestaciones sociales o su retroactividad, debe justificarse y plantearse algo muy preciso: ¿A cambio de qué? ¿Que ganan los trabajadores y el país con eso? Hasta ahora esas posiciones tienen congelados los ajustes en todas las comisiones, con OIT y sin OIT.
En fin, queremos ver resultados inmediatos, mediatos y a largo plazo. Que permitan en un corto tiempo restablecer dignidad laboral y verdaderas mejoras económicas. No son los gringos. Es el chavismo el que nos arrojó a la miseria como país y como trabajadores. Así que dejen la habladera de paja y actúen de una vez por todas para proteger la papa y no solo la papa de quienes laboran y han sido también injustamente humillados desde el poder por décadas rojas en Venezuela.
12/09/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/la-papa-y-la-paja
Actio mentis
LA LECCIÓN DE BUGS BUNNY
José Rafael Herrera
Una parte considerable de la llamada "clase política" contemporánea ya no lee. No se trata de una novedad. Cualquier persona con cierta formación lo percibe con facilidad. Pero lo verdaderamente preocupante es que algunos parecen haber convertido semejante carencia en una virtud. La poderosa industria cultural les ha inculcado que el pasado es una especie de almacén de objetos inútiles, una acumulación de cosas definitivamente superadas por la velocidad del presente. Todo envejece rápidamente, todo es sustituible, todo puede ser arrojado al basurero de la historia antes, incluso, de haber llegado a comprenderse. Es muy de mediocres, por cierto, la representación de la historia como la de un "periódico de ayer".
Como resultado de semejante formación social, la recomendación de la lectura de Homero a un político del presente puede parecer una extravagancia. ¿Qué podría aprender un hombre ocupado en campañas electorales, conspiraciones palaciegas, encuestas y redes sociales de un poema compuesto hace casi tres mil años? Pues no lo sabe, pero podría aprender mucho más de lo que imagina. Mucho antes de que Maquiavelo escribiera El príncipe, mucho antes de que la filosofía política descubriera conceptualmente las complejas relaciones entre la coerción y consenso, aquella extraordinaria escuela de bardos a la que Giambattista Vico llamó "Homero" había creado una de las figuras más profundas de la inteligencia política occidental: Odiseo. No se trata simplemente de un guerrero. Para eso estaba Aquiles. Odiseo representa otra cosa. Representa la astucia. La fuerza puede destruir un obstáculo. La astucia sabe cómo evitarlo. La fuerza enfrenta al enemigo. La astucia procura comprender sus movimientos antes de que éstos se produzcan. La fuerza golpea. La astucia anticipa. Y, sobre todo, el astuto sabe que en determinadas circunstancias avanzar consiste en retroceder y que, en otras, la única manera de escapar consiste en huir hacia adelante. La astucia es el fundamento principal de la llamada "guerra asimétrica" desarrollada durante el presente siglo.
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno vieron en Odiseo una de las figuras fundamentales de la constitución del sujeto occidental. La Odisea no era para ellos una simple narración de aventuras lejanas, sino uno de los textos originarios de la civilización europea. Odiseo aparece allí enfrentado a potencias míticas, pero su enfrentamiento no consiste en destruirlas. Consiste en sobrevivirlas, en "ganar tiempo". Pero para ello tiene que calcular, sacrificar, engañar e, incluso, desaparecer. Cuando Polifemo le pregunta su nombre, Odiseo responde: Nadie. Esa es, quizá, una de las grandes lecciones políticas que contiene el poema homérico. Hay momentos en los cuales conservarse exige renunciar transitoriamente a lo que se es. Hay circunstancias en las que el nombre se convierte en una trampa. Un momento en el que el sujeto tiene que saber desaparecer si quiere regresar. Por eso Odiseo se convierte en Nadie. Frente a una determinada relación de fuerzas, ser Nadie puede resultar ser más inteligente que insistir heroicamente en ser Odiseo.
La astucia no es, en consecuencia, un vulgar engaño. Como tampoco es una simple habilidad de tramposo. Es una forma de concebir la actio mentis, esa capacidad de comprender una situación concreta, anticipar sus contradicciones y actuar dentro de ellas. Maquiavelo lo formularía, siglos después, con una claridad que todavía incomoda a los espíritus bienpensantes. El príncipe tiene que saber ser hombre y bestia. Y, entre las bestias, debe aprender especialmente de dos: del león y la zorra. El león no sabe defenderse de las trampas; la zorra no puede defenderse de los lobos. Por eso, quien quiera gobernar tiene que conocer ambas naturalezas: la fuerza que intimida y la astucia que descubre las trampas. Se puede decir que "la zorra" que describe Maquiavelo ya se hallaba, de algún modo, navegando por el Mediterráneo: atendía al nombre de Odiseo. Y quizá ésta sea una de las razones por las cuales la tradición política occidental nunca pudo reducirse simplemente a la fuerza. Un Estado no se sostiene exclusivamente mediante la coerción. Necesita consentimiento, mediaciones, inteligencia, capacidad de persuasión. La sociedad política no existe sin la sociedad civil, así como la fuerza no puede sustituir indefinidamente al consenso. El problema comienza cuando quienes poseen la fuerza creen que ya no necesitan inteligencia. Son los que peligrosamente semejan a Polifemo: son enormes, poderosos y torpes. Pero, sobre todo, han sido enceguecidos por la estaca de la vanidad.
Vico lo comprendió al preguntar por "el verdadero Homero". Detrás del nombre del poeta aparece una experiencia histórica colectiva, una imaginación popular capaz de crear aquellos grandes caracteres poéticos en los cuales una civilización se reconoce a sí misma. Odiseo es uno de ellos. Es la inteligencia que se mueve en un mundo peligroso, la capacidad de prever, la prudencia que sabe esperar, la astucia que no confunde la retirada con la derrota y, quizá, la capacidad de hacer que el adversario crea aquello que necesita creer para terminar haciendo exactamente lo que no quería hacer. Para no pocos políticos de hoy, Homero es demasiado antiguo, una pieza anacrónica. Vico es "demasiado difícil". Y, por si fuera poco, Adorno y Horkheimer son "demasiado filosóficos". Maquiavelo, en cambio, todavía conserva algún prestigio entre ellos. No porque, en realidad, se le haya leído a fondo, sino porque resulta útil mencionar su nombre cuando alguien quiere dar la impresión de parecer inteligente. Alguien que se parece mucho a la sopa en el invierno, diría: "¡Qué manguangua!", una expresión que, entre los venezolanos, tiene el significado de algo muy fácil o sin mayores dificultades. No obstante, existe la posibilidad de que los políticos del momento llegaran a aprender la lección de Odiseo sin la necesidad de tener que leer La Odisea. Pero ¿cómo podrían haber hecho eso? Muy sencillo: desde que eran niños, sentados frente a la TV, viendo los dibujos animados de la Warner Bros. Y es que la industria cultural hizo algo verdaderamente sorprendente. Tomó la antiquísima sapiencia de la astucia y —a la manera de Esopo— la convirtió en un personaje capaz de entrar en millones de hogares. No tenía espada, ni llevaba armadura. No navegaba hacia Ítaca, pero tenía las orejas largas. Además, con una tranquilidad desconcertante, decía: "ಾಸ¿Qué hay de nuevo, viejo?". ¿Sí aprendieron de Bugs Bunny, "el conejo de la suerte" de la Warner, que no vence por ser más fuerte que sus adversarios, sino todo lo contrario? Su rival tiene la escopeta de la autoridad, la fuerza bruta o la ventaja inicial. Pero Bugs tiene algo mucho más importante: la comprensión de la situación.
Su adversario cree perseguirlo. Y, de pronto, descubre que está siendo conducido. Cree haber preparado una trampa y termina cayendo en ella. Cree saber dónde se encuentra Bugs y descubre que el mundo entero ha cambiado de lugar. En eso consiste la astucia. No consiste solo en saber escapar, sino en transformar la persecución en una situación estrictamente dialéctica: el perseguidor termina siendo perseguido y el cazador termina siendo cazado. Quien parecía huir descubre que, en realidad, lleva la delantera. Durante décadas, millones de niños aprendieron esta elemental pedagogía de la astucia sin haber abierto jamás un libro de filosofía política. Crecieron viendo cómo Elmer el Gruñón perseguía obstinadamente al conejo. Aquellos niños crecieron. Algunos se hicieron políticos. Y quizá decidieron experimentar la política a la luz de las lecciones aprendidas en aquellas "tardes felices" frente al televisor.
Claro que no todos eligieron ser como Bugs. Muchos no tuvieron más opción que asumir el rol de Elmer. Porque Elmer —al igual que el gran Aloysius Bartholomew Sam, mejor conocido como "Sam Bigotes"— siempre tuvo un arma y siempre percibió al otro como enemigo. Y, lo peor, siempre estuvo seguro de que la próxima vez atraparía al conejo. Por eso siempre dispara, aunque siempre termina preguntándose qué le habrá fallado esta vez. La fuerza —especialmente la bruta— tiene una extraordinaria capacidad para convencerse de que la realidad permanecerá fija, inmóvil, mientras ella actúa. Solo que, al decir de Galileo, Eppure si muove. Y, así como la historia se mueve, el adversario también. Tiberio o Sam parecen haber elegido el papel equivocado. Persiguen con la seguridad del cazador que cree tener acorralada a su presa. Tal vez debieron aprender algo de la primera lección de Odiseo —o de Maquiavelo o, incluso, del mismísimo Bugs Bunny—: quien solo sabe perseguir termina dependiendo de los movimientos de lo que persigue. Escopeta o six-shooters en mano, creen decidir, sin comprender que están siendo conducidos. Al final, terminan perdiendo la partida. No porque Bugs sea más fuerte, sino porque comprendió los detalles del terreno donde se jugaba la partida.
Es seguro que ni Tiberio ni Elmer ni Sam tengan idea
de quién fue Homero. Es probable que lo confundan con Mr. Homero Simpson.
Afirmación ésta que resulta ser perfectamente comprensible en tiempos de
racionalidad instrumental. Pero es aún más improbable la posibilidad de que
tuviesen noticias de Vico, Adorno o Horkheimer. Eso sí: debieron haber prestado
un poco más de atención a la lectio de Bugs, cosa que con toda seguridad sí
hicieron los siameses perversos. Razón por la cual Elmer, Sam o Tiberio, al
final, siempre terminan perdiendo la partida.
12/09/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/la-leccion-de-bugs-bunny/
martes, 8 de septiembre de 2026
De uno a otro
DEL SOLDADO COMUNAL AL PROFESIONAL
Luis Barragán
En la década de todos los tormentos al culminar el
siglo anterior, junto a la institución eclesiástica, la corporación castrense
fue muy distinguida por la población, como ahora difícilmente se imagina para
el lamento de propios y extraños. Difícilmente hoy habrá estudios de opinión
que acerquen a la entidad armada a los antiguos peldaños que ostentó, respetada
y admirada como una expresión convincente del Estado venezolano que congregaba
a multitudes en sus vistosos y marciales desfiles, sin incurrir en consignas
partidistas.
La doctrina de guerra popular prolongada trastocó en
comunal al soldado que años antes había comenzado a hacerse decididamente
anómico con el Plan Bolívar 2000 y sus equivalentes, cumpliendo funciones de
una franca desespecialización para integrarse a sendos estados mayores de la
electricidad, agroalimentación, o hidrocarburos. A partir de 2012,
aproximadamente, sinceró la actividad económica comercial, deseándose también
industrial, dejando la Fuerza Armada de lado el acto administrativo a favor del
acto mercantil tal como lo señalamos en reiteradas ocasiones en el parlamento, añadida una televisora y un banco propio entre el repertorio de las firmas mercantiles
alcanzadas, más tarde perfeccionado el propósito con las zonas económicas
especiales asignadas.
Después, la comunalidad concibió o configuró las áreas suburbanas como el lógico teatro de operaciones frente a cualquier agresión del enemigo interno y externo. El dispositivo comunal convierte el heroísmo y sacrificio popular en una ventaja defensiva del régimen, haciendo de los sectores populares escudos humanos. Por consiguiente, el consabido 3-E sintetizó muy bien cuán lejos había llegado la desnaturalización de la Fuerza Armada Nacional en un contexto – más allá - geopolítico tan desfavorable, e, igualmente, en un contexto – más acá – excesivamente absurdo, pues le correspondía fortalecer su específica capacidad de defensa y seguridad de la nación en lugar de garantizar solamente la del poder político que subordinaba a su propio afán de supervivencia al resto de los poderes públicos.
Hubo jerarquías a las que irritaba cualquier
cuestionamiento por la manifiesta opacidad en los programas de adquisición y
desarrollo de sistemas de armas y en el apresto operacional; acotemos, jerarcas también deshonestos que jamás se hubiesen imaginado señalados en casos como el
de las municiones yugoeslavas, los tanques AMX o cualesquiera otros escándalos
que naturalmente motorizaban a la opinión pública, actualizando las investigaciones
de decididos senadores y diputados en la centuria anterior. Huelga comentar el
exceso de generales, la ultrapartidización de la Fuerza Armada y cualesquiera
otros casos que la implican, como si bastara poco, en la violación de los
DD.HH. que generó toda la atención de las Naciones Unidas y sus comisiones de
determinación de los hechos en los últimos años.
El soldado tan inherente al Estado Comunal que, por
definición, pierde las capacidades
fundamentales que no logra compensar un indigesto y feroz poder político, debe
dar paso a la reivindicación del soldado profesional y especializado que, es
justo reconocer, surgió con la creación de la Escuela Militar y Naval en el
tránsito de Cipriano Castro a Juan Vicente Gómez, tratando el período
puntofijista de entronizarlo definitivamente. El consabido bombardeo de Caracas
y las consecuencias más importantes que incluyen las que todavía no se conocen
apuntan a la responsabilidad de los mandos superiores que, desde entonces,
guardan un silencio que no sabemos cuán sagaz será.
El soldado profesional tiene su principal soporte en
el artículo 328 constitucional pacíficamente aprobado por el constituyente y ha
de volver aquella norma deliberadamente omitida en 1999 en torno a las
autoridades civil y militar que no deben recaer en una misma persona. Importa y mucho una Ley de Ascensos
Militares, vieja deuda con la Constitución, cuyo proyecto diligenciamos y
aportamos a una sesión plenaria de la Asamblea Nacional en 2020 al igual que a
la Comisión Permanente de Defensa, por lo que hay elementos suficientes, pasión
y doctrina que recuperar para que la Fuerza Armada recobre el carácter institucional,
profesional y especializado que alguna vez tuvo – es necesario decirlo con
todas las fallas - en la era
democrática.
Importa entender que reprofesionalización significa
reinstitucionalización de la corporación castrense en el marco de la reinstitucionalización misma del Estado,
recuperada la noción indispensable y genuina del monopolio legítimo y lícito de
la violencia. Y ojalá, luego de la amarga
experiencia de casi tres décadas, haya claridad respecto de la obvia, además de
ventajosa, subordinación del poder militar al poder civil para evitar la
militarización de la sociedad y la milicianización de la Fuerza Armada que la
lleva a la autodestrucción cuando tiene por misión sistemática y casi
existencial la de reprimir a la ciudadanía.
Fotografías tratadas con IA: Juan Vicente y Vicentico Gómez en el Congreso Nacional. Élite, Caracas, N° 36 de 1926.
Referencia:
https://www.elnacional.com/columnas/2021/11/del-soldado-anomico-al-comunal/
https://apuntaje.blogspot.com/2026/09/la-ya-vieja-sospecha.html
08/09/2026:
https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/del-soldado-comunal-al-profesional/
lunes, 7 de septiembre de 2026
La ya vieja sospecha
DEL SOLDADO ANÓMICO AL COMUNAL
Mal que bien, realizamos al
soldado profesional en el XX, como no pudimos hacerlo en el siglo anterior y
aún luce imposible en el que está corriendo. El solo anuncio de la
implementación de un sistema defensivo comunal, faceta y caricatura de la
doctrina de resistencia popular prolongada, responde al hábito oficial de no
detallar absolutamente nada para sorprender en todo a una ciudadanía capaz de
incurrir en delitos que la hagan reo, como el de traición a la patria.
Doctrina que ensaya este
régimen para sobrevivir a la inconformidad y el rechazo manifiestos de las más
disímiles corrientes y movimientos sociales que lo padecen, en reclamo de
libertad y democracia, y de la propia comunidad internacional en respaldo de
los más caros principios y valores occidentales. Realizado el soldado anómico,
con el desempeño de tareas distintas a las de su especialidad, lejanamente
marcada una pauta que ahora luce timorata con el Plan Bolívar 2000, el fin del
Estado Cuartel coincide con la repetida fórmula del llamado autoritarismo
competitivo, cuyos excesos desmienten la tesis académica, dándole una obscena
teatralidad al totalitarismo que fundamentalmente lo explica el delito común.
Y, ahora, emerge el soldado comunal que ya no encontrará
ocupación en los desolados centros electorales.
Paradójicamente, controlado
un elevado porcentaje de nuestro territorio por fuerzas irregulares foráneas,
el dispositivo comunal en cuestión tiene otros propósitos, como el de extremar
el control social al que tanto ha contribuido el general COVID-19, y el de
garantizarle un extraordinario escudo humano al régimen, sobre todo en los
grandes centros urbanos. Recordemos, por ejemplo, tiempo atrás se habló de la
instalación de sendas baterías anti-aéreas en los sectores populares a los que,
suponemos, bastan pocos operadores militares para numerosas comunas e, incluso,
ciudades comunales, excepto tratemos de actividades guerrilleras y terroristas.
Leyes como las del trabajo y
el denominado poder popular, sólo explican el principio constitucional de
corresponsabilidad del Estado y la sociedad civil en materia de seguridad y
defensa, a través de la incorporación o reclutamiento efectivo del ciudadano por
la Fuerza Armada, fuere o no miliciano. Muy poco o nada dicen los gremios
afines con relación a las brigadas universitarias que establece el IV Convenio
Colectivo, esbozado mejor el papel que desempeñará el soldado de una clara
–deducimos– vocación metropolitana.
Junto con Cipriano Castro,
Juan Vicente Gómez echó las bases para unas Fuerzas Armadas profesionales con
la ayuda inestimable del general Petróleo y, aunque reafirmaba su poder y
poderío las veces que hizo falta, como lo revela la fotografía publicada por la
revista Élite (Caracas, nr. 36 de 1926), exhibiéndose marcialmente con su hijo
en la presidencia del Congreso Nacional, cada vez fue más prudente; incluimos a
Eleazar López Contreras, cuyo hijo literalmente se sublevó alguna vez, y al resto
de los mandatarios de la centuria, con un Pérez Jiménez que calzó su uniforme
en el parlamento, pero cuidó muy bien de su personalísima vocación. Por lo
pronto, el soldado comunal pone en entredicho a la corporación castrense,
siendo interesante reconocer que ni de pretorianismo podrá acusársele.
30/11/2021:
https://www.elnacional.com/columnas/2021/11/del-soldado-anomico-al-comunal/
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