- Fiesta
fascista en el Liceo de Aplicación, Caracas, durante el mandato de Eleazar
López Contreras. Fotografía de Juanito Martínez Pozuela. Momento, Caracas, nr.
721 del 10/04/1970.
- Reportaje de Abilio Suárez Ocando sobre Carlos Cruz Diez. Momento,
Caracas, nr. 188 del 19/02/60.
- El capitán
José Augusto Azpúrua de VIASA, sobre la seguridad de los DC-10. Resumen,
Caracas, nr. 26 del 05/05/74.
- María Luisa
Vegas, viuda de Job Pim. Reportaje de Emilio Santana. Momento, Caracas, nr. 74
del 13/12/57.
- Luis Aparicio
homenajeado, incluyendo el obsequio de un automóvil. Elite, Caracas, nr. 2374
del 26/03/71.
Reproducción: Héctor Malavé Mata, según Ángel Echeverría para una entrevista realizada por Sandra La Fuente Portillo. El Globo, Caracas, 16/03/1994.
Gravemente
agudizado el fenómeno en la última década, luce evidente el retroceso político
que hemos experimentado en el desarrollo de las campañas electorales de
cualesquiera niveles. Sobre todo, las del oficialismo ha compensado sus fallas
y deficiencias gracias a los inmensos recursos económicos de los que ha
dispuesto, despilfarrándolos y apropiándose al mismo tiempo de los recursos
simbólicos del Estado, en detrimento de una oposición de tan precarios medios
disponibles que, además, inevitable, recrea sus propias limitaciones.
Únicamente
posible en los comicios libres y altamente competitivos,a partir de 1958 supimos de una rica
experiencia de campañas cada vez más especializadas, eficaces y creadoras,
contando con asesoría nacional o internacional, frecuentemente ejemplificada
por la reiterada estigmatización de Carlos Andrés Pérez como el
ministro-policía y asesino convertido en el exitoso hombre que camina para una
democracia con energía, en 1973. Valga la paradoja, el asunto escondía una
realidad: los acusadores fueron los que antaño - absurda e innecesariamente -
emplearon a fondo la violencia, todavía hoy defendidos por quienes pregonan la
paz con el puño cerrado.
Específicamente,
las campañas electorales para la presidencia de la República gozan de una
particular naturaleza, sentido, despliegue, alcance y consecuencias. Todo aquél
que, desde temprana edad, se ha contado como dirigente estudiantil, o ha medido
sus no menos legítimas aspiraciones en los ámbitos partidistas, gremiales o
vecinales,entre otros, por lo menos
intuye, que las presidenciales reclaman percepción, ingenio, lenguaje, cohesión,
disciplina y coraje para rivalizar en el mercado político, expresión – por lo
demás – muy limpia y contrastante con su desenfadada negación, inherente a todo
autoritarismo o totalitarismo.
Obviamente,
bajo los regímenes de fuerza que simulan la selección popular de los titulares
de los órganos del Poder Público,añadida la llamada fórmula del autoritarismo competitivo, el mensaje
tiende a ser más elemental, simple, maniqueo y brutal, perdiendo complejidad y
novedad estratégica. Ocurre con los socialistas de este siglo que se ha
traducido en el desaprendizaje de sus disidentes, adversarios y oponentes: para
aquellos, la improvisación tiene por inmediata compensación el uso y abuso de
una hegemonía, y, para éstos, resulta incomprensible y también imperdonable,
porque – conscientes de la realidad que trepida - deben ser capaces de concebir e
implementar una campaña que le dé identidad y empuje para la inmediata
construcción del consenso necesario y ganador.
Suele
equivocadamente asimilarse a la mera o vulgar publicidad de un detergente, como
si el mercadeo político no tuviese la peculiaridad universal que lo distingue
de otras faenas. Hay giros verbales,
imágenes, estribillos, movimientos,
colores, sonidos, fuentes y hasta puntos de letras, que nos avisan y convencen
de encontrarnos ciertamente bajo una organizada promoción electoral, aún sin el
calendario correspondiente, Sin embargo, podemos advertir, parte de la
improvisación electoral, es la de proclamar formalmente toda aspiración, sin el
indispensable y correlativo esfuerzo de promoción.
Por supuesto,
generalizando, las campañas electorales son de elevados costos económicos, pero
éstos tienden a reducirse, en medio de las peores condiciones, como la
(auto)censura y el bloqueo informativo, con el desempeño mismo de los
aspirantes y sus colaboradores, capaces de intuir o de saber que se requiere de
una estrategia cónsona con las herramientas correspondientes. En tiempos
remotos, las secretarías de propaganda de los partidos y un sector concreto del
comando de campaña que, desde un primer instante, ha de existir
superlógicamente, fundamentaban y encaraban el asunto antes de que llegaran los
legendarios consultores extranjeros, como Joe Napolitan y David Garth, o contasen con los
del patio, aparentemente ahora escasos, entre otros motivos, porque recibir o,
peor, dictar clases de pregrado o postgrado en comunicación política, no hace a
todos aptos para tan delicada, puntual y exigente asesoría.
Valga recordar
que hubo un enorme interés en la materia, cautivando a venezolanos que
ejercieron antes la política, y, después, descubrieron su vocación y talento
para la consultoría, con una importante y acumulada experiencia en el exterior,
permitiéndonos mencionar a contemporáneos como Max Guerra, Pedro Silva Agudelo,
Orlando Goncalves, Carlos Alberto Escalante,Carlos Masini y Mercedes Elena Bello.Luego, es necesario reivindicar un oficio tan asociado a la democracia
liberal, trastocado en un indicador notable y confiable de sus éxitos y
fracasos.
El primer domingo de Cuaresma, en cualquiera de los tres ciclos, se dedica siempre a recordar las tentaciones de Jesús. Eso supone que debemos dar marcha atrás, olvidarnos de que ya estaba recorriendo Galilea con sus discípulos y volver a empezar. Jesús acaba de bautizarse, ha recibido una misión de Dios. Pero antes de lanzarse a una actividad pública, el espíritu lo impulsa al desierto. Con este relato, muy simbólico y que no se presta a conclusiones piadosas, Marcos quiere plantearnos desde el comienzo el misterio de la persona de Jesús.
Un relato sin tentaciones
Si se hiciera una encuesta a los cristianos sobre las tentaciones de Jesús (suponiendo que hayan oído hablar de Jesús y de las tentaciones) algunos mencionarían la de convertir una piedra en pan; otros, que Satanás le ofreció toda la gloria y riqueza si lo adoraba; los más listos incluso recordarían lo de tirarse desde el pináculo del templo. Con eso, demostrarían conocer los relatos de las tentaciones que cuentan Mateo y Lucas. Pero Marcos no dice nada de eso. Con una brevedad pasmosa sólo dice que Jesús es impulsado por el Espíritu al desierto, tentado por Satanás, vive con las fieras y los ángeles le sirven. Más que un relato parece un guion con seis datos que el catequista deberá desarrollar.
El Espíritu. En la tradición bíblica, el Espíritu es el que impulsa a los Jueces y a los profetas a realizar la misión que Dios les encomienda: salvar al pueblo de sus enemigos o transmitir su palabra. En este caso, con notable diferencia, el Espíritu impulsa a Jesús al desierto.
El desierto es el lugar de la prueba, como lo fue para el pueblo de Israel cuando salió de Egipto, camino de la Tierra Prometida. Allí fue tentado, para ver si eran fieles. Y la inmensa mayoría sucumbió en la prueba, mostrándose un pueblo de corazón duro y obstinado. Jesús, en cambio, superará en el desierto la tentación.
Los cuarenta días equivalen a los cuarenta años que, según la tradición bíblica, pasó Israel en el desierto. Es número de plenitud, de tiempo redondo (recuérdense los cuarenta días del diluvio, los cuarenta días entre la resurrección de Jesús y la Ascensión, etc.).
Satanás. Nosotros hemos adornado este personaje con tantos elementos (incluidos cuernos y rabo) que conviene dejar claro cómo lo concibe Mc. El evangelista usa el nombre de Satanás en cinco ocasiones (1,13; 3,23.26; 4,15; 8,33), y desaparece en la segunda parte del evangelio (cc.9-16); curiosamente, la última vez que se menciona a Satanás no se refiere al demonio sino el apóstol Pedro, que quiere apartar a Jesús de la pasión y la cruz. Por consiguiente, Satanás es el símbolo de la oposición al plan de Dios. Satanás quiere apartar a Jesús del camino que Dios le ha trazado en el bautismo: hacer que se olvide de pobres y afligidos, dejar de consolar a los tristes, no anunciar la buena noticia. O, como hará Pedro más adelante, pedirle que cumpla su misión, pero sin pensar en cruz ni sufrimientos.
Fieras y ángeles. Esta curiosa mención está cargada de simbolismo. Los animales del desierto no son los que ve cualquier campesino galileo a su alrededor: mulos, vacas, ovejas... Son escorpiones, alacranes, etc. Y esto nos recuerda el Salmo 91,11-13, donde aparecen mencionados junto con los ángeles:
«A sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en todos tus caminos;
te llevarán en sus palmas
para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre chacales y víboras,
pisotearás leones y dragones».
Jesús, en el desierto, sufre la tentación de Satanás. Pero Dios está a su lado, lo protege mediante sus ángeles, y hace que triunfe de todos los peligros.
Estos elementos (tentación, vivir con los animales, servicio de los ángeles) recuerdan al relato de Adán en el paraíso, tal como se contaba en las tradiciones rabínicas. De este modo, Mc presenta a Jesús como el nuevo Adán, que, a diferencia del primero, no sucumbe a la tentación, sino que la supera.
El recuerdo del bautismo
Desde antiguo, la celebración de la Pascua quedó vinculada con el bautismo de los catecúmenos el Sábado Santo, y eso ha influido en la selección de las lecturas de la Cuaresma, que pretenden recordar episodios que jugaron un gran papel simbólico en la preparación para el bautismo. La carta de Pedro (llamada así aunque no la escribió san Pedro) ve en el diluvio un simbolismo del bautismo: Noé y sus hijos se salvaron cruzando las aguas del diluvio, el cristiano se salva sumergiéndose en el agua bautismal. Menos clara es la relación de la lectura del Génesis con el bautismo; aunque también ella habla de Noé, todo se centra en la promesa de Dios de no volver a destruir la tierra. Es posible que se haya elegido el texto por la convivencia de hombre y animales, que recuerda a lo que dice el evangelio sobre Jesús viviendo con las fieras.
Jesús y nuestro bautismo
La presentación de Jesús como nuevo Adán está estrechamente relacionada con la nueva vida que comienza en el cristiano con el bautismo. La Cuaresma es el mejor momento para profundizar en este sacramento que, en la mayoría de los casos, recibimos sin ser conscientes de lo que recibíamos.
Perseguidos
políticamente o no, numerosos y talentosos humoristas venezolanos intentaron y
todavía intentan posicionarse en el exterior. En buena medida fracasan ante las
exigencias de un antes impensable y atípico mercado de la paisanidad que
también aporta nombres escasamente conocidos entre nosotros, aunque febrilmente
promovidos por las redes digitales para reiterar la pérdida del monopolio televisivo
que muy antes los catapultaba o relegaba hasta caprichosamente.
Puede
decirse de un mercado del costumbrismo urbano de la Venezuela de una increíble
y sostenida diáspora, comparable a la más antigua de los cubanos que aún no se
detiene, por lo menos, al asomarse la menor oportunidad para huir de la
dictadura. Nada casual, acá supimos de
bromistas muy populares de origen isleño, como ahora tendemos a hacernos
competitivos en un renglón tan exigente allende las fronteras.
De
un tiempo para acá, no precisamos la fecha, nos enteramos de la existencia de
George Harris, cuyo estilo y ocurrencias goza de la imitación que incluye a
niños en las redes. Ha cultivado exitosamente el llamado stand-up, un género muy riesgoso para quien no tenga las
habilidades naturales del caso: así, no
es el tradicional contador de chistes ni el imitador consumado y versátil que
sobrada fortuna tuvo entre nosotros de recordar la era de una popular
programación de las televisoras comerciales que lidiaban con el Estado, a
veces, confrontándolo amargamente.
Nos
atrevemos a caracterizarlo como un humorista de situación, cronista de la
Venezuela profunda que sufrió el poderoso impacto de un régimen que la dislocó,
o intenta todavía hacerlo, aún en términos criminalmente identitarios. Es el
sociólogo de preciso bisturí que rinde el testimonio fiel de lo que fuimos, al
mismo tiempo que un lingüista desembozado, cuya radical sinceridad constituye
el secreto de su gracia: la mirada es a través del país de las viejas
movilidades sociales, expuesta una clase media al habla que nos pone en solfa
con circunstancias que nos fueron y son muy comunes, redondeando una versión
atinada que los narradores, cineastas y poetas tardan demasiado en dar.
Incluso,
aplaudido por quienes son usufructuarios del presente régimen, habrá quien
posiblemente planeé traerlo y ofrecer un espectáculo de encarecidas entradas,
en este agujero de las calamidades humanitarias. En todo caso, ojalá que Yorch
Jarris no ceda a tamaña tentación, renegando de sí y de su consecuente público.
Hoy, es martes
de carnaval. Un referente de forzado asueto a favor del régimen que no tuvo que
esperar a la consabida pandemia para intentar y realizar al país del
inmovilismo perpetuo.
Un día después
de la fecha aniversaria de la batalla de La Victoria, y antes del otro de las
banalidades extremas que únicamente conjura Joaquín Sabina con una de sus
canciones sobre los amores que matan y nunca mueren.A las puertas de la Cuaresma, unos gritan la
urgencia de romper el tedio al mismo tiempo que otros gozan del privilegio de
recrearse al vaciar demasiadas veces sus bolsillos de enmudecido origen, en
medio de la tragedia humanitaria de hondo calado. No obstante, luce pertinente
recordar las carnestolendas de 95 largos años atrás, advertidos por algunos que
empava su sola invocación.
Finalizando la
primera semana de febrero de 1928, la coronación de Beatriz I (Peña Arreaza) en
el Teatro Municipal, parte de la programación ucevista de la Semana del
Estudiante, constituyó todo un acontecimiento en la Caracas de entonces, siendo
notable la invitación cursada por El Nuevo Diario, órgano oficioso y marcador
de la espeluznante dictadura.En una
crónicatardía y más bien fotográfica, ya
impresa y juzgada de inofensiva distribución por su director, el cauto Lucas
Manzano, la edición de fecha 11 de mes de la revista Billiken, orientada al
entretenimiento hogareño de un sector agradecido y cosmopolitano del gomecismo,
reseñó la elección de la reina de los carnavales estudiantiles, quizá dándole
un sello particular a la emergente clase media petrolera.
Epígono de la
Asociación General de Estudiantes (AGE), cancelada como la universidad misma
años atrás, la sagaz iniciativa correspondió a la Federación de Estudiantes de
Venezuela (FEV), presidida por el estudiante del último año de derecho, Raúl
Leoni, completando la faena con una inusitada movilización hacia el Panteón
Nacional, cuyo acto también trascendió como el otro realizado en el Teatro
Rivolí, repletos de un ya inocultable mensaje de indignación y rebeldía. El país pretendidamente rendido y adormecido,
se enteró de la existencia de Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Pío Tamayo,
Joaquín Gabaldón Márquez, Guillermo Prince Lara que, entre otros, prontamente
fueron detenidos y enviados a La Rotunda, y, con la entrega voluntaria de
muchísimos otros estudiantes, sumaron más de 200 las personas destinadas al
Castillo de Puerto Cabello, a trabajar en las carreteras, al exilio y a la
muerte, como Pío.
Los eventos
planteados igualmente como una fórmula para recoger fondos para el gremio
estudiantil, adquirieron prontamente una radical significación política que no
sólo expresó el alzamiento del Cuartel San Carlos a la vuelta de pocos meses,
sino que facilitó su interpretación como el acabado fenómeno generacional de
una prolongadísima influencia, la que no tuvieron los muchos coetáneos de 1810
al sucumbir la llamada primera república, ni los de 1958, aunque se les
reconoce la enormidad de su peso histórico tampoco igualado por los relevos más
o menos recientes del presente siglo, con las excepciones de rigor. En todo
caso, recordemos en la presente nota escolar sobre los fabulosos carnavales de
1928, el ciclo ortegueano de las generaciones preparatoria, histórica y
delincuentede hacer caso al mecánico esquema
en boga por bastante tiempo en estas comarcas.
Sentida
tímidamente la primera bonanza petrolera al iniciarse 1974, la versión teatral de
Fiebre, la novela de Miguel Otero
Silva alusiva a los sucesos de 1928, montada en la vieja sede del Ateneo de
Caracas, causó un extraordinario impacto en el suscrito, otrora principiante
del bachillerato. Cuatro años más tarde, supimos de la polémica cincuentenaria
que impediría a Betancourt pisar la
Ciudad Universitaria para el magno aniversario, por el militante sectarismo de
los supuestos defensores de la autonomía que, una vez en el poder, pasados
veinte años, aún son quienes feroz y mórbidamente la conculcan.
Paulatinamente,
fuimos olvidando aquellas jornadas históricas, como cualesquiera otras del XX
que todavía no caben en el imaginario artificioso y artificial del XXI, añadida
la mismísima noción del liderazgo estudiantil y el necesarísimo testimonio
histórico al que está obligado. Hecha añicos una tradición de luchas, ni
siquiera por curiosidad nos asomamos a aquellos eventos, contaminados los
actuales de un sentido vacuo, anodino, alegremente efímero, como ocurrió en
aquél acto del 21 de noviembre de 2022, en un distante auditorio al cual también fuimos invitados para escuchar
al quinteto directivo de la Federación de Centros de la UCV, mientras el
gobierno era dueño del acceso principal de la Ciudad de Villanueva gracias a
una estridente tarima.
El quinteto se
declaró ajeno a lo acaecido en 1928 y 1958, clamando por una capitulación
frente al actual régimen, deseoso de la atención que pudiera dispensarle la
llamada AN de 2020 que los sabe muy bien de los abnegados diligenciantes y hasta tribunos de
la AN de 2015. Ahora, pendientes por meses los comicios estudiantiles, la
bulliciosa protesta es por lo servido en el comedor, como jamás lo hicieron con
el precario presupuesto universitario y, mucho menos, por la violación del
recinto y la autonomía por Nicolás Maduro y su gente, pero – eso, sí – el
camión de las cerveza llega puntual a los federalísimos.
Posiblemente,
los días más sobrios del año serán los de este carnaval. Demasiadas piruetas
nos esperan del enmascarado gobierno que querrá postergar las presidenciales,
porque ni con trampa ha de ganar.
Cada quien que
saque la cuenta de sus rumbas de carnaval, porque las mías están muy claras.
Por lo general, ahorrábamos algo de plata, y nos acercábamos al hotel Ávila con
la familia, o nos las inventábamos para bajar al Macuto Sheraton, aunque en las
habitaciones más baratas del sótano, resonaban los pines estrellados en una
cancha bolichera de cuatro líneas de no recordar mal, una rockola realmente
rockera y un restaurant de motivos taurinos tan caro que resultaba más barato
ir a la Tomaselli de Caraballeda, cuya mejor pizza era la de huevo en el medio,
por no citar al Rey del Pescado Frito de todas nuestras delicias, cerca de la
hoy fantasmal Carmen de Uria.
Antes, el
ejercicio de la soltería nos llevaba a compartir con los amigos en San Agustín,
por cierto, con rockolas de verdad-verdad y todos sus Lucho Gatica, Julio
Jaramillo y el novísimo Trío Venezuela a cuestas, por supuestísimo, resonando
la Billo´s frente a Los Melódicos, porque Chucho Sanoja y Aldemaro Romero me
quedan como un recuerdo más remoto, parecido a los hermanos Matamoros (¡vaya
apellido!), o Dámaso Pérez Prado para mi padre. O los amigos de Bello Monte en
la que ya también se escuchaba con mucho ánimo a Bill Haley y sus Cometas,
lejos todavía Los Beatles, en “lompleyes” traídos de fuera, arriesgados todos a
las bombas de agua y hasta las latas de pintura, los gloriosos disfraces de
negritas que produjo más de un chasco al atorado caballero; e, incluso, no he
confirmado una leyenda del Pasapoga en el que un par de agentes encubiertos de
la Seguridad Nacional lidió con el propio Miguel Silvio Sanz que no sabía de
una operación acordada por el mismísimo Pedro Estrada.
Asocio el
carnaval también con un comentario que escuchamos sin querer un amigo y yo,
estudiando en nuestras sillas de extensión, por los lados de Stalingrado (¿la
llamábamos ya, así?), en la UCV: 1961, cercanos a las carnestolendas, tramaba
un grupo colarse como negritas en la fiestesota del Ávila para mitinear a la
concurrencia en nombre de la revolución. No le dimos importancia, pero jamás
supimos si la faena la ejecutaron, o se trataba de unos habladores de
pistoladas que tanto proliferaron por aquellos días, disfrazados de
revolucionarios y qué sé yo.
Tengo la idea
de que los carnavales languidecieron poco a poco, ya finalizando los setenta,
reducidos a una actividad escolar. Ni siquiera porque regalaban caramelos y ya
había toda una industria de la distracción alrededor de varias escuelas de
samba, se salvaron en la Caracas de los aburridos recorridos de las carrozas baratas,
de la representación ordenada por cada despacho ministerial y de las reinas que
fueron más conocidas que las “mises venezuelas”, elegidas popularmente en las
parroquias. Además, el ta´baratismo nos llevó a expedicionar allende las
fronteras.
Al carnaval caraqueño lo salvó Hugo Chávez con
los niñitos disfrazados de paracaidistas a principios de los noventa, volviendo
en presente siglo a los cauces del tedio. Valga acotar, esperando la política
como un oficio digno de reivindicación, sobrando tantos disfraces.