TODOS SOMOS JESÚS
(San Mateo, 16: 13-20)
En los evangelios
sinópticos, esta pregunta acerca de la identidad de Jesús ocupa un lugar
destacado. Nos ofrecen las respuestas de la gente –que consideran a Jesús un
maestro, en la línea de los grandes profetas de su pueblo- y de la comunidad de
discípulos, personalizados en Pedro, para quienes Jesús es el “Mesías” (Cristo)
esperado del judaísmo y el “Hijo de Dios”.
En realidad, la pregunta por
la identidad es la más importante de todas las que podemos hacernos: ¿Quién soy
yo? Hasta el punto de que, de la respuesta adecuada, depende que vivamos en la
luz y libres de sufrimiento. Por el contrario, siempre que permanecemos en
cualquier tipo de sufrimiento es señal de que estamos respondiendo de un modo
equivocado –aunque sea inconsciente- a aquella cuestión.
La pregunta “¿quién soy yo?”
puede ser respondida desde un doble plano: en el plano relativo, la respuesta
es reductora, porque parte del supuesto erróneo de que somos individuos
separados; en el plano absoluto, por el contrario, solo existe una respuesta
idéntica para todos los seres, ya que –no puede ser de otro modo- todos
compartimos el mismo y único Fondo o núcleo que constituye todo lo que es.
Si lo aplicamos a Jesús, las
dos respuestas que aparecen en el texto se mantienen en el nivel relativo: para
su pueblo, es un profeta; para Pedro, el Mesías e Hijo de Dios.
Parece claro que la
respuesta de Pedro refleja la fe de la primera comunidad de Mateo. Y, en
cualquier caso, para un judío, la expresión “Hijo de Dios” no tenía el
significado que habría de adquirir posteriormente, a partir del Concilio de
Nicea, en el siglo IV. Con esa expresión, los judíos se referían a alguien que,
según ellos, gozaba de una particular intimidad con Dios.
Decía que ambas respuestas,
por más que parezcan acertadas, se mueven en el plano relativo, en el que
impera la mente y, en consecuencia, el modelo mental. Sabemos que la mente es
esencial e inevitablemente separadora; tiende a creer que las cosas son tal
como ella las percibe, sin advertir que su misma percepción constituye ya una
interpretación. Por lo que bien puede decirse que –si nos situamos en el plano
absoluto- la mente nos engaña.
¿Qué ocurre en este otro
plano? Que la separación sobre la que se basa todo el discurso mental es solo
aparente. Lo Real es una unidad sin costuras, en la que todo se halla
inextricablemente interrelacionado. Y no podemos hablar de algo, sin que
estemos hablando del “todo”. De la misma manera que, cuando fijas tu atención
en el nudo de una red, estás viendo la red; y cuando observas una ola que
sobresale del océano, estás viendo agua.
Vengamos a la cuestión de la
identidad de Jesús. ¿Quién soy yo? Más allá de la forma concreta, que se
percibe en el plano relativo, la respuesta solo puede ser una: el mismo y único
Ser que a todos nos constituye.
En este plano profundo,
únicamente opera el modelo no-dual de conocer, que requiere silenciar la mente
para percibir, más allá de las formas que no se niegan, la Unidad mayor en la
que todas son abrazadas. (A quien le interese profundizar en estos dos modos de
conocer, que se corresponden con los dos planos de que hablaba, puedo sugerirle
la lectura de “Otro modo de ver, otro modo de vivir. Invitación a la
no-dualidad”, editado por Desclée De Brouwer).
La mente ve a Jesús como
alguien separado y, según la confesión cristiana, divinizado. Desde el modelo
no-dual, lo descubrimos como una forma exquisita que toma el Misterio o Ser
único, que se manifiesta en todos los seres. Los cristianos lo reconocemos como
un “espejo” nítido que refleja la verdadera identidad humana. Pero en ningún
caso es un ser separado, ya que la separación es solo una creencia de nuestra
mente. Por eso, en una expresión breve, puede afirmarse con verdad que todos
21/08/2014:
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https://alecoutedesevangiles.art/2022/03/
Padre S. Martín: El Papa desactivador de las minas:
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